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lunes, 9 de marzo de 2026

DEL ALMA ENCOGIDA AL VÉRTIGO FURIOSO

XLIII Festival de Música Antigua de Sevilla. Julia Lezhneva, soprano. Il Giardino Armonico. Giovanni Antonini, flauta dulce y dirección. Programa: Sinfonia de L’Olimpiade, Concierto en mi menor para cuerda y continuo RV 134; Concierto en Re mayor para flauta dulce, cuerda y continuo RV 90 “Il Gardellino”; Concierto en sol menor para cuerda y continuo RV 157; arias de La fida ninfa, Il Giustino, Bajazet, Ottone in villa, Il farnace, L’Olimpiade, Ercole sul Termodonte y Orlando finto pazzo, de Antonio Vivaldi. Teatro de la Maestranza, domingo 8 de marzo de 2026


Tuvimos ocasión de disfrutar del buen hacer del prestigioso conjunto Il Giardino Armonico en los Femás de 2022 y 2024. En el primero, además, su fundador y director titular, Giovanni Antonini, dirigió también a la Barroca de Sevilla. Otros dos años han pasado y han vuelto, ahora por primera vez al más suntuoso y reverberante Teatro de la Maestranza, con la riqueza añadida que le proporciona esa sensacional acústica que todo lo potencia, incluidos los más impertinentes ruidos que ustedes ya conocen.

Antonini y su conjunto, en esta gira española que les llevará también a Barcelona y Madrid, propone un monográfico sobre Vivaldi, Il prete rosso, con el protagonismo absoluto de toda una diva de la ópera, la soprano rusa Julia Lezhneva, virtuosa absoluta en la mejor tradición de otras ya míticas como Cecilia Bartoli, con quien a pesar de su distinta tesitura es inevitable compararla. Y es que la voz de soprano de Lezhneva posee un rango tan amplio que le permite acometer sin dificultad arias concebidas para mezzosoprano. Ha llegado incluso a interpretar a Cherubino en Las bodas de Fígaro, y muchas de las arias que presentó en este concierto fueron grabadas por la Bartoli con el mismo conjunto y director hace un buen puñado de años.

En el apartado estrictamente instrumental, Antonini marcó acentos y dinámicas, haciendo de la obertura sinfonía de L’Olimpiade un dechado de agilidad y virtuosismo, con un andante más bien levitado y un allegro molto final fulgurante. Iguales sensibilidades y formas se pudieron apreciar en los conciertos para cuerda y continuo RV 134, ya interpretado en la comparecencia de hace cuatro años, y RV 157, mientras el Concierto RV 90 Il Gardellino lo despachó el propio Antonini de forma sobresaliente, con su flauta dulce sopranino, un vertiginoso fraseo y agilidades propias del mejor ruiseñor.


Una voz dotada para el fuego y el sentimiento

El conjunto y su director se adaptaron como un guante a la voz protagonista, gracias a la colaboración que mantienen desde hace tiempo tanto en disco como en concierto. Un habitual de nuestra escena, varias veces director invitado de la Barroca, Stefano Barneschi, ejerció de concertino y nos regaló junto Marco Bianchi un dúo de excepción en el dulce y cálido Zeffiretti che susurrate, de la ópera Ercole sul Termodonte, que Lezhneva cantó con gracia y mucha finura.

La soprano arrancó su participación muy arriba, atreviéndose con un aria de bravura y exigente coloratura, Destino avaro de La fida ninfa, sin calentar aún la voz, lo que derivó en cierta asfixia y un legato no muy definido. Poco necesitó, sin embargo, para reponerse y no decaer ya en ningún momento a lo largo del extenso recital. Más cerca de una mezzo en esta primera aria, Alma opressa de la misma ópera acusó un registro más próximo a su tesitura natural, y unas agilidades ya más asentadas, siempre vivas y tempestuosas.


Pero fue en las arias lentas y relajadas donde pudimos advertir su dominio del drama y el sentimiento, dejándonos el alma encogida en Sposa son disprezzata de Bajazet, con largos filados y unos pianissimi imposibles que no afectaron a una proyección siempre a punto, holgada y generosa. Otro momento álgido en este sentido lo protagonizó Gelido in ogni vena de Il Farnace, con introducción deudora del invierno de Las cuatro estaciones, y un alarde de emotividad sólo al alcance de voces tan distinguidas y comprometidas como la suya.

Y así procedió el largo recital, más de hora y media programada, que se extendió al menos media hora más con seis generosas propinas, la más popular Lascia la spina, hermana gemela de Lascia ch’io pianga, para el oratorio Il trionfo del tempo e del disinganno. Pero las delicias del público, que no cesó de aplaudir fogosamente, las hicieron las arias de bravura repletas de inflexiones y agilidades que fue enlazando sin atisbo de fatiga, de Agitata da due venti de Griselda a Un pensiero nemico di pace del mismo oratorio haendeliano, precioso solo de Giulio Padoin al violonchelo incluido. El resultado, dos horas y media, más la media del intermedio, de catártico canto apasionado salpicado de emotivas expresiones de dolor y esperanza.

Fotos: Lolo Vasco
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 22 de marzo de 2024

CAPRICHOS Y CURIOSIDADES EN EL JARDÍN ARMÓNICO

XLI Festival de Música Antigua de Sevilla 2024. Giovanni Sollima, violonchelo. Il Giardino Armonico. Giovanni Antonini, flauta dulce, chalumeau y dirección. Programa: Concierto para flauta dulce en la menor, de Sarri; Concierto para violonchelo en re menor L.60, de Leo; Quintettino en Do mayor Op. 30 nº 6 “La musica notturna delle strade di Madrid” de Boccherini; Concierto para dos chalumeaux en re menor TWV 52:D1, de Telemann; Concierto para violonchelo en la menor RV 420, de Vivaldi; Passa Calle XXI para dos chalumeaux y violonchelo, de Sollima. Espacio Turina, jueves 21 de marzo de 2024


Hay ocasiones en las que las expectativas no se cumplen. El esperado regreso de Il Giardino Armonico a la ciudad no se desarrolló como cabía esperar, y no porque no exhiban excelencia en sus formas, técnica y probada expresividad, sino por los caprichos que afearon a nuestro juicio el reencuentro. No era el programa un dechado de atractivos, una recopilación de conciertos que pretendían comparar los estilos imperantes en Venecia y Nápoles, los dos núcleos fundamentales del barroco italiano que tanto influyeron también en otras plazas, especialmente del país vecino, Alemania. Pero Vivaldi aparte, que hasta en sus trabajos más tempranos deja tan buen sabor de boca y evidencia un estilo inconfundible, el resto de los convocados no ofrecían un interés especial, más allá de su correcta factura y momentos aislados de inspiración.

Pero fueron sobre todo las intervenciones de Giovanni Sollima al violonchelo las que de alguna manera enturbiaron el habitual magnífico trabajo del consumado conjunto italiano. Antes, el otro Giovanni, Antonini, dio una lección magistral de musicalidad a la flauta dulce y a la dirección de un conjunto perfectamente entonado, capaz de conmover, limar asperezas y seducir de forma tan hábil y con texturas muy sedosas, con el concierto de Domenico Natale Sarri, potenciado con un continuo muy completo y gran capacidad de la cuerda para sonar suntuosa y perfectamente empastada. Sollima se estrenó con uno de los conciertos para violonchelo de Leonardo Leo, de contornos aristados y momentos evocadores que el reconocido instrumentista abordó con sentido del ritmo y del volumen. Mucho se ha escrito sobre el carácter histriónico de Sollima y su exagerada gestualidad, pero sólo viéndolo en tarea nos hacemos realmente idea de hasta qué punto puede afectar incluso a sus propios méritos, pues esa puesta en escena se corresponde también con sus formas interpretativas, poco proclive a delicadezas, con ataques furiosos y dinámicas muy acentuadas.


Nada que reprochar a la homogeneidad, calidez y sedosidad de su sonido, mucho sin embargo a su enfoque interpretativo, especialmente en una Música nocturna de las calles de Madrid irreconocible en algunos de sus pasajes, al menos tal como estamos acostumbrados a escucharlo, con caprichos severos que afearon su cuerpo a pesar de optar por su instrumentación original. Especialmente relevantes fueron los cambios observados en el pasacalle y sobre todo en la ritirata, que emergió en pianissimo y se enroscó hasta provocar el hartazgo. Licencias seguramente derivadas del escaso aprecio que Boccherini tenía a la página, y que ha provocado la sucesión de arreglos a los que ha sido sometida.

Tampoco la pieza del prolífico Telemann resultó especialmente reseñable, más allá de contar con dos chalumeaux, instrumento barroco que convivió con el incipiente clarinete imitando su sonido, aunque su historia fue breve. Antonini y Tindaro Capuano fueron los encargados de poner en pie este Concierto TWV 52:D1, más interesante en su esquemático adagio que en el resto de movimientos, una introducción lenta y otros dos de carácter vivo y alegre magníficamente resueltos por los dos experimentados solistas. Tras el Concierto para violonchelo RV 420 de Vivaldi, con otra exhibición histriónica de Sollima, aunque controlado en su expresividad musical y desde luego dejando constancia de su destreza al instrumento, el ensemble completo se entregó a una suerte de recorrido por diversos estilos, ritmos y danzas de la mano del propio violonchelista, que en su Passa Calle XXI mezcla toques presuntamente contemporáneos con querencia por lo antiguo, mucho estilo orientalizante, especialmente el hebreo tan afín al clarinete, de nuevo doble chalumeau, y una ambición desmedida que no se corresponde con la escasa entidad de la larga y festiva pieza, tanto como la propina del sur italiano que ofrecieron en perfecta comunión y armonía.

Fotos: Antonio Iglesias

jueves, 24 de marzo de 2022

EL JARDÍN DEL DIÁLOGO Y LA EXTRAVAGANCIA

39 Femás. Gli affetti umani e i 4 elementi. Il Giardino Armonico. Giovanni Antonini, director. Programa: Conciertos para cuerdas en mi menor RV 134, para cuatro violines en si menor Op. 3 nº 10 RV 580, para flauta dulce sopranino en do mayor RV 443 y para violín en Mi bemol mayor Op. 8 nº 5 RV 253, Sinfonía en si menor RV 169 y Cum dederit de Nisi Dominus RV 608, de Vivaldi; Concerto grosso en Mi bemol mayor Op. 7 nº 6, de Locatelli; Capriccio Stravagante, de Carlo Farina; So, de Giovanni Sollima; Dos piezas de Chinese Pictures, de Isang Yun. Espacio Turina, miércoles 23 de marzo de 2022


Hace tiempo que denunciamos la falta de proyección que a nivel de música tiene nuestra ciudad, donde cada vez son menos los y las artistas internacionales que recalan en sus múltiples escenarios. Eso mismo nos ha hecho acostumbrarnos al talento local, que afortunadamente abunda y es capaz de cubrir tanta necesidad y propuesta vacante. La presente edición del Festival de Música Antigua, a solo un año de cumplir los cuarenta, ha venido a paliar en algo esta situación, brindándonos la oportunidad de disfrutar de nombres que o bien nunca antes habían actuado en Sevilla o hacía mucho que no lo hacían. Les damos ahora la bienvenida no solo para poder gozar de su talento, ni para comparar con las rutas seguidas por nuestros músicos locales, sino también para quitarnos los habituales complejos y constatar que nuestros conjuntos gozan de tanto brillo y mérito como los más afamados que cuentan con el prestigio y la categoría que les han otorgado los mejores sellos discográficos y las salas más icónicas de la geografía europea.

Giovanni Antonini nos ofreció el pasado fin de semana un extraordinario concierto junto a la Barroca de Sevilla, con las cuatro suites orquestales de Bach en los atriles, y volvió anoche junto al conjunto que fundó hace treinta y siete años y que tanta fama le ha reportado a lo largo y ancho del mundo, Il Giardino Armonico. Lo hizo con un programa protagonizado fundamentalmente por Vivaldi y completado con su contemporáneo Pietro Antonio Locatelli y el precedente Carlo Farina, además de una serie de exóticas piezas de corte entre contemporáneo y asiático que sirvieron para que su director desplegase su habilidad en la madera. Un programa ciertamente ecléctico y definitivamente dialogante entre culturas y épocas, en el que sin embargo lamentamos primara la pirotecnia y el artificio por encima de la emoción y la mera expresividad, a pesar de esos afectos a los que hacía alusión su título genérico.

Impecable técnica y mucha experiencia

Antonini trajo a Sevilla a buena parte de su plantilla histórica, con músicos de la talla de Stefano Barneschi, que sirvió de apoyo al conjunto portugués Divino Sospiro que acompañó a Andreas Scholl en su recital del pasado domingo, Marco Bianchi, Mara Cristina Vasi, Elena Russo o Riccardo Doni, también presente en aquella cita del domingo, aunque el programa de mano no lo testimoniara. Del resto sobresalieron algunos integrantes muy jóvenes, todos y todas demostrando una férrea compenetración y una extraordinaria habilidad técnica a la hora de abordar las páginas programadas, empezando por toda una exhibición de fuerza y temperamento en el Concierto para cuatro violines de L’estro armonico de Vivaldi que Bach convirtió posteriormente en el célebre Concierto para cuatro claves que los más cinéfilos identificarán con la adaptación que Stephen Frears hizo de Las amistades peligrosas. Barneschi, Bianchi, Fabrizio Haim Cipriani y Francesco Colletti se entregaron en esta pieza a una batalla dialéctica de enorme potencia y virtuosismo, aunque en el camino se resintiera esa línea melódica tan inspirada que ofrece la pieza. Antes ya habían dado muestra de su inusitada energía y magistral dominio del contrapunto en el Concierto para cuerdas RV 134, para finalizar con el Concierto para violín Op. 8 nº 5 (los cuatro primeros son Las cuatro estaciones) de Il cimento dell’armonia e dell’inventione, que sirvió para que Barneschi diera renda suelta a un fraseo diabólico y una agilidad frenética y desenfrenada.

De Vivaldi se interpretó también la muy contenida y peligrosamente efectista Sinfonía Al Santo Sepolcro, encadenada a una transcripción del conmovedor Cum dederit del Nisi Dominus en la que el chalumeau, un precedente del clarinete, sustituyó sin demasiado acierto a la voz humana. La propuesta vivaldiana se completó con el archiconocido Concierto para flautino que sirvió a Antonini para desplegar su destreza al instrumento, aunque en su vertiginosa exhibición se dejara más de una nota en el camino. También las dos piezas seleccionadas del compositor surcoreano Isang Yun sirvieron para dar rienda suelta a su proverbial virtuosismo, esta vez adoptando un lenguaje tan idiomático como decisivamente exótico, como el empleado en la breve pieza del compositor y violonchelista italiano Giovanni Sollima, esta vez con un curioso piri (pequeño oboe de bambú) acompañado de cuerda sostenida. Muy sostenidos fueron también algunos de los múltiples pasajes del Capriccio Stravagante de Carlo Farina, que sustituyó al inicialmente programado Concerto grosso Op. 6 nº 3 de Händel, y que consiste en una serie de imitaciones de animales que queda muy bien como broma musical pero comporta poca enjundia musical, solo apta para una mayor exhibición de virtuosismo. Más apropiado resultó el Concerto grosso Op. 6 nº 6 de Locatelli, que habitualmente sirve para compararse con el mismo opus de Händel, como parecía ser la primera intención del programa, y que la plantilla acometió con idéntico entusiasmo y dedicación, pero siempre más centrada en una técnica impecable que en una expresividad natural y emotiva. En la propina el rock duro de Matthew Locke sirvió para agitar todavía más el ánimo entusiasmado del público.

Fotos: Aníbal González (Femás)
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 20 de marzo de 2022

INVITACIÓN A LA DANZA

39 Femás. Orquesta Barroca de Sevilla. Rafael Ruibérriz de Torres, flauta travesera. Giovanni Antonini, dirección. Programa: Suites orquestales nº 1 en Do mayor, nº 2 en si menor, nº 3 en Re mayor y nº 4 en Re mayor BWV 1066-1069, de Johann Sebastian Bach. Espacio Turina, sábado 19 de marzo de 2022

Foto: Luis Ollero

Hacia el siglo XVI las danzas y ritmos pretéritos entraron a formar parte del repertorio instrumental que antes las había despreciado. Las danzas más adaptables a los gustos europeos empezaron, a raíz del impulso de Johann Jakob Froberger, a combinarse y desarrollarse a lo largo del siglo siguiente. Bach las cultivó profusamente para teclado, violín y violonchelo, y solo en cuatro puntuales ocasiones para conjunto orquestal, sin una cronología precisa ni intención cíclica, aunque a la hora de catalogarse se decidiera una numeración en serie. Las suites de Bach siguen el modelo netamente francés, especialmente apreciable en sus largas y contundentes oberturas, pero se liberan de la estructura impuesta por Froberger y adoptan otras más libres y creativas. Telemann, contemporáneo suyo, las cultivó con carácter más generoso, y con él llegaron a identificarse más como oberturas que suites más específicas. Se cree que las número 1 y 4 son de su época en Cöthen, y las otras dos de sus años posteriores en Leipzig al frente del Collegium Musicum.

Interpretarlas en su orden numérico fue el ambicioso cometido que abordó anoche la Barroca de Sevilla como primer plato fuerte del Festival de Música Antigua, tras ese sensacional arranque que tuvo lugar a principios de semana de la mano de Jordi Savall y Xavier Díaz-Latorre. Para ello se armaron de una nutridísima formación, hasta veinticinco intérpretes llegamos a contar sobre el escenario. Añadieron además una concertino muy especial, la ibicenca Lina Tur Bonet, que ya está muy familiarizada con la forma de trabajar de la orquesta hispalense, y de un director excepcional, Giovanni Antonini, uno de los nombres de referencia en la interpretación de la música barroca con instrumentos y criterios de la época, que además el próximo miércoles participará de nuevo en el festival, esta vez al frente de su propio conjunto, el mítico Giardino Armonico. Maravilla comprobar cómo cada batuta que alquila la Barroca llega a comprometerse tanto hasta el punto casi de mimetizarse con ella y exhibir una extrema compenetración, no siempre fácil de atisbar en otras formaciones cuando se confían a titulares invitados.

Un conjunto vivaz y unos solistas inspirados

La Barroca evidenció sentirse cómoda en manos de un muy enérgico y vivaz Giovanni Antonini. El director milanés imprimió fuerza y entusiasmo en las complejas oberturas, resueltas con escalas considerablemente ágiles en la familia de la cuerda, y la participación de un continuo como siempre excepcional. El bajo de Mercedes Ruiz, el joven becado Víctor García, el especialmente contundente Ventura Rico y el siempre preciso y colorista Alejandro Casal, lograron dar cuerpo y volumen al contenido íntegro de la propuesta, mientras desde su labor como concertino, Tur Bonet consiguió suma agilidad y locuaz vivacidad en el resto de violines y violas. Así, la alternancia entre los ritmos de puntillo iniciales y los pasajes fugados a base de escalas afrancesadas se resolvió con maestría en la cuatro monumentales oberturas, sobre todo las dos últimas. También majestuosa resultó la Forlana de la primera suite, único ejemplo de esta danza en el catálogo bachiano. Lástima que donde en los pasajes ritmados encontramos tanta vivacidad y fuego, en los más relajados apreciáramos cierta languidez y un estilo desinflado, como sucedió a nuestro juicio en el famosísimo Aria de la suite número tres, sin que Tur Bonet ni Leo Ross acertaran a conmover.

Rafael Ruibérriz
Algo parecido le sucedió también a Rafael Ruibérriz como solista en la Sarabanda de la número dos, dicha de manera flácida y con cierto desencuentro con el resto del conjunto. Afortunadamente no fue la tónica general en una participación henchida de gracia y creatividad, a la que quizás faltó un poco de volumen y proyección, pero que se resolvió de manera magistral con ornamentaciones profusas e inspiradas, muy especialmente en una Badinerie que ya también en anteriores ocasiones apreciamos ha hecho suya. Su domino de la respiración, y la agilidad e indiscutible elegancia de su fraseo, hicieron el resto para lograr una interpretación excelente de esta singular suite. Antes los oboes de Jacobo Díaz y el también becado José Manuel Cuadrado, junto a la impagable aportación de Alberto Grazzi al fagot, lograron que sus partes solistas brillaran en la Suite nº 1, donde también las muy difíciles y traicioneras trompetas consiguieron un trabajo a la altura, todo un dechado de virtud que se repitió en la última suite, ahora con el añadido de Valle González como tercer oboe, demostrando una vez más que esta es una orquesta de gente brillante, entregada y comprometida, pero sobre todo entusiasta.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía