Mostrando entradas con la etiqueta Teatro Lope de Vega. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Teatro Lope de Vega. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de febrero de 2023

LA ROSS CONOCE A BUSTER KEATON

El maquinista de La General, de Buster Keaton y Clyde Bruckman. Proyección de la película muda con música de Timothy Brock en directo. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Timothy Brock, dirección. Teatro Lope de Vega, viernes 3 de febrero de 2023


Timothy Brock parece estar encantado
con los maestros y maestras de la Sinfónica de Sevilla, con el público sevillano y hasta con el Teatro Lope de Vega, al menos esa es la impresión que nos dio anoche, así que repite experiencia después del éxito obtenido la temporada pasada con las películas de Chaplin El chico y Luces de la ciudad. Ha seguido con la estela de los grandes comediantes del cine mudo y le ha tocado el turno naturalmente a Buster Keaton y ese prodigio cinematográfico que fue y siegue siendo El maquinista de La General o The General según su título original, algunas de cuyas épicas secuencias parecen haber inspirado ciertos episodios homenajeados en Babylon de Damien Chazelle, en cines con sus pros y sus contras.

Timothy Brock. Foto: Marina Casanova

Inspirada en un libro sobre la Guerra de Secesión en el que un grupo de soldados del norte se disfrazaron de sudistas para robar un tren confederado y dirigirse junto a sus camaradas, hasta que fueron capturados y ejecutados, Keaton limó asperezas para adaptarse mejor al espíritu de una comedia y fijó su punto de vista en un héroe anónimo, el maquinista del título, rechazado repetidas veces para alistarse en el ejército del sur, ante la incredulidad de su amada, Marion Mack, que lo creía más bien un cobarde. El maquinista Johnnie Gray persigue por azar a este grupo de enemigos unionistas que roban el tren con su amada dentro, hasta coronarse héroe dentro de una estructura deliberada y felizmente simétrica y una narrativa épica por los cuatro costados. Es el film estrella de un héroe que nunca sonríe pero se muestra determinado, provocando los más hilarantes y memorables gags y exhibiendo una humanidad férrea y un sentido del espectáculo notable e increíblemente desarrollado teniendo en cuenta unos recursos que hoy consideraríamos precarios, pero que ni siquiera ahora deslucen en pantalla.

Música perfecta en ritmo y estilo

Con la orquesta inspirada e incentivada, Brock propuso su propia partitura, escrita en 2005. El compositor americano ha reconstruido varias bandas sonoras de autores como Shostakovich (New Babylon), Antheil, Saint-Saëns (L’assassinat du duc de Guise) o Chaplin (Tiempos modernos, Luces de la ciudad, La quimera del oro) y ha compuesto nuevas partituras para Amanecer y Nosferatu de Murnau, El gabinete del Dr. Caligari de Wiene y El abanico de Lady Windermere de Lubitsch, entre otras. Buen conocedor y auténtico especialista del medio, sus obras se adaptan como un guante al estilo de la época, consiguiendo resultados tan sorprendentes y estimulantes como el disfrutado anoche en el teatro de la Exposición de 1929. Tres años antes se estrenó esta película que a lo largo de los años ha contado con diversas partituras, pero nunca en su estreno. Compositores como Konrad Elfers para su reestreno en 1962, el consumado especialista en el género Carl Davis en 1987, Robert Israel en 1995, y hasta el japonés especializado en Manga Joe Hisaishi, han prestado su talento para ilustrar las imponentes imágenes de este hito del cine épico y los divertidos gags que atesora y todavía sintonizan con el público actual. La de Brock resulta pegadiza gracias al insistente recurso del leit motiv y un tema principal a ritmo de tren especialmente inspirado, así como sus recurrentes marchas, algunas extraídas y recuperadas de la época revivida en pantalla.

Foto: Marina Casanova

Los y las maestras de las ROSS parecieron divertirse con la propuesta de Brock, se ciñeron como un guante a sus indicaciones y sus diversos humores y estilos, que incluyen el tan representativo dixie de la época evocada o el foxtrot y el ragtime de aquella en que se concibió el prodigio, con la sección de metales especialmente inspirada, en perfecto estilo y un sentido muy elocuente de la narrativa y del espíritu vintage que inundó la función. Especialmente relevante fue la intervención de la percusión, dispuesta en los balcones bajos junto al escenario, y con la que brilló sobre todo Louise Paterson emulando los efectos de sonido más variados, desde martillazos a golpes cómicos, relámpagos y truenos o explosiones, aunque en algún momento atisbó una pequeña desincronización que podría haberse quizás evitado con un monitor de referencia. Destacable fue también la intervención del trío de violines solistas, en solos o en diálogos muy expresivos. No faltó ritmo y vigor, siempre a un excelente nivel, lo que provocó que el público respondiera al trabajo de la orquesta con un cálido, largo y sincero aplauso, lo que demuestra que esta propuesta debería asentarse, material hay para aburrirse.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 24 de noviembre de 2022

VIAJE BOTÁNICO-NOSTÁLGICO POR LA SEVILLA DEL 29


Concierto conmemoración de la Exposición Iberoamericana de 1929 en Sevilla. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. José Luis Temes, dirección. Laura Hojman, pieza audiovisual. Programa: Canción árabe, de Julio Gómez; La Romería de los Cornudos, de Gustavo Pittaluga; Don Lindo de Almería, de Rodolfo Halffter; Rimas infantiles, de María Rodrigo. Teatro Lope de Vega, miércoles 23 de noviembre de 2022

José Luis Temes y en segundo término, Laura Hojman. Fotografía: Marina Casanova

Aunque quedan más de seis años para celebrar el centenario de la Exposición Iberoamericana de 1929, un revulsivo que cambió la fisonomía de la ciudad y añadió nuevos y relevantes atractivos a una urbe ya de por sí tan hermosa y distinguida, anoche el Lope de Vega puso en escena un singular concierto ilustrado con imágenes rodadas y recopiladas por la directora sevillana Laura Hojman. Detrás del evento estuvo el siempre inquieto hasta la médula director madrileño José Luis Temes, tan comprometido con la música de nuestro país (ha estrenado más de trescientas cincuenta obras españolas y publicado más de cien discos con patrimonio musical español de los últimos tres siglos), como agitador de proyectos como este o el LUZ, con el que fusiona mediometrajes de nuevo cuño con música sinfónica española conectada con el tema tratado en cada uno de ellos. Premio Nacional de Música en 2008, Temes condujo por muy buen camino este concierto, ya desde sus simpáticas, elocuentes e ilustrativas palabras de introducción.

En lo musical el evento resultó un acierto, por el interés de las páginas programadas y la excelencia de su interpretación, mientras en lo visual el trabajo de Hojman se nos antojó perezoso y rutinario. Como ya hiciera en Machado, los días azules, la directora exhibió su pasión floral, fijando su atención en la frondosa arboleda y la riqueza floral del Parque de María Luisa como en aquel título lo hiciera en los jardines del Palacio de Dueñas. Pero la parte documental fue aún más decepcionante, pues de la más que segura ingente cantidad de material gráfico de la época, especialmente el que atañe a la construcción de espacios y pabellones, apenas pudimos disfrutar de algunas escenas coyunturales y otras costumbristas que si bien motivaron nuestra sensibilidad nostálgica, nos parecieron quedarse cortas e insuficientes. Además desfilaron ante nuestros ojos inconexas y sin un tratamiento discursivo adecuado al ritmo y las inflexiones narrativas de la música.

Fotografía: Marina Casanova

Música digna de descubrimiento

Todo lo contrario pasó con la música, cuatro piezas de la época que evidenciaron una vez más la trágica fuga de cerebros, cultos e intelectuales, que sufrió este país apenas unos años después de la época visitada. Tres compositores y una compositora, todos de Madrid, que si no estuvieron directamente en la vanguardia, se acercaron, y desde luego mostraron estar muy atentos y atenta a lo que se hacía en la Europa más refinada y avanzada. Todo aquello se perdió con los cuarenta años que tendrían que venir, salvo por reducidos resquicios de resistencia, como esa Generación del 51 que tanto tuvo que ver con la influencia ejercida por autores como los convocados en este interesante y atractivo concierto. También estas particularidades contribuyeron a que disfrutáramos del espectáculo con nostalgia y una conmovedora melancolía. La Canción árabe de Julio Gómez, consuegro de Turina y practicante del nacionalismo tardo-romántico sinfónico español, es una delicada pieza que se desliza con toda la elegancia y frescura que supo imprimirle el veterano Temes al frente de la ROSS. Mucho debe al universo de Falla, del que Gustavo Pittaluga, hijo del famoso médico italiano afincado en nuestro país, era ferviente admirador, como se aprecia perfectamente en el ballet de corte neoclásico La romería de los cornudos. Pittaluga tuvo que exiliarse en México cuando estalló la Guerra Civil, y allí compuso la banda sonora de Los olvidados de Buñuel, junto a Rodolfo Halffter, autor de la siguiente página interpretada, el ballet Don Lindo de Almería, donde se dan cita acordes disonantes más comprometidos con la época y al vanguardia, en consonancia con los ballets de Dhiagilev que tanto predicamento tuvieron también en la España previa el desastre de la guerra y la dictadura. Uno de sus pasajes, la muy bien paladeada Ceremonia nupcial, estuvo ilustrado con unas maravillosas vistas aéreas de la ciudad en aquella ilusionante transición de décadas.

Un momento del ensayo, con la Plaza Nueva al fondo. Fotografía: Lolo Vasco

Los ballets de Pittaluga y Halffter fueron inmortalizados en 1996 en una grabación de la Sinfónica bajo la dirección de Antoni Ros Marbá dentro de la serie Documentos sonoros del Patrimonio Musical de Andalucía, bajo el equívoco título de La generación musical del 27. Las Rimas infantiles de María Rodrigo las grabó el propio Temes junto a la Orquesta del Real Conservatorio de Madrid hace apenas unos años, por lo que de una u otra manera los intérpretes estaban ya familiarizados con el programa. Como sus compañeros, María Rodrigo también tuvo que emigrar. Ser la primera mujer que estrenó una ópera en España no le sirvió para ser respetada y admirada por el régimen, como tampoco le sirvió a su hermana, primera mujer española licenciada en psicología. Las personas pensantes son naturalmente una amenaza para quienes quieren imponerse mediante la ignorancia y el miedo. Basadas en célebres canciones infantiles de la época (pudimos distinguir Tengo una muñeca vestida de azul y Mambrú se fue a la guerra) Rodrigo glosa estas tonadillas con un sentido del ritmo y la armonía realmente asombroso. El resultado es un entrañable ciclo de cinco piezas tan evocadoras como magistralmente orquestadas de las que el conjunto y su entusiasta director sacaron el máximo partido, siendo de nuevo uno de sus pasajes más líricos, la rima número tres, la que sirvió para disfrutar con algunas de las imágenes más evocadoras de la Sevilla del 29 y alrededores, habitada por tantos fantasmas como recuerdos.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 26 de octubre de 2022

McLORIN SALVANT, SUGERENTE Y ATERCIOPELADA

Ghost Song. Cécile McLorin Salvant, voz. Marvin Sewell, guitarra. Paul Sikivie, contrabajo. Glenn Zaleski, piano. Keito Ogawa, percusión. En complicidad con el Festival de Jazz de la Universidad de Sevilla. Teatro Lope de Vega, martes 25 de octubre de 2022


Cécile McLorin Salvant repitió escenario en su segunda comparecencia ante la afición sevillana. Debe estar familiarizada y encantada con el Lope de Vega y su magnífica acústica, también nosotros lo estamos con ella, su generosidad y su simpatía. En estos siete años la niña ha dado paso definitivamente a la mujer, como rezaba aquel registro de 2013, WomanChild, ha cosechado más éxitos y reconocimientos, dos Grammys más (y van tres) y la rendición prácticamente general de público y entendidos. Ha vuelto ya como una estrella sobradamente consagrada, con un repertorio muy distinto y un estilo más personal y sofisticado que cuando todavía se le comparaba con las grandes divas de la canción americana, Vaughan y Holiday a la cabeza. Pero mantiene esa simpatía y esa cercanía que ya entonces le caracterizaba y que le permite hacer amables concesiones al público que se dirige, en forma de esa impecable pronunciación castellana con que afrontó las propinas y con la que anunció una laringitis en proceso de superación que le obligó a abordar un programa algo más ligero y relajado del que en principio pudiera tener preparado.

Este inconveniente no le impidió exhibir una voz sólida, educada y de timbre profundo y aterciopelado. Una voz sugerente capaz de superar todo tipo de inflexiones y cambios de registro que se han convertido en marca de la casa y que hicieron las delicias de un público con el que en principio le costó enganchar, en parte debido a esa característica de sus funciones que consiste en contar historias, interpretarlas como si de una actuación dramática se tratara, lo que exige dominar el francés o el inglés, por muy clara e impecable que resulte su pronunciación. Incluso ese portugués con el que encaró las letras ancestrales de un tema con mucho colorido carioca que sirvió a Keito Ogawa y Glenn Zaleski para mantener un fluido y virtuosístico combate cuerpo a cuerpo, y es que quizás también debido a esa dolencia dejó mucho espacio para sus formidables músicos. De esto se benefició también Paul Sikivie al contrabajo, que dejó deslizar su talento con mucha elegancia y encanto en piezas como Until, que Sting compuso para la banda sonora de la comedia romántica Kate & Leopold protagonizada por Meg Ryan y Hugh Jackman. También destacó Marvin Sewell, especialmente en unas primeras canciones que McLorin entonó en francés y el guitarrista de Chicago adornó con un trabajo tan exquisito como extenuante. Él fue también responsable en gran medida de la magia que asomó en momentos muy destacados del concierto.

Cécile está de gira por Europa para presentar su último disco, Ghost Song, su trabajo más experimental hasta la fecha si dejamos de lado ese Ogresse que estrenó en el Met en 2018 y pronto convertirá en película de animación, otra de sus grandes pasiones. En este trabajo escénico homenajea a Sara Baartman, todo un símbolo de la lucha étnica que fue exhibida en Europa como freak. Pero como suele ocurrir cada vez que se anuncia una gira de presentación, apenas pudimos escuchar nada de este trabajo, Ghost Song, publicado hace apenas unos meses, aparte ese Until ya referido que Salvant deconstruyó hasta hacerlo irreconocible. Dejó también de lado los clásicos americanos que han protagonizado gran parte de su discografía y recitales, centrándose en composiciones propias y alguna rareza como ese Obsession que dedicó a su madre en el día de su cumpleaños. No faltó por supuesto su tradicional incursión en el teatro musical, esta vez de la mano del cabaret y su máximo exponente, Kurt Weill, de quien recitó con portentosas dotes cómicas Pirate Jennie de La ópera de tres peniques, toda una declaración de guerra a los hombres de parte de una mujer que clama venganza. Pudimos apreciar además que su estilo se ha personalizado tanto que ya no cabe compararla con las grandes referentes del género, como demostró en un Devil May Care de Bob Dorough, nada que ver con la icónica versión de Diana Krall, de líneas melódicas sustancialmente transformadas. Lástima que se denotara en la dinámica del concierto esa dolencia de la que aún no se ha recuperado, si bien no afectó a la dulzura de su voz ni a las inflexiones a que es capaz de someterla, dejando claro que es fruto también de una educación exquisita. En las propinas entonó en perfecto castellano el Gracias a la vida de Violeta Parra y se atrevió por bulerías con Todo es de color de Lole y Manuel... No se puede pedir más.

Foto: Mª Ángeles Ruiz
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 13 de mayo de 2022

SOLO ELLA ES YA UN GRAN ESPECTÁCULO

3er Concierto del Ciclo Noches del Lope de la Temporada nº 31 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Leonor Bonilla, soprano. Óliver Díaz, director. Programa: Obras de Ramón Carnicer, Manuel García, Gerónimo Giménez, Federico Moreno Torroba, Wolfgang Amadeus Mozart, Jules Massenet y Léo Delibes. Teatro Lope de Vega, jueves 12 de mayo de 2022


Desde que se hiciera con el primer puesto en el Certamen Nuevas Voces Ciudad de Sevilla, la paisana Leonor Bonilla se ha ido haciendo fuerte no solo en nuestro país sino con una carrera ya internacional que ha ido afianzando su peso en la profesión. Un camino que entre nosotros se ha ido consolidando en el Teatro de la Maestranza y el Espacio Turina, junto a la Sinfónica en óperas como Lucia di Lammermoor, El elixir de amor y más recientemente Capuletos y Montescos, con la Barroca en su último concierto de Navidad, y en galas como la que presentó Pedro Halffter junto a la Orquesta Nacional de España en un ya lejano 2016, o la que celebró el treinta aniversario del coliseo junto a figuras como Ainhoa Arteta o José Bros, así como la que reabrió el Maestranza tras la pandemia en julio del 2020. Han sido peldaños en los que hemos ido descubriendo cómo su talento, su esfuerzo y dedicación, y sobre todo la madurez de su voz han ido cosechando triunfos y confianza, hasta alcanzar cumbres tan indiscutibles como la que nos brindó ayer en el Lope de Vega en su primer concierto en solitario junto a la ROSS.

Podría decirse que el de ayer fue un concierto diseñado a imagen y semejanza de los que antes saludaban la Feria de Abril, justo antes de que de la otra Maestranza comenzara el precioso desfile de carruajes, el domingo que antes preludiaba la fiesta sevillana. En el programa, maestros patrios y extranjeros celebraron la gracia de nuestra tierra, desde Mozart y las aventuras de Fígaro a la zarzuela que Gerónimo Giménez dedicó a uno de nuestros monumentos más emblemáticos, pasando por el concepto que de una sevillanas tenía Massenet o el dominio del bel canto que llegó a cosechar el tenor sevillano Manuel García. Todos fueron invocados en este particular concierto en el que luciendo de nuevo el que parece ser su color favorito, un rojo apasionado y seductor, cautivó al público con una voz extraordinaria, profunda y perfectamente colocada y timbrada, sedosa y rutilante a la vez, tan precisa y llena de confianza que es capaz de las más elaboradas ornamentaciones y control de la coloratura sin llegar a resultar en ningún caso ni estridente ni exagerada. Y lo que es mejor, con esa capacidad para conectar y enganchar al público que es exclusiva de los grandes artistas. Ella constituye por sí sola un gran espectáculo.

Músicas con olor a jazmín

Estos días se está confirmando aquello de que en Sevilla no existe primavera, que pasamos de repente y casi siempre sin previo aviso al rigor del calor veraniego, y sin embargo seguimos mitificando esa supuesta primavera sevillana como un fenómeno no solo atmosférico sino cultural. Así lo demuestra el programa de este último concierto de la temporada de la ROSS en el Lope de Vega, marcado por el aroma a jazmín que tanto caracteriza esa ficticia primavera, y así lo demostró Bonilla en sus interpretaciones de Manuel García, con un aria y cavatina de Don Quijote, sobre agudo incluido, que en la propina convirtió hábilmente en seguidilla con solo la incorporación de unas idiomáticas castañuelas tocadas por ella misma con el mismo arte que tilda su canto. Una gracia y un desparpajo que lució también en la famosa romanza Me llaman la primorosa de El barbero de Sevilla de Giménez, rebelde mantón incluido, o portando abanico en la habanera de la zarzuela de Moreno Torroba Monte Carmelo. El mismo encanto y generosa proyección, pero ya con otro estilo, que destiló con la aludida Sevillana de la ópera rara, como aquel sello que recuperaba títulos poco divulgados del teatro lírico, Don César de Bazán, y la encantadora Canción española de Las hijas de Cádiz de Delibes.


Decíamos a propósito del concierto de la ROSS Joven del pasado lunes que esta era una semana muy comprometida y fatigosa para el director asturiano Óliver Díaz, que el próximo sábado y domingo acompañará a la orquesta en formación camerística y a nuestra querida Ruth Rosique en una interpretación de Pierrot Lunaire de Schoenberg. Y de nuevo demostró anoche que es un nombre solvente y muy a tener en cuenta, logrando en todo momento interpretaciones muy en estilo, vivaces y entregadas de la Sinfónica en piezas como la rossiniana obertura de El barbero de Sevilla de Ramón Carnicer, el majestuoso y variopinto preludio de La torre del oro y la enérgica obertura de Las bodas de Fígaro mozartiana, como adelanto de la nueva temporada del Maestranza conocida apenas unas horas antes. Pero sobre todo Díaz demostró un respeto y una compenetración extraordinarias con quien protagonizaba la cita, la cada vez más imprescindible Leonor Bonilla, tan joven y llena de talento.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 14 de marzo de 2022

LA MUJER TIGRE, UN MUSICAL CON MUCHAS ETIQUETAS

Ópera de cámara o tonadilla escénica contemporánea de Manuel Busto. Dramaturgia y voz actoral de Julio León Rocha. Manuel Busto, dirección musical. Fran Pérez Román, dirección escénica. Julia Rodríguez y Fran Pérez Román, escenografía. Silvia Balbín, movimiento escénico. Benito Jiménez, iluminación. Gloria Trenado, vestuario. Lauren Serrano, sonido. Reyes Carrasco, cantaora. Paula Comitre, bailaora. Natalia Labourdette, soprano. Trío Arbós (Ferdinando Trematore, violín; José Miguel Gómez, violonchelo; Juan Carlos Garvayo, piano). Proyecto Lorca (Juan M. Jiménez, saxofones; Antonio Moreno, percusión). Agustín Diassera, percusión. Una producción del Teatro de la Maestranza y el Teatro Lope de Vega. Teatro Lope de Vega, domingo 13 de marzo de 2022

Reyes Carrasco en una imagen publicitaria del montaje
Ya es buena noticia que dos administraciones públicas, y de signo contrario, se pongan de acuerdo para llevar a buen puerto un proyecto, sea de la índole que sea. Si además este resulta suficientemente digno, podemos frotarnos las manos. Así es este particular montaje que ve la luz gracias al esfuerzo y el talento de un buen puñado de profesionales, y que en forma de ópera de cámara o eso que llaman la recuperación de la tonadilla escénica, convierte una proclama social y casi política en un competente espectáculo musical que aúna diversas disciplinas escénicas con hechuras de teatro contemporáneo y una dramaturgia encaminada más a la llamada de atención que al relato concreto. Lo que no es tan buena noticia es que solo se hayan programado dos funciones. Parece como si sus propios artífices no confiaran en la empresa, lo que sorprende considerando la cantidad de publicidad mediática prestada.

Paula Comitre
Lo primero que destaca es que tratándose de una especie de ensayo sobre las muchas etiquetas que la vida reparte entre nosotras y nosotros, y que nos obligan a desarrollar unos roles que limitan y encasillan nuestra libertad y capacidad de crecimiento, precisamente el mismo espectáculo eche mano de tantas etiquetas, desde la ópera al flamenco, del teatro conceptual a la danza, de la música contemporánea a la tonadilla escénica. Una combinación de todo ello, pero no una liberación de estilo y tendencias, es lo que propone este trabajo concebido desde la música de Manuel Busto y la dramaturgia de Julio León Rocha, encargado también sobre el escenario de narrar los acontecimientos que giran alrededor del extraño caso de la mujer tigre. De toda esta combinación nos merece especial atención la muy lograda música del joven Manuel Busto, a quien estamos acostumbrados a ver dirigiendo con entusiasmo y sentido de la responsabilidad a los niños y niñas de la Escolanía de Los Palacios, y que con esta obra consolida su mérito como compositor a tener en cuenta. Surgen también aquí las etiquetas a la hora de describir y valorar su música, que combina las vanguardias más reconocibles de los últimos cien años, con especial parada en el expresionismo alemán tan asociado a Strauss, y un sentido de la orquestación y una alternancia de la tonalidad y la atonalidad que logra llegar con facilidad a todos los oídos, con y sin prejuicios. Para ponerla en marcha, además del ahínco y el compromiso con el que el propio Busto se puso al frente de los atribulados músicos, se ha contado con el excelente trabajo del prestigioso Trío Arbós, piano preparado incluido, y la percusión atenta y atinada, notablemente aflamencada por exigencias del guion, de Proyecto Lorca y Agustín Diassera, además un idiomático saxo también ligeramente intervenido.

Ópera y flamenco, un maridaje discutible

Natalia Labourdette
Sorprende también gratamente el trabajo dramático propuesto, que en su acumulación de tópicos y diversas ingenuidades, logra enganchar al público y transmitirle ese espíritu feminista que inspira el conjunto, donde una primera aproximación a diversos tipos de etiquetado nos lleva a la conclusión que donde los atributos del hombre son elogios (machote), los de la mujer y otras diversidades invitan a la mofa (putón, feminazi, maricón, gorda), y así sigue siéndolo en la proliferación de restaurantes y locales que utilizan con intención graciosa estos estigmas que la sociedad ha ocasionado a un colectivo tan castigado. Molesta que todo lo que surja de Andalucía tenga por fuerza que llevar la etiqueta del flamenco, el quejío y el lamento. Es como aquella dilatada época en la que el teatro andaluz tenía que mirarse por fuerza en Lorca y resolverse con sábanas blancas. No discutimos que el flamenco pueda formar parte de la ópera, y así lo ha sido en muchísimas ocasiones, pero no siempre funciona, y desde luego no lo hace cuando pretende erigirse en dueño de la función, aunque sea veladamente como en esta ocasión.

La mujer tigre es flamenca. La joven cantaora Reyes Carrasco, con voz rotunda y arrolladora, es la que se queja y la que emerge de sus complejos y diferencias para luchar sin parar y reivindicar lo diverso y singular. Lírica es la voz de quien la provoca y humilla, una Natalia Labourdette que revalida su poderosa voz y generosa proyección, con mayor participación que su compañera y agudos sobresalientes adornando esa valiosa contribución. Paula Comitre lo baila todo, sin parar, un trabajo extenuante en el que no faltan las exhibiciones de agilidad y virtuosismo danzante. Ellas tres hacen un trabajo excelente, pero la combinación entre ópera y flamenco no funciona, y la necesidad imperante en los círculos bohemios e intelectuales de la ciudad de añadir este tópico a todo lo presuntamente creativo, cansa. Fuimos más modernos en la década de los setenta del siglo pasado, cuando Triana, Alameda o Medina Azahara echaron mano del flamenco para hacer algo realmente genuino e irrepetible en el universo del rock. Lo de ahora sin embargo se nos antoja rancio e inoportuno a efectos estrictamente creativos.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 19 de diciembre de 2021

ROSS Y CHAPLIN EMOCIONAN EN EL LOPE DE VEGA

The Kid / City Lights, de Charles Chaplin. Proyección con música original de Charles Chaplin en directo. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Timothy Brock, director. Teatro Lope de Vega, sábado 18 y domingo 19 de diciembre de 2021


El placer de escribir y opinar sobre espectáculos musicales en vivo crece cuando se trata de acontecimientos tan redondos y emotivos como estos, la recuperación en doble sesión, sábado por la tarde y domingo por la mañana, de dos obras maestras de Charles Chaplin con su música original interpretada en directo por una orquesta todo terreno como la Sinfónica de Sevilla. Para la ocasión la gerencia de la orquesta ha tenido el acierto de invitar a una de las batutas más acreditadas para llevar la empresa a buen puerto, el estadounidense Timothy Brock, que junto a Carl Davis constituye la autoridad más reconocida en materia de recuperación de clásicos del cine mudo y su música. Suyas son muchas de las bandas sonoras que hoy lucen películas clásicas de aquel momento, mientras en el mercado podemos encontrar grabaciones impecables de cintas como Tiempos modernos.

En aquella pionera era del cine solo las grandes superproducciones tenían el privilegio de contar con una banda sonora explícita para su estreno a bombo y platillo en las salas más apoteósicas y con asistencia de todo su equipo artístico. Pudimos comprobarlo hace unos años con la música que Hugo Riesenfeld compuso a partir de la ópera de Bizet para la película de Cecil B. De Mille Carmen, que también la Sinfónica de Sevilla abordó con maestría entonces en el Teatro de la Maestranza. Pero lo habitual es que estas películas de las décadas de los diez y veinte del pasado siglo fueran ilustradas con improvisaciones o listas programadas al piano o pequeño conjunto instrumental en cines de todo el Mundo. Las de Chaplin no fueron una excepción, y solo con el paso del tiempo y con motivo de su reestreno en cines o su emisión en televisión, el propio Charlot escribiría una partitura al efecto. Cumplía así con su sueño de cubrir todos los aspectos técnicos y artísticos de una película, algo así como el arte total que tanto perseguía Wagner con sus óperas. El chico, que Chaplin rodó en 1921, fue uno de esos títulos. Con motivo de su centenario algunas salas volvieron a exhibirla hace apenas unos meses en una copia perfectamente restaurada con tecnología 4K, pero la atención dispensada por el público fue más bien tibia. Basta ahora ofrecerla con música interpretada en directo para lograr un lleno total en el emblemático Teatro Lope de Vega y convertir el evento en un acontecimiento. Un tanto que se apunta la orquesta y que debería servir para que su dirección se planteara ofrecer más espectáculos de este carácter y envergadura.

La música que Chaplin compuso en 1971 para esta extraordinaria película protagonizada por él y el niño Jackie Coogan, más tarde el tío Fester en La familia Addams, sonó en manos de Brock y la ROSS en perfecto estilo, nada que ver con lo que nos tienen acostumbrados en su habitual repertorio clásico e incluso cinematográfico cuando de interpretar a los clásicos de los ochenta como Williams o Morricone se trata. El adecuado exceso de rubato y vibrato casan perfectamente con el estilo imperante en este tipo de producciones hollywoodienses, que se alargó hasta bien entrada la década de los cincuenta. La complejidad narrativa y la riqueza melódica de este nostálgico y conmovedor título que nos mantuvo a todos y todas acongojados como si asistiéramos al estreno y nos sintiéramos con idéntica sensibilidad a la del público de entonces, sonó en manos de Brock y la Sinfónica de forma ejemplar y gloriosa, potenciando toda la ternura, la comicidad y la nostalgia de una cinta que pervive en sus temas adelantándose a cuestiones como la maternidad soltera o la monoparentalidad, sin renunciar a unas críticas sociales que todavía hoy mantienen su vigencia y dejan claro que este es un mundo cruel del que solo podemos aliviarnos a través del amor, la generosidad y los sentimientos más nobles y profundos.


Muy diferente es el caso de Luces de la ciudad, primera de las películas que Chaplin dirigió en plena era del sonido, pero que decidió mantener sin diálogos y perpetuar así el universo creado alrededor de su emblemático vagabundo. Pero se trata de una cinta sonora, con su música y sus efectos de sonido, e incluso algún onomatopéyico discurso al principio. Fue por lo tanto la primera banda sonora de un Chaplin que se crio en ambientes musicales, especialmente los vaudevilles en los que actuaban sus padres. Una hábil e ingeniosa sucesión de marchas, foxtrots, charlestones y tantas piezas de la época enriquecen una partitura que la Sinfónica recreó de forma magnífica e increíble. Se da la circunstancia de que uno de sus principales leit motivs (otra vez Wagner) es La violetera del almeriense José Padilla, que Chaplin utilizó sin permiso, lo que le valió una querella del autor de la también popular Valencia, que ganó y obligó desde entonces a acreditar su autoría en los títulos de crédito de la película.

Hace apenas unos años pudimos disfrutar de esta película con música en directo a cargo del magnífico Dúo Dalí en La casa de los pianistas, cuya recuperación esperamos se produzca pronto. Fue entonces en formato de violín y piano, recreando la partitura al dedillo y con resultados altamente satisfactorios. La hilaridad de las secuencias perfectamente coreografiadas por Charlot, especialmente la del combate de boxeo, estuvo especialmente potenciada por el brío y la energía que desplegaron Brock y la orquesta, con una sincronización perfecta, un timing preciso, recreación también de efectos de sonido y una sensación global de vértigo que debió suponer para muchos en la plantilla una experiencia agotadora. Metales con sordina en perfecto estilo, cuerda muy rubateada, tal como era seña de identidad en Alfred Newman, orquestador de la música, y solos resplandecientes y llenos de ternura del concertino Branislav Sisel, estuvieron tan a la altura de la propuesta que lograron la rendición unánime de un público que, francamente, lo pasamos en grande… y eso sin contar las lágrimas de emoción que corrieron por nuestras mejillas, mérito de la vigencia milagrosa de estas obras maestras, pero también del toque perfecto e impecable de una batuta y una orquesta impagables.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 28 de octubre de 2021

LA ROSS REGRESA AL LOPE CON MUCHA CUERDA

1er Concierto del Ciclo Noches del Lope de la Temporada nº 31 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Marc Soustrot, director. Programa: Serenata para cuerdas en Do mayor Op. 48, de Chaikovski; Noche transfigurada Op. 4 (versión 1943), de Schoenberg. Teatro Lope de Vega, miércoles 27 de octubre de 2021


Tres serán los conciertos que la ROSS celebre esta temporada en el Teatro Lope de Vega, lugar que la vio nacer hace treinta años, poco antes de habilitarse el nuevo coliseo de la música en el solar que Maestranza de Artillería atesoraba en el Paseo de Colón. Dos de ellos están dirigidos por Marc Soustrot, que con éste celebró su debut con la orquesta en el rol de flamante nuevo director titular. Desmoraliza sin embargo ver cómo el público apenas ocupó medio aforo del teatro, algo que esperemos hoy pueda remediarse cuando batuta y conjunto repitan el mismo programa. Desmoraliza sobre todo porque mientras la gente de la cultura amenizó nuestros días en cautiverio sin apenas rechistar por su delicada situación ante la pandemia, del sector hostelero del que tanto depende nuestra escuálida economía mientras sus agentes no encuentren otras alternativas más sostenibles, solo escuchamos lamentaciones, y hoy son tan estrellas del ocio que se permiten colgar el cartel de completo a diestro y siniestro, dejando poco o ningún margen a la improvisación. Qué manera de darle la espalda nuestro público a algo tan preciado, importante y maravilloso como la gran música clásica en un extraordinario marco escénico.

Soustrot acudió a esta cita con dos trampantojos sinfónicos, dos obras que sin confesar su tendencia a este género musical, no pueden remediar seguir su estructura y estilo compositivo. La Serenata de Chaikovski sigue las pautas de los divertimentos mozartianos y las sinfonías italianas del ochocientos pero en cuatro movimientos de igual calado emocional y estructural que una sinfonía convencional, mientras Verklärte Nacht de Schoenberg, original para sexteto, acusa en su adaptación para orquesta de cuerda un estilo muy próximo a su Sinfonía de cámara Op. 9. Para abordar el primero, Soustrot siguió al pie de la letra las indicaciones del compositor, rodeándose de un gran número de efectivos, con cuerda aguda y grave enfrentadas y los contrabajos al fondo, lo que quizás, sumado a la seca y abrupta acústica del teatro, hizo que el relieve del resultado se resintiera. Fue sin embargo una lectura efectiva y mimada de la partitura, que miró acertadamente al estilo galante arcaico en el que se inspira y el más expresivo y melancólico de la época que lo concibió. Tras una solemne obertura, Soustrot imprimió inquietud en sus figuras mozartianas, acometió el vals con una gracia y delicadeza próximas a la opereta, y anticipó el espíritu de la pieza de Schoenberg con un lirismo y una tensión dramática próximas de la meditación en la elegía, hasta desembocar en un enérgico final de talante ruso animado y sincopado al que la orquesta respondió con precisión admirable.

Noche transfigurada sigue siendo a día de hoy una obra profundamente admirada, que inspira una desazón considerable y prefigura el universo espeso y frondoso del compositor vienés. Sin llegar a ser la obra programática que su inspiración en un poema narrativo de Richard Dehmel presupone, una lectura nítida y equilibrada como la que propuso Soustrot puede llegar a reflejar el drama por el que atraviesa una pareja de paseo por el bosque mientras se acerca la noche y se revelan secretos que pueden alimentar un amor puro y sincero, y allí estuvieron los expresivos diálogos entre violín y viola primeras para demostrarlo. Pero son los sentimientos los que afloran cuando se logra una interpretación digna y medianamente apasionada como la que ofrecieron Soustrot y la ROSS. Quizás echamos en falta una mayor dosis de dramatismo y un lirismo más desbordado y visceral, pero sirvió como versión aseada y elocuente, muy trabajada a nivel de dinámicas y tensiones armónicas, y muy apreciada para acercar de nuevo al público una página irrepetible.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 11 de abril de 2021

MARIE, PECADORA Y EN VÍA CRUCIS

Ópera de Germán Alonso con libreto de Lola Blasco. Germán Alonso, dirección musical. Rafael R. Villalobos, dirección escénica y vestuario. Emanuele Sinisi, escenografía. Felipe Ramos, iluminación. Con Nicola Beller Carbone, Xavier Sabata, Pablo Rivero Madriñán, Juia de Castro, Luis Tausía y la voz de Lola Blasco. Ensemble Proyecto Ocnos. Producción del Teatro Real y el Teatro de la Abadía. Teatro Lope de Vega, sábado 10 de abril de 2021

El caso del peluquero Johann Christian Woyceck, que asesinó a su compañera sentimental y fue ejecutado en 1824, suscitó un importante debate científico sobre la naturaleza de su execrable acto y sus facultades mentales, que germinó en la novela que el joven médico y escritor Georg Büchner esbozó años después bajo la tesis del asesino inocente, y derivó cuarenta años después en el drama escénico de Karl Emil Franzos, que confundió la y del nombre por una z, inspirando la ópera de Alban Berg que pasó así a denominarse Wozzeck. Aquella década de los veinte del pasado siglo, con las heridas de la Primera Guerra Mundial sin cerrar y la crisis económica y laboral que provocó un empobrecimiento todavía más rotundo de la clase trabajadora, propició que el compositor se centrase más en el retrato del protagonista como un pobre diablo, un trabajador hundido en la miseria y la desesperación, cuya naturaleza sufriente le llevara también a asesinar a su pareja instigado por unos celos irrefrenables. Un comportamiento enfermizo durante siglos redimido y sujeto a la piedad y la comprensión, que dio lugar incluso a la catalogación de este tipo de nauseabundos crímenes con la coletilla de pasionales.

La dramaturga Lola Blasco tuvo la feliz idea de contar la historia de Woyceck desde el punto de vista de ella, Marie, maltratada y asesinada como lo siguen siendo una insostenible multitud en la actualidad, lo que nos ha llevado a una profunda reflexión y un cambio radical en el tratamiento del problema, a su reeducación y a cuestionarnos los parámetros y pilares que sustentan una sociedad incuestionablemente machista, lastrada por siglos de dominación del hombre sobre la mujer, con la aquiescencia de la Iglesia y el pretexto, como muy bien señala Blasco en su muy trabajado texto, del control de la Naturaleza, y con ello de la mujer como portadora de vida que es. No encontramos sin embargo en esta contraópera el reverso prometido, la versión de ella como víctima, mientras asistimos incrédulos de nuevo a la caracterización de su verdugo como persona inestable, malograda por la sociedad y la religión, omnipresente mediante una enorme cruz y la palabra pecado asaltando nuestros oídos continuamente. Y nos preguntamos ¿no va siendo hora ya de condenar esos pilares machistas y vaticanistas al olvido, a ignorarlos, despreciarlos? ¿Acaso no veníamos a escuchar y sentir la posición de la víctima, no a ver sufrir al asesino y admitir sus taras e inseguridades? Se ha perdido la posibilidad de convertir a Marie en una mujer actual, que disfruta de su cuerpo y sexualidad como hemos disfrutado siempre los hombres, sin por ello tener que seguir siendo prostituta y cocainómana, sin condenarla ni cuestionarla. Parece mentira que los y las responsables de este proyecto ronden los treinta años; no pueden evitar seguir reproduciendo los cánones de esas sociedad podrida que paradójicamente pretenden denunciar.

Fallido en lo conceptual, soberbio en lo escénico y musical

Sabata y Carbone
Al margen de estas consideraciones de índole ideológico y conceptual, nos hallamos ante un espectáculo teatro musical de primer orden, que atrapa al público de inicio a fin, se hace corto y atrae por sus formas y perfecto acabado, así como por el rico texto que la propia autora declama en un alto porcentaje, que aunque no atine en muchos de sus postulados, integra ideas y narraciones muy interesantes. El elenco cumple igualmente con un excepcional trabajo, gran parte de cuyo mérito se lo debemos sin duda al director de escena, un Rafael Villalobos que encuentra en este espectáculo la horma de su zapato y le permite crear prácticamente desde la nada un trabajo meditado y enérgico a la vez. Lástima que entre esa sucesión de lugares comunes volvamos a ver sobre las tablas la desnudez integral de la mujer, mientras el hombre se las ingenia con posturas diversas para invisibilizar sus genitales. Pero todos, cantantes, actores y actrices, componen un trabajo sobresaliente en un escenario en el que la cruz da ciertamente mucho juego, y la iluminación consigue armonizar el resultado, singularizar el espectáculo y sugerir los estados de ánimo de los personajes. Destaca también en este sentido el uso de luces estroboscópicas, destellos turbadores cuyo efecto se avisa puede afectar a algunos y algunas espectadoras. Una cruz que simboliza ese vía crucis en el que Berg confesó en su día haber estructurado su ópera, con catorce escenas hasta llegar a la muerte del protagonista, como las catorce estaciones en que se divide el camino de Jesucristo hacia el Gólgota, y que debería en esta ocasión ilustrar el tormento de Marie, por mucho que siga sugiriéndonos de nuevo el de su verdugo. Demasiada iconografía religiosa todavía a estas alturas, cuando deberíamos estar más ocupados en avanzar, progresar y acabar con estas lacras en un nuevo mundo libre de supersticiones, amenazas del más allá y miedos impostados.

Marie ante el espejo
Villalobos aúna aquí dos de sus últimas colaboraciones, con Sabata en aquel discutible Viaje de invierno de finales de 2019, y con Proyecto Ocnos en el ambicioso Hafune de finales de 2020. Por su parte, el compositor Germán Alonso vuelve a colaborar con Proyecto Ocnos tras el controvertido y para muchos fascinante The Sins of the Cities of the Plain en el que brilló la parte solista de El Niño de Elche. Con Marie, Alonso logra una partitura brutal, compacta y radicalmente atractiva, presente no solo en los números cantados sino en gran parte de los declamados, y sirviendo de telón de fondo a la voz grabada de la autora. Sus giros, inflexiones, cambios de registro, efectos, distorsiones y yuxtaposición de instrumentos y sonidos grabados y electrónicos, producen una amalgama perfectamente dosificada y organizada para provocar tanta emoción y reacción como el propio texto, con la humildad de quien persigue precisamente eso y poco más, y el éxito de lograr sintonizar con las y los oyentes, así como con la estética del conjunto. Funciona por lo tanto como ópera en estricto sentido y como música incidental en los momentos puramente teatrales. A ella se amoldan perfectamente la soprano Nicola Beller Carbone y el contratenor Xavier Sabata, ambos luciéndose también en un trabajo actoral intenso y físicamente extenuante, y él además exponiendo su voz a continuas inflexiones y cambios de registro, desde su tesitura habitual al canto natural y la impostura diabólica. Tanto ellos como los tres actores que les acompañan, desdoblándose en varios personajes, desde prostitutas al capitán, la doctora, el chulo, el juez o unas limpiadoras perfectamente prescindibles, lo más flojo de la función, realizan espléndidos trabajos de interpretación dentro de un espectáculo que habría sido redondo de no ser por ese defecto conceptual que hemos intentado explicar y desarrollar.

Fotos: Teatro Real
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 29 de mayo de 2019

UTE LEMPER SALDA UNA DEUDA PENDIENTE

Ute Lemper, voz. Vana Gierig, piano. Cyril Garac, violín. Romain Lecuyer, bajo. Matthias Daneck, batería. Programa: Rendezvous with Marlene. Teatro Lope de Vega, martes 28 de mayo de 2019

En una secuencia de La vie en rose Edith Piaf, interpretada por Marion Cotillard, deja caer la silla en la que está sentada en un restaurante de Nueva York cuando Marlene Dietrich se acerca a ella para conocerla. Una diosa presentándose y el impulso nervioso obró el incidente. Es una emocionante escena que explica la merecida fascinación que ejercía la protagonista de Marruecos y Arizona en toda persona que la conocía, en la pantalla que la mimaba y en los registros sonoros que también la inmortalizaron.
 
Hace treinta años una joven Ute Lemper triunfaba en París con su particular recreación de Sally Bowles en Cabaret. La prensa se deshizo en elogios con ella, definiéndola como la sucesora de Marlene Dietrich. Avergonzada por la comparación Lemper escribió a la estrella de Holywood, que por entonces residía en París, disculpándose por la osadía, a lo que ella respondió con gratitud por teléfono. La recreación fantaseada de esa conversación sirve ahora para un espectáculo que la reina del cabaret alemán pasea por los escenarios de todo el mundo desde noviembre del año pasado. Sevilla ha tenido el privilegio de acogerlo junto a otras dos plazas españolas, La Coruña y San Sebastián, donde actúa mañana y el sábado primero de junio. La última vez que pudimos disfrutar de Ute Lemper en Sevilla fue hace nueve años en el Patio de la Diputación, y solo tres meses antes en un espectáculo de Mario Gas en este mismo escenario, el Lope de Vega.
 
Un ejercicio de nostalgia y admiración
 

La propuesta de Ute Lemper y un magnífico conjunto instrumental liderado por un habitual de su carrera, el excelente pianista de jazz Vana Gierig de cierto parecido con Simon Rattle, y con el violinista Cyril Garac aportando el grado de melancolía y melodiosidad que demanda la idea, consiste en una combinación dramática de música y palabra en inglés que debiera haber disfrutado de su traducción en subtítulos, dado el carácter no improvisado del texto. La sensualidad en forma de Siesta del fauno debussiana introdujo un clásico de la diva, Where Have All the Flowers Gone, seguida de unos parlamentos sobre la guerra y la juventud con intercalaciones de Just a Gigolo, a su vez título de su última película, junto a David Bowie, y un standard popularizado por Sinatra, One for My Baby, en representación de esos clásicos americanos que abundaron a lo largo de su carrera.
 
A partir de ahí un repaso por la vida, los amores (Piaf la cautivó y Jean Gabin la enamoró; al segundo dedicó Dejeuner du matin de Joseph Kosma y Ne me quitte pas de Brel, un clásico en el repertorio de Lemper), su condición de apátrida asqueada de los nazis, su incontinencia sexual, su compromiso con las tropas norteamericanas enviadas a la guerra y su fracaso como madre, para culminar en su otoñal y tierna relación con el irrepetible Burt Bacharach, que sirvió para terminar la función con la maravillosa What the World Needs Now Is Love.
 
En el camino no faltaron las legendarias canciones de Frederick Hollander, Falling in Love Again y Lola de la película de von Stromberg que la catapultó a la fama, El ángel azul. También desgranó unas personalísimas versiones de Blowin’ in the Wind de Dylan y por supuesto el himno Lili Marleen con el que tanto se relaciona a la estrella de Berlín Occidente, Testigo de cargo, ambas de Billy Wildery Vencedores o vencidos.
 

Combinación de respeto y personalidad
 
Lemper pagó así esta deuda de más de treinta años, impostando la voz para imitar la de Dietrich, rota, profunda, lineal y directa, y combinándolo con su propio estilo, en el que aún se aprecian ecos de su pasado punk, sus coqueteos con la vanguardia, así como el gusto por las grandes voces del jazz, modulando a discreción y con un sentido de la teatralidad excepcional. Se alzó ante nosotros como una gran dama de la canción, llenando con solo su presencia, elegantemente vestida, el escenario del Lope de Vega, aún más hermoso y exquisito que en otras ocasiones gracias al milagro y la magia de un impagable reducto del espectáculo brillante, equilibrado y sensacional que solo grandes artistas como ella son capaces de ofrecer.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 3 de febrero de 2019

AMADEUS EN CONCIERTO, EXQUISITA COMBINACIÓN DE TEATRO Y MÚSICA

Amadeus en concierto, a partir del texto original de Peter Shaffer. John Axelrod, adaptación, dirección escénica y musical y piano. Jesús Perales, iluminación. Lucía Martín-Cartón, soprano. Laura Verrecchia, alto. Juan Antonio Sanabria, tenor. José Coca, bajo. Roberto Quintana, Eugenio Jiménez y Gema Abad, intérpretes. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro de la Asociación de Amigos del Teatro de la Maestranza. Íñigo Sampil, dirección. Teatro Lope de Vega, domingo 3 de febrero de 2019

John Axelrod
Recuerdo cuando vi Amadeus de Milos Forman en los cines Cristina. Aquello fue un acontecimiento que llenaba las salas del pasaje del antiguo Hotel Cristina en el que se ubicaba. Recuerdo también que allí me encontré con algún compañero de facultad que aseguraba volver a verla porque se le había hecho corta. La inteligente disquisición sobre talento y mediocridad en la que consistía el libreto de Peter Shaffer que le servía de base y que apenas unos años antes había triunfado en Londres y Broadway, se convirtió en manos del director de Alguien voló sobre el nido del cuco en un prodigio de traslación teatral al cine, convirtiendo sus espacios limitados en suntuosos escenarios naturales donde el montaje cinematográfico hacía el milagro de obviar sus orígenes. El director de nuestra sinfónica ha hecho su particular adaptación de esta pieza tan arraigada en la memoria colectiva, convirtiéndola en una exquisita combinación de teatro y concierto que ha paseado desde principios de este siglo por diversas localidades europeas. Un espectáculo para el público del nuevo siglo que aúna el placer de disfrutar de una excelente experiencia musical en torno a la agradecida música de Mozart, con el disfrute de una competente representación teatral sin elementos rancios ni estridentes que pudieran enturbiarla.

La propuesta se abre con el allegro inicial de la Sinfonía nº 25 que sirvió en su momento para promocionar la película, y con la que pudimos reconocer la tensión y el drama inherentes a la partitura, gracias al empuje de la dirección de Axelrod y los tempi rápidos y frases secas y cortantes que eligió para dar al conjunto un sonido conveniente en estilo. El lamento de un senil Salieri, en la voz y el gesto quebradizos de un estupendo Roberto Quintana, por la mediocridad de su talento, dio paso a una excelente exhibición de las maderas en el precioso adagio de la serenata Gran Partita, de hondo calado emocional, tras el cual la aparición en el patio de butacas de Eugenio Jiménez como Mozart y Gema Abad como su esposa Constanza (Wolfie y Stacey) dieron paso a los momentos más cómicos, con contenidos soeces escenificados con tanto tacto y amabilidad que no resultaron groseros, manteniendo en todo momento el carácter exquisito del conjunto. Entre escena y escena seleccionadas de la obra original, la joven soprano Lucía Martín-Cartón, a quien tuvimos el placer de ver en noviembre pasado en un espectáculo en cierto modo parecido en torno a Quevedo, con Pedro Casablanc y Tiento Nuevo sobre el escenario, entonó con enorme sentido del dinamismo y sobrada capacidad para el fraseo y la proyección el aria Marter Aller Arten de El rapto del serrallo, mientras Axelrod tocó al piano con notable expresividad y dominio técnico el conmovedor adagio del Concierto nº 23.

Lucía Martín-Cartón
La obertura de Las bodas de Fígaro, pieza más que ensayada por la orquesta hispalense, que logró con ella otra gozosa recreación, dio paso a una segunda parte centrada en la enfermedad del genio y la mala conciencia del mediocre, para desembocar en la parcialmente siniestra y contundente obertura de Don Giovanni y toda la primera mitad del Réquiem, desde la introducción hasta el doliente Lacrimosa, excelentemente resuelta por el cuarteto vocal solista exhibiendo un más que competente nivel cada uno y una en su tesitura. Magníficos el bajo José Coca y la voz refulgente del tenor Juan Antonio Sanabria, mientras la contralto Laura Verrecchia exhibió dramatismo muy en estilo, y Lucía Martín-Cartón volvió a deleitarnos con su elegante fraseo. Una fracción del coro del Maestranza arropó con entusiasmo y autoridad secuencias tan magistrales como el furioso Kyrie y el no menos agresivo Confutatis, hasta lograr en equipo un finísimo regalo teatro-musical ideal para una matinal de domingo.

sábado, 9 de junio de 2018

EN BUSCA DEL REY: ECOS MALOGRADOS DE UNA MALDITA GUERRA

Proyecto dramático-lírico del Instituto Polaco de Cultura de Madrid y la Fundación Jutropea, basado en textos de Shakespeare y Slowacki y música de Verdi. Michal Znaiecki, dirección escénica, escenografía y guión. Juan García Rodríguez, dirección musical. Jacek Kita, idea musical. Zofia Dowjat, asistente dirección. Joanna Medynska, vestuario. Bogumil Palewicz, iluminación .Con Néstor Barea, Jerzy Artysz, Berna Perles, Alejandra García Acuña, Diana Larios, y figurantes de Hermandad de Santa Caridad, Fundación Doña María, Fundación Gerón, Conservatorio Profesional de Danza Antonio Ruiz Soler y Taller de Teatro Colegio San José SS.CC. Coro de la Ópera de la Asociación Sevillana de Amigos de la Ópera, preparado por Ana Rioja García-Rayo. Orquesta Sinfónica Conjunta. Teatro Lope de Vega, viernes 8 de junio de 2018

Michal Znaiecki supervisa la escenografía
En la misma semana en la que la ROSS se ha enfrentado a un extenuante programa inspirado en los horrores de la guerra, el proyecto de la Conjunta y el Instituto Polaco de la Cultura que cierra la presente temporada de la orquesta del Conservatorio y la Universidad, ha hecho lo propio con un ambicioso montaje que pretende hablarnos de reencuentros entre la infancia y la ancianidad a través de desdichados recuerdos de posguerra y una más que discutible reconstrucción de una ópera muy acariciada por Verdi pero que nunca llegó a realizar, la adaptación de El rey Lear de Shakespeare. Por si todos estos elementos fueran pocos, el experimentado y premiado director de escena polaco Michal Znaiecki se atreve a incorporar también fragmentos de Rey Espíritu de Juliusz Slowacki. El resultado, dentro del proyecto La voz de los excluidos y las celebraciones del centenario de la recuperación de la independencia por Polonia, fue bastante decepcionante, a pesar de las muchas instituciones públicas y privadas, locales y polacas, que han participado en su gestación.

La colaboración entre la Conjunta y la Universidad Musical Fryderyck Chopin de Polonia data de principios de andadura de esta joven y admirada orquesta, con un ingenioso Cosí fan tutte celebrado en este mismo Lope de Vega hace más de cinco años como cumbre de este maridaje. En esta ocasión el también polaco Znaiecki nos propone adentrarnos en las infancias a menudo truncadas de la generación que hoy duerme en instituciones geriátricas, con testimonios conmovedores de unas ancianitas y ancianitos realmente entrañables, cuyo encuentro con los jovencísimos integrantes de la orquesta debería haber dado resultados mucho más inspiradores. Sin embargo el proyecto fracasa bajo una dramaturgia errática en la que ni siquiera se tuvo el detalle de incluir subtítulos para los intermedios musicales, con el fin de apreciar su adecuación a la historia narrada, y aún peor ni para los largos discursos del protagonista, un Rey Lear al que da vida Jerzy Artysz en perfecto polaco.

Inserciones de coros de Aida, y arias de Il trovatore o La traviata, entre otras óperas de Verdi, pusieron el acento lírico en una obra que pretende serlo pero se queda muy en el camino, con la soprano onubense Diana Larios y la mezzo colombiana Alejandra García Acuña incorporando a las codiciosas hijas del rey, Gonerila y Regana, con voces ágiles y bien colocadas, de sobrada proyección gracias a la magia de la amplificación, no obstante fallar ésta en momentos puntuales de la función; y la bien conocida soprano malagueña Berna Perles dando vida a la hija bondadosa Cornelia, entonando con aliento y buen gusto un Ave María de Otelo que se erigió en momento cumbre de este fallido trabajo. Fallido porque su dirección escénica, a pesar del prestigio de su artífice, se nos antojó pobre y errática, casi de función escolar. Porque el conmovedor testimonio de los mayores se vio frecuentemente invadido de orquesta y coros haciéndolo inaudible. Porque la mitad de los diálogos quedaron fuera de nuestro entendimiento. Porque nunca antes habíamos escuchado una Conjunta tan endeble y desafinada, en lo que parece un trabajo en el que nuestro admirado García Rodríguez parece haberse implicado poco. Porque el escueto programa de mano no incluyó si quiera un orden de las piezas musicales interpretadas. Porque el escenario apareció lúgubre y siniestro y con apenas atrezzo consistente en un par de camas de hospital y unos andadores y sillas de rueda colgando del techo. Todo muy peregrino y poco eficaz, desnudo frente a querer aparentar el espectáculo de vanguardia que ciertamente no es. Nos ha costado mucho hacer una crónica como ésta, cuando las intenciones son tan buenas y los recursos eran a priori tan adecuados, pero la mezcla ha resultado si no indigesta sí malograda.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 23 de mayo de 2018

MICHAEL NYMAN EN EL LOPE DE VEGA: ¡OH, QUÉ GUERRA TAN BONITA!

Michael Nyman Band. Marie Angel, soprano. Michael Nyman, piano y dirección. Programa: Selección de bandas sonoras para Peter Greenaway; War Work: Eight Songs with Film. Teatro Lope de Vega, martes 22 de mayo de 2018

Richard Attemborough filmaba en 1969 una de las películas más insólitas jamás rodadas sobre la Primera Guerra Mundial en particular y cualquier contienda en general, en la que asistíamos a las desventuras de un grupo de jóvenes británicos en las trincheras a ritmo de las más populares canciones inglesas del momento. Una rareza que tomaba su título de la primera estrofa del poema de Guillaume Apollinaire El adiós del caballero, ese ¡Oh, qué guerra tan bonita! que introduce uno de los ocho textos que Michael Nyman tomó como base de su War Work, compuesto en 2014 por encargo para las celebraciones del centenario de la Gran Guerra, y que con mayor oportunidad lleva ahora de gira con su banda, cuando lo que celebramos es el centenario de su final. Y es que Nyman acompaña su música de un trabajo cinematográfico dirigido por él mismo y montado por Max Pugh en el que se recoge material de archivo extraído de las filmotecas alemana, francesa y norteamericana, donde asistimos a las terribles secuelas de esa conflagración, las cicatrices que dejó en quienes la padecieron y la sinrazón del daño que el hombre se auto inflige y del que a duras penas logra aprender nada.

Los escuálidos programas de mano que entrega el Lope de Vega, eso sí a todo color, nunca dejan adivinar en qué consistirá realmente la función, salvo cuando de ellos se encarga directamente la formación actuante, caso de la Barroca de Sevilla. En ocasiones incluso yerran a la hora de enumerar los músicos intervinientes. Afortunadamente no parece que fuera el caso, con la soprano australiana Marie Angel poniendo voz a estas estremecedoras ocho canciones intercaladas entre otras diez composiciones instrumentales, en sustitución de la más conocida Hilary Summers que la grabó en disco. Sí acudieron otros acreditados del registro de 2014, especialmente en los metales, como el saxofonista David Roach, los trombonistas Brendan Thomas y Nigel Barr, o la trompeta de Toby Coles, así como el bajista eléctrico Martin Elliott, y todo el conjunto por supuesto bajo las órdenes desde el teclado del mítico Michael Nyman, en el que fue su reencuentro con el público sevillano, acostumbrado a disfrutar de su música en vivo, la última vez hace justo dos años en la Sala Box de la Cartuja. El resultado con estas canciones de guerra inspiradas en poetas europeos jóvenes que murieron en la guerra, así como en composiciones clásicas de Chopin, Schubert, Beethoven, Franck o Rossini, no pudo ser más devastador; una experiencia prácticamente catárquica sobre todo cuando casi al final la proyección se adorna con reflexiones de estos jóvenes sacrificados, algunos incluso celebrando la oportunidad de la lucha.

Angel exhibió talento haciendo uso del registro más grave de su voz, en tesitura de contralto, para reflejar el desasosiego de las palabras vertidas, mientras la música deambuló entre los motivos más melancólicos y tristes y aquellos que ilustran cierto alivio frente al cese de una violencia que en sí misma nunca sirve de material para los pentagramas. Michael Nyman Band cumplía además otro aniversario, el cuarenta desde su creación, y lo celebró con una selección de las bandas sonoras que le granjearon mayor popularidad en la década de los ochenta antes del éxito rotundo de El piano. Se trata de sus colaboraciones con Peter Greenaway, El contrato del dibujante, Conspiración de mujeres y El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, con sus ritmos obsesivos, sus melodías pegadizas y su minimalismo a ultranza inspirado en el Barroco de Purcell y Haendel. La amplificación acústica chocó al principio, pero se justificó después por la intervención de algunos instrumentos hasta sonar disonantes y estridentes según el caso. Tras este preámbulo conciliador con un público que venía esperando eso – y acaso un Piano de Jane Campion que no asomó – llegó la catarsis y la experiencia de incalculable valor en la que nos sumergió la película de Nyman y su escalofriante ilustración musical, que convirtió la velada en única e inolvidable.