domingo, 10 de abril de 2022

TON KOOPMAN ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

39 Femás. Concierto de clausura. Misa en si menor de Bach. Amsterdam Baroque Orchestra & Choir. Ilse Eerens, soprano; Clint van der Linde, alto; Tilman Lichdi, tenor; Klaus Mertens, bajo. Ton Koopman, dirección. Teatro de la Maestranza, sábado 9 de abril de 2022

Koopman al frente de la Barroca de Ámsterdam. Foto: Javier Santos

En Sevilla, donde cada año se agolpan multitudes para sobrecogerse con los pasos de Semana Santa, sabemos muy bien que no hace falta creer ni comulgar para admirar las suntuosas catedrales que nos ha dejado la Cristiandad, no solo de ladrillo, también esas otras que inspiran y miman nuestros oídos, como la maravillosa Misa en si menor que Johann Sebastian Bach edificó entre 1733, año en el que culminó el Kyrie y el Gloria que abarcan la primera parte, y 1748, cuando a partir de piezas originales y otras prestadas de su propio catálogo, la mayoría de las veces siguiendo la técnica de la parodia, culminó esta incomparable e irrepetible obra maestra hoy considerada Patrimonio de la Humanidad. Hasta aquí se desplazaron los y las integrantes de la Barroca de Ámsterdam, fundada por Ton Koopman hace cuarenta y cuatro años, y el coro que le acompaña desde 1992, con su flamante y legendario director al frente, para poner en pie con buenos recursos y mejores intenciones esta sobrecogedora partitura, llena de subyugantes melodías, grandes pasajes instrumentales, extraordinarias arias y dúos, y sobre todo magníficas partes corales, lo que la convierten en un prodigio de creatividad, belleza y variedad. Fue como se suele decir el broche de oro de un excelente Femás.

Ilse Eerens
Aunque a la vista se nos ofreció un Koopman pletórico de vitalidad y energía, el director holandés optó por una lectura más bien intimista y recogida de la suntuosa partitura, lo que no impidió lucir en sus pasajes más vitalistas la espectacularidad que demanda la pieza, aunque en este caso fuera algo más discreta. El trabajo del coro no pudo ser más esmerado, ya desde un Kyrie inicial que vislumbró la estética que habría de seguir el resto del programa, con voces alternándose y completándose progresivamente, con una claridad y una transparencia que dejó traslucir a la perfección el incomparable arte de la fuga cultivado por el autor, y que logró ya desde el arranque conmover a más de uno y una. Siguió un Christe protagonizado por la belleza tímbrica de la soprano belga Ilse Eerens y la voz acaso demasiado oscura de Clint van der Linde, aunque más próximo así a la tesitura de una mezzo con la que habitualmente se encomendaba la misión en aquellas suntuosas versiones atacadas desde parámetros románticos que se disfrutaban antaño. Majestuosos timbales y trompetas hicieron su aparición en el Gloria in excelsis Deo, con el apoyo musculoso de la cuerda grave, en la que se inmiscuyó con notable acierto el violonchelo de Mercedes Ruiz sustituyendo con gracia y profesionalidad a una baja de la plantilla inicial, todo un orgullo para el ambiente musical de la ciudad, que dicho sea de paso abarrotó por una vez el aforo casi completo del Maestranza.

Klaus Mertens
Menos acertada estuvo la concertino Catherine Manson acompañando a Eerens en Laudamus te, fuera de estilo y con un sonido áspero y estridente, todo lo contrario que la flauta solista en Domine Deus, que aunque evidenció una voz pequeñita, logró armonizarse a la perfección con las voces y ornamentaciones de la soprano y el sonriente tenor Tilman Lichdi. Con la misma estética intimista y relajada atacó el magnífico coro Qui tollis peccata mundi; más tarde hizo su primera aparición el veterano bajo alemán Klaus Mertens, aunque con un arranque algo deslavazado del continuo en colaboración con una trompa natural bastante deslucida. Mertens, como el resto de sus compañeros y compañera, está plenamente curtido en la música de Bach, aunque en él la veteranía es un grado y le ha permitido codearse con los mejores directores en la materia. Su voz baritonil conserva su esencia y mantiene un timbre precioso y un tono bien regulado, aunque inevitablemente hiciesen aparición los tan temidos temblores habituales de la edad. Con un mesurado júbilo en Cum Sanctu Spirito culminó el coro la primera parte.

Con el Credo, más atento a la expresividad, entre piadosa y sentimental, inició Koopman la segunda parte, ahora con el coro dispuesto de forma distinta pero manteniendo la simetría y claridad que les caracteriza, y momentos tan brillantes como ese Et incarnatus est precedente mozartiano que el coro encaró con una considerable carga dramática, siempre dentro de parámetros donde la discreción y la contención fueron los protagonistas. Tras un Sanctus abordado con un gran sentido de la solemnidad, el bloque final fue resuelto con idéntica carga expresiva, menor atención a los acentos que al color, destacando el carácter piadoso con que Lichi abordó el Benedictus, y el considerable sentimiento que van der Linde aportó al inconmensurable Agnus Dei, acaso el aria más famoso de la obra, y que gozó de sensacionales pianissimi por parte del contratenor sudafricano. Un jubiloso Dona nobis pacem culminó esta estremecedora experiencia, y vaya si es verdad que pudimos ir en paz, que falta nos hace.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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