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jueves, 4 de enero de 2024

LA ROSS RECIBE EL AÑO CON BRYNDÍS INCLUIDA

Concierto de Año Nuevo de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Bryndís Gudjónsdóttir, soprano. Lucas Macías, dirección. Programa: Obertura y arias “Mein Herr Marquis” y “Klänge der Heimat” de “Die Fledermaus”, Annen-Polka Op. 117, Kaiser-Walzer Op. 437, Frühlingstimmen Op. 410 y An der schönen blauen Donau Op. 314, de Johann Strauss II; Obertura de “Guglielmo Tell” de Rossini, Can-Can de “Orphée aux enfers”, de Offenbach. Teatro de la Maestranza, miércoles 3 de enero de 2024

Foto: Marina Casanova

Hace tiempo, aunque no tanto considerando la veteranía del modelo de referencia, que orquestas de todo el Mundo emulan las hechuras y propuestas de la Filarmónica de Viena a la hora de abordar musicalmente la entrada del año nuevo. Cabe la posibilidad de introducir aportaciones propias y originales a dicho modelo, como así ha hecho nuestra Sinfónica en anteriores ocasiones, combinando los valses y polcas de la saga Strauss con oberturas y escenas de zarzuela y otros géneros netamente españoles. Hay mucho por explorar con el fin de dar la bienvenida al año con ligereza y un marcado carácter popular, desde los musicales americanos a la música de cine, pasando por los clásicos populares y otros de la música ligera tradicional. Es cierto que la ROSS no se quiebra mucho la cabeza a la hora de confeccionar estos conciertos que tanta aceptación tienen y tan necesarios llenos provocan, pero al menos hay que agradecerle que alternen las piezas estrictamente vienesas con otras como las que tan acertadamente se eligieron en esta ocasión. No hubo, como en Viena, homenaje alguno a Bruckner, de quien este 2024 se cumplen doscientos años de su nacimiento, ni recordamos a memoria alzada que la programación de la temporada pretenda hacerlo, pero sí en general un aire festivo y desenfadado que chocó de alguna manera con la triste noticia con la que arrancó para los y las integrantes de la orquesta el año, la desaparición de un amigo y compañero, el sensacional clarinetista Piotr Szymyslik justo el último día del año precedente y de forma repentina. Sin duda la orquesta le brindará el homenaje que merece en próximos conciertos de abono; la de ayer no era la ocasión adecuada para recordarlo de forma suficientemente emotiva. Nosotros lo buscamos infructuosamente entre la plantilla, como si esperásemos despertar de un mal sueño.

Piotr Szymyslik
Ninguna de las ocasiones en las que Lucas Macías se ha subido al podio del Maestranza nos ha decepcionado, y ésta no fue la excepción. Sin superfluas exhibiciones de egocentrismo ni inútiles amaneramientos, la suya es una dirección ágil y precisa, responsable y adecuada al perfil de cada programa que se le encomienda, éste despachado sin partitura en ningún momento. En los atriles, a diferencia del repertorio elegido por Christian Thielemann en su concierto del pasado día 1, todas las piezas eran conocidas y casi todas habituales de este evento, arrancando con una obertura de El murciélago llena de ritmo y vitalidad, especialmente en su giratorio vals, a lo que siguió una no menos famosa aria del mismo título, Mein Herr Marquis, defendida por la joven Bryndís Gudjónsdóttir con una gracia y un desparpajo encomiables y ciertos toques de payasa tan adecuados para encarnar a la sirvienta Adela disfrazada de aristócrata cuando reprocha a Eisenstein confundirla con una criada. Uno de los privilegios de ganar el primer premio del certamen Nuevas Voces de Sevilla, que por cierto celebra su nueva edición en apenas un par de semanas, es cantar en el Maestranza junto a la ROSS, y la soprano islandesa, curtida ya en otros escenarios y certámenes, cumplió así esa prerrogativa. Una voz refulgente, de fraseo sincero y fluido y agudos brillantes y generosos, caracterizó su voz, que también triunfó en el aria de Rosalinde, las famosas czardas del segundo acto del mismo título straussiano, Klánge der Heimat, con las que quiere convencer a la concurrencia de que es una condesa húngara, en otra de las fingidas caracterizaciones de esta comedia de enredo absoluto. Su voz amplia y de magnífico perfil, timbre igualmente agradable, cautivó al público, tan afectado sin embargo de esos virus respiratorios con los que tanto nos amenazan y que provocan tan latosas e impertinentes toses.

Macías defendió con sentido de la coquetería la polca de Ana y con majestuosidad y elegancia el Vals del emperador, que la orquesta acometió con sentido de la responsabilidad y mucha precisión en todas las familias, incluidos los temidos metales, que sonaron imponentes y brillantes. El solo de chelo de Arnaud Pascal Dupont resultó un dechado de virtudes, sedoso y aterciopelado, como también lo fue en la obertura de Guillermo Tell de Rossini, pieza muy bien encajada en el programa como hábil precedente de las operetas de, pongamos por caso, un Von Suppé. El galope que protagoniza su segunda parte también evoca el espíritu vienés de varias décadas después, obteniendo de Macías y el conjunto una interpretación ágil y divertida. Igualmente adecuada fue la interpretación del elegante y sentimental vals Voces de primavera, así como dinámico pero sin estridencias resultó el can can de Orfeo en los infiernos de Offenbach, que hizo las delicias del público antes de emprender la recta final con el inevitable Danubio Azul y todas sus repeticiones, no como el que nos brindó Thielemann hace tres días, que obtuvo de la orquesta una emotiva respuesta de exaltación de la vida y la belleza. La divertida canción Glitter and Be Gay de la ópera Candide de Leonard Bernstein, sirvió una vez más, ya como propina, para ensalzar la vis cómica de Bryndís Gudjónsdóttir, que salvó con sobresaliente sus intrincadas agilidades y rebuscadas vocalizaciones. También entre las propinas, la polca rápida Rayos y truenos encontró el tono justo en la batuta de Macías y un preciso trabajo de percusión, hasta que las palmas volvieron a conectarnos con Viena a través de la inevitable Marcha Radetzky, mientras el talentoso director onubense deseó a todos y todas paz y amor y nos invitó a frecuentar más nuestro templo de la música a la luz de tan estimulante orquesta.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 24 de enero de 2022

LAS PESADILLAS DE HOFFMANN EN LES ARTS

LOS CUENTOS DE HOFFMANN (Les contes d'Hoffmann)
Ópera de Jacques Offenbach con libreto de Jules Barbier según la obra de Michel Carré basada en cuentos de E.T.A. Hoffmann. Marc Minkowski, dirección musical. Johannes Erath, dirección escénica. Heike Schelle, escenografía. Gesine Völlm, vestuario. Fabio Antoci, iluminación. Alexander Scherpink, video. Anne Gerber, dramaturgia. Con John Osborn, Pretty Yende, Alex Esposito, Paula Murrihy, Eva Kroon, Moisés Marín, Tomislav Lavoie, Isaac Galán, Marcel Beekman, Roger Padullés y Tomeu Biblioni. Coro y Orquesta de la Comunidad Valenciana. Producción de la Sempeoper deDresde. Palau de Les Arts Reina Sofia, Valencia. Domingo 20 de enero de 2022

Aplazado el estreno del pasado jueves a ayer domingo por motivos que ya pueden imaginar, Los cuentos de Hoffmann asomaron por fin en la ciudad del Turia, quedando el número de representaciones reducido de cinco a cuatro. Se trata de un título que, aunque es bastante popular y muy representado a nivel mundial, por estas latitudes es difícil pescarlo. En Sevilla no se ve desde 2001, y aquí en Valencia supone la primera vez que se programa en el Palacio de Calatrava. La novedad ahora es que se presenta en una edición crítica preparada por su director musical, el célebre y reconocido Marc Minkowski, en 2012. Bien es sabido que la ópera del autor de La bella Helena y Orfeo en los infiernos nunca se presenta en versión definitiva, sencillamente porque no existe. Su autor falleció antes de asentar una versión definitiva, después de verse obligado a someterla a tantos retoques como exigencias le llegaban del público, la crítica y los programadores. El secreto de una versión definitiva se lo llevó a la tumba, porque desde su primera función ha sido siempre objeto de multitud de revisiones e interpretaciones, conforme además han ido apareciendo nuevos documentos sobre su proceso creativo. De hecho, hasta finales del pasado siglo el acto de Julieta, además de constituir el segundo y no el tercer acto, tenía un contenido dramático bastante diverso al que hoy mantiene. Podríamos decir, utilizando una terminología moderna, que Los cuentos de Hoffmann es un work in progress, sometido a continuos reajustes y reinterpretaciones. Así la ha presentado Minkowski en una ciudad que ya conoce al haber interpretado aquí su especialidad, la música barroca, junto a su orquesta Les Musiciens du Louvre.
Quien también ha sometido a una profunda reinterpretación la obra es su director escénico
, el muy solicitado artista alemán Johannes Erath, que para la ocasión ha ideado un trabajo extremadamente complejo y sofisticado en el que el escenario se transforma continuamente ante nuestros ojos sin que apenas percibamos el proceso, entre cortinas, proyecciones y telones que hacen que lo mismo sea continuamente diferente, partiendo además de una idea muy original en el que en escena se representa a modo de espejo el propio patio de butacas y balconada del teatro en cuestión, en este caso Les Arts. Y ya que la música y el texto no se pueden cambiar, y que el ideal de mujer que presentan Hoffmann y Offenbach se revela arcaico e inconveniente en nuestro tiempo, con tres facetas de la misma que la presentan fría y sin alma (la muñeca Olimpia), divina y vanidosa (la enfermiza Antonia) y seductora y embaucadora (la cortesana Julieta), quizás vestir al trío protagonista (Hoffmann, Lindorf y sus otras tres personalidades, y la musa y el estudiante Nicklausse) con el color que reivindica a la mujer, el púrpura, así como hacer lo propio con Stella y sus alter egos en ese blanco inmaculado de la inocencia, a medio camino entre una novia y una bailarina, amortigüen esa mirada algo misógina vertida por el poeta y el compositor, para quien el amor ciego nos vuelve aún más ciegos. Lástima que entre tanta ocurrencia y destello de autoría la que termine perdiendo sea la dramaturgia, prácticamente imposible de seguir en esta enmarañada puesta en escena, la mayoría de las veces saturada de conceptos y figurantes, siguiendo fundamentalmente una estética muy parecida a la del cabaret alemán, perceptible sobre todo en la Venecia del tercer acto, y abusando de la conceptualidad como recurso artístico en elementos como la caída de pelotas de ping pong simulando ojos en el primer acto, dedicado a la caprichosa Olimpia. Fue en definitiva una versión que a nivel escénico potenció el carácter de pesadillas, más que el de relatos, que atormenta al protagonista, tanto que fue incluso posible atisbar influencias del Dalí hitchockiano que lució en Recuerda. Un montaje ciertamente en las antípodas de esa legendaria versión cinematográfica de Michael Powell y Emeric Pressburger que la Filmoteca de Valencia tuvo el acierto de programar en versión remasterizada y extendida a solo un par de días de este estreno de la ópera en Les Arts.
Otra cosa es el resultado musical de este montaje, en el que se dan cita nombres muy atribulados y autorizados para llevar a buen puerto una muy satisfactoria versión de la ópera. Las novedades de Minkowski necesitarían una guía muy meticulosa para poder ir desgranándolas una a una, pero digamos que llama mucho la atención que el tercer acto enlace con el epílogo a través de una versión a solo arpa de la popular barcarolla, o que la versión a coro de ésta no aparezca como final de dicho tercer acto sino a mitad del mismo. Por lo demás, la batuta de Minkowski, también muy familiarizado con la música de Offenbach, como demuestra por ejemplo el estupendo registro que grabó junto a Anne Sofie von Otter con arias de sus óperas y operetas, sacó lustre de la magnífica Orquesta de la Comunidad Valenciana, si bien su particular experiencia barroca se dejó entrever en algunos pasajes resueltos con más aspereza de la conveniente, y en general su dirección nos pareció que adoleció de un mayor vuelo lírico.
Pretty Yende
 
En el apartado de voces la cosa no pudo funcionar mejor, con Pretty Yende abordando por primera vez el difícil cometido de dar vida a los cuatro personajes, o más bien tres dada la escasa participación que en este montaje tiene Stella, la diva de la ópera de la que Hoffmann está enamorado. Curtida en papeles de Rossini y Donizetti, con quien maravilló a los sevillanos cuando hace unos años protagonizó La hija del regimiento, a la soprano sudafricana no le fue difícil meterse en las arias de coloratura de Olimpia, especialmente en el agradecido vals profuso en diabólicas escalas, mientras para el resto exhibió una voz potente, de emisión tan natural como llena de brillo y personalidad, fraseo exigente y portentosa agilidad. No se quedó atrás el norteamericano John Osborn, familiarizado con el papel protagonista, a quien presta una voz de hermoso timbre y perfecta articulación, además de buen oficio para definir dramáticamente al atormentado y trágico poeta. También el italiano Alex Esposito convenció en sus cuatro villanos, acertando en cada matiz y exhibiendo una voz de barítono en la frontera con la de bajo capaz de afrontar cada cambio de registro con absoluta naturalidad. Lo mismo podemos decir de la mezzo Paula Murrihy, exquisita en sus aportaciones como Nicklausse, siempre perfectamente entonada y genial a nivel escénico. En esta versión de Erath la madre de Antonia no es solo una voz sino una presencia en la forma de la también mezzosoprano Eva Kroon. El resto, incluido el granadino Moisés Marín como Spalanzani, cumplieron con notable redondeando un reparto de ensueño, al que se unió la profesionalidad del Coro de la Comunidad Valenciana, que supo aprovechar las numerosas oportunidades de lucimiento que brinda este fascinante título del repertorio operístico romántico francés. Siempre merece la pena acercarse a Valencia, pero con una oportunidad como ésta, aún más.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 28 de agosto de 2019

RUIZ Y BARAVIERA ESTIMULAN NUESTRA IMAGINACIÓN

20ª Edición Noches en los Jardines del Alcázar. Mercedes Ruiz y Anastasia Baraviera, violonchelos. Programa: Dúos Op. 52 nº 3 y 1, de Offenbach; Dúo Op. 2 nº 2, de Breuer; Duett Hob. XII: 3 y 5, de Haydn; Bolero del Dúo Op. 103 nº 4, de Kummer.
Martes 27 de agosto de 2019



Baraviera y Ruiz
Yes We CanCan es el eslogan con el que Colonia celebra este año el doscientos aniversario del nacimiento de uno de sus compositores más insignes, el afamado Jacques Offenbach, nacido Jacob, judío y, claro está, alemán, pero convertido en católico por su matrimonio con la española Herminia de Alcaín, y nacionalizado francés por su afinidad con el espíritu y la estética parisinas tras perfeccionar allí sus estudios. Eslogan que proviene de la que es sin duda su composición más célebre, junto a la Barcarola de Los cuentos de Hoffman; nos referimos al Can Can de Orfeo en los infiernos, pieza en sí misma catalizadora del espíritu que define la música desprejuiciada, alegre, inquieta y más frivolizada que realmente frívola de Offenbach.
 
Sus numerosas operetas y aclamadas óperas han eclipsado su faceta como virtuoso violonchelista, que cimentó en los salones parisinos y dio paso a un amplio abanico de composiciones dedicadas a este instrumento de cuerda, incluido un concierto y una considerable cantidad de música de cámara. Para recordarnos este aspecto de su obra, dos de nuestras más reconocidas y celebradas violonchelistas, Anastasia Baraviera y Mercedes Ruiz, agrupadas gracias al proyecto La Hispaniola y compañeras de viaje en tantos otros como la Barroca de Sevilla, ofrecieron un recital tan estimulante como técnicamente impecable de sus dúos para violonchelo, alternados con otros de un contemporáneo suyo, un profesor y un genio al que siempre asociamos con la felicidad, esa alegría de vivir que dio título a esta singular velada musical.
 
Combatir la estupidez y estimular la intelectualidad
 
Foto. Actidea
Como muy bien apuntó una desinhibida Mercedes Ruiz que se tomó muy al pie de la letra lo de introducir cada una de las obras interpretadas, haciendo gala de una entrañable simpatía, la música de Offenbach cumple la función de remediar la estupidez, dar un respiro a la razón y estimular la actividad mental. Cita de Karl Krauss que solo cobra sentido y realidad si se interpreta en la forma, con la precisión y la intención con la que la abordaron las dos estupendas violonchelistas. Tanto los dos dúos del homenajeado como el que Haydn compuso para baritón, instrumento de la familia de la viola de gamba con unas seis cuerdas frotadas y otras aproximadamente doce pulsadas con el pulgar, lo que aumenta el contraste tímbrico y produce una gran resonancia, se hicieron eco de ese joie de vivre referido en el programa. Las intérpretes jugaron con sus armonías y alternaron voces entre melodías y floridos acompañamientos, de forma exquisita y equilibrada, sin estridencias ni las habituales distorsiones provocadas por la imprescindible amplificación.
 
Curiosamente fue la pieza del más desconocido autor de los convocados, Bernhard Breuer, la más sorprendente y más fuera de lugar del espíritu propuesto. Su Dúo Op. 2 nº 2 comienza sobrio, casi místico y religioso, con cierto aire barroco que contrasta con el clasicismo predominante en el resto del programa, y se enrosca luego en complejas ornamentaciones que fueron primorosamente defendidas hasta el breve remate en forma de allegretto. Con continuos reajustes entre piezas y movimientos, lo que provocó que el primer dúo no se interpretara de corrido a pesar de un preciosísimo cambio de registro entre el Tempo di marcia inicial y el misterioso adagio central, debido a la cualidad de los instrumentos de época y la intemperie que provoca frecuentes desafinaciones, Baraviera y Ruiz, revestidas en todo momento de cuerpo y decisión, terminaron con un colorista Bolero de Friedrich Kummer, autor de un importante manual para violonchelistas, incluido en su Dúo Op. 103 nº 4. Música e intérpretes lograron así estimular nuestra imaginación y por extensión nuestro intelecto.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía