sábado, 25 de diciembre de 2021

WEST SIDE STORY Spielberg vigoriza un clásico desde el respeto

USA 2021 156 min.
Dirección
Steven Spielberg Guion Tony Kushner, según el musical de Arthur Laurents y Jerome Robbins Fotografía Janusz Kaminski Música Leonard Bernstein Intérpretes Ansel Elgort, Rachel Zegler, Ariana DeBose, David Alvarez, Rita Moreno, Mike Faist, Josh Andrés Rivera, Corey Stoll, Brian d’Arcy James, Iris Menas Estreno en Estados Unidos 10 diciembre 2021; en España 22 diciembre 2021

Cuando hace tiempo se anunció que Spielberg dirigiría un remake de West Side Story fuimos mucha la gente que se sorprendió. Someter a revisión un clásico de la talla del film de Robert Wise y Jerome Robbins parecía un sacrilegio, casi como hacer lo propio con clásicos como Lo que el viento se llevó o Casablanca. Sin embargo con Spielberg a la cabeza del proyecto había margen suficiente para esperar lo mejor, y eso llegó más de un año después de la fecha anunciada, debido a la recurrente pandemia que tanto lo está trastocando todo. No es la primera vez que el director de E.T. se enfrenta a un remake; ya lo hizo con Always, basada en el guion de Dalton Trumbo para Dos en el cielo, que dirigió precisamente Victor Fleming en 1943, y volvió a hacerlo con La guerra de los mundos, pero en ambos casos la transformación fue tal que casi se olvidaba su referente por completo y aquello acababa siendo enteramente una película de Spielberg. No ha pasado lo mismo con esta relectura de West Side Story. Aquí el director ha sido tan sumamente respetuoso que apenas se ha salido de su estructura y trama argumental, tan solo ha añadido más diálogos de la mano del brillante Tony Kushner, artífice de la celebrada serie Angels in America y colaborador de Spielberg en Munich y la compleja Lincoln, quizás su film más difícil e incómodo. El resultado es un film que se pone más de lado del inmigrante hispano y deja entrever cómo la policía y la sociedad americana siempre ha defendido más al descendiente caucásico, marginando a quienes hoy se revelan como población en alza.

Respetuoso también con la música, repetida prácticamente al milímetro respecto al original de 1961 que con tanto éxito adaptaba el libreto de Arthur Laurents y la música de Leonard Bernstein con letra del recientemente desaparecido Stephen Sondheim. West Side Story fue un mito en 1961, y junto a My Fair Lady y Sonrisas y lágrimas es sin duda el gran musical de la década de los sesenta, por lo que resultaba inimaginable volver a tocarlo. Sin embargo cuántas veces se llevan a escena los grandes musicales de Broadway, con producciones nuevas y novedosas, y cuántas veces se atreven los directores de escena a retocar los grandes títulos operísticos, a menudo con resultados catastróficos. Por qué no someter esta gran tragedia americana a una reescritura, más teniendo en cuenta que las nuevas generaciones, desde hace mucho tiempo en Estados Unidos, y desde algo menos también en Europa, ya no ven los clásicos, las televisiones apenas los programan y cuando lo hacen es con la competencia de la telebasura que todo lo invade y corroe. Para llevar a nuevos públicos estos clásicos imperecederos, hay que rehacerlos, y Spielberg lo ha hecho con tanto respeto y tan buena caligrafía que no cabe sino rendirse a sus encantos. Además, el talento natural del director para lograr emocionarnos hasta la incomodidad se repite en esta versión épica y espectacular en la que brillan la música, con el único añadido al programa original del himno portorriqueño La Borrinqueña, y la coreografía del nuevo talento del ballet americano Justin Peck, que no ha dudado en tomar como referente perfectamente identificable los bailes originales y míticos de Jerome Robbins que le valieron a la cinta de 1961 un onceavo Óscar no ganado en competición.

Dentro de ese respeto general que respira la película, Spielberg naturalmente no ha dudado en incluir algunas novedades, casi todas ellas encomiables. Sus personajes portorriqueños son más auténticos y hablan más en castellano, aunque sus líneas se desdoblen al inglés para evitar los subtítulos en la versión oída en países de habla inglesa. El personaje que antes era marimacho, todo un atrevimiento en la época, ahora es abiertamente trans. I Feel Pretty recupera el lugar anticlimático que tenía en la producción original de Broadway, un desatino que resolvió magistralmente la película de Wise. Todos y todas las intérpretes cantan con sus voces originales, naturales y perfectamente en estilo, sin la impostura que generaba aquella grabación de los ochenta que protagonizó el propio Bernstein con las voces operísticas de José Carreras, Kiri Te Kanawa y Tatiana Troyanos. Spielberg le reserva a Rita Moreno el papel que en la original interpretaba Ned Glass, aunque la tienda sigue siendo de Doc, ahora ella es su viuda e interpreta Somewhere, como también una voz femenina lo hacía en la versión teatral, y no la pareja protagonista que la entonaba en la película del 61.

Pero sobre todo en esta nueva versión luce la escenografía, espléndida, recuperando esa filigrana y perfeccionismo que Spielberg logró en el brillante arranque de El puente de los espías, donde el Nueva York de los cincuenta se recreaba no solo con una perfecta ambientación sino como si el equipo técnico y artístico hubiera directamente viajado al pasado. Los bailes, más numerosos y con el propio protagonista también danzando, un Ansel Elgort al que hemos visto en la serie Divergente y en películas como Bajo la misma estrella o Baby Driver, salen más al exterior y todo resulta más realista. Hay incluso una escena, la ceremonia nupcial, recreada en un insólito monasterio en Harlem, que supone un guiño directo al Romeo y Julieta shakesperiano del que surge todo este entramado. Y nos congratulamos de que Spielberg haya revitalizado y modernizado al clásico en cuestiones de género; ahora María no es quien provoca involuntariamente la tragedia pidiéndole a Tony que impida la pelea, y las chicas de los Jets toman papel activo horrorizadas cuando la espléndida Ariana DeBose, la nueva Anita, es violentada en la tienda de Doc. Spielberg es un genio con una filmografía impecable, y le honra no haber querido eclipsar a una cinta que fue más que eso, un fenómeno del que generaciones enteras han disfrutado con experiencias dispares y tremendamente nostálgicas. Su respeto ha alcanzado también a la partitura, apenas reorquestada por David Newman y muy bien dirigida por Gustavo Dudamel, seguramente por indicación de su gran amigo John Williams, autor de la música del grueso de la filmografía de Spielberg. Él ha hecho su versión como si de reponerla en los teatros se tratara, y quién sabe, quizás también la veamos tantas veces como hemos visto la original.

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