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domingo, 8 de noviembre de 2020

SANCHO Y RINCÓN DISFRAZANDO RIGORES

Otoño Barroco de la Asociación de Amigos de la Orquesta Barroca de Sevilla. Juan Sancho, tenor. Miguel Rincón, guitarra barroca. Programa: Tonos humanos de José Marín. Sábado 7 de noviembre de 2020 

El ciclo Otoño Barroco se centró anoche en los tonos humanos, canciones profanas españolas del siglo XVII, de José Marín, conservados curiosamente en Cambridge desde su descubrimiento en una tienda de Londres a finales del siglo XIX. El compositor, cantante y guitarrista madrileño, que trabajó incluso para la corte de Felipe IV, se caracterizó por una enorme ambigüedad que le llevó de vestir hábitos religiosos a cometer atroces crímenes que le condujeron a la cárcel, la tortura y el exilio, de ahí a retomar una vida ejemplar y mientras todo eso ocurría componer bellísimas canciones según poemas de profundo calado emocional, siempre según las pautas y características del tema amoroso. 

Para la ocasión se reunieron dos queridos artistas sevillanos, el tenor Juan Sancho y el especialista en cuerda pulsada Miguel Rincón, últimamente tan ocupado en Suiza que apenas hemos tenido ocasión de disfrutar de su talento. A Sancho todavía lo recordamos por su debut en el Maestranza hace un buen puñado de años de la mano de William Christie y Les Arts Florissants. Desde entonces su trabajo como cantante de ópera especializado en el repertorio barroco se ha ido enriqueciendo y engrosando, de ahí que haya adoptado un estilo muy característico del que no fue capaz del todo de desprenderse en este recital que quizás requería otra línea de canto. No obstante su trabajo resultó extraordinario, de una fluidez proverbial y una capacidad intachable para modular y frasear a discreción, haciendo justicia a las hermosas melodías de Marín, sin olvidar una dicción perfecta que permitió casi en todo momento seguir sin problema los hermosos poemas seleccionados. Es cierto que muchos de estos tonos nos hemos acostumbrado a escucharlos en voces femeninas como las de Mariví Blasco, Raquel Andueza o hace más tiempo Montserrat Figueras, y puede que por ello oírlos ahora en la voz de Juan Sancho resultara chocante, a pesar de que están concebidas para voz masculina, la del propio Marín. 

Sancho hizo desde luego una exhibición de buen gusto, control de la técnica y hermosura en la voz que casó estupendamente con el arte de Rincón para introducir las coplas a partir de piezas de Gaspar Sanz y otros, fundamentalmente jácaras, y glosar en perfecto estilo cada una de las propuestas que Sancho cantó con tanta intensidad y sentimiento, a veces dejando fluir ornamentaciones propias de la ópera, otras atreviéndose con el quejío flamenco. Desde el bellísimo Montes del Tajo hasta el delicadísimo Coraçon que en prisión, Sancho y Rincón sobresalieron en gallardía y donaire, logrando eso tantas veces difícil de captar nuestra atención sin soltarla, con cumbres como el inmarchitable Ojos pues me desdeñáis, de la que Sancho hizo una versión sobrecogedora, y ese Filis no cantes que entona aquello de disfrazando rigores de suavidades, ideal para que estos tiempos de incertidumbre se amortigüen con el talento, la belleza y la delicadeza con que ambos artistas defendieron tan precioso repertorio. Entre bloques de tres tonos cada uno, Rincón tocó unos canarios de Sanz y una jiga de Santiago de Murcia basada en una sonata de Corelli, de forma impecable, técnicamente precisa y perfectamente glosada.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 31 de agosto de 2019

EL BARROCO AMABLE Y SENSUAL DE HARMONIA DEL PARNÀS

20ª Edición Noches en los Jardines del Alcázar. Carmen Romeu, soprano. Leo Rossi, violín barroco. Guillermo Martínez, violonchelo. Marian Rosa Montagut, clave y dirección. Programa: Omaggio Barroco (obras de Elisabeth Jacquet de la Guerre, José Pradas Gallén, José Marín, Arcangelo Corelli, Matero Romero “Maestro Capitán” y Jean Baptiste Lully). Viernes 30 de agosto de 2019

De izquierda a derecha: Montagut, Martínez, Romeu y Rossi
El caso de José Marín, aun siendo sorprendente, no es apartado. Antes y después que él ya hubo otros cuya sensibilidad musical no encajaba precisamente con su historial emocional, fuertemente pervertido por sus instintos criminales. El caso más conocido es el de Carlo Gesualdo, que en torno al seicento asesinó salvajemente a su esposa y el amante de ésta. Y si nos atenemos a otras disciplinas artísticas el número de sujetos que compaginaron su vida delictiva y artística aumenta considerablemente. Alguna neura debía andar por ahí suelta para permitirles poseer esa sensibilidad artística difícil de entender en desalmados de tal calibre. Viene esto al caso de que este año celebramos el cuatrocientos aniversario del nacimiento de José Marín, que fue tenor en la Capilla de Felipe IV, trabajó en el Monasterio de la Encarnación, donde llegó a ser considerado el mejor músico de Madrid antes de ordenarse sacerdote en Roma y cometer una serie de crímenes que le llevaron a la cárcel, la tortura y la secularización.

Siempre bienvenidos y bienvenidas por sus formas elegantes y sencillas a la hora de abordar repertorios como éste en el que repasaron algunas de las firmas más sobresalientes del período que abarca la vida y obra del homenajeado, el esplendor del Barroco, Harmonia del Parnàs regresó a los Jardines del Alcázar en formación de cuarteto, con su rutilante directora, Marian Rosa Montagut, al frente, la voz aterciopelada de Carmen Romeu y el refuerzo de Leo Rossi, curtido en las filas de nuestras Barroca y Sinfónica, al violín. El resultado fue una noche evocadora que casi logró el milagro de refrescar una de las más cálidas que hemos sufrido en este insólito verano de temperaturas más suaves de lo habitual.

La exquisitez y elegancia de Carmen Romeu asomó ya desde una de las cantatas françoises, la preciosa Jonás, de la compositora y clavecinista Elisabeth Jacquet de la Guerre, acólita de Luis XIV y gran conocedora de las formas italianas que importó a su música. Con un registro más próximo al de mezzo que al de soprano estricta, Romeu hizo gala de una enorme prudencia a la hora de articular cada frase y expresión, dotando de un considerable sentido de la teatralidad a una música que contó con un primoroso acompañamiento instrumental, especialmente en el caso de Rossi, cuyos frecuentes pasajes arpegiados lograron insuflar energía en las partituras.

Con una larga y compleja sonata de Corelli actuando de visagra, donde el violinista tuvo que vérselas con los pasajes más controvertidos de la velada, lo que le deparó algún que otro apuro y puntuales pérdidas de tono y afinación que no lograron empañar el magnífico acabado final, el resto del programa deambuló entre piezas de, entre otros, el valenciano José Pradas de Gallén, uno de los más grandes compositores del barroco español del XVIII y Maestro de Capilla de la Catedral de Valencia, cuyas valiosas aportaciones al villancico se dejaron ver en la simpática y singular Suena la ronca trompa, que Romeu entonó sin abandonar su proverbial elegancia y exquisito gesto teatral. Varios tonos del Cancionero de Marín, entre ellos la maravillosa Ojos, pues me desdeñáis, en una versión decididamente sensual y exquisita, así como una preciosa aportación de Maestro Capitán, músico de origen belga entre el Renacimiento y el Barroco, responsable de la introducción en España de ese estilo italiano tan presente en el fuerte componente teatral con el que el conjunto, y muy especialmente Romeu, abordaron el programa, y una hermosa recreación del célebre Sé que me muero de Lully, completaron una velada en la que también destacaron el buen hacer y la sutileza de Montagut al clave y Guillermo Martínez al violonchelo, aportando cuerpo y color al conjunto, siempre desde unas formas sutiles y elegantes.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía