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viernes, 14 de julio de 2023

EL EMOCIONANTE LEGADO DEL IRREPETIBLE MORRICONE

Icónica Fest 2023. Ennio Morricone: The Official Concert Celebration. Andrea Morricone, director; Antonello Maio, piano; Rocco Zifarelli, guitarra; Giovanni Civitenga, bajo; Maurizio Dei Lazzaretti, batería; Angela Nisi, soprano. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro Ziryab (Stefano Cucci, director). Plaza de España, jueves 13 de julio de 2023


No estábamos muy de acuerdo con que la Plaza de España se cerrara por segundo año consecutivo al turismo durante más de la mitad de las horas de la jornada, y mucho menos de que sufriera tal agresión para convertirla en escenario de espectáculos musicales y ocio gastronómico. Cabe recordar además que en este mismo espacio se celebraban en tiempos ignominiosos los Festivales de España. Pero a la vista del espectacular resultado que tiene el atrevimiento, la buena organización y el maravilloso juego de luces al que se somete su excelsa arquitectura, hemos claudicado y aplaudido esta iniciativa. Ayer, además, sirvió para fundir en un emocionante abrazo a dos grandes de la cultura y el arte en general, el nunca suficientemente llorado Ennio Morricone y el icónico arquitecto sevillano Aníbal González, adalides del progreso del hombre en la Tierra, tan lejos del espíritu reaccionario que impregna la actualidad y amenaza con enturbiar la pacífica convivencia de todos y todas nosotras.

Andrea Morricone decidió añadir Sevilla a su lista de ciudades donde ha recalado el tour oficial que Ennio Morricone dejó preparado antes de fallecer hace justo tres años. Ha sido la nuestra la única plaza española que ha tenido el privilegio de acoger este homenaje inmenso a un gran genio de la música y el cine, que entre partitura y partitura nos deleitó con sus anécdotas y lecciones, algunas extraídas del film de Giuseppe Tornatore Ennio, estrenado hace un par de temporadas. Pero es aquí donde reside el primer error de este acontecimiento, al no haberse tenido en cuenta el subtitulado en castellano para una mejor comprensión por gran parte del público. Y aunque en la gran pantalla colocada tras la orquesta y coro se podían leer los títulos de las piezas interpretadas sobreimpresas en las secuencias de las películas a las que pertenecían, algo muy de agradecer al no contarse con un programa al uso, cuando lo que veíamos en pantalla era a la propia orquesta en directo, ya no se facilitaba el título, imaginamos que por cuestiones técnicas, por lo que sólo los muy entusiastas del maestro romano podían seguir el programa tema a tema. Seguimos además denunciando que, sea por la acústica del lugar o menos probable por el equipo de amplificación, el sonido no resulta tan brillante como debiera, lo que en el caso de una orquesta sinfónica acrecienta su inconveniente, perdiéndose el relieve, los planos sonoros, matices y detalles, sonando todo como una amalgama.


Destacados estos inconvenientes, nada fue sin embargo suficiente obstáculo para disfrutar emocionados y emocionadas de este paseo nostálgico por la música de Ennio Morricone y el cine al que le puso música durante más de seis décadas. A este menester respondió su hijo Andrea con disciplina y mucha responsabilidad, sin narcisismos, dejando que la música fluyese con sencillez y emotividad, permitiendo entrever sus filias, especialmente ese Tema de Deborah de Érase una vez en América que dirigió con un sobrecogedor vuelo lírico, y en el que indiscutiblemente se inspiró para componer su Tema de Ennio que abrió la segunda parte del concierto con el mediático violonchelista Hauser grabado en imagen en perfecta sincronía con el pianista Antonello Maio. Una coordinación que también sorprendió en clips cinematográficos como los que acompañaron los títulos iniciales y finales de Los intocables de Eliot Ness con los que empezó la noche. Otro momento destacable en este sentido fue la interpretación del tema La última diligencia de Red Rock de Los odiosos ocho con la ROSS en perfecta simbiosis con las imágenes en las que podíamos ver a Morricone dirigiendo en los míticos estudios de Abbey Road.

Siempre vivo

Momentos para el recuerdo y la emoción traducida en lágrimas que fluyeron mientras sonaban acordes de las películas de Sergio Leone, la misma suite interpretada en el Lope de Vega hace treinta y cinco años y en el Maestranza una década después, ampliada con El hombre de la armónica de Hasta que llegó su hora. Suite en la que intervino majestuosamente el coro cordobés Ziryab y la soprano Angela Nisi, de voz amplia y bien proyectada, angelical en el sobrecogedor Tema de Jill, aunque sufrió un desliz en ¡Agáchate, maldito!, quedándose algo rezagada al principio. Especialmente emotivo fue el bloque dedicado a Tornatore, iniciado con La leyenda del pianista, donde abundan las disonancias jazzísticas, y continuada más tarde con el inevitable Cinema Paradiso, aplauso espontáneo incluido para el tema de amor compuesto por el propio Andrea, y Malena, su última nominación al Oscar antes de ganarlo honoríficamente y años después en competición con la película de Tarantino. Muy acertado también combinar El clan de los sicilianos con Imagina que una noche cenando, dos temas muy setenteros que, como tanta música comercial en aquella época, siguen esquemas y estructuras basadas en el barroco bachiano, si bien fue en esta última donde se acusó mayor saturación por los inconvenientes acústicos apuntados.


El bloque político al que tanta atención prestó Morricone nos descubrió a un Gillo Pontecorvo confesando que quería para Queimada la Misa Luba, adaptación de la liturgia en latín a los cantos tradicionales del Congo, pero que el maestro le convenció para sustituirla por su partitura original. Antes de ella sonaron La batalla de Argel, Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha, La clase obrera va al paraíso, la versión instrumental de Sostiene Pereira y, después como propina, el brindis de Sacco y Vanzetti que Joan Baez popularizó a principios de los setenta y el Coro Ziryab acometió con mucho entusiasmo y vehemencia. Otro tema imprescindible de la larguísima filmografía de Morricone, Chi mai, compuesto para el film Maddalena pero aprovechado ampliamente por Belmondo en sus films con Henri Verneuil, disfrutó de la excelente interpretación de la ROSS, con solistas como Morelló, Farré o Iolkicheva destacando en diversos momentos. Ya nos había avanzado Andrea Morricone en la entrevista que le hicimos la pasada semana, que su padre le había hablado muy bien de nuestra orquesta, y él mismo nos lo había hecho saber así cuando la dirigió en 1999. Y así hasta derivar en la monumental La misión, con presentación de Roland Joffé, epílogo de Jeremy Irons, y oboe, orquesta, coro y percusión haciendo las delicias del respetuoso y entregado público que rindió así tributo a quien siempre permanecerá vivo en nuestro corazón.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 4 de mayo de 2022

ENNIO: EL MAESTRO El mejor cine italiano y su prolífico ilustrador

Título orignal: Ennio: The Maestro
Italia-Bélgica-Japón 2021 150 min.
Guion y dirección
Giuseppe Tornatore Fotografía Giancarlo Leggeri y Fabio Zamarion Documental Estreno en el Festival de Venecia 10 septiembre 2021; en Italia 17 febrero 2022; en España 13 mayo 2022


Son muchas las celebradas colaboraciones que entre director y músico se han dado en el cine, pero pocas con un rendimiento de admiración, respeto y gratitud como la que le dispensó Giuseppe Tornatore a Ennio Morricone en los más de veinticinco años y once películas en las que trabajaron juntos, desde Cinema Paradiso a La correspondencia. Esa relación profesional y de amistad ha derivado ahora en un precioso y valioso documental, imprescindible para amantes de la música, del cine y, cómo no, del maestro, que no son pocos ni pocas. Un trabajo que naturalmente se gestó antes del fallecimiento del compositor, y que de esa manera se basa fundamentalmente en una larga y fructífera, además de reveladora y emotiva, entrevista al autor romano. Reveladora no solo por la cantidad de anécdotas, enseñanzas e impresiones que nos regala del admirado compositor, sino por la imagen nítida y emocionante que ofrece de él, persona sin duda enormemente sensible que no duda en emocionarse y dejar incluso escapar alguna lagrimita cuando la ocasión lo merece.

Emoción que emerge cuando recuerda a Goffredo Petrassi, que fue maestro suyo y a cuya altura siempre quiso acceder, pero de quien recibió no solo desaliento sino desprecio cuando se empezó a dedicar por entero al cine, pero también aplausos cuando su trabajo le convencía, y desde luego mucho aprendizaje, siempre tan de agradecer. Emoción también cuando recibe reconocimientos en forma de premios, o cuando reconoce la decepción que le causó que el merecido Oscar por La misión fuera a recaer en Herbie Hancock simplemente por adaptar canciones ya conocidas en la banda sonora de Alrededor de la medianoche. Emoción cuando recuerda a los grandes realizadores con los que trabajó, Sergio Leone, aunque también le reprocha impedirle trabajar con Kubrick en La naranja mecánica, Elio Petri, que solo pretendía contar con él para una película y acabó haciendo varias, Pasolini, que accedió a prescindir de sus discos de música clásica para ilustrar las películas en las que colaboró con Morricone, también Marco Bellocchio, los Taviani, Bertolucci y tantos otros. Y emoción que procuran también todos estos con sus testimonios, y muchos más, que no perdieron la oportunidad de ponerse ante las cámaras para glosar los indiscutibles méritos del autor de Novecento, algunos ya desaparecidos cuando el documental ve la luz.

No falta nadie en esta fiesta, ni Eastwood, ni Verdone, ni Tarantino, Argento, Joffé, Wertmüller, Stone, Cavani, Faenza, Montaldo… y tantos otros y otras que han firmado gloriosas páginas del cine italiano y mundial por extensión. Por eso el trabajo de Tornatore, que hace una década ya fijó su atención en el cine patrio a través del documental L’ultimo gattopardo: Ritratto di Goffredo Lombardo, supone no solo una carta de amor a su amado y añorado amigo, sino también a ese cine que tanto le enseñó a amar y a vivir, siempre bajo el influjo de su compositor más compenetrado. No faltan tampoco a esta celebración sus más fieles colaboradores, como Gilda Buttá, Ella dell’Orso, Gianni Morandi, Dulce Pontes, Joan Baez, Franco Piersanti o Alessandro Alessandroni, y otros compañeros de profesión como Hans Zimmer, Quincy Jones, John Williams, Franco Migliacci y Nicola Piovani, todo un gesto por su parte porque fue quien compuso la banda sonora del primer film de Tornatore, Il camorrista (El profesor), para inmediatamente después pasarle el testigo a Morricone y no recuperarlo jamás. Otros en su condición de admiradores, como Pat Metheny, Bruce Springsteen, Wong Kar-Wai o Zucchero, se unen a este homenaje que precisamente si en algo se excede es en esa sobreabundancia de testimonios y elogios que llegan a ser redundantes y no aportar todo lo que se pretende, más que engrosar una nómina lujosa que da mayor empaque al producto final. Con todo, este es un trabajo excelente, emocionante e imprescindible para entender el arte que más ha sobresalido en el último siglo y que más satisfacciones ha dado al ser humano en todo este tiempo.

sábado, 27 de noviembre de 2021

LA ROSS VUELVE AL CINE

I Festival Internacional de Música de Cine de Sevilla. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Marc Timón e Iván Palomares, directores. Programa: Obras de Arturo Cardelús, Pablo Cervantes, Luis Ivars, Pascal Gaigne, Sergio Moure de Oteyza, Iván Palomares, Manel Santisteban, Zacarías Martínez de la Riva, Manuel Gil-Inglada, Vanessa Garde, Iván Martínez Lacámara, John Williams y Ennio Morricone. Cartuja Center Cite, jueves 25 y viernes 26 de noviembre de 2021

La ROSS en el Cartuja Center Cite

Muchos y muchas de las maestras de la Sinfónica de Sevilla recordarán sin duda con orgullo y emoción aquellas ocasiones en las que maestros de la composición cinematográfica como Jerry Goldsmith, Howard Shore, Elmer Bernstein o el mismísimo Ennio Morricone al que esta vez rindieron homenaje, se pusieron al frente de la formación hispalense. Delerue y Jarre se adelantaron en su visita a la creación de la orquesta, y Barry no pudo dirigirla a casusa del lamentable suceso de la Ópera de la Bastilla en plena Expo 92. Pocas orquestas pueden enorgullecerse de haber prestado sus servicios a tan digna nómina de grandes de la música de cine. Solo faltó John Williams, al que se han acercado en muchas ocasiones pero bajo otras batutas, como sucedió en esta ocasión. El maestro, único en su especie en el mundo del espectáculo, ahora que acaba de dejarnos el insigne Stephen Sondheim, pasea ahora su talento por las mejores orquestas europeas, las Filarmónicas de Viena y Berlín, y se codea con artistas de la talla de Anne-Sophie Mutter, Itzhak Perlman o Yo-Yo Ma, mientras otros grandes pendientes como Hans Zimmer montan sus propios espectáculos de luz y sonido en giras por todo el mundo al más puro estilo de las estrellas del rock.

En los ochenta montar un festival de estas características era una temeridad y gesto de auténtica valentía por su originalidad y su talante pionero. Veinte años después esa gesta se la llevó el viento. Para entonces eran ya muchos los certámenes del género que se celebraban en el mundo, solo en España destacan Fimucité en Tenerife y el Festival de Úbeda, luego reubicado en Córdoba y Málaga y reconvertido en Cinefan de Úbeda. Allí se atrevieron a montar algo parecido a la cita sevillana pero bajo el concepto de encuentros entre la industria y la afición y una profusa intervención de los compositores convocados. Algo parecido es lo que propone, con toda la pasión y entusiasmo que la empresa exige, el también compositor y agitador cultural Francisco Cuadrado, que con la complicidad de Gorka Oteiza han montado este primer festival que saluda también a una ROSS de nueva vía, la de Sevilla Film Orchestra, quizás como queriendo recuperar una oportunidad perdida, la que acarició hace treinta años Elmer Bernstein (Los diez mandamientos, Los siete magníficos) cuando reparó en nuestra orquesta para grabar soundtracks clásicos. Una propuesta que la orquesta entonces declinó por considerarlo un abaratamiento de sus posibilidades y exigir honoraros inasumibles, y que acabó recayendo en orquestas del este, las mismas a las que recurren nuestros cineastas para grabar las bandas sonoras de sus películas. Se trata ahora de evitar ese éxodo, pero ya se nos han adelantado en el norte, donde orquestas vascas y gallegas se encargan de sus propias producciones y de recuperar clásicos de, por ejemplo y nada más y nada menos, Bernard Herrmann.

Por un puñado de compositores españoles

Marc Timón
Los dos conciertos que ilustraron estas primeras jornadas de talleres, conferencias y encuentros en los que se ha basado este primer festival, utilizaron el reclamo de John Williams y Ennio Morricone, apuestas siempre seguras, y si no que se lo digan a Martínez-Orts y su Film Symphony Orchestra, para introducir un buen puñado de compositores, y una compositora, de cine español, en su mayoría poco conocidos para el público en general y que además eligieron para dar forma de suites títulos poco o nada identificables. Como resultado tuvimos la constatación de que hay hoy en nuestro país una corriente de composición que se ha empapado de la música hollywoodiense, ha aprendido a orquestar y manejar ritmos y atmósferas de una forma casi inédita en nuestro país. Por el contrario aun no dominan el arte de la melodía, tan fundamental a lo largo de la historia del cine para identificar películas a través de la música. La orquesta, que tuvo en el pasado la oportunidad de dirigir a los grandes de nuestro país como Carles Cases, Bingen Mendizábal, Roque Baños, Fernando Velázquez o Alberto Iglesias, y apenas surgió después de que la música de José Nieto sonara de la mano de la Sinfónica de Madrid, pudo apreciar sin duda este particular, lo que no fue óbice para plegarse a las múltiples sensibilidades surgidas de los pentagramas y ofrecer brillantes versiones de su música, adoptando para ello un sonido compacto y controlado a nivel expansivo, muy acorde a la estética cinematográfica

Así, el estreno de The Dark Passenger, una obra cuya fuente desconocemos, descubrió a un joven Arturo Cardelús dotado para la tensión dramática y la orquestación épica, tanto como el ya veterano aun siendo todavía joven Pablo Cervantes, el sevillano que tantas melodías creó para Garci y que ahora se pliega también a las bandas sonoras de acción e intriga (Asesinos inocentes) tanto como al lirismo inherente al documental de Laura Hojman sobre Rubén Darío, Tierras solares. Más veterano, el polifacético Luis Ivars recuperó Tabarka, un thriller político de 1996 cuya amable banda sonora participa más de un estilo compositivo autóctono y personal, antes de la invasión definitiva americana. Y en esa misma línea pudimos disfrutar de la música del francés afincado en el País Vasco Pascal Gaigne, que no eligió para la ocasión ninguno de sus trabajos para Arregi y Garaño (Loreak, Handia, La trinchera infinita) sino dos partituras galas de inconfundible sabor mediterráneo, apacible y lleno de ternura. El terror psicológico y asfixiante de Extinction y la breve pero delicada sintonía de Seis Hermanas fueron las aportaciones de Sergio Moure, siempre servidas con la delicadeza y profesionalidad de la orquesta, destacando la sensibilidad de Tatiana Postnikova al piano, y con un eficaz trabajo del compositor y director de orquesta Marc Timón a la batuta.

Iván Palomares
En la segunda jornada, Iván Palomares tomó el relevo comenzando con una obra suya, The Calling, otro estreno del certamen, de tintes épicos y enfáticos muy alejado de la ternura de Bajo las estrellas, su trabajo más reconocido. Le siguió el romanticismo de Manel Santisteban, curtido en el jazz y el pop, siempre asociado a Mecano y La Década Prodigiosa, en Tres metros sobre el cielo, y de nuevo la acción más genuinamente americana en Bajo cero, un reciente thriller estrenado en la plataforma Netflix que tanto está alejando al público de las salas. A su autor, Zacarías M. de la Riva, debemos la dinámica música de Tadeo Jones, y con dibujos animados continuó Manuel Gil-Inglada con la inédita y tradicional Hullabaloo y la digital D’Artacan y los tres mosqueperros, en cuya suite incluyó la sintonía original para televisión compuesta por Guido y Maurizio de Angelis. De nuevo aires mediterráneos y desenfadados para La boda de Rosa de Vanessa Garde, cuyo trabajo adaptando a Vivaldi hemos podido disfrutar recientemente en la película Josefina, protagonizada por Emma Suárez. Y terminamos con la música de La casa de papel, una ejemplar y muy efectiva partitura que Martínez Lacámara presentó en forma también de suite. Todos los autores estuvieron presentes en estas dos galas especiales.

Williams y Morricone como brillantes reclamos

Susana Casas García de la Galana, y 
Nazar Yasnytskyy a la derecha
Programados cuando acababan de ser anunciados como ganadores del Príncipe de Asturias, y antes de que el irrepetible compositor italiano falleciese en plena pandemia, la música de John Williams y de Ennio Morricone, junto a todos los demás convocados, debió sonar en marzo pasado, pero las restricciones jugaron una mala pasada a Cuadrado y su equipo y tuvieron que posponer la cita hasta ahora. Marc Timón se encargó de dirigir la música de Williams, a quien conoce personalmente y con el que logró dibujar un perfil dinámico, lleno de fuerza y ritmo en bandas sonoras míticas como Tiburón o Parque Jurásico, donde echamos de menos unos metales más refulgentes. Características que también se dieron cita en el Tema de Ray de El despertar de la fuerza, el Scherzo para motocicleta y orquesta de Indiana Jones y la última cruzada, y la sintonía televisiva The Mission. Con la delicadeza de Postnikova y el lirismo de la cuerda se ofreció el tristísimo tema de Las cenizas de Ángela, y con la complicidad de unos espléndidos Nazar Yasnytskyy, concertino para la ocasión y violín solista, y de César Coryn Herwig al violonchelo, un delicioso Vals del presidente de Memorias de una geisha. De su propio cuño, Timón ofreció como propina el trabajo más largo de la velada, un homenaje a Williams en forma de suite inspirado en el estilo épico y lírico del compositor estadounidense que tituló The Beacon (El faro) en clara referencia a su influencia y talante inspirador. El inevitable Tema de Darth Vader o Marcha Imperial puso colofón al concierto del jueves, con una interpretación enérgica y de marcados acentos marciales por parte de una entregadísima Sinfónica.

Diego Villegas, y César Coryn Herwig a la izquierda
Más relajado fue el homenaje a Morricone, con Palomares desgranando con respeto y atención arreglos no siempre fieles a los originales de ¡Átame!, la aventura almodovoriana del compositor romano, los tres temas icónicos de Hasta que llegó su hora, con Diego Villegas emulando con acierto y vuelo lírico al Hombre de la armónica, y Susana Casas entonando el Tema de Jill al estilo de Edda dell’Orso con una perfecta entonación. La misión y Malena precedieron al Tema de Deborah de Érase una vez en América, de nuevo con Casas asumiendo el vocalise, y un brillante epílogo con los títulos finales de Los intocables de Eliot Ness. El fin de fiesta fue de lo más emocionante, con el medley de temas populares del cine que John Williams confeccionó para la gala de los Oscar de 2002, pura celebración de la emoción y la pasión por el cine y la música.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 6 de julio de 2020

MORRICONE VIVE

Con esta portada dedicada a Ennio Morricone en 1990,
de la revista valenciana Música de Cine,
empecé mis colaboraciones con los medios de
comunicación
Ya no será posible disfrutar de la foto soñada por millones de aficionados y aficionadas en todo el mundo a la música de cine, la que habría de reunir a los que seguramente son los dos compositores de bandas sonoras de películas más queridos y admirados, Ennio Morricone y John Williams, como receptores del Princesa de Asturias de las Artes de este año. Aunque gozaba de una relativa buena salud a pesar de sus noventa y un años y medio, el italiano sufrió una fatal caída hace apenas unos días que le fracturó el fémur y derivó en una serie de complicaciones que nos lo ha arrebatado para siempre. Es cierto que ya apenas componía, lo que evitará que tengamos que prescindir de su capacidad creativa y podamos consolarnos con el ingente legado de buena y no tan buena música que nos ha dejado, pero siempre personal e irrepetible. De cualquier forma no es como cuando hace unas semanas nos dejaba el escritor Carlos Ruiz Zafón, en la flor de la vida y con tanto por delante por contarnos, pero ello no impide que hoy sintamos una inexplicable angustia y un doloroso hueco en el corazón, eso que hace inverosímil que alguien con su talento y su trayectoria haya dejado de existir para siempre. El cine y el mundo de las bandas sonoras lloran hoy a quien tomó el legado de maestros como Nino Rota y Mario Nascimbene, creció junto a Armando Trovaioli, Luis Bacalov y Angelo Francesco Lavagnino, e influyó en otros como José Nieto o Nicola Piovani.

El compositor y su esposa recogiendo hace
cuatro años la Estrella del Paseo de la Fama
de Hollywood
Morricone murió donde nació, porque si una cosa caracterizaba su trayectoria fue su infinita fidelidad, a la ciudad de Roma, de la que nunca quiso alejarse, ni cuando las mieles del éxito en Hollywood quisieron tentarle, o a su querida esposa Maria Travia, juntos durante setenta años hasta que la muerte de él les ha separado, y a quien dedicó sus dos Oscar, el primero honorífico y el segundo en competición, por su generosidad y su paciencia, además de por haber sido siempre su compañera ideal incluso en los aspectos más estrictamente profesionales, ya que fue autora de algunas de las letras de canciones basadas en sus banda sonoras, y supervisaba cada partitura antes de que llegara a manos del director. A su esposa la conoció por ser amiga de su hermana y conquistarla a fuerza de acompañarla en el hospital tras sufrir un grave accidente de automóvil. Ahora la ha dejado junto a cuatro hijos, uno de los cuales, Andrea, ha seguido la senda de su padre y es actualmente director de orquesta y autor de algunas bandas sonoras, incluido el celebrado tema de amor de Cinema Paradiso. Por cierto que otro de sus grandes fuertes en relación a la fidelidad son los directores con los que ha trabajado, desde el mítico Sergio Leone que le aportó fama mundial gracias a su Trilogía del Dólar y la trilogía americana de la que Érase una vez en América se considera su obra maestra absoluta, hasta Bertolucci, De Palma, Argento, Pasolini, que aunque no siempre encontraron en él la voz adecuada a sus historias, sí repitieron cuando las circunstancias lo aconsejaron, y sobre todo Giuseppe Tornatore, con quien ha firmado más de una decena de títulos, desde la emotiva Cinema Paradiso a La correspondencia, pasando por Una pura formalidad, La leyenda del pianista en el océano y La mejor oferta.

El año pasado Morricone protagonizó su última gira mundial y a finales de éste debía recoger en Oviedo el Princesa de Asturias de las Artes, compartido con el hasta ahora otro grande superviviente de la etapa dorada de la música de cine, John Williams. Su envidiable capacidad de trabajo ha quedado definitivamente truncada, aunque lejos quedaron también los años en que era capaz de componer casi veinte bandas sonoras en un solo año, hazaña apenas lograda por ningún colega de profesión, y que hicieron su filmografía inabarcable, ni que decir su discografía, inflada además por continuas reediciones que aseguran ser más completas que las anteriores. Hace apenas un mes escribíamos en estas páginas acerca de este genio de la música de cine que también probó fortuna en el apartado de la música seria para concierto, con sus particulares aportaciones al universo de la música contemporánea, a menudo en forma de insinuantes voces femeninas, con motivo de ese galardón tan esperado que viene a sumarse a los Oscar, Globos de Oro, Bafta, Nastro d’Argento, David di Donatello, León de Oro en Venecia o el considerado Nobel de la Música, el Polar Music Prize, logrados a lo largo de su fructífera carrera.

Un número después también dibujé la contraportada
de esta revista especializada
Nos ha hecho disfrutar y soñar muchísimo. Yo mismo empecé a escribir, bien o mal, de estas cosas de la mano de un especialista en su música, Antonio Domíngez, y la revista valenciana Música de Cine que dirigió en la última década del siglo pasado. También de la mano de esta publicación y su admiración incondicional por el maestro romano, tuve la oportunidad de conocerlo y entrevistarlo cuando a finales de siglo celebró su segundo concierto en Sevilla invitado por Carlos Colón y la Fundación Luis Cernuda, que entonces organizaban los Encuentros de Música de Cine. Y me pareció un buen hombre, amable y educado, generoso y sensible, como su música. ¡Qué vacío tan grande dejan los grandes cuando se van! Nos pasó en aquel fatídico verano de 2004 cuando nos dejaron con apenas un mes de diferencia Jerry Goldsmith y Elmer Bernstein, y nos volvió a pasar el año pasado cuando lo hizo Michel Legrand. Con Morricone no he podido evitar las lágrimas, también por John Williams, que se sentirá muy solo y desvalido próximamente cuando en fecha aún por confirmar se entreguen los premios Princesa de Asturias de este fatídico 2020. Pero su música y su recuerdo vivirá para siempre en nuestro corazón.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 6 de junio de 2020

EL PRINCESA DE ASTURIAS VA A MORRICONE Y WILLIAMS

Cuando se conocen noticias como ésta, la concesión del Princesa de Asturias de las Artes a John Williams y Ennio Morricone, se echan de menos aquellos tiempos en los que uno emitía a través de las ondas radiofónicas programas de cine y estrictamente de bandas sonoras, como hacía treinta años atrás en Radio Aljarafe, donde con motivo del Centenario del Cine llegamos a realizar un maratón de música de cine de veinticuatro horas, y más adelante en Radiópolis, donde junto al programa de difusión informativa Alfombra Roja emitíamos otro dedicado solo a la música cinematográfica, Pantalla Sonora. Ahora sería el momento perfecto para dedicar a los dos más grandes compositores de bandas sonoras vivos, Ennio Morricone y John Williams, un par de buenos y generosos ciclos donde apreciáramos la brillante y distinta trayectoria profesional y artística de cada uno.

Como apasionado de este mundo de la música de cine que tantas puertas ha abierto a millones de gente aficionada a la música con mayúsculas, la que denominamos clásica y atesora a los más grandes e influyentes compositores de todos los tiempos, trazar un perfil merecido y meritorio de estas dos significativas figuras se convierte en una responsabilidad además de un inmenso placer. Nos encontramos una vez más ante un reconocimiento que llega si no tarde muy avejentado, cuando ambos artistas cuentan ochenta y ocho (Williams) y noventa y un años (Morricone) de edad. Una constante en este mundo de los reconocimientos y los homenajes. Tiempo hubo para dedicarles toda la atención que merecen, mucho hace que son referentes en su campo y tantos otros. No obstante, en ambos casos cuentan con una dilatada carrera en premios, Oscar, Bafta, David di Donatello o Cesar no se les han resistido, aunque en el caso de Morricone el de Hollywood tardó en llegar y de forma algo errática. Fue junto a Henry Fonda y Paul Newman de los pocos que recibieron un Oscar honorífico a toda la carrera antes de recibir el más preciado en competición. Tanto el primero como el segundo lo recibieron un año después de merecer el honorífico, por En el estanque dorado y El color del dinero respectivamente, mientras Morricone necesitó casi una década para que un título suyo, Los odiosos ocho, de la mano de Tarantino, que nunca ha disimulado su admiración por el compositor romano, lograra el codiciado premio. Williams sin embargo acumula cinco Oscar y un récord en nominaciones, cincuenta y dos, solo superado por Walt Disney. Y no es la única diferencia en dos autores tan dispares y con trayectorias tan distintas, pero que cuentan con legiones de admiradores y admiradoras en todo el mundo.

Las marchas de John Williams

Poco antes de la pandemia que nos ha mantenido confinados y ha alterado nuestra rutina, John Williams celebró en Viena el que quizás hay sido su concierto más ambicionado y emblemático, junto a la orquesta más prestigiosa del mundo y con una solista de excepción, nos referimos a la Filarmónica de Viena y la violinista Anne-Sophie Mutter. Con ella editó hace apenas un año un sensacional registro titulado Across the Stars, como el inspiradísimo tema de amor de El ataque de los clones, y con la emblemática orquesta lanzará en breve otro que recoge este magnífico acontecimiento celebrado en el Musikverein, la icónica sala de los conciertos de año nuevo. Meticuloso en el planteamiento de sus partituras, que nunca deja al azar ni se conforma con completar con arreglos y variaciones sobre un mismo tema, Williams no tiene una filmografía tan frondosa como Morricone, hay pocos artistas que la tengan, pero son muchas sus bandas sonoras que han alcanzado una popularidad extrema, especialmente sus marchas e himnos. ¿Quién no reconoce los pegadizos temas principales de Superman, Indiana Jones, Parque Jurásico o La guerra de las galaxias? ¿Quién no se ha emocionado con el vuelo de Elliot y E.T. gracias fundamentalmente a la excitante y emotiva música de John Williams? ¿Quién no se ha conmocionado con ese violín que Itzhak Perlman hace llorar al ritmo de La lista de Schindler? Todos son logros de un compositor que probó fortuna en todas las vertientes musicales que su formación y talento le permitieron hasta llegar a ser el más popular de los compositores de música sinfónica que hoy existen.

Tras un largo periplo que abarcó prácticamente toda la década de los años cincuenta del pasado siglo, en el que Williams participó en algunas de las orquestas y big bands más importantes de Estados Unidos, el compositor empezó a edificar una carrera como autor de bandas sonoras partiendo de influencias muy identificables del momento, especialmente Henry Mancini, cuya sombra le persiguió hasta bien avanzada la década siguiente. Son los años de partituras como Código del hampa, remake dirigido por Don Siegel en 1964 de la película de Robert Siodmak Forajidos, que emula sin disimulo los títulos iniciales de Sed de mal, o toda una serie de comedias que firmó como Johnny Williams, entre las que se incluyen Bachelor Flat, Bromas con mi mujer… no, Penélope o Guía para el hombre casado, donde alternaba el toque pop con reminiscencias del Barroco, como estaba de moda entonces, clave incluida, y añadía canciones a cargo de grupos populares de la época. De esa época basta comparar Two Lovers, el tema de amor de Cómo robar un millón y…, con cualquiera de las canciones de Mancini en cuyas bandas sonoras participó como pianista. Pero también en películas de aventuras como El señor de Hawaii y Todos eran valientes se aprecia la influencia del autor de La pantera rosa, paradójicamente responsable de la desaparición del estilo sinfónico que había cultivado Hollywood desde el inicio del cine sonoro, y que Williams se ocuparía de recuperar en los setenta como legado para toda una generación de compositores de cine que van de James Horner a Alan Silvestri pasando por Bruce Broughton, Danny Elfman o James Newton Howard por citar solo algunos.

Aunque comenzó a cultivar ese estilo sinfónico tan característico suyo en títulos como Una dama entre vaqueros de 1966 o Los rateros de 1969, donde se aprecia además una de sus influencias más notorias, la de Aaron Copland y el amplio y singular sinfonismo genuinamente americano del que Los cowboys constituye el ejemplo más significativo, no fue hasta la siguiente década que afianzó esa tendencia, especialmente de la mano de Irwin Allen, al que conoció como productor de algunas de las series de ciencia ficción a las que puso música la década anterior, como Perdidos en el espacio o El túnel del tiempo. La aventura del Poseidón y dos años después El coloso en llamas lo especializaron en catástrofes, añadiéndose Terremoto y Tiburón, que cuando se estrenó se catalogó en este género, aunque con el tiempo haya perdido toda etiqueta para convertirse en un clásico incontestable. Precisamente fue esa la película que inauguró la cadena de éxitos que disfrutó con su relación más fructífera, la que mantiene con Steven Spielberg, solo interrumpida en 1985 cuando el director prefirió un compositor afroamericano para El color púrpura, y en 2015, cuando por motivos de agenda tuvo que sustituirle Thomas Newman en El puente de los espías. El otro gran pilar de su carrera cinematográfica lo constituye la saga de las galaxias, cumpliendo a lo largo de más de cuarenta años el cometido de ponerle música a cada uno de los títulos que la integran, y que hoy constituye sin duda el bloque sinfónico más ambicioso y dilatado compuesto recientemente. Es ahí donde mejor se perfila ese estilo hollywoodiense basado en autores clásicos como Wagner o Strauss además de los grandes compositores de la edad de oro del cine, como Korngold o Waxman. Mientras, cultivó también otro de perfiles más vanguardistas, a menudo atonal con aires de Ligeti, en películas como Encuentros en la tercera fase, quizás uno de sus títulos más fascinantes, así como otro estilo más intimista y reposado en películas como El turista accidental, una de sus más bellas y contenidas partituras. Otras han sido vehículos perfectos para el virtuosismo individual, como Las brujas de Eastwick, El patriota o La terminal, y todas cuentan con un trabajo de orquestación que las sitúan entre lo mejor y más meticulosamente compuesto para el cine de los últimos cincuenta años.

Williams ha desglosado además una prolija carrera como director, especialmente frente a la Boston Pops, o lo que es lo mismo la Sinfónica de Boston cuando interpreta programas populares, y como compositor de música de concierto, con piezas para violín, flauta, violonchelo, oboe o trompeta, y solistas de la talla de Mutter, Perlman, Isaac Stern, Gil Shaham o Yo-Yo Ma, así como directores como Dudamel han confiado en su talento. Piezas para Juegos Olímpicos, programas de televisión y eventos culturales y humanitarios en todo el Mundo completan su valioso repertorio.

Ennio Morricone, el prolífico

Dos veces ha visitado Morricone nuestra ciudad, y siempre de la mano de los llorados Encuentros de Música de Cine. En mayo de 1988 tocó en el Lope de Vega junto a la Orquesta y Coro Nacionales de España, y en 1999 los protagonizó con dos conciertos de cámara acompañado de sus incondicionales Gilda Buttá al piano, Luca Pincini al violonchelo y Paolo Zampini a la flauta, y otro de música orquestal con la Sinfónica de Sevilla y solistas de renombre como Dulce Pontes y Angelo Branduardi. Aunque su carrera como compositor abarca prácticamente los mismos años que la de Williams, el número de sus composiciones es manifiestamente mayor. Más de medio millar de bandas sonoras, más de veinte en algunos años de las décadas de los sesenta y setenta, entre películas, telefilms, series y documentales. Una extensísima y fatigosa carrera que inició como arreglista de grandes voces de la canción popular italiana, como Gino Paoli, Gianni Morandi, Jimmy Fontana o Mina, que más tarde se extiendió también a internacionales como Joan Baez, Paul Anka o más recientemente Amii Stewart. Posee además un interesante catálogo de música contemporánea en el que se atisba un autor más comprometido y atrevido con los dictámenes de la música de vanguardia, aunque los resultados no siempre vayan de la mano de la calidad exigida.

La de Morricone es una carrera de géneros, del spaghetti-western que le dio popularidad con Segio Leone y su trilogía del dólar (Por un pulado de dólares, La muerte tenía un precio, El bueno, el feo y el malo), luego revalidada con la trilogía americana (Hasta que llegó su hora, ¡Agáchate, maldito!, Érase una vez en América) y muchos más que compuso para directores como Sergio Corbucci, con Los compañeros a la cabeza, paradigma de la desvergüenza desplegada por el autor en muchas de sus partituras. También el giallo o terror alla’italiana, especialmente de la mano de Dario Argento (El pájaro de las plumas de cristal, El gato con nueve colas) y el policiaco francés (El clan de los sicilianos, El marginal), así como la comedia picantona al estilo de Supongamos que una noche, cenando… y su famosa bossa nova, o directamente erótica, como Maddalena, así como el cine de denuncia social y política que tanto proliferó en la Italia de aquellos setenta, como Investigación de un criminal libre de toda sospecha o La clase obrera va al paraíso. Algunos descubrimos a Morricone a través de melodías tan hermosas como la que compuso para Por las antiguas escaleras, luego inmortalizada por Dulce Pontes en un conmovedor Barco abandonado, mientras otros lo hicieron de la mano de dos grandes creadores como Bertolucci (Novecento, Antes de la revolución, La tragedia de un hombre ridículo) o Pasolini (Las mil y una noches, El Decamerón, Saló o los ciento veinte días de Sodoma), o más recientemente el sentimental Giuseppe Tornatore, a quien le debemos la sensible y popular Cinema Paradiso, la sobria Una pura formalidad o la inquietante La mejor oferta.

Hollywood tardó algo en rendirse a sus pies, y lo hizo con obras memorables como Días del cielo de Terence Malick, su primera nominación al Oscar, Los intocables de Eliot Ness, primera de sus colaboraciones con Brian de Palma, La cosa de John Carpenter, una de las bandas sonoras más enigmáticas del cine de ciencia ficción de los ochenta, o Bugsy de Barry Levinson. Pero sin duda es La misión de Roland Joffé la película que le proporcionó mayor rédito, convirtiéndose en una de las bandas sonoras más vendidas de todos los tiempos, donde combinó sinfonismo tradicional e inspirado melodismo típicamente morriconiano con percusión étnica y coros religiosos, con resultados ciertamente espectaculares. Aquel era un Oscar cantado que le arrebató un icono del jazz afroamericano, Herbie Hancock, por coordinar y arreglar los temas incluidos en la banda sonora de Alrededor de la medianoche de Bertrand Tavernier. Quentin Tarantino se convirtió prácticamente desde su primera película en ferviente admirador de Morricone, incluyendo en casi todas sus bandas sonoras algún título extraído de sus múltiples spaghetti westerns, hasta que en Django desencadenado logró que le compusiera una canción original, y en Los odiosos ocho que se hiciera cargo de su primera banda sonora íntegramente original, lo que le valió por fin el Oscar en competición, nueve años después de merecer uno honorífico. El Princesa de Asturias, dos años después de celebrar su última gira internacional, se une ahora a un excelente palmarés y una vida extraordinaria que ha dejado un legado indeleble y proporcionado, como Williams, toneladas de placer a melómanos y melómanas de todo el mundo.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 31 de diciembre de 2019

LLENO TOTAL PARA ESCUCHAR MÚSICA DE CINE

Royal Film Concert Orchestra. Kynan Johns, dirección. Programa: The Music of Ennio Morricone, Hans Zimmer & John Williams. Teatro de la Maestranza, domingo 29 de diciembre de 2019

Saludamos la iniciativa del periódico La Razón y el Teatro de la Maestranza de ofrecer programas tan navideños y familiares como los que nos acompañan estos últimos días del año en el coliseo sevillano. Echando mano de la producción de la Fundación Excelentia y su orquesta titular, la Clásica Santa Cecilia, que muta de nombre según el repertorio a interpretar y si lo hacen en su sede madrileña o fuera de ella, la pasada noche el programa estuvo centrado en tres de los más grandes compositores de música cinematográfica vivos y que cuentan con mayor número de seguidores. Se da la circunstancia de que tanto Morricone como Zimmer han celebrado conciertos multitudinarios en nuestro país durante el año que está a punto de extinguirse. The World of Hans Zimmer es un mastodóntico evento que ha visitado Madrid en dos ocasiones en 2019, la última hace apenas unos días, mientras el genial compositor italiano visitó según parece por última vez la capital española la pasada primavera. Williams está siempre de celebración, y el registro que acaba de publicar junto a Anne-Sophie Mutter y que le llevará en apenas dos semanas al Musikverein de Viena, así como su reciente banda sonora para el último episodio de La guerra de las galaxias, lo mantienen en activo aún a sus ochenta y siete años.

La Orquesta Clásica de Santa Cecilia está integrada por músicos muy jóvenes, lo que siempre aplaudimos desde estas páginas por cuanto ofrece a quienes tienen toda una carrera por delante la oportunidad de practicar y perfeccionar tanto técnica como expresividad. Para los valses y polcas que ofrecerán esta noche adoptan el nombre de Sinfónica de España, mientras que en el apartado cinematográfico utilizan el muy rimbombante Royal Film Concert Orchestra. En ambos casos es el muy voluntarioso director australiano asentado en España Kynan Johns quien la dirige, con resultados más correctos y discretos que sobresalientes. A su mando tiene una reducida plantilla, unos sesenta maestros y maestras, no siempre apropiada para las partituras, algunas de ellas realmente mastodónticas, que ofrecen prestaciones satisfactorias en metales y maderas, una cuerda más ajustada en el registro agudo que en el grave, donde falta algo más de cuerpo, y unos solistas competentes, aunque la percusión tiende a sobresalir de tal manera que ahoga al resto del conjunto y le resta sutileza, como pasó en las morriconianas El bueno, el feo y el malo y La muerte tenía un precio, con la particularidad en ambas de contar con un divertido acompañamiento vocal de los y las propias integrantes de la plantilla, en plan Cantori Moderni di Alessandroni.

Entre los solistas, la concertino se esmeró en tono y registro con La lista de Schindler, y aunque no llegó a conmover, resultó solvente, disciplinada y con un sonido adecuadamente aterciopelado. En La misión fue la joven oboísta quien realizó una competente versión del famoso Tema de Gabriel, con el que orquesta y batuta desplegaron un amplio vuelo lírico, como ya antes habían hecho con el tema de amor de Cinema Paradiso, en realidad acreditado al hijo de Ennio, Andrea, y el muy hermoso Tema de Jill de Hasta que llegó su hora. Menos afortunados estuvieron en la vibrante Los intocables de Eliot Ness, que sonó algo deslavazada y falta de vigor. Con Zimmer también prestaron sus facultades vocales imitando animales varios en la divertida y desenfadada Madagascar, mientras imprimieron aplomo en Interstellar, con el pianista sustituyendo ejemplarmente al órgano, y misterio a una insuficiente suite de El caballero oscuro. Mejor y más completa resultó la que interpretaron con gracia y energía de Piratas del Caribe, aunque se célebre tema principal no sea de Zimmer sino de Klaus Badelt, como tampoco lo son las canciones de un Rey león incluido en el programa a través de la música de Elton John y no del score original del homenajeado.

Un decepcionante tema de las bicicletas de E.T., sin apenas vuelo lírico ni emoción, como tampoco tuvo la sensacional música de Hook, unos competentes Parque Jurásico y Marcha Imperial de El imperio contraataca, así como unos correctos Harry Potter y Superman completaron con John Williams este singular concierto diseñado para disfrute en familia y dar rienda suelta a sus jóvenes intérpretes, así como cubrir expediente navideño y mantener nuestro templo de la música abierto también en Navidad, como también harán en el Teatro Real y el Auditorio Nacional mañana y los primeros días de un 2020 que auguramos feliz para todos ustedes.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía