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domingo, 1 de marzo de 2026

CLEOPATRA SEDUCE A CÉSAR EN LES ARTS

Ópera de Georg Friedrich Händel. Libreto de Nicola Francesco Haym, según la obra de Giacomo Francesco Bussoni. Marc Minkowski, dirección musical. Vincent Boussard, dirección escénica. Frank Philippp Schlössmann, escenografía. Christian Lacroix, vestuario. Andreas Grüter, iluminación. Nicolas Hurtevent, video. Svenja Gottsmann, dramaturgia. Con Aryeh Nussbaum Cohen, Marina Monzó, Sara Mingardo, Arianna Vendittelli, Cameron Shahbazi, Jean-Philippe McClish, Bryan Sala y Lora Grigorieva. Orquesta de la Generalitat Valenciana. Producción de Oper Köln. Les Arts de Valencia, sábado 28 de febrero de 2026


Dieciséis años desde que disfrutásemos en Sevilla de un Julio César de carácter historicista tanto en lo musical como en lo estrictamente escénico, no hemos podido sustraernos a la tentación de volver sobre este bellísimo título en manos de un especialista en la materia como es Marc Minkowski. Ha sido en Les Arts, y la experiencia resultó muy positiva en lo musical, definitivamente decepcionante en lo escénico.

La quinta ópera que Händel compuso para la Royal Academy de Londres, de una extraordinaria inventiva melódica y una suntuosa orquestación, además de constituir su ópera más difundida, es un derroche de apasionamiento musical y Minkowski se hizo perfecto eco de eso, ofreciéndonos una interpretación depurada en lo técnico y lo expresivo, logrando que la magnífica Orquesta de la Generalitat Valenciana se acoplara al estilo barroco con total naturalidad y una profesionalidad fuera de toda cuestión. No hizo falta una formación especializada para lograr resultados tan satisfactorios, aunque sí un añadido en consonancia, que reunió clave, tiorba, viola da gamba y trompas naturales.


Al mismo nivel de excelencia lucieron las voces convocadas, especialmente la valenciana Marina Monzó, que demostró adaptarse con total convencimiento a cualquier estilo, después de brillar el año pasado con Gianni Schicchi, y haber sonado en perfecto estilo en otras disciplinas, como la música nacionalista española. Soprano, por lo tanto, de amplio espectro, la suya fue una Cleopatra rotunda, a la que encima acompaña belleza física, luciéndose ampliamente tanto en sus enrevesadas arias de bravura como en la muy delicada y elegante Se pietá di me non senti o la popular Piangeró, casi susurrada, donde el tono, el timbre, su esmalte y la sinceridad expresiva con que las abordó, nos dejaron literalmente boquiabiertos.

Junto a ella, como Julio César, el joven contratenor neoyorquino Aryeh Nussbaum Cohen fue ganando la batalla progresivamente, desde un lánguido y soso Presti omai al más convincente Va tacito, hasta alcanzar la gloria con Al lampo dell’armi, ya en el acto segundo, con amplios recursos para la ornamentación, así como en Se in fiorito, con brillante acompañamiento de violín solista y sus habituales guiños. Junto a ellos, no hizo falta advertir de cierta indisposición en Arianna Vendittelli como Sesto, pues sinceramente no se notó. El suyo fue un Cara speme de enorme calado emocional, y lo mismo se puede decir de sus arias de bravura, como La giustizia. También el contratenor canadiense Cameron Shahbazi consiguió bordar su interpretación de Tolomeo, graciosamente afectado y con ese toque perverso que caracteriza al personaje, entonado también con afecto y precisión.


Menos lograda fue la Cornelia de la veterana Sara Mingardo, acaso por inseguridad o desgana, o puede que más bien desgaste, pero resultó poco agraciada tanto en lo vocal como en lo escénico, una pena considerando su hermosa tesitura de mezzo relativamente profunda. Por el contrario, el bajo también canadiense Jean-Philippe McClish aportó precisión a su Achilla, obligado a figurar como un payaso esperpéntico durante la mitad del espectáculo. Brilló especialmente, con autoridad y aplomo, en Dal fulgor di questa spada del tercer acto.

Lástima que toda esta excelencia musical no encontrase a nuestro juicio parangón en una escenografía desnuda, unos figurines grotescos en su mayoría y una narrativa confusa, ininteligible. De la Ópera de Colonia nos llegó a principios de temporada un Don Giovanni en el Maestranza delicioso, y con la misma sencillez que este Julio César, pero con un uso de los recursos más ingenioso y una habilidad en la dirección escénica a larga distancia de este torpe y poco atractivo montaje. Poco pudo hacer la responsable de dramaturgia, la misma que se encargó de aquel Don Giovanni, para conseguir coherencia y entendimiento en esta poco atractiva revisión, donde se mezclan épocas y estilos y unas ridículas pirámides y sombras de palmeras nos recuerdan insistente e innecesariamente que estamos en Egipto. Tan sólo unos paneles que se desplazan, ocultando enseres y personajes y cambiando así la escueta escenografía, y unos videos ayudando a crear cada ambiente, merecen alguna atención.

domingo, 5 de octubre de 2025

EN DON GIOVANNI CANTAN Y BAILAN, PERO SOBRE TODO ACTÚAN

Música de Wolfgang Amadeus Mozart. Libreto de Lorenzo Da Ponte, inspirado en “El burlador de Sevilla” de Tirso de Molina. Iván López-Reynoso, dirección musical. Cecilia Ligorio, dirección escénica. Gregorio Zurla, escenografía. Vera Pierantoni Giua, vestuario. Andreas Grüter, iluminación. Daisy Ransom Phillips, coreografía. Svenja Gottsman, dramaturgia. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro Teatro de la Maestranza (Íñigo Sampil, director). Banda interna del Conservatorio Superior de Música Manuel Castillo (Jaime Cobo, director). Con Alessio Arduini, David Menéndez, Ekaterina Bakanova, Julie Boulianne, Marina Monzón, Marco Ciaponi, Ricardo Seguel y George Andguladze. Producción de la Oper Köln. Teatro de la Maestranza, sábado 4 de octubre de 2025

Alessio Arduini y Marina Monzó

Puede parecer que Don Giovanni es un título recurrente en el historial del Maestranza, y sin embargo sólo se ha programado en cuatro ocasiones, una de ellas en clave de reposición. Lo hizo en aquel glorioso 92 de la mano Zeffirelli, y en 2008 con Mario Gas como director de escena, que se repitió en 2014. No es descabellado que, once años después, el disoluto castigado vuelva a la escena maestrante, con una mirada quizás más femenina gracias a la puesta en escena ideada por Cecilia Ligorio para la Ópera de Colonia, coliseo que depura mucho sus producciones para centrarse en su efectividad dramática y su elegancia formal.

Precisamente eso es lo que ofrece esta propuesta, en la que una plataforma giratoria hace que el escenario funcione eficazmente a fuerza de paneles austeros rematados con detalles clásicos, cerrados y abiertos según la ocasión, y a veces cortinajes que permiten pequeños cambios de escenografía. Una solución que favorece el elegante movimiento de sus siete personajes, entrando y saliendo de unas estancias a otras, como sucede en la laberíntica escena final del primer acto, justo después de que el septeto y el coro entonen ese atrevido Viva la libertad con el que Mozart se adelantó a la mismísima Revolución Francesa, aunque él se refiriese más a disfrutar de los placeres de la vida.

También es en el final del segundo acto, y por consiguiente de la ópera, donde brilla el movimiento escénico, elegante y suntuoso, de quienes sobreviven al seductor sólo para comprobar lo amargo de sus existencias, condenadas a la rutina y la vulgaridad, frente a la excitación que llegaron a experimentar de la mano de quien, consciente de que la muerte siempre está presente, decide vivir de forma tan despreocupada como libertina.

Julie Boulianne, Marco Ciaponi y Ekaterina Bakanova

Ahí es donde Ligorio decide incluir un guiño tan tópico como insolente como es la cabeza de un toro, que Don Juan (y Leporello cuando lo sustituye) se endosa en determinados momentos de la representación. Aunque en ningún momento se nombra Sevilla, es notorio que la acción transcurre aquí, lo que unido al significado de bravura y muerte que representa el animal, quizás diera pie a la escenógrafa a echar mano de tan recurrente elemento.

La directora se decanta así por una visión jocosa, que no cómica, del asunto. Una fiesta permanente en la que el baile está muy presente, con paisanos y paisanas que se prestan a sencillas pero muy efectivas coreografías a las que a menudo son invitadas las y los protagonistas de la función, rebajando así, acertadamente, la materia dramática a un título en el que ésta tiende a tener un considerable peso.

Insuficiente torrencial canoro

Esas virtudes mencionadas respecto a la funcional y elocuente escenografía, tiene también su peaje. Quizás influyera en la caja acústica del Maestranza para que, según la posición de los y las cantantes, sus voces sonaran compactas o en lejanía. Por supuesto que la calidad de las voces y, sobre todo, su proyección, contribuyó a que esto también sucediera así. Sabemos que en determinadas áreas del coliseo las voces llegaron en todo su esplendor, lo que refuerza la teoría de la esa inconveniente influencia de la escenografía.

De cualquier modo, lo que nos llegó fue la voz bien matizada pero insuficientemente proyectada de Alessio Arduini, un Don Juan de hermoso porte y acertada interpretación al que, sin embargo, faltó peso vocal. Destacó más en el enérgico  y festivo Finch’han dal vino que en el melancólico dúo con Zerlina, el célebre La ci darem la mano. Por el contrario, ésta fue un dechado de virtudes y emociones, puro canto, brillante, fluido y bien proyectado en momentos cruciales como Vedrai, carino. La hermosa soprano valenciana Marina Monzó se postuló así como lo más celebrado de la noche, junto a una Doña Anna encarnada en la voz de poderoso y bello timbre de Ekaterina Bakanova, a quien la refulgente orquesta no logró eclipsar en el desatado Fuggi, crudele de la primera escena.


Menos convincente resultó Julie Boulianne como Doña Elvira, con voz tremolante y puntualmente insegura, aunque de proyección anduvo sobrada, y a nivel interpretativo convenció por su volubilidad y tono amargo. Once años después de encarnar al mismo personaje en la producción del propio Maestranza dirigida por Mario Gas, David Menéndez acusa una voz menos potente y unos registros más rígidos que en aquella ocasión. Pero Leporello siempre cae bien y su actuación fue muy aplaudida.

Como tenor romántico, Marco Ciaponi da el nivel adecuado, aunque también exhibió una voz tenue e insuficiente, lo que se tradujo en un Dalla sua pace sentido pero algo mortecino. Sorprende que se prescindiera de la otra famosa aria de Don Octavio, Il mio tesoro intanto, sustituida en el estreno vienés por la antes mencionada, aunque hoy normalmente se cantan las dos. La participación de Ricardo Seguel como Masetto quedó en un discreto nivel, tanto en actuación como en canto, mientras a George Andguladze faltó un tono algo más oscuro y profundo, a pesar de lo cual su aportación a la escena del descenso a los infiernos resultó considerablemente aterradora. El próximo viernes 10 tendremos ocasión de comprobar si todo funciona mejor con el elenco completo alternativo.

La orquesta sonó brillante, rutilante de la mano de un esforzado Iván López-Reynoso. El director mexicano dio empuje a la partitura, agitó los momentos más dinámicos y acentuó la belleza de los más relajados, siempre desde unos parámetros más románticos que puramente clasicistas. La ROSS respondió con ese sonido cristalino que le caracteriza, con todas las familias instrumentales funcionando a un excelente nivel. Lo peor es que la batuta no se preocupó bastante en no eclipsar a las voces, especialmente apreciable en la tumultuosa escena inicial. Las breves aportaciones corales se saldaron con el habitual éxito, y en la coreografía, todos y todas las danzantes apostaron por ofrecer un buen espectáculo en tan atractiva experiencia.

Fotos: Guillemo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 30 de abril de 2025

ÓPERA PARA REÍR EN LES ARTS, PRÓXIMAMENTE EN EL MAESTRANZA

Gianni Schicchi

Anticipamos el doble programa que a buen seguro se podrá ver en el Teatro de la Maestranza si no en esta próxima temporada a punto de presentarse, en las venideras. Se trata de la coproducción entre nuestro coliseo y Les Arts de Valencia en torno a dos óperas breves, La hora española de Ravel y Gianni Schicchi de Puccini. Lástima que el recién celebrado centenario del fallecimiento del compositor de Lucca no haya servido para ofrecer Il Trittico completo, una de cuyas partes, 
Suor Angelica, tuvimos ocasión de ver y escuchar en Artillería de Sevilla hace apenas un par de meses. Disfrutar de las tres óperas permitiría observar la manera que el maestro tuvo de abordar las tres partes de la Divina Comedia de Dante Alghieri en las que se basa, siempre que una inteligente e ingeniosa puesta en escena permita distinguir el infierno de Il tabarro, el purgatorio de Suor Angelica y el cielo de Gianni Schicchi.

Para este tercer título, y el de Ravel que le acompaña en esta ocasión, se ha contado con el talento de Moshe Leiser y Patrice Caurier, reconocido y demostrado en multitud de importantes plazas líricas. A nosotros su propuesta se nos ha antojado heredera de dos importantes cineastas españoles. El papel pintado, la escenografía y el tópico en forma de gran toro que domina la escena en La hora española, nos remite al universo almodovariano, al que por otro lado tanto se adapta el enredo de cuernos y la fuerte carga erótica que emana del texto de Franc-Nohain en el que se basa la comedia musical de Ravel.

Por otro lado, el sainete cómico coral en el que deriva la hábil puesta en escena de la ópera en un acto de Puccini, recuerda considerablemente al universo berlanguiano, con esas miserias en modo astracanada que definen a las familias retratadas en sus películas, también presentes en esta intriga por herencia que narra el libreto de Giovacchino Forzano. Leiser y Caurier, con estas acertadas escenografías de Alain Cavalca y la precisa iluminación de Christophe Forey, predominantemente clara y radiante, han logrado dotar de un fuerte dinamismo a la doble función, especialmente meritorio en el caso del título raveliano, toda vez que su enredo de puertas (más bien relojes), entradas y salidas, no coincide en tempi ni temperamento con la sensual y más bien relajada música del autor del Bolero.

L'heure espagnole

Mucho más enérgica la partitura de Puccini, que tanto sirvió a Alex North para adaptar algunos de sus pasajes a la banda sonora de El honor de los Prizzi, como a Richard Robbins para hacer lo propio en Una habitación con vistas. Ahí, las idas y venidas de toda una pléyade de avariciosos familiares del difunto patriarca, tuvieron mayor correspondencia con la agilidad musical, a la que tanto se plegó la impecable dirección musical del jovencísimo Michele Spotti, ya director con tan sólo treinta y un años de la Ópera de Marsella. También su visión de la estética raveliana se saldó positivamente, con una dirección atenta a los matices y los aspectos más sensuales de la breve ópera que precedió a la más programada El niño y los sortilegios.

La idea de ambientar ambos títulos en épocas más o menos contemporáneas, funcionó gracias a que las mezquindades y miserias apuntadas persisten en la supuestamente más civilizada sociedad de hoy. Sin embargo, algunos aspectos llegaron a chirriar, como la escasa credibilidad que tiene mantener en secreto el fallecimiento de un paciente en un moderno hospital, escenario de la segunda de las óperas reseñadas.


Elenco extraordinario
para esta representación levantina que se extiende desde el pasado 25 de abril hasta el próximo 4 de mayo, y de la que nosotros asistimos a la del domingo 27. La gran estrella indiscutible fue Ambrogio Maestri, que a sus cincuenta y cinco años se ha erigido en perfecto encarnador tanto de Gianni Schicchi como de Falstaff, lo que le convierte en barítono ideal para estos roles típicos de la comedia bufa. Una voz torrencial marcada por un timbre diamantino y una expresividad precisa, ni sosa ni exagerada, siempre en el tono justo para lograr la hilaridad sin perder la dignidad, fueron sus principales imanes a la hora de conectar con un público encantado de reír en la ópera. A su lado, resultó milagroso comprobar el excelente estado de salud vocal de la veterana mezzo Elena Zilio, también en el título pucciniano, sin atisbo de desgaste y haciendo gala de una vis cómica impecable y una precisión en tono y proyección extraordinaria. Por su parte, la joven valenciana Marina Monzó, cuya indisposición nos impidió disfrutar de su voz junto a la guitarra de Pablo Sáinz Villegas el pasado mes de diciembre en el Maestranza, entonó con oficio pero algo escasa de emotividad, el célebre O mio babbino caro. Claro que hacerlo amenazando con suicidarse jeringuilla mediante, restó ternura y compasión a un aria que lo pide a raudales.

Estuvo presente en ambos títulos el tenor peruano Iván Ayón Rivas, cuya carrera experimenta actualmente un ascenso sorprendente apoyado en un canto preciso y homogéneo, un timbre sedoso y una proyección sobrada. También coincidieron en el elenco de ambos títulos el tenor vasco Mikeldi Atxalandabaso y el bajo alicantino Manuel Fuentes, ambos con resultados también muy apreciados. En La hora española destacaron la mezzo suiza Eve-Maud Hubeaux, derrochando sensualidad tanto en lo canoro como en lo expresivo, y el barítono argentino Armando Noguera, perfecto como Ramiro gracias a un físico adecuado y una voz perfectamente colocada, capaz de abordar todos sus registros sin aparente esfuerzo. El resto del elenco en ambos títulos, al mismo excelente nivel que los protagonistas, redondeando una doble oferta tan disfrutable en lo musical, con la aportación siempre poderosa de la Orquesta de la Comunidad Valenciana, como desternillante en lo estrictamente teatral.

Fotos: Luis Pascual