sábado, 17 de noviembre de 2018

15º FESTIVAL DE CINE EUROPEO DE SEVILLA. JORNADA 8

WHAT YOU GONNA DO WHEN THE WORLD’S ON FIRE? Una denuncia con poca fuerza

Italia-USA-Francia 2018 123 min.
Guión y dirección Roberto Minervini Fotografía Diego Romero Suárez Intérpretes Kevin Goodman, Dorothy Hill, Judy Hill, Ashley King, Ronaldo King, Michael Nelson Documental Estreno en el Festival de Venecia 2 septiembre 2018

Roberto Minervini es una presencia habitual en el Festival de Cine Europeo de Sevilla. En su décima edición pudimos disfrutar de la muy hermosa Stop the Pounding Heart en la sección Nuevas Olas, mientras en 2015 se incluyó directamente en la sección oficial con The Other Side. Ahora repite con su último trabajo, que completa una sección oficial en la que se han incluido cuatro documentales, además de algún otro título de ficción que utiliza los parámetros estructurales y dramáticos del documental, como Joy. Seguramente un número excesivo para una sección oficial de un festival de cine, que darían buena cuenta de la buena salud del género si no fuera porque su repercusión en salas de cine sigue siendo francamente pobre. Por eso cuestiones como las que denuncia en blanco y negro el director italiano afincado en Estados Unidos consiguen un mayor calado en el público cuando se presentan en formatos más accesibles. El tratamiento que Minervivni hace de la desigualdad de derechos entre blancos y negros es cuando menos discutible. Sigue el día a día cotidiano de una serie de personajes de entre los que destacan una mujer que regenta un bar, un grupo de nuevos panteras negras que lanzan proclamas en marchas y concentraciones puntuales, y unos niños que pasan el día de aquí para allá en sus bicicletas. No los vemos ni trabajando ni educándose, lo que no es precisamente un favor a la comunidad. Se extiende así la denuncia no sólo al sistema y a los siglos de esclavitud que han sufrido los afroamericanos, sino también al esfuerzo que desde dentro deben realizar para salir de su condición, superarse y lograr también por sus propios medios, y sin tanto miedo policial, el reconocimiento y la igualdad que merecen. Por extensión, como película deja la protesta tan en segundo plano, sin apoyos gráficos ni técnicos que la refuercen, que su llamada genera escaso entusiasmo, y el esfuerzo poca repercusión.

EL PERAL SALVAJE Desilusión generacional dilatada

Título original: Ahlat Agaci
Turquía 2018 188 min.
Dirección Nuri Bilge Ceylan Guión Nuri Bilge Ceylan, Akin Aksu y Ebru Ceylan Fotografía Görkhan Tiryaki Intérpretes Dogu Demirkol, Murat Cemcir, Hazar Ergüçlü, Bennu Yildirimlar, Serkan Keskin Estreno en el Festival de Cannes 18 mayo 2018; en Turquía 1 junio 2018

Con películas tan reconocidas en su filmografía como Lejano, Tres monos o Sueño de invierno, el realizador turco más internacional, Nuri Bilge Ceylan, recala ahora en la sección oficial del Festival de Cine de Sevilla con un trabajo intenso y exhaustivo sobre una difícil relación entre padre e hijo que ha necesitado tres horas de verborrea incansable para dar sus frutos. La incontinencia verbal a la que Ceylan somete a sus personajes, y que sirve tanto para desarrollar las ideas sobre las que se sustenta su trama como para poner en tela de juicio muchas de las cuestiones que preocupan a su director, provoca esa extrema duración, posiblemente el mayor escollo que encuentra la cinta para llegar a un mayor número de público. Un joven con vocación de escritor regresa a casa tras licenciarse en la Universidad y choca con su padre, al que detesta por hábitos que no resultan coherentes con su preparación como profesor y su carácter trabajador. Ceylan se preocupa en su última película por una generación de jóvenes europeos que no parecen encontrar su sitio en la sociedad, a los que la desidia y la falta de ilusión les ha robado la motivación, y que encuentran en la generación de sus padres el reflejo de una realidad con la que no se sienten identificados. Con un manejo excelente del encuadre y la planificación, y una fotografía luminosa como suele ser habitual en sus películas, Ceylan pasea a su protagonista por espacios rurales y urbanos que le llevan a entablar conversaciones de todo tipo con una variopinta fauna de gente, entre las que destacan un escritor de éxito con el que emplea un cruel sarcasmo y unos jóvenes amigos que se plantean el valor de la religión y la espiritualidad en una sociedad que ven paulatinamente desmoronarse. En su largo y lento desarrollo, salpicado de una elegíaca transcripción de Stokowski sobre una passacaglia de Bach, el director juega a despistarnos en más de una ocasión, con trucos efectistas y generalmente censurables que se justifican en la pesadilla y la falsa apariencia. Al final nos queda pensar si quizás el realizador es más reaccionario de lo esperable cuando parece que nos esté criticando el cinismo que provoca la educación frente al más sano conformismo que genera la disciplina, cuando el joven reacciona adoptando decisiones más cerca de valores castrenses que puramente intelectuales.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

LA CASA DE JACK El crimen como arte o provocación

Título original: The House That Jack Built
Dinamarca 2018 155 min.
Guión y dirección Lars von Trier Fotografía Manuel Alberto Claro Intérpretes Matt Dillon, Bruno Ganz, Uma Thurman, Riley Keugh, Sofia Grabol, Siobhan Fallon, Ed Speelers, David Bailie, Yu Ji-tae, Jeremy Davies Estreno en el Festival de Cannes 14 mayo 2018; en Dinamarca 29 noviembre 2018

Cinco años después de Nymphomaniac y con el perdón de Cannes de por medio tras sus polémicas declaraciones sobre Hitler, Lars von Trier vuelve a provocar con su último trabajo cinematográfico. Habría que analizar la reacción del público frente a su nueva propuesta para conocer más en profundidad las intenciones de este director que no suele dejar a nadie impasible. El atroz retrato que hace de un psycho killer al más puro estilo de aquel Henry, retrato de un asesino que firmara John McNaughton a finales de los ochenta del siglo pasado, da lugar a dos horas de tensión en las que asistimos a los crímenes de un asesino en serie en situaciones algunas de lo más grotescas, con el fin de redefinir el concepto de creación artística a través de la licencia para matar, descuartizar y recrear cadáveres humanos. En sus conversaciones con un posible terapeuta, o quizás un agente de la ley, o puede que un ángel o el mismísimo demonio, al que da voz y luego presencia Bruno Ganz, nuestro asesino americano (Matt Dillon) se permite comparar sus atrocidades con la creación artística y divina, en un proceso en el que analiza hasta cinco de sus barbaridades sucedidas en la década de los setenta del pasado siglo. Todo esto sirve al director danés para generar una orgía de sangre que perturba y molesta, pero no más que el hecho de hacernos sentir a nosotros y nosotras mismas como verdaderos monstruos ávidos de más morbo, de que no lo pillen, de que no aborten su próxima ocurrencia, para que la atrape nuestra retina, la misma que no apaga la televisión cuando nos cuentan las atrocidades que alimentan los telediarios y que son peores que las que pueda imaginar la perturbada mente de Trier. Pero he aquí que motivados por su ética y su moral, o por las apariencias o los prejuicios, habrá quienes abandonen la sala, mientras los demás experimentamos esa mala conciencia que nos obliga a esperar más guiñol sanguinolento con ínfulas de intelectualidad, que lo hace más cruel. Al final no sabemos si la comparación es válida ni si se ha creado arte, pero sí que ha logrado impactarnos y nos ha esclavizado durante las dos horas y media de proyección. Habrá quien lo considere pornografía, pero ¿quién no la consume?

MEKTOUB, MY LOVE: CANTO UNO

Francia 2017 186 min.
Dirección Abdellatif Kechiche Guión Abdellatif Kechiche y Ghalia Lacroix, según la novela de François Bégaudeau Fotografía Marco Graziaplena Intérpretes Shaïn Boumedine, Ophélie Bau, Salim Kechioiche, Lou Luttiau, Alexia Chardard, Hafsia Herzi, Kamel Saadi, Delinda Kechiche Estreno en el Festival de Venecia 7 septiembre 2017; en Francia 21 marzo 2018

Abdellatif Kechiche logró un gran éxito con su anterior película, que se anunciaba como la primera parte de La vida de Adéle y mostraba durante tres horas y sin pudor ni censura las relaciones lésbicas y románticas de dos hermosas jóvenes. Sin haber ofrecido aún la supuesta segunda parte se embarca ahora en un primer capítulo de las andanzas de un joven francés de origen árabe de nombre Amin, para lo que necesita también tres largas horas de desarrollo de algo que podría haberse quedado perfectamente en la mitad. Pero es que Kechiche necesita alargar cada escena y someter a sus jóvenes protagonistas a juegos de incontinencia verbal como los que hacía Rohmer en sus cuentos y proverbios pero sin su carga intelectual. El realizador de origen tunecino fija su atención de nuevo en cuerpos jóvenes, que retrata con vehemencia, durante unas vacaciones en los noventa en el sur de Francia. Allí el joven y guapo protagonista vivirá las experiencias propias de unas vacaciones en la playa, días de sol y agua y noches de copas y discoteca, rodeado de familiares y amigos en busca de diversión permanente, con la sensualidad de la estación y la edad siempre rodeándole. Pero el destino (Mektoub) marcará sus preferencias y le mantendrán virtuoso en su condición de hombre respetuoso y templado, hasta encontrar el amor verdadero, cuya conquista se convierte en leit motiv de la película. Todo esto está muy bien contado y reflejado, y sobre todo transmite todo ese aluvión de alegría y sensualidad apuntadas, además de acertar seduciendo con ese personaje central tierno y pudoroso; pero en su excesivo metraje corre el riesgo de aburrir y desinteresar, mostrando un desprecio absoluto por una carrera comercial que sería mucho más aseada si no exigiera tanta paciencia del público.

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