Concierto de Año Nuevo de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Chen Reiss, soprano. Lucas Macías, dirección. Programa: Obertura de La gazza ladra, de Rossini; Exsultate jubílate K.165, de Mozart; Vals de las flores de El Cascanueces, de Chaikóvski; Danza húngara nº 5, de Brahms; Éljen a Magayr! Op. 332, Czárdás: Klange der Heimath, de Die Fledermaus, Künstlerleben Op. 316, y An der schönen blauen Donau Op. 314, de Johann Strauss II; Meine Lippen, sie küssen so heiss, de Giuditta de Lehár. Teatro de la Maestranza, sábado 3 de enero de 2026
El lleno absoluto que el Teatro
de la Maestranza experimenta durante dos días seguidos bien justifica que
hayamos asumido como tradición lo que hasta hace unos años sólo lo era de la cultura centroeuropea exportada a todo el
mundo. Pero siendo varios los conciertos que estos días emulan el de la
Filarmónica de Viena, generalmente resueltos por orquestas de bolos venidas de
aquí y allá, el de la Sinfónica de
Sevilla ha moldeado un estilo propio gracias a un repertorio que mezcla los
valses y polcas de los Strauss con otras piezas de carácter más o menos
jubiloso que enmarcan una cita musical a la que propios y extraños acuden con cierta ilusión mágica.
Valses de otra procedencia, piezas de carácter litúrgico, arias de opereta
y romanzas de zarzuela han ido dando forma a este programa especial de año
nuevo, mientras aún esperamos que algún
día también se eche mano del legado musical del Broadway y el West End clásicos,
de Lerner y Loewe a Rodgers y Hammerstein, que bien encajarían en el repertorio
y tendrían buenas embajadoras en las voces que han acompañado a la orquesta en
las últimas ediciones.
No parece, sin embargo, suficiente el clamor de la música, la alegría de los acordes, para acallar
la violencia con las que apenas hemos bautizado un año todavía más incierto, con más frentes abiertos, más peligros
acechantes y mayor estulticia alrededor que nunca. Demos, por lo tanto, tregua
a la incertidumbre y al temor y dejémonos
llevar por la bondad de la música. Muchos y muchas lo hicieron ayer y
volverán a hacerlo hoy, con la ilusión en la mirada y ese para tantos primer
encuentro, ojalá de muchos, con el templo del buen gusto y el refinamiento
musical que es nuestro teatro frente al Guadalquivir, de la mano de una orquesta que hace mucho forma parte del
patrimonio irrenunciable de la ciudad.
Acordes festivos
y una voz cálida
Nuestro concierto se celebra sólo dos días después de que el mundo
amaneciera al son de los valses y las polcas del concierto de la Filarmónica de
Viena, este año con ese considerable aire fresco que le ha proporcionado Yannick Nézet-Séguin, de quien muchos
cronistas no han dudado en destacar su orientación sexual, como si eso
definiese su talento, obviando además que muchas
batutas antes que él ya compartieron esa orientación, pero sin divulgarla
como sí hizo el director canadiense hace tiempo.
A estas alturas, lo del Danubio Azul
y la Marcha Radetzky que cierran este
tradicional concierto, la ROSS se lo sabe de memoria, y lo despacha con la habitual prestancia con que suele hacerlo, sin
sorpresas ni sabores dispares. Pero antes, muchas fueron las piezas que con
bastante acierto desgranaron los y las músicos con un Lucas Macías comprometido al frente. Lástima que la distendida
obertura de La gazza ladra de
Rossini, se resintiera de un exceso de
percusión que rebajó su fineza y ligereza. Algo que sí apareció en Exsultate jubílate de un jovencísimo
Mozart, cantado con elegancia por la
soprano Chen Reiss, este año artista residente de la orquesta, y que en
unos días demostrará si ciertamente Richard Strauss es su especialidad,
entonando sus Cuatro últimos lieder.

Reiss y la orquesta se entendieron a la
perfección en la exultante primera aria que la soprano resolvió con agilidades y ornamentaciones impecables,
exhibiendo lirismo y espiritualidad en Tu virginum corona, y una
contenida elegancia en el Aleluya final. Ya en la segunda parte del
concierto, Reiss entonó con gracia y desparpajo las csárdás de El
murciélago en las que Rosalinda expresa su amor a la tierra en el baile de
máscaras, si bien fue con Meine Lippen, sie küssen so heiss, de la
opereta Giuditta de Franz Lehár, con la que Reiss brilló más en expresividad, con un fraseo impecable y ese
punto de sensualidad que las castañuelas españolas potenciaron a mitad del
aria.
Macías, que dirigió todo el concierto de memoria, nos regaló rodeado de frondosos centros florales un vals de El Cascanueces que destacó en elegancia
y volatilidad, mientras desgranó la popular Danza
húngara nº 5 de Brahms y la polca rápida Éljen a Magyar! de Johann Strauss jr., con estilo y sentido del espectáculo. Más cerca de
lo convencional resultó su forma de abordar el vals Vida de artista, antes de terminar con el mítico vals evocador de
ese espacio infinito que imaginó Kubrick, y las palmas y el confeti que acompañan la pieza marcial que
lamentablemente este año adopta aún más ese sentido de amenaza e inseguridad
que nos asola.
Fotos:
Marina CasanovaArtículo publicado en
El Correo de Andalucía