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| Marc Albrecht |
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| Imagen retrospectiva de Alexei Volodin |
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| Rafa Castaño |
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| Marc Albrecht |
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| Imagen retrospectiva de Alexei Volodin |
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| Rafa Castaño |
En 2010 un tal Dylan Williams decidió plasmar sus experiencias en el documental Hombres sincronizados (Men Who Swim), sobre un equipo masculino de natación sincronizada integrado por cuarentones en crisis, que dio origen a su vez a un largometraje de ficción producido por el propio Williams el año pasado y dirigido por Oliver Parker (Otelo, Un marido ideal, El retrato de Dorian Gray) que se titula Swimming with Men (Nadando con hombres). Esta misma base argumental curiosamente ha servido también, aunque no se acredite, para el debut en la dirección en solitario del popular actor francés Gilles Lellouche, con veinte años de carrera a sus espaldas y un par de largometrajes dirigidos en colaboración con otros, Narco y Los infieles. Lo cierto es que Lellouche demuestra en su debut en solitario buen pulso narrativo y buen criterio a la hora de definir traumas y frustraciones sin resultar empalagoso ni estridente, a pesar de que sus personajes sí lo son y su tendencia al exceso y la histeria resulta más que notable. Asistimos al devenir de la vida de una serie de hombres entre los cuarenta y los cincuenta, deprimidos por la crisis (Amalric), frustrados profesionalmente (un roquero Jean-Hugues Anglade, legendario protagonista de Betty Blue hace treinta años), irresponsables viva-la-vida (Poelvoorde), amargados existenciales (Canet) o simples e ingenuos (Katerine), que exorcizan sus males entrenando en un equipo amateur de natación sincronizada con vistas a participar en un campeonato internacional, cuya disciplina y rigor les sirve para mantener cierto equilibrio en sus heridas vidas y tomar el timón con mayor fortuna y decisión. Pero bajo esta premisa y desarrollo argumental, Lellouche afronta otros temas de interés coyuntural, como son los roles de género, a partir de una disciplina deportiva tradicionalmente asociada a las mujeres, a pesar de que las crónicas datan el nacimiento del deporte a principios del siglo XX como una disciplina masculina. También las frustraciones del hombre moderno son tomadas en consideración en una película que analiza de forma distendida y amable el entorno en el que vivimos, acuciados por la competitividad, la búsqueda de un éxito irrenunciable, los modelos de familia tradicionales o el feminismo pasivo, el que refleja conductas en la mujer tan reprochables como las tradicionalmente asociadas al hombre. Un sinfín de temas y cuestiones que deben ser descubiertas por cada espectador o espectadora, y analizadas según nuestro criterio y formación, ya que Lellouche, como director y guionista, se dedica a esbozarlas y dar un sentido de conjunto amable y distendido al conglomerado final. El problema hubiera sido no dar credibilidad a los personajes y sus situaciones, pero también aquí el realizador sale victorioso, mientras la vena cómica se hace esperar hasta una segunda parte en la que surge una entrenadora cuyos métodos son tan expeditivos como hilarantes, así hasta desembocar en el inevitable campeonato final en el que estos cuerpos avejentados tienen que vérselas con otros equipos más lustrosos. El norteamericano Jon Brion (Magnolia, ¡Olvídate de mí!) y un buen ramillete de canciones fundamentalmente de los ochenta y noventa ilustran también de forma agradable y satisfactoria el devenir de este conjunto de hombres con sus incapacidades, que todos y todas las tenemos.
Cada vez que han recalado en nuestra ciudad nos han dejado un inmejorable sabor de boca, hace seis años junto a las coreografías del cordobés Antonio Ruz y la música de Lobo, Gesualdo y Desprez, y un año después con el espectáculo multicultural La alegoría del deseo, junto al conjunto belga Zefiro Torna y la cantante tunecina Ghalia Benali, siempre adaptándose como un guante a cada particular propuesta estética. Esta vez Vocalconsort Berlin lo ha hecho con un programa más a su medida, sumergiéndose en el barroco de tintes más poéticos y piadosos, abordando una de las páginas más sobrias e insignes del catálogo del compositor y organista alemán Dietrich Buxtehude, y coronándolo con una cantata primeriza de Bach, en cierto modo entroncada con el universo del autor de Membra Jesu Nostri.
En la Grecia clásica, cuna de la democracia, el gobierno lo integraba la clase intelectual. Esa lógica y sana costumbre ha pervivido con sus más y sus menos hasta que en tiempos recientes nos hemos acostumbrado a que gente incompetente, sin apenas formación, y con la poca que tienen comprada o robada con influencias, rijan nuestro destino y nos impongan leyes y comportamientos que van definiendo un nuevo orden de las cosas en la que el talento y la concordia brillan por su ausencia. Dick Cheney podría situarse en ese bando de políticos analfabetos que sin embargo han resultado tan influyentes y poderosos que sus votantes y los que no lo son han tenido que adaptarse a sus desmanes. Al menos así lo describe Adam McKay en su nueva película después del éxito de La gran apuesta, que trataba también un tema de actualidad, la debacle inmobiliaria que provocó la crisis económica de 2008 que aún hoy estamos padeciendo. Brad Pitt y Will Ferrer, que ha protagonizado gran parte de la filmografía más prescindible de McKay, ejercen como productores de maestros de ceremonia de esta nueva denuncia americana a su sistema político y económico. Ellos mismos se venden, imponiendo su cultura y modo de vida al resto del mundo, y se critican, en una sempiterna y cansina operación de contraventa que a estas alturas está demostrado que no conduce a ninguna parte. En lo cinematográfico Vice (que en inglés tiene la doble acepción de vicio y vicepresidente) es un ejemplo de ese cine moderno vertiginoso y adrenalítico en el que el exceso de información y la cantidad de imágenes por segundo acaban provocando la extenuación y el caos. En este sentido no cabe duda de que, como ellos mismos aseguran en los sobretítulos del principio, se han currado la biografía de este estudiante y trabajador inepto, borracho y follonero que llegó a redefinir el cargo de vicepresidente de Estados Unidos, pasando de ser sinónimo de don nadie a ser quien tomara las decisiones más cruciales de la historia reciente, llevando las riendas de un país que su presidente, el inepto George W. Bush, era incapaz de asumir. Entre tanta imagen e información, tanta textura para mezclar noticiarios verdaderos con recreaciones (hasta Naomi Watts, que al igual que Alfred Molina no está acreditada, parece una auténtica reportera de televisión de la época) y tanta ilustración acústica y gráfica, apenas cabe apreciar la supuesta excelencia de las interpretaciones del camaleónico Christian Bale, que no duda en engordar tanto como adelgazar según el papel lo requiera, o Amy Adams, en busca siempre de ese Oscar que tanto se le resiste. Precisamente con la entrada de año se abre la veda de los estrenos oscarizables, y ésta es la primera en surgir. En fin, lo de siempre, mucho ruido y pocas nueces. Sólo nos cabe la nostalgia de imaginar qué hubiera hecho un Billy Wilder con semejante material, con su sutileza y elegancia habitual, sin tanto aspaviento y desmesura, y con el tiro mucho más certero, envenenado e incisivo que el de estos fabuladores modernos. Poca gracia hay en esta considerada comedia, porque el tema es dramático y terrible y hace falta más talento del que tiene el muy currante McKay para lograr extraer juerga del él. Hay calidad en el equipo y los componentes de esta película a la que por ese motivo no nos atreveríamos a calificar mal, pero considerada como un todo la empresa no llega a cuajar. A nuestro juicio sólo consigue hacernos reír en la delirante secuencia final que corona los créditos principales antes justo de la cortinilla definitiva; la última frase no tiene desperdicio.