viernes, 10 de septiembre de 2021

ARTEMISIA CLÁSICA, CUESTIÓN DE COMPENETRACIÓN

XXII Noches en los Jardines del Real Alcázar. Mariarosaria D’Aprile, violín. Aglaya González, viola. Mercedes Ruiz, violonchelo. Programa: Adagio y Fuga en Mi bemol mayor, de Bach/Mozart; Trío en Sol mayor, de Hummel; Trío en Re mayor Op. 9 nº 2, de Beethoven. Jueves 9 de septiembre de 2021

A estas alturas a nadie se le escapa que Viena se convirtió a finales del dieciocho y principios del diecinueve en la capital europea de la música, meca en la que cualquier aspirante a músico debía triunfar para asegurarse una carrera profesional medianamente satisfactoria. A esa época y ambiente se trasladaron tres de las más reconocidas y solventes intérpretes del panorama local, y reunidas en formación de trío bajo el nombre de Artemisia, como ya hicieron en otras ocasiones con María Ramírez ocupando el lugar que ahora ostenta Aglaya González, y otras tantas han hecho con otros y otras compañeras de profesión en todo tipo de combinaciones para hacer música de cámara, trazaron un somero recorrido por algunos de los puntales de aquel fenómeno, entroncados unos en otros de manera que el progreso y la proyección se hicieran más lógicos y evidentes. Así, de un Mozart admirador de Bach, representando los estertores del Barroco precedente, pasaron al insigne pianista Johann Nepomuk Hummel, alumno favorito y preferente de Mozart, y de él a Beethoven, amigo del anterior y precursor indiscutible de los nuevos aires que habrían de imperar en la música desde entonces y para la posteridad.

No cabe duda, y cada una lo ha demostrado en numerosas ocasiones, que por separado las tres intérpretes son capaces de rubricar páginas antológicas con notable magisterio. Pero a la hora de combinarse en formación de trío es fundamental una compenetración absoluta, fruto de un trabajo arduo y responsable en el que muchas de las debilidades de cada una deben quedarse al margen en favor de un sonido compacto y bien ensamblado. Lamentablemente esto no fue siempre así durante la hora exacta de actuación en los Jardines del Alcázar. No está demostrado que la admiración que Mozart profesaba por Bach cristalizara en una serie de arreglos de su música, de hecho es muy probable que sus Seis preludios y fugas K 404 no surgieran directamente de su genio. Basados en obras tanto de Bach como de su hijo Wilhelm Friedemann, el Trío Artemisia eligió el quinto, basado en el segundo y tercero movimientos de la Sonata para órgano nº 2 BWV 526 que el propio Bach ya transcribió en su momento para trío de cuerdas. El arranque fue alarmante, con una considerable falta de conjunción y problemas de afinación en la viola que malograron esta primera parte de la obra, superada después con una fuga expuesta con mayor sentido del estilo y la compenetración, líneas más precisas y una energía considerable aunque acertadamente contenida.

No es frecuente que se interprete una obra de Hummel en la que no esté presente el teclado. Artemisia eligió su Trío para cuerdas en Sol mayor. Considerado como puente entre Mozart, su profesor y mentor, y el romanticismo chopiniano, Hummel fue maestro de Mendelssohn y amigo de Beethoven, así como colaborador de Haydn. Se dice además que gracias a él trascendió el estilo y técnica pianística de Mozart. De hecho en este su segundo trío para cuerdas se denotan ciertos aires mozartianos que al menos en su allegretto inicial las tres intérpretes supieron encajar a la perfección, con protagonismo evidente de una D’Aprile entregada a amplias y generosas líneas melódicas, un timbre homogéneo y controlado y un fraseo ágil y flexible que mantuvo a lo largo de toda la noche. Menos interesante resultó el andante, con continuas caídas de tensión y falta de compenetración, que mejoró en el menuetto, especialmente en su contrastante trío. El rondó final se benefició del sentido del humor de las protagonistas, que no dudaron incluso en hacer algo de teatro al final, justo cuando Hummel introduce a modo de broma el tema que Papageno hizo célebre en La flauta mágica de Mozart.

Sin duda la página de Beethoven fue la más concentrada, intensa e idílica. Con su Trío nº 4 Op. 9 nº 2, obra de juventud pero henchida de audacia y libertad, bastante alejada de los convencionalismos imperantes en su época, las Artemisia ofrecieron música de mayor calado íntimo y sentimental, con aportaciones de Mercedes Ruiz más en su línea, dando relieve al conjunto y ofreciendo un solo impecable aunque en un registro más agudo de lo que es habitual en ella. Faltó sin embargo mayor decisión y sentido de la elocuencia en los numerosos silencios que acompañan al menuetto, pero en el rondó-allegro final acertaron de pleno en ritmo, color y frescura, todo ello con la dificultad añadida de tocar con instrumentos de época, proclives a desafinarse y sometidos a una puesta a punto continua.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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