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miércoles, 21 de enero de 2026

JEAN-GHIHEN QUEYRAS TRASCIENDE A BACH

Jean-Ghihen Queyras, violonchelo. Programa: Suites para violonchelo solo nos. 1 en Sol mayor, 2 en re menor, 3 en Do mayor, 4 en Mi bemol mayor, 5 en do menor y 6 en Re mayor BWV 1007-1012. Espacio Turina, martes 20 de enero de 2026


Destacábamos a propósito del concierto que en esta misma sala ofreció el violonchelista alemán Nicolas Alstaedt hace cinco años, que se combinara el talento de un intérprete descomunal con la riqueza de una obra tan trascendental como son las seis suites para violonchelo de Johann Sebastian Bach, a la altura de sus archifamosas sonatas y partitas para violín, también seis. Y volvió a repetirse el prodigio con uno de los más reconocidos violonchelistas de la actualidad, el por otro lado ya veterano Jean-Ghihen Queyras, canadiense afincado en Francia que ofreció una lectura tan sorprendente como personal de estas irrepetibles páginas.

Pudimos disfrutar de su arte y su talento hace tres años, cuando compareció junto a la Akademie fürAlte Musik Berlin también en este Espacio Turina que tantas alegrías nos sigue dispensando. Pero ahora venía solo, desnudo frente a lo que podemos considerar toda una catedral de la música, sin partitura y dispuesto a sorprender con sus matizadas, sinceras, tan analizadas como interiorizadas versiones de las suites de Bach, como explorando tan a fondo sus posibilidades estéticas y expresivas para que el conjunto sonara nuevo, a descubrir.


Coincide esta interpretación con el estreno dentro de unos días en el Cartuja Center de la obra Música para Hitler de Yolanda Gª Serrano y Juan Carlos Rubio, que tiene como personaje protagonista a Pau Casals, precisamente quien redescubrió este conjunto de suites y las revalorizó hasta hacerlas pasar de meros estudios académicos, posiblemente orientados a la práctica del violonchelo, a magistrales obras de concierto destinadas al deleite y la reflexión tanto de sus intérpretes como de los oyentes. Afortunados fuimos quienes llenamos el aforo del Turina ante el derroche de creatividad que exhibió Queyras. El músico exploró todas las tonalidades y posibilidades tímbricas el instrumento, desde la profunda y melancólica suite nº 2 a la suprema brillantez de la 6, que atacó con el mismo instrumento en lugar del piccolo al que va destinada, lo que aumenta su complejidad, aunque logrando imitar su sonido gracias a una afinación harto apropiada.

Con un fraseo extremadamente limpio y unas articulaciones muy vivas, Queyras alcanzó el equilibrio justo entre el virtuosismo extremo, la elegancia suprema y esa rica expresividad cargada de suntuosa ornamentación que hace de una interpretación musical una experiencia memorable. De ahí que su concepción de las diferentes sarabandas ahondaran en una intensa expresividad, que en el caso de la suite nº 5 llegó a resultar misteriosa e inquietante gracias a unos pianissimi susurrantes. Pero fue la de la 6, por encima incluso de la más recurrente nº 4, la que acaparó una mayor intensidad lírica e incluso mayor densidad y cuerpo debido precisamente al uso del violonchelo tradicional en lugar del piccolo de cinco cuerdas.


Del carácter sobrio del BWV 1007 pasó al más doloroso del 1008, con un preludio angustioso puntualmente aliviado, una allemande en el mismo tono de gravedad y una sarabande plena de grandeza y serenidad. Sólo el fogoso y arrebatado courante y los graciosos y tiernos minuetos lograron consolar el dolor imperante, rematado con una gigue impetuosa aunque igualmente sombría. Fue quizás en la suite nº 3 donde se atrevió a arrancar la allemande con un sorprendente punteado de cuerda a la manera de la guitarra, a partir de lo cual prosiguió con grandes acordes y frecuentes arpegios, hasta desembocar en una nº 4 serena y maravillosamente articulada, coronada con una difícil gigue resuelta con admirable presteza y dominio técnico.

Dejó para la segunda parte las dos últimas y más largas suites, con lo que el instrumento venía ya scordado de bambalinas. El preludio de la nº 5 resultó intenso pero no pomposo, con mucho acierto en sus pasajes fugados y un magistral control del ritmo, derivando en una sarabande noble y delicada. Tras unas emotivas palabras en recuerdo del trágico accidente ferroviario del pasado domingo, dedicó la sexta a las víctimas y sus familiares, asegurando el papel de consuelo y alivio que representa la música en estos casos de dolor y llanto. Y ofreció una sensacional interpretación de esta particular página, haciendo acopio una vez más de una rica ornamentación, una sensibilidad extrema y una enorme capacidad para trascender al autor y ofrecer una lectura significativamente diferente de tan descomunal obra.

Fotos: Luis Ollero

domingo, 19 de marzo de 2023

QUEYRAS, AKAMUS Y LA MAGIA DEL BARROCO ITALIANO

XL Festival de Música Antigua de Sevilla FeMÀS. Akademie für Alte Musik Berlin (Akamus). Jean-Guihen Queyras, violonchelo. Programa: Suite de Almira HWV 1, de Haendel; Concierto para violonchelo nº 2 en re mayor L.10, de Leonardo Leo; Concierto para dos violines y violonchelo en re menor op. 3 nº 9 RV 565, de Vivaldi; Concerto grosso en sol menor op. 8 nº 6, de Torelli; Concierto para violonchelo en fa mayor, de Nicola Fiorenza; Sinfonía en si menor RV 169 “Al Santo Sepolcro”, de Vivaldi; Concierto para violonchelo en re mayor D. 650, de Giovanni Benedetto Platti. Espacio Turina, sábado 18 de marzo de 2023


Imposible resistirse a una de las citas más emblemáticas de esta edición del Festival de Música Antigua de Sevilla. Nada más y nada menos que la Akademie für Alte Musik Berlin, una de las formaciones decanas en la interpretación del barroco con criterios historicistas, acompañada para la ocasión de uno de los más reconocidos violonchelistas de la actualidad, el francés nacido en Canadá y profesor en Stuttgart Jean-Guihen Queyras, cuyo nombre ha estado largamente asociado al gran Pierre Boulez. En la plantilla de la orquesta, que como tantas otras cuenta siempre con añadidos ajenos a la suya propia, destacaron el sevillano Miguel Rincón, un detalle que Queyras, haciendo gala de desparpajo y simpatía, no quiso pasar por alto, y el joven violinista chileno, también bailarín y coreógrafo, Yves Ytier. Y en los atriles todo un fascinante repertorio de conciertos italianos, confrontando el estilo refinado veneciano del que fue máximo exponente Vivaldi, con el más visceral y operístico napolitano, con relativamente desconocidos como Nicola Fiorenza o Leonardo Leo como representantes.

La combinación de todos estos elementos dio como resultado un derroche de virtuosismo y agilidad festiva no reñida con la delicadeza y el refinamiento con que Akamus fue capaz de afrontar este fascinante recorrido por el barroco concertante italiano. Y como muestra el arranque, una suite de temas y danzas de la primera ópera de un joven Haendel, Almira, con esbozos de piezas que luego volvería a utilizar en otras óperas, como esa sarabanda germen de Lascia ch’io pianga que la orquesta mimó hasta el último detalle y Rincón ornamentó con tanta delicadeza como buen gusto. Tuvimos cierto recelo en la primera aparición de Queyras, advirtiendo algún que otro roce y especialmente alguna caída de tono en el concierto de Leo, aunque no pudimos sustraernos a la belleza de su larghetto en forma de aria tan subyugante como melódicamente inspirada, y mucho menos a la breve y vibrante fuga que precede a un elegante allegro final que el violonchelista rubricó con el mismo acierto con el que afrontó el resto de programa, lo que nos hizo apearnos de esa sensación inicial de que la fama que precede a veces no se traduce en verdadera excelencia. 
Con un vertiginoso duelo de violines a cargo de Georg Kallweit, el veterano violín primero y concertino de una orquesta que para la ocasión vino integrada por mayoría de mujeres, diez frente a los seis varones, y el joven Ytier, seguido de un brusco cambio de registro para dar entrada al violonchelo, arrancó el extraordinario Concierto op. 3 nº 11 de Vivaldi, uno de los doce que componen L’estro armonico.

Y ya en la segunda parte, disfrutamos con una
refinadísima interpretación del célebre Concerto grosso para Navidad de Giuseppe Torelli, de líneas amables y bien engarzadas y un tono general que se ajustó como un guante a su estética pastoral. Con la misma sensibilidad y sentido del drama lograron una recreación impecable e impactante de la Sinfonía al Santo Sepolcro de Vivaldi, mientras Queyras siguió sorprendiendo con un fraseo distendido y una equilibrada articulación, sin ahorrar en agilidad y expresividad tan dinámica como refulgente en el concierto de Fiorenza, dejando clara su tendencia a una incisiva fogosidad. La Escuela Veneciana volvió a hacerse presente para terminar en un concierto en el que volvieron a brillar el violín de Kallweit y el laúd de Rincón, arropando la extrema sensibilidad con que el violonchelista acometió los delicados pasajes del concierto de Giovanni Benedetto Platti. En las propinas, además de un sentimental larghetto de Vivaldi, Queyras y Akamus nos deleitaron aun más con su repetición del primer movimiento del concierto RV 565 de Vivaldi.

Fotos: Lolo Vasco / FeMÀS
Artículo publicado en El Correo de Andalucía