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martes, 16 de agosto de 2022

VOY A PASÁRMELO BIEN Nostalgia musical romántica

España-México 2022 108 min.
Dirección
David Serrano Guion David Serrano y Luz Cipriota Fotografía Kiko de la Rica Música Zeltia Montes y Hombres G Intérpretes Raúl Arévalo, Karla Souza, Izan Fernández, Renata Hermida Richards, Dani Rovira, Rodrigo Díaz, Raúl Jiménez, Rodrigo Gibaja, Jorge Usón, Michel Herráiz, Fernando García, Javier García, Secun de la Rosa, Gabriela Soto Belicha, Teresa Hurtado de Ory, David Lorente, Miguel Rellán, Roberto Álamo Estreno 12 agosto 2022

Desde que Mamma Mia revolucionara el mundo de los musicales recuperando las canciones de Abba, muchos han sido los espectáculos y películas musicales que han seguido su ejemplo. Las canciones de Bruce Springsteen, The Beatles, Elton John, Queen o Raffaella Carrá y Mecano en nuestro caso, este último con Hoy no me puedo levantar en la Gran Vía, han servido unas veces para ilustrar sus biografías y otras para contarnos una historia tangencial, como es este caso con los éxitos de Hombres G, grupo icónico de los ochenta, admirados y vilipendiados a partes iguales, pero que cosecharon aquí un éxito rotundo en su época, y lo han seguido haciendo en Latinoamérica, como demostró su reciente taquillazo en el Madison Square Garden de Nueva York. El hecho de que esta sea una coproducción entre España y México habrá seguramente propiciado que sean estas canciones, no precisamente las más distinguidas de esa belle époque madrileña, las elegidas para ilustrar esta blandita y convencional historia de amor entre dos adolescentes a finales de los ochenta, y su reencuentro en época actual, todo ello ambientado en Valladolid, ciudad que a pesar de tener un peso cinematográfico tan rotundo, pocas veces ha servido de escenario cinematográfico.

Los resultados se mueven entre el musical bastante bien llevado, con coreografías enérgicas y movimientos de cámara arriesgados, la comedia de carácter nostálgica administrada con cierto ingenio y unos niños con bastante gracejo, especialmente el menudillo Rodrigo Gibaja, y algunas escenas bien escritas y con cierta capacidad para al menos conmover un poquito. No es poco para como está la situación ahora mismo, si bien sobran las gamberradas de los niños protagonistas, los típicos frikis del colegio que necesitan ser lo que no son para merecer el respeto de los demás, precisamente los mediocres. Estos clichés deberían ir abandonándose en aras a una mejor educación y capacidad para valorar lo que más lo merece.

Por otro lado, aunque al conjunto no le falta ritmo, adolece de una estructura adecuada, de forma que algunos números musicales prácticamente se suceden sin solución de continuidad, mientras de repente el director, curtido en la comedia con títulos como Días de fútbol, Días de cine, el muy olvidable también musical Una hora más en Canarias y Tenemos que hablar, olvida el género de su película y apenas ofrece un número musical durante un buen metraje. Paradójicamente, Secun de la Rosa, que el verano del año pasado nos ofreció un exquisito musical, El cover, tiene un cameo al final de esta película que probablemente será un éxito, mientras la suya fue un inexplicable fiasco de taquilla.

sábado, 26 de septiembre de 2020

BLACK BEACH Aprieta pero no ahoga

España 2020 110 min.
Dirección
Esteban Crespo Guion Esteban Crespo y David Moreno Fotografía Ángel Amorós Música Arturo Cardelús Intérpretes Raúl Arévalo, Candela Peña, Paulina García, Melina Matthews, Luka Peros, Amber Williams, Emilio Buale, John Flanders, Jimmy Castro, Kristof Koenen, Bella Agossov Estreno en el Festival de Málaga 23 agosto 2020; en salas comerciales 25 septiembre 2020

Más acorde al cortometraje con el que su director obtuvo una nominación al Oscar en 2012, Aquel no era yo, un durísimo trabajo sobre los niños soldados en el convulso continente africano, que al trabajo con el que se estrenó en el largometraje, el drama generacional ambientado en Valencia Amar, Black Beach constituye a primera vista un monumental esfuerzo de producción capaz de rivalizar con cualquier superproducción americana o europea. Su sofisticada puesta en escena, tanto en los suntuosos ambientes de Bruselas con los que arranca como en la estremecedora reconstrucción de una supuesta república democrática africana que no disimula su parecido con la Guinea Ecuatorial en la que España dejó tan lamentable herencia, así como su evidente vocación de denuncia, son las mejores bazas de una producción estimable y competente. Sin embargo no ayuda la falta de trasparencia con la que son presentados algunos personajes y situaciones, ya desde un arranque que pese a su confusión sirve para definir a su protagonista como un ejecutivo sin escrúpulos al que los giros argumentales y su relación con otros personajes destacados irá desviando hacia una toma de postura convincentemente moral y comprometida.

Físicamente el generalmente espléndido Raúl Arévalo no da suficientemente la talla, mientras Candela Peña queda algo desdibujada como comparsa con permanente expresión de sorpresa y estupefacción. En el argumento confluyen acertadamente regímenes corruptos en países del tercer mundo al servicio de los intereses de empresas multinacionales, la escasa entidad que tienen los observadores internacionales y la falta de escrúpulos con la que actúan organismos supuestamente filántropos como las Naciones Unidas. Plantea en definitiva el viejo esquema de la supremacía de occidente sobre oriente, del norte sobre el sur, algo que en el momento inmediatamente anterior al rodaje de la película no contaba con una realidad sorprendente y sobrevenida, que puede suponer un revulsivo y nueva toma de conciencia tras siglos de abusos que han derivado en la nauseabunda herencia que han recibido cientos de países desprovistos así de los derechos y recursos más elementales.

Lástima que Crespo derroche buenas intenciones pero no sepa trasladarlas a la pantalla con la suficiente fuerza emotiva, esa que provoca la rabia necesaria para afrontar estas injusticias, y que en la práctica se queda demasiado en la superficie, y eso que hasta el título hace referencia a la gran vergüenza que representan miles de cárceles en todo el mundo en las que se castiga con la mayor de las durezas posibles todo tipo de delitos, incluidos los que suponen enfrentarse al régimen establecido en cualquiera de sus formas, violentas y pacíficas, simplemente porque hay una norma que así lo establece, o a veces incluso con la ausencia de tal. Un club al que parece no queremos pertenecer los países del denominado mundo civilizado, ¿o sí?