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lunes, 1 de julio de 2024

HENRY MANCINI EN ÚBEDA CON LA FILARMÓNICA DE MÁLAGA


No nos hemos podido resistir a acudir al concierto de clausura del Festival de Úbeda de este año. Visitar la monumental ciudad siempre vale la pena. Escuchar la música de Henry Mancini a toda orquesta en nuestro país resulta bastante complicado, y hacerlo en el centenario de su nacimiento, para nosotros un acontecimiento. Lo hizo el pasado sábado 29 de junio de la mano de la Filarmónica de Málaga, quizás la orquesta de nuestra comunidad que más arriesga y mejor se compromete con la lectura de otras disciplinas, las lleva por otras plazas e incluso las graba. Un ejemplo a seguir, que en este caso se traduce en un programa que la orquesta lleva paseando por otras ciudades desde hace aproximadamente un año, y que en Úbeda ha servido para clausurar su ya longevo festival con treinta y seis ediciones a la espalda. 
Una ciudad y un espacio, el hermoso Hospital de Santiago, que no son ajenos a la música de cine. Ya albergó un festival dedicado al género durante varios años a principios de este siglo, con la presencia de destacados compositores de un lado y otro del Atlántico.

Con José María Moreno, el apasionado y enérgico director mallorquín titular de la orquesta malagueña, la Filarmónica desplegó un programa en el que se alternaron versiones originales de su autor (Lujon, Lightly Latin de Mr. Lucky, Peter Gunn, La pantera rosa, El carnaval de las águilas) con piezas de concierto del homenajeado, grabadas con su orquesta u orquestas que en el mundo anglosajón denominan Pops (Royal Philharmonic Pops, Cincinnati Pops), como la versión ofrecida de Charada, March with Mancini, Strings on Fire, Ohio Riverboat u Overture to a Pops Concert que sirvió como propina, y arreglos específicos del pianista de jazz José Carra, colaborador de la formación en estos conciertos celebrados también en Rincón de la Victoria y Málaga. Suyas fueron las versiones de Días de vino y rosas en formato suite, El nuevo caso del inspector Clouseau, Querido corazón, un muy reducido Baby Elephant Walk y un muy inspirado Just for Tonight, ambos de Hatarí, también reducido e insuficiente el precioso Dos en la carretera, o ese Nothing to Lose que Claudine Longet cantaba en la más famosa fiesta hollywoodiense, la de El guateque.

Versiones que evidenciaron el buen conocimiento que Carra tiene del estilo y el espíritu manciniano, si bien con tendencia a una grandilocuencia que el compositor sólo empleaba en esos temas de concierto que servían en la mayoría de los casos para lucir las posibilidades de la orquesta. Del más querido de sus temas, Moon River, se optó por esa supuesta obertura cuyo hallazgo se adjudicó Luis Cobos en su disco dedicado a los Oscars en la década de los noventa del pasado siglo, y que sirvió también a Martínez-Orts para su último concierto con la valenciana Film Symphony Orchestra. Otro ejemplo de grandilocuencia mal empleada en la música de un compositor siempre caracterizado por su elegante y sutil glamour.

Una Pantera rosa con palmas y palillos del público, evidenciando el buen sentido del ritmo del que gozamos en Andalucía, sirvió como bis, dejando clara la versatilidad de la orquesta, su adaptación a otros lenguajes, como el jazz y la música ligera y melódica, y los magníficos resultados obtenidos, en algún caso mimetizando a la perfección las grabaciones existentes, como en Charada, Lujon (pieza utilizada en muchas películas, pero no concebida para ninguna en particular) o The Great Waldo Pepper March. El excelente comportamiento del público y el emblemático auditorio en el que se celebró, ayudaron a redondear una noche mágica y emocionante.

jueves, 8 de agosto de 2019

JUAN DIEGO FLÓREZ EMOCIONA EN JEREZ

VI Festival Tío Pepe de Jerez. Juan Diego Flórez, tenor. Ruzan Mantashyan, soprano. Christopher Franklin, director. Orquesta Filarmónica de Málaga. Programa: Oberturas, arias y dúos de Zampa, de Hérold, Romeo y Julieta y Fausto, de Gounod, La favorita y Lucia di Lammermoor, de Donizetti, Manon, de Massenet, Cavalleria Rusticana, de Mascagni, y La bohème, de Puccini. Miércoles 7 de agosto de 2019

Juan Diego Flórez en un momento de su
actuación en el Festival Tío Pepe
Foto: Miguel Ángel Castaño
En los últimos años han proliferado en nuestra comunidad los festivales de verano, combinando lírica, jazz, pop y otros géneros musicales para mayor deleite de un público que acude a ellos buscando una experiencia que trascienda lo puramente musical, en la que el entorno, la oferta gastronómica y la posibilidad de alargar la velada con actuaciones y baile en directo, se convierten en atractivos añadidos. El de las Bodegas Tío Pepe de Jerez de la Frontera cumple seis años y se une a otros como el Starlite de Marbella, que con tan solo dos ediciones más se ha convertido en evento de referencia. El Tío Pepe suele incluir en su programación al menos una gala lírica por edición. Si en años anteriores los invitados fueron el tenor jerezano Ismael Jordi y la soprano Ainhoa Arteta, tan vinculada a nuestra comunidad, éste ha sido el año de Juan Diego Flórez, que menos de un año después de su recital en el Maestranza de Sevilla, ha vuelto con energías renovadas y una oferta sustancialmente diferente a la presentada en nuestra ciudad, donde actuó acompañado del pianista Vincenzo Scalera.
 
A estas alturas de su carrera parece emular la práctica de muchas estrellas del canto en etapa madura, impulsar la carrera de una artista incipiente. Un padrinaje que se convierte en garantía de calidad y que en este caso tuvo en la joven soprano armenia Ruzan Mantashyan la demostración de una apuesta firme y segura. Juntos y por separado ofrecieron un recital cuya calidad y nivel de exigencia estuvieron muy por encima de lo que cabría esperar en este tipo de manifestaciones veraniegas. La participación de la Filarmónica de Málaga, orquesta habitual en esta tierra gaditana, especialmente en el foso del Villamarta, añadió atractivo al espectáculo bajo la experta dirección del norteamericano Christopher Franklin, cuya carrera ha desarrollado principalmente en el terreno operístico, habiendo además acompañado a Flórez en giras anteriores.
 
Bel canto, Romanticismo y Verismo sobre el escenario
 

Ruzan Mantashyan canta el Aria de las Joyas en un
montaje de Fausto de la Ópera de Ginebra,
bajo las órdenes de Michel Plasson
Flórez parece haber aparcado el belcantismo rossiniano que le hizo tan célebre a principios de su carrera, y que continuó cultivando tanto tiempo. Sólo la obertura de la ópera Zampa del olvidado compositor francés Louis-Ferdinand Hérold recordó esta etapa rossiniana del tenor peruano. A partir de ahí empezó sumergiéndose en aguas del romanticismo con varias páginas del Romeo y Julieta de Gounod, como un Lève-toi soleil en el que hizo acopio de su proverbial buen gusto y un exquisito fraseo, además de una envidiable potencia cuya virtud no quedó solapada por la inevitable amplificación. Triunfó con una sensacional interpretación de Tombe degli avi miei de Donizetti, y se metió al público definitivamente en el bolsillo con Puccini, de quien ofreció una conmovedora Che gelida manina, y ya en las propinas un Nessun dorma que aunque evidenció cansancio, estuvo a la altura de lo aceptable.
 
Flórez, Mantashyan, Franklin y la Filarmónica de Málaga
Foto. Miguel Ángel Castaño
La joven Mantashyan se estrenó con el alegre y victorioso Je veux vivre de Julieta, continuando en la misma línea pero más segura, vigorosa y caldeada en el Aria de las Joyas de Fausto de Gounod. Precisamente su papel de Margarita en esta ópera de Gounod y el de Mimí en La bohème, de la que interpretó con sentimiento, considerable teatralidad y sin afectación la preciosa Mi chiamano Mimì, son los dos roles con los que inició su carrera hace unos seis años. Su voz cálida y carnosa, sin tiranteces y con facilidad para modular y cambiar de registro, fue una de las sensaciones de la noche, colaborando en unas escenas y dúos junto a la estrella hispana que lograron un considerable nivel de calidad. Franklin dirigió con aplomo y atención al detalle a una Filarmónica de Málaga que se entregó a placer, con momentos tan logrados como el Granada que entonó Flórez en uno de los bises, repitiendo el esquema de su actuación en Sevilla en el que figuraron La flor de la canela, Cucurrucú Paloma, una marinera tradicional peruana y un trepidante y festivalero Gato montés a dúo con una aflamencada y muy simpática Mantashyan, además del referido aria de Turandot que, como hizo en Sevilla, animó a tararear al público. Mañana repite programa en el Festival de Peralada, pero con otra orquesta y director y seguramente algún bis menos.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 19 de enero de 2019

UN ORFEO Y EURÍDICE INCÓMODO EN EL VILLAMARTA DE JEREZ

Orphée et Eurydice, de Christoph Willibald Gluck. Versión francesa de Pierre-Louis Moline, según el libreto de Raniero di Calzabigi. Carlos Aragón, dirección musical. Rafael Rodríguez Villalobos, dirección de escena y dramaturgia. Jesús Ruiz, escenografía y vestuario. Miguel Ruz, iluminación. Con José Luis Sola, Nicola Beller Carbone, Leonor Bonilla y Martín Puñal. Orquesta Filarmónica de Málaga. Coro del Teatro Villamarta dirigido por José Ramón Hernández y Ana Belén Ortega. Producción del Teatro Villamarta. Teatro Villamarta de Jerez, viernes 18 de enero de 2019

Sola y Carbone. Bonilla en el cuadro. Foto: Javier Fergo
Una importante representación de la comunidad musical sevillana se dio cita el viernes noche en el Teatro Villamarta de Jerez para descubrir una producción del mítico título de Gluck de notable esfuerzo andaluz pero resultados más bien incómodos. Varios de los talentos triunfadores en los dos últimos espectáculos líricos disfrutados en el Maestranza confluyeron en esta producción del propio Villamarta, como son la soprano Leonor Bonilla, auténtica revelación en Lucia di Lammermoor del pasado octubre, el tenor José Luis Sola, competente arlequín en El emperador de Atlántida, Nicola Beller Carbone, sensual protagonista en El dictador y el anterior título ofrecidos en programa doble el pasado mes de diciembre, y sobre todo el joven y prometedor director escénico Rafael Villalobos, que logró una interesante visión de la ópera breve de Krenek y una notable revisión de la de Ullman, y ahora realiza una personal adaptación escénica del drama de Orfeo en los infiernos.

Foto: Javier Fergo
Para Villalobos el Amor surge de la juventud y convierte a la pareja protagonista en un inspirador y potente motor con el que alimentar toda una vida de compañerismo altruista y entregado. Por eso aquí no hay tres sino cuatro personajes que son dos. Orfeo joven y viejo, Eurídice joven y vieja. Los jóvenes son el amor, lo que da más posibilidades de protagonismo a una emergente Leonor Bonilla, un Amor trasmutado en el tercer acto en Eurídice, compartiendo el rol con Carbone. Mientras el actor Martín Puñal encarna también al Amor, esta vez en la persona de un Orfeo joven y enamorado, que declama a Sartre al principio del último acto y esboza unos pasos de baile en esta versión estrenada en París una década después de su estreno vienés en italiano. El infierno es el dolor, nunca mejor representado que entre las almas condenadas a la enfermedad que habitan en un sanatorio, donde se ambienta un segundo acto enérgico, truculento y desasosegante, lo mejor de la función. Y el único final lieto posible es asumir la desaparición del ser querido, la propia soledad y la espera conforme del desenlace que a todos nos espera, la muerte. Vestuario, escenografía y actitud, todo recuerda al laureado film de Michael Haneke sobre el Amor, inspiración en la que basa Villalobos esta visión de la tragedia clásica que prescinde del mito y su influencia en las artes, especialmente musicales, para centrarse exclusivamente en el dolor del amor. Salvo en ese acto central, su dirección necesita más trabajo, llenar los momentos instrumentales, más abundantes en la versión francesa por destinados a un baile aquí ausente, con movimientos más inspirados y decididos, pues en sus actos extremos la producción nos pareció algo plomiza. Presupuesto manda y, como era de esperar, todo es sencillo y humilde, aunque deja apreciar la capacidad del teatro para albergar producciones de enjundia, con cambios ágiles de escena y maquinaria solvente para resolverlos. En este punto celebramos también el buen trabajo de iluminación desplegado por Miguel Ruz.

Orfeo (Sola) entre Eurídice vieja (Carbone) y joven (Bonilla)
Más decepcionante resultó la función en el aspecto puramente musical. A una Filarmónica de Málaga que en su esfuerzo por sonar en estilo derivó erráticamente en más austeridad de la conveniente y una ausencia total de morbidez y sensualidad, hubo que añadir una batuta monocorde, autómata y sin sensibilidad, y unos recursos especialmente pobres en los metales, provocando una continua languidez, uniformidad y carencia de fuerza expresiva. Mucho mejor resultó la Orquesta Manuel de Falla en aquel Orfeo y Eurídice más convencional de hace quince años en el mismo teatro, donde destacaron las muy satisfactorias voces del contratenor Flavio Oliver y la sopranos Beatriz Lanza y Ruth Rosique, presente también ayer entre el público. La voz de Orfeo en la versión francesa de este título imprescindible y renovador de la ópera en lo dramático y lo musical, deriva del castrato contralto o soprano, según quién lo cantara, al tenor que la estrenó en París, porque allí no gustaban los castrati. Desde la versión adaptada por Berlioz puede también cantarlo una contralto, en consideración a Pauline Viardot, e incluso un barítono. Como hijo de las musas y padre de la música, Orfeo se adapta a todos los timbres de voz, siempre que se haga en estilo. José Luis Sola ni posee la capacidad y la fuerza para sostener todo el peso de la función, ni logró adaptar su registro al tono y el estilo adecuados, por lo que parecía estuviésemos escuchando a Verdi o Bizet en lugar de a un autor clásico cada vez que entonaba un recitativo o un aria, todo un dislate. Además acusó frecuentemente estridencias, estrangulamiento e incómodos cambios de registro, y fue incapaz de afrontar agilidades ni provocar impacto emocional. En cuanto al coro, hizo un trabajo competente salvo en algunos pasajes en los que acusó falta de coordinación y cierto desequilibrio. Con una batuta y un tenor protagonista fuera de estilo, poco pudieron hacer el resto, unas competentes Leonor Bonilla y Nicola Beller Carbone que lucieron lo que pudieron y cómo pudieron dentro de un espectáculo tan incómodo para un público mínimamente exigente – luego está el que aplaude a todo – como para el implicado más consciente y autocrítico.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía