domingo, 13 de enero de 2013

NURIA ESPERT Y LA LOBA EN EL LOPE DE VEGA DE SEVILLA Una desafortunada traducción del título original al español

THE LITTLE FOXES de Lillian Hellman
Versión de Ernesto Caballero Escenografía y dirección Gerardo Vera Vestuario Franca Squarciapino Iluminación Juan Gómez-Cornejo Música Luis Miguel Cobo
Intérpretes Nuria Espert, Héctor Colomé, Carmen Conesa, Ricardo Joven,
Paco Lahoz, Markos Marin, Jeannine Mestre, Víctor Valverde e Ileana Wilson
Teatro Lope de Vega, sábado 12 de enero de 2013

Escrita por Lillian Hellman en 1939, The Little Foxes se traduce literalmente como Los pequeños zorros, título que hace alusión a la Canción de Salomón de la Biblia, donde dice “traedme a los zorros, los pequeños zorros que arruinan los viñedos, para que mantengamos una buena cosecha”. Se refiere a las alimañas que abusan de los más débiles para crear su imperio de corrupción, extorsión y poder sin límites, algo que en la época en la que está ambientado el drama de la escritora y amante de Dashiel Hammett estaba únicamente permitido a los hombres. Desde el estreno de su adaptación al cine, tan solo un par de años después de que Tallulah Bankhead lo estrenara en Broadway, fue bautizado en España como La loba, en clara referencia al personaje central de la obra, estigmatizándola y condicionando cualquier buen entendimiento y comprensión de las verdaderas intenciones de la autora.

Que Bette Davis, especialista en personajes de mujer fría, perversa y calculadora, inmortalizara el papel de Regina Hubbard en el cine – grandes actrices como Anne Bancroft, Elizabeth Taylor y Stockard Channing también le dieron vida en el escenario en distintas reposiciones – contribuyó también en gran medida a esta condena del personaje femenino central de la pieza. Pero a buen seguro que entre las intenciones de Hellman, conocida feminista y activista de su época, que incluso llegó a introducir en la escena americana el lesbianismo a través de La hora de los niños (cuya adaptación al cine, de nuevo bajo dirección de William Wyler, también vio tergiversado su título en España por el de La calumnia), no estaba condenar a esta mujer; si acaso castigarla por su calculadora ambición, pero no por su posible perfidia. En realidad Regina no hace otra cosa que utilizar sus armas para evitar que en una sociedad en la que la mujer no tiene derecho a nada, vive a la sombra de su marido y apenas puede decidir sobre su fortuna, su voz llegue a tener eco, aunque para ello tenga que echar mano de sucias estrategias. Si el castigo le llega en forma de hija desagradecida, que prefiere arrimarse a la lumbre de un padre egoísta, vividor e idealista (qué fácil es serlo cuando no se tienen problemas económicos y uno se dedica a observar el entorno mientras disfruta de sus caprichos) que a una madre que solo procura un cambio en la sociedad, un futuro mejor para la mujer, para su propia descendencia. Que la hija no lo entienda es un mal que persiste hoy en día en el que muchas mujeres continúan justificando el maltrato machista y las costumbres misóginas.

Por eso a este drama le perjudica su título. Nuria Espert no encarna a una loba; los personajes masculinos, sus ambiciosos hermanos, el necio de su marido y el patán de su sobrino, sí son los pequeños zorros del título original. Gerardo Vera, que para la ocasión nos ofrece una muy estilizada y elegante puesta en escena, parece haber entendido el libreto y nos muestra una Regina humana, cansada de ser utilizada e ilusionada con las perspectivas que para disfrutar por fin de la vida se le ofrecen en forma de lucrativo negocio. ¿Qué no hay pastel para ella? ¿Cómo que no? Es mujer, pero no tonta. Lástima que en aras a una buena publicidad que sepa aprovechar el tirón de su famosa versión cinematográfica se haya tenido que mantener el título de La loba, con lo apropiado que hubiese sido rebautizarlo como Los pequeños zorros, o simplemente Los zorros.

JACK REACHER El factor humano

USA 2012 130 min.
Dirección Christopher McQuarrie Guión Christopher McQuarrie y Josh Olson, según la novela “Un disparo” de Lee Child Fotografía Caleb Deschanel Música Joe Kraemer Intérpretes Tom Cruise, Rosamund Pike, Richard Jenkins, Werner Herzog, David Oyelowo, Robert Duvall, Jai Courtney, Alexia Fast, Vladimir Sizov, Michael Raymond-James, Joseph Sikora, Josh Helman Estreno en España 11 enero 2013

Autor del sensacional y oscarizado guión de Sospechosos habituales y del ingenioso libreto de Valquiria, ambas dirigidas por Bryan Singer, aunque también del bochornoso El turista, Christopher McQuarrie se prodiga poco como guionista y menos aún como director; ésta es su segunda película en más de una década, y lo hace de la mano de Tom Cruise para lanzar una nueva franquicia basada en el personaje creado por Jim Grant bajo seudónimo de Lee Child. Sin embargo la recaudación en Estados Unidos no ha sido muy halagüeña y la saga podría peligrar. Y es una lástima, porque nos encontramos ante un entretenimiento impecable, con una trama bien urdida y mejor escrita, personajes sólidos y muy bien definidos, hasta el punto de que las motivaciones del personaje central están tan bien descritas que justifican que siempre vaya por delante y se muestre tan sagaz para resolver los enigmas que se le plantean. Pero el secreto de este thriller de investigación criminal salpicado de algunas, contadas, secuencias de acción para que su productor y protagonista luzca palmito, está en el factor humano; en su capacidad para identificarnos con el sufrimiento y las ansias de justicia de un argumento en el que se mezcla la polémica de las armas en Estados Unidos con los negocios inmobiliarios fraudulentos y la extorsión siempre en busca de los máximos dividendos. Toda una mezcla que McQuarrie maneja con inteligencia y buen oficio, contando con un equipo técnico de primera en el que destaca la fotografía del veterano Caleb Deschanel, un montaje que consigue que nunca decaiga el interés ni la tensión, y la música del desconocido Joe Kraemer, dosificada con inteligente criterio y nunca estridente ni apabullante. En la misma línea se mueve un reparto excelente, con grandes nombres como Jenkins, Duvall y el ya legendario realizador alemán Werner Herzog, así como la hermosa actriz británica Rosamund Pike, aquí dando vida a una abogada voluntariosa pero algo perezosa. Pero insistimos en que lo que da al film su carta de distinción, al margen de recuperar un estilo de cine policiaco que andaba algo perdido desde los años 70, es su capacidad para conectar a través de la emoción y el sentimiento literalmente humanos, de forma cálida, contundente y, sobre todo, convincente.

sábado, 12 de enero de 2013

VOLVER A NACER Si ellos se lo guisan, que se lo coman también

Título original: Venuto al mondo
Italia-España-Croacia 2012 124 min.
Dirección Sergio Castellitto Guión Sergio Castellitto y Margaret Mazzantini, según la novela “La palabra más hermosa” de la segunda Fotografía Gianfilippo Corticelli
Música Eduardo Cruz Intérpretes Penélope Cruz, Emile Hirsch, Adnan Haskovic, Pietro Castellitto, Saadet Aksoy, Luca de Filippo, Sergio Castellitto, Mira Furlan, Jane Birkin, Jovan Diviak Estreno en España 11 enero 2013

El cine italiano hace tiempo que no levanta cabeza, salvo por algunos casos esporádicos y aislados; nadie diría que una vez fue innovador y estuvo a la vanguardia de lo que se hacía en Europa. Ahora se conforman con filmar folletines melodramáticos intragables o comedias bobaliconas. A la primera categoría pertenece este bodrio que supone la segunda colaboración entre el actor y director Sergio Castellitto y la actriz Penélope Cruz, tras el éxito cosechado especialmente por ella en 2004 con No te muevas. Todo queda en casa, Castellitto adapta en esta ocasión una novela de su esposa Margaret Mazzantini, se reserva un papel secundario en la película y contrata a su propio hijo para que interprete a su hijo en acogida, todo un error de cásting porque el chico se parece tanto a su padre que hace difícil creer que en la ficción el suyo sea otro. Con la antigua Yugoslavia como telón de fondo, desde el feliz 1984 de los Juegos Olímpicos de Invierno de Sarajevo, hasta la actual ciudad herida pasando por el asedio a la misma y la cruel guerra civil que se cebó con miles de civiles asesinados. Y todo para contar una historia de amor que avanza a trompicones y a fuerza de imposturas, que reivindica la paternidad y la maternidad como obsesión y en donde los personajes son tan irritantes como desenfocados. Penélope, que no realiza ni de lejos uno de sus mejores trabajos, resulta simpática cuando interpreta a una jovencita, recordando incluso a su etapa en Tele 5, pero conforme se hace mayor y su personaje más incoherente, deja de convencer y limita sus dotes interpretativas a berreos insoportables, y eso que el maquillaje para aparentar cincuenta años está conseguido, no tanto así la peluquería resuelta como tantas veces con polvo de talco. Ellos, el norteamericano Emile Hirsch (Hacia rutas salvajes, Speed Racer, Mi nombre es Harvey Milk) y el bosnio Adnan Haskovic dan grima desde el principio, sobreactuados e histéricos. Recuperar a Jane Birkin se convierte en un placer efímero y el visionado final de la cinta en un suplicio para el que hay que hacer un enorme esfuerzo.

EL HOMBRE DE LAS SOMBRAS El horror de la injusticia social

Título original: The Tall Man
Francia-Canadá 2012 106 min.
Guión y dirección Pascal Laugier Fotografía Kamal Derkaoui Música Todd Bryanton, Joel Douek y Christopher Young Intérpretes Jessica Biel, Jodelle Ferland, Stephen McHattie, William B. Davis, Samantha Ferris, Catherine Ramdeen, Eve Harlow, Teach Grant, Colleen Wheeler Estreno en España 4 enero 2013

Se ha repetido hasta la saciedad que ésta no es una película de terror; discrepamos porque entendemos que no hay mayor terror hoy en día que no saber qué nos depara el futuro, vivir sin esperanza y sin destino y ver cómo las diferencias entre las clases poderosas y las pobres cada vez son mayores, a costa de la desaparición paulatina de las medias. Pascal Laugier es un realizador francés cuya anterior película, Martyrs, se ha convertido en un título imprescindible del género de terror para la mayoría de quienes la han visto. Con una precisión milimétrica y una intención férrea, plantea ahora una crónica ambientada en una zona muy deprimida del noroeste norteamericano, donde la falta de trabajo y de recursos económicos ha empobrecido tanto a la población que la ha dejado prácticamente a la intemperie. En ese entorno se suceden continuas desapariciones de niños; un tema trágico donde los haya que ha servido de base para estupendas películas sobre la desmoralización humana y la depravación más cruel y desgarradora, algunas de ellas firmadas por un especialista como Clint Eastwood, Mystic River y El intercambio. La cinta se beneficia de unas estupendas caracterizaciones, especialmente Jessica Biel en el que es sin duda el mejor papel que ha interpretado hasta el momento. Aunque la publicidad parece mostrar una variante sobre ¡que viene el coco!, nos encontramos ante una propuesta mucho más refinada sobre la maldad, el egoísmo, la conveniencia y la justicia mal entendida, sin trampas ni manipulaciones y con un material temático que en nuestro país está desgraciadamente de actualidad. Lo peor es ver a Jessica Biel atravesando en plena noche un bosque convenientemente iluminado.

THE MASTER Almas perdidas en la decadencia

USA 2012 137 min.
Guión y dirección Paul Thomas Anderson Fotografía Mihai Malaimare jr. Música Jonny Greenwood Intérpretes Joaquin Phoenix, Philip Seymour Hoffman, Amy Adams, Laura Dern, Jesse Plemons, Rami Malek, Ambyr Childers, Kevin J. O’Connor, Christopher Evan Welch, Amy Ferguson Estreno en España 4 enero 2013

Con esta película la filmografía de Paul Thomas Anderson adopta definitivamente la forma de una puerta de doble hoja simétrica en la que esa comedia romántica rebelde y caprichosa que es Punch Drunk Love se erige en visagra a cuyos lados encontramos sus dos primeras obras, las que lo descubrieron, Boogie Nights y Magnolia, y que a muchos nos siguen pareciendo sus películas más logradas, y las dos últimas, Pozos de ambición y The Master, que guardan un gran parecido formal y de contenido, y que a algunos nos parecen sus trabajos más pretenciosos, tediosos y prescindibles. En primer lugar hay que interesarse mucho por el mundo de las sectas y los lavados colectivos de cerebros, en plan Iglesia de la Cienciología, para cogerle el punto a esta historia sobre la relación de un alma perdida y un supuestamente carismático oportunista que promueve la teoría de la reencarnación para encontrar respuestas al significado de la vida. Si no existe un interés de base por la temática, difícilmente se entrará en el juego propuesto por Thomas Anderson, a la vista de cómo expone sus premisas y da por sentado la efectividad de estas sectas demonizantes y chupadoras de sangre y recursos económicos. Para convencer lo esencial hubiera sido dotar de mayor definición y carácter a sus personajes, eje alrededor del cual gravita toda la estructura de la película. Joaquin Phoenix no logra convencer a fuerza de sobreactuación y tics nerviosos dando vida al típico perdedor patético, con poco cerebro, mucho temperamento animal y las recurrentes taras psíquicas derivadas de su participación en la Segunda Guerra Mundial y una infancia que se atisba poco satisfactoria en un entorno hostil y carente de cariño; y por supuesto es un adicto al alcohol y al sexo, para colmo de manipulaciones morales. Peor aún Philip Seymour Hoffman, actor mimado de la crítica y la industria, que adoptando un estilo próximo al último Marlon Brando, se atreve a encarnar a un gurú de la reencarnación que con su atractivo y verborrea consigue atraer fortunas varias y vivir así del cuento, él y toda su familia. De ellos se esperaba una relación fascinante e hipnótica en la que la figura del maestro fuera un tótem, una referencia ineludible que cautivara de manera arrolladora, debiéndose erigir su alumno en defensor a ultranza de sus teorías, utilizando para ello la violencia represora si hace falta. Y todo eso está en el guión y en la pantalla, pero no transmite, carece de la fuerza para horrorizar y postular sobre la manipulación y el fascismo, que al fin y al cabo era de lo que se trataba. Limitados los demás a mera comparsa, incluida la siempre solvente Amy Adams, sólo queda disfrutar con sus propuestas estéticas, algunas eso sí hipnóticas, como la capacidad para recrear las postales de los 50 en la sesión de fotografía de los grandes almacenes, algunas soluciones pictóricas inspiradas en el recurrente Hopper, la hermosa secuencia del yate o la carrera en moto a través del desierto. Ambientación, fotografía y la excelente banda sonora de Jonny Greenwood, tan en consonancia con la música disonante y dodecafónica que a mediados del siglo XX cultivaron compositores como Pierre Boulez o Max Richter, merecen más la pena que las sobrevaloradas interpretaciones del elenco protagonista, y desde luego más que la soporífera realización del hace años interesante y joven Paul Thomas Anderson.

jueves, 10 de enero de 2013

GISELLE RECALA DE NUEVO EN SEVILLA

Ballet Giselle, de Adolphe Adam. Ballet Nacional de Letonia. Director Aivars Leimanis. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Director Farhads Stade. Intérpretes Elza Leimane-Martinova, Raimonds Martinovs, Andris Pudans, Iljana Puhova, Sabine Guravska, Arturo Sokolovs. 9 de enero de 2013. Teatro de la Maestranza

El tradicional ballet de reyes del Teatro de la Maestranza, único en todo el año que cuenta con orquesta sinfónica en el foso, echó mano de nuevo de uno de los títulos más sintomáticos y arquetípicos del repertorio romántico. Giselle ya se representó aquí mismo hace exactamente siete años, de la mano entonces del Ballet del Teatro San Carlo de Nápoles y con Igor Yebra como artista invitado. La de ahora es una producción heredera directa de los espléndidos ballets rusos – en el seno del de Letonia se forjaron leyendas como Barishnikov y Godunov cuando aún pertenecía a la Unión Soviética – y de la coreografía original que para su estreno en 1841 crearon Jean Corelli y Jules Perrot, enriquecida con los arreglos y variaciones que para sucesivas reposiciones ideó el mítico Marius Petipa.

Adolphe Adam, que se consideraba a sí mismo como un compositor mediocre, se sorprendería al comprobar la popularidad que han alcanzado de entre su generosa producción, más de ochenta trabajos escénicos que incluyen una ópera titulada Giralda, obras como la Canción de Navidad popularizada como O Holy Night, o sus ballets El corsario y especialmente éste que nos ocupa. Amigo íntimo de Berlioz y maestro de Delibes, compuso también numerosas canciones para el vaudeville francés; su música, clara, sin ambición, fácilmente comprensible y divertida, se codea hoy gracias a Giselle y El corsario con los grandes ballets de Tchaikovsky, Prokofiev, Stravinsky y Minkus. La ROSS ya conocía esta partitura desde que acompañara al montaje del Ballet de San Carlo, pero la de ahora ha sido una interpretación memorable y sensacional que supera con creces a la de entonces; a esto no es ajena la batuta de Farhads Stade, familiarizada con el ballet romántico y estrechamente ligada a la Ópera Nacional de Letonia y a los montajes danzísticos de Aivars Leimanis. Momentos clave como la Marcha de los viñadores o las danzas del primer acto derrocharon vitalidad, así como la Entrada de Giselle o el paso a dos del segundo acto exhibieron una enorme gracia y elegancia, sin olvidar el carácter grotesco y hasta espeluznante ofrecido en la fuga de las willis. El conjunto, en perfecta sincronía con el baile, mostró en todo momento precisión, calidez y ningún complejo frente al melodrama. Lástima que no se pudiese apreciar sus prestaciones en todo su esplendor a causa de las implacables y despiadadas toses del público del Maestranza. Y luego dicen que urgencias está colapsada…

Giselle recupera gracias al libreto de Vernoy de Saint-Georges y Théophile Gautier las leyendas sobre novias cadáveres que recogió el gran Heinrich Heine en su libro De l’Allemagne, así como elementos fantásticos que ya aparecían en el ballet Le Sylphide de Jean-Madeleine Schneitzhoeffer, muy popular a principios del siglo XIX. A diferencia del montaje de hace siete años, que ambientaba la acción en el alto medievo, el de ahora lo hace a mediados del siglo XVII a través de un exquisito, rico y muy variado vestuario, obra de Inaura Gauja, responsable también de la escenografía, en la que se combinan colores vivos y luminosos en el pastoral acto primero, con azulados fantasmagóricos y desvalidos en el sepulcral segundo. Todo contribuyendo a crear una atmósfera de fábula y ensoñación, extremadamente clásica y de agradecida digestión para el público en general. Igual que en aquella ocasión de 2006, se echó mano también de solventes soluciones lumínicas para imitar relámpagos en el segundo acto, así como una espesa niebla que se colaba en el foso sin que parezca llegara a afectar a los músicos.

La férrea disciplina de los ballets del este se hizo patente en una coreografía escenificada con extrema pulcritud y precisión, haciendo que pareciera fácil lo difícil, caracterizada por sublimes números de conjunto en los que complejos y brillantes pasos se sucedían sin pausa y a la vez con una perfecta sincronización. En el apartado individual destacar el trabajo impecable, lleno de fuerza dramática, expresividad y titánico dinamismo de la protagonista, en esta ocasión Elza Leimane-Martinova, mientras Raimonds Martinovs encarnó al perfecto príncipe azul haciendo gala de excelentes prestaciones para la acrobacia así como para la galantería y la delicadeza romántica. Pero no quedaron atrás el excelente Andris Pudans como Hilarión, el guardabosques, también magnífico acróbata y entregado actor, así como el paso a dos del primer acto de Sabine Guravska y Arturo Sokolovs, un generoso recital de piruetas, saltos, elegancia y energía, todo lo cual mereció la crecida ovación del público congregado.

martes, 8 de enero de 2013

LA NOCHE MÁS OSCURA Diez años de obcecación

Título original: Zero Dark Thirty
USA 2012 157 min.
Dirección Kathryn Bigelow Guión Mark Boal Fotografía Greig Fraser Música Alexandre Desplat Intérpretes Jessica Chastain, Jason Clarke, Joel Edgerton, Jennifer Ehle,
Mark Strong, Kyle Chandler, Edgar Ramírez, Reda Kateb, Scott Adkins, Chris Pratt,
Taylor Kinney, Harold Perrineau, Mark Duplass, James Gandolfini
Estreno en España 4 enero 2012

Desconocemos por qué esta película se ha estrenado en nuestro país una semana antes que en el resto del Mundo, a excepción de los habituales pases limitados en Estados Unidos a finales del pasado año para poder participar en las nominaciones a los Oscar. Lo cierto es que de cara al estreno a partir del próximo fin de semana en su país y otros, todos los aparatos de publicidad parecen pocos, y entre ellos los más efectivos suelen ser los que toman forma de noticia, generalmente como reclamos de posibles polémicas. Que la CIA esté incómoda por las revelaciones incluidas en esta película y por sacar a la luz sus métodos de trabajo nos parece exagerado, por cuanto todo lo más se escenifican torturas, tampoco excesivamente sangrientas, y ya conocíamos con creces su práctica en la agencia de inteligencia norteamericana. No hay tampoco muchos más datos sobre métodos de investigación, sino que asistimos a una especie de cruce entre la serie de televisión Colombo y la película de Sidney Lumet Network. Un mundo implacable. De la primera se extrae la teoría de la obsesión con la que el popular agente resolvía sus casos; se obcecaba desde un principio en un sospechoso y no paraba hasta desenmascararlo, eso sí con argumentos muy sólidos y convincentes. Aquí, como en gran parte de la producción norteamericana reciente, se echa más mano de la confusión y la acumulación de datos y nombres, que sólo generan en el espectador cierta sensación de pérdida y desorientación, muchas veces confundida con aturdimiento por la supuesta extrema inteligencia del guión que le sirve de base. De la cinta protagonizada por Faye Dunaway se extrae el personaje femenino, una mujer que vive solo y exclusivamente para su trabajo, sin espacio para vida privada alguna; claro que lo que allí era construcción psicológica y humana del personaje, realizada con suma atención al detalle, aquí se convierte en un personaje psicológicamente indefinido, que a lo largo de una década buscando el paradero de Ben Laden apenas exhibe grandes cambios y no convence tampoco de que tal actividad pueda absorberla tantísimo, a tenor de la línea de investigación en la que se obceca prácticamente desde un principio. Si algo demuestra esta película cuyo título original hace referencia a la hora en la que fue encontrado el terrorista islámico, las 12.30 de la oscura noche, es la habilidad de su realizadora para manejar tantos personajes y sacar de ellos buenas interpretaciones, y para convertir una cinta de acción en un trabajo formalmente sólido y pretendidamente trascendental. Destaca la interpretación de Jessica Chastain, a pesar de que sobre el papel su personaje se encuentra algo desdibujado. Mark Boal, que debutó con En tierra hostil y repite ahora con la directora en su doble faceta de productor y guionista, despliega un trabajo complejo e intrincado pero confiado en exceso a la evidencia y a la confusión que voluntariamente provoca la ingente cantidad de información que pretende ofrecer. Sus dos horas y media se antojan una vez más excesivas, pero al menos se agradece la habilidad de Bigelow para no hacerlas interminables y dotar al conjunto del encanto de gran espectáculo y propuesta a todas luces entretenida. También se le agradece el tono aséptico casi de documental que otorga a la narración, de tal forma que igual se puede aborrecer lo que se nos cuenta, las tácticas empleadas por la CIA y sus agentes así como la manipulación política del terror, que adherirse a esas premisas, sin que de la realización se atisbe afinidad alguna con una u otra postura. Que lo que cuenta obedezca a la verdad es tan discutible como que el cadáver identificado por la agente protagonista sea el que realmente interesa, toda vez que ella se ha jugado tanto en la cruzada que no podría reconocer equivocación alguna en su desenlace. Ni ella ni nosotros sabemos a dónde vamos después de esta convulsa y confusa primera década del milenio; de ahí unas lágrimas que personifican nuestro dolor y también nuestro odio, el que gestionan los políticos para, al fin y al cabo, hacer siempre lo que les da la gana.