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jueves, 18 de abril de 2024

MANCINI CUMPLE CIEN AÑOS


El pasado martes 16 de abril cumplió cien años Henry Mancini, y el próximo 14 de junio  hará treinta que nos dejó. Por lo mucho que ha representado para nosotros, que hemos seguido su carrera con devoción y escuchado su música con deleite, no podíamos dejar la oportunidad de dedicarle unas palabras de sentido homenaje y sincero agradecimiento. Ya entonces, cuando falleció, le dedicamos cuatro programas en Radio Aljarafe, donde por aquel entonces realizaba un programa de cine con su gemelo sobre bandas sonoras. Repasamos toda su carrera cinematográfica con el material con el que por entonces contábamos, fundamentalmente el catálogo de RCA Victor con el que grabó muchas de sus bandas sonoras convenientemente arregladas para disfrute doméstico en discos de vinilo que apenas superaban los treinta minutos de duración. Empezaban también a proliferar por aquella época recopilatorios de su música grabadas por él mismo al frente de la Mancini Pops o la Royal Philharmonic, además de un impresindible disco en el que Erich Kunzel se contenía un poco para ofrecer lo mejor del compositor con toda la elegancia que su música requiere, dirigiendo la Cincinnati Pops y los coros del propio Mancini. Precisamente sus coros han sido marca de la casa, y aunque ese estilo armónico y contrapuntístico de entonar las canciones no lo inventó él, ya sonaban así por ejemplo en La colina del adiós de Fain y Webster o en El Álamo de Tiomkin y Webster, no cabe duda de que él les imprimió un estilo muy particular y perfectamente reconocible para cualquier aficionado o aficionada.


Desde aquel ya lejano 1994 son muchas las bandas sonoras de Henry Mancini que han conocido una edición más completa y fiel al original, de forma que las clásicas grabaciones de Desayuno con diamantes, Charada, Hatari o Dos en la carretera conviven hoy con sus ediciones extraídas directamente de las bandas de sonido de las películas, con mayor duración y los temas principales sometidos a un sinfín de variaciones. En este tiempo incluso se han editado bandas sonoras que permanecían inéditas, con sólo sus temas principales grabados por el propio Mancini y su orquesta. Es el caso de la imprescindible Días de vino y rosas o de Momento a momento, un mediocre thriller romántico de Mervyn LeRoy protagonizado por Jean Seberg del que sólo contábamos con su tema principal a piano y orquesta, y con coros sólo en la versión de Kunzel.

Otras bandas sonoras míticas de su catálogo permanecen inéditas, como Querido corazón o Su juego favorito, teniéndonos que conformar con sus temas principales regrabados para los recopilatorios que Mancini editaba frecuentemente alternando temas propios con otros de colegas de profesión como Francis Lai, Michel Legrand o Nino Rota. Pero el caso más flagrante es el de la canción Life in a Looking Glass, que casi cuarenta años después de ser nominada al Oscar por la película semiautobiográfica de Blake Edwards Así es la vida, la versión original cantada por Tony Bennett sigue inédita. El estilo Mancini, con esa proverbial forma de trabajar el contrapunto y la armonía, perceptible en la melodía acompasada con un toque melódico y tonal alternativo para potenciar la elegancia de la partitura, caló también en otros compositores como Neal Hefti, Quincy Jones e incluso un incipiente Johnny Williams, que había trabajado con Mancini en sus primeras grabaciones, antes de encontrar su propia voz inspirándose en el sinfonismo del Hollywood clásico.

Como tantos otros compositores, el estilo de Mancini fue resultado de su bagaje cultural y profesional. La escuela de composición ligera norteamericana, con Gershwin, Porter, Berlin, Kern y Rodgers a la cabeza, influyó considerablemente en el suyo propio, así como su trabajo junto a Glenn Miller y su orquesta, lo que le propició arreglar varios de sus temas para el biopic que protagonizó James Stewart en 1954, Música y lágrimas. Su trabajo para películas de terror y fantasía de bajo presupuesto que tanto proliferaron en el cine de los cincuenta inspirado por la amenaza nuclear, le permitió cultivar ese estilo sinfónico que también dominó pero que pronto abandonaría para adaptarse el lenguaje televisivo. Aquellos trabajos sinfónicos, a la sombra de los maestros resposables de los estudios Herman Stein y Hans J. Salter, en películas como La mujer y el monstruo o Tarántula, fueron recuperados en un disco titulado Mancini in Surround, mientras su estilo sirvió al autor para enfrentarse ya en los ochenta a trabajos tan exóticos como Lifeforce o Santa Claus.


Huelga decir lo mucho que representó para su carrera y reconocimiento conocer a Blake Edwards y entablar a raíz de esta colaboración una amistad inmarchitable con Julie Andrews. Ella y Audrey Hepburn definieron a la perfección su música y estilo, especialmente la protagonista de Mary Poppins, para quien compuso sus dos únicos musicales, Darling Lili y ¿Víctor o Victoria?. El fracaso del primero contrasta doce años después con el éxito del segundo, que propició incluso su único salto a la escena de Broadway. Por cierto, nuestra ciudad, que nunca logró que el compositor se asomara a ella aunque fuese a propósito de los añorados Encuentros de Música de Cine, inspiró The Shady Dame from Seville, que entonaba primero Julie Andrews y más tarde, en clave cómica, Robert Preston. Pero no fue la única ocasión en que el músico citó la ciudad, que un año después compondría unas sevillanas mal entendidas para La maldición de la pantera rosa.

Dicen que Blake Edwards se interesó por Mancini a raíz de la impresión que le causó su música para Sed de mal de Orson Welles, uno de los ejemplos más evidentes de la influencia del jazz en el cine, aunque la suya siempre fue en un tono tímido, ligero o quizás mestizo en consonancia con Un tranvía llamado deseo de Alex North o El hombre del brazo de oro de Elmer Bernstein, en lugar del más puro ejercido por Duke Ellington en Anatomía de un asesinato o Miles Davis en Ascensor para el cadalso. Mancini reinventó a su manera el foxtrot y la bossa nova en los sesenta y el soul en los setenta, con puntuales incursiones en el country. Lo cierto es que Edwards contó con él para sus series de televisión Peter Gunn y Mister Lucky, a las que siguió el largometraje de ambiente estudiantil protagonizado por Bing Crosby High Time. Pero los productores todavía no confiaban en el joven Mancini y encargaron la canción principal, The Second Time Around,  a Sammy Cahn y James Van Heusen, autores de las exitosas Love Is the Tender Trap, All the Way o High Hopes, a la mayor gloria de Frank Sinatra.

Mancini tendría que esperar a 1961 para encargarse de la partitura completa, canción incluida, de Soltero en el paraíso de Jack Arnold, y sobre todo Desayuno con diamantes, que le reportó dos Oscars a la mejor banda sonora y mejor canción por la icónica Moon River. Edwards sólo prescindiría de Mancini en cuatro ocasiones, Dos hombres contra el oeste, con música de Jerry Goldsmith, Diagnóstico asesinato de Roy Budd, La semilla del tamarindo de John Barry y Micki y Maude de Lee Holdridge con canción de Michel Legrand. El resto cuenta con puntales fundamentales, además de las ya mencionadas, como la saga de La pantera rosa, La carrera del siglo y El guateque. Sus colaboraciones con Howard Hawks, especialmente Hatari, para la que compuso el popular Baby Elephant Walk, Stanley Donen, precisamente centenario dos días antes que Mancini, con Arabesco intentando emular el éxito de Charada, y Vittorio de Sica contribuyendo en gran medida a hacernos llorar con la trágica historia de amor protagonizada por Sofia Loren y Marcello Mastroianni en Los girasoles, son otros de los trabajos memorables del compositor.


Nunca abandonó la televisión, para la que en los setenta ilustró las aventuras de Sam Cade, El caballero de azul, los detectives agrupados bajo el título de Misterio o el pequeño relato Traficantes de dinero. Y en los ochenta volvió a triunfar con la banda sonora de El pájaro espino y los glamurosos temas principales de Hotel y Remington Steele. Pero volvemos a 1979 para terminar con una secuencia inimitable, la de Dudley Moore conduciendo su Mercedes descapotable al son de He Pleases Me en la voz de Julie Andrews por las soleadas y costeras carreteras de Los Angeles, admirando la juventud circundante antes de reparar en la deslumbrante belleza de Bo Derek acudiendo en un Rolls Royce a la iglesia bajo el velo de novia, mientras el tema acentúa su potencia con un elocuente crescendo. Se trata por supuesto de 10, la mujer perfecta, trabajo que ejemplifica a la perfección el universo de Blake Edwards y su particular visión del sexo y la madurez, donde el Bolero de Ravel no conseguía eclipsar la magnífica banda sonora de Mancini, incluyendo otros dos temas estelares, It's Easy to Say y Don't Call It Love, el primero, como la banda sonora, nominado al Oscar. Un film excelente no suficientemente reconocido que ejemplifica a la perfección el mundo elegante y sofisticado al que Mancini puso música de la forma más extraordinaria y placentera posible.

lunes, 13 de febrero de 2023

LAS PAREDES HABLAN Saura inquieto, dinámico y vitalista

España 2022 75 min.
Dirección
Carlos Saura Guion José Morillas y Carlos Saura Fotografía Juana Jiménez y Rita Noriega Música Alfonso G. Aguilar Documental Estreno en el Festival de San Sebastián 20 septiembre 2022; en salas 3 febrero 2023

A solo tres días de su súbito fallecimiento, y después de que se pudiera ver en el Festival de Sevilla, resulta imposible acercarse a este su testamento cinematográfico (a falta de que alguien decida terminar su último proyecto, centrado en Johann Sebastian Bach) sin la emoción y la admiración que suscita alguien tan grande que ya no está entre nosotros. Con más de cuarenta largometrajes a sus espaldas, la mayoría reconocidos en palmarés a lo largo y ancho del planeta, no deja de ser extraordinario que su mirada continuara siendo tan inquieta y fresca, cuando apenas hará un año que rodaría este documental y aparece en él con una energía y una vitalidad que le habrían vaticinado al menos una década más de vida, alcanzando así los mismos cien años que cumplía Rafaela Aparicio en la célebre película del 79.

Auxiliado por especialistas de la talla del pintor Miquel Barceló, el paleontólogo Juan Luis Arsuaga y uno de los recreadores de la copia de Altamira que actualmente es la que se puede admirar en Santillana si no se ha tenido la suerte de formar parte de los restringidos grupos que de vez en cuando pueden entrar en la cueva real, Pedro Saura, que no guarda ninguna relación con el director aragonés a pesar del apellido, el cineasta se adentra en esta fascinante aventura que dialoga entre las pinturas rupestres y los grafitis contemporáneos. Con esa mirada inquieta e inocente y un respeto extremo a sus interlocutores, Saura va por el camino hablándonos de muchas cosas, dentro de una narrativa que amasa con acierto e inteligencia cuestiones como la igualdad entre los sexos o la individualidad del artista, su soledad y su encuentro y a veces lucha con el mundo que le rodea y del que se hace eco. Una individualidad que analizan los expertos en paleontología y exhiben los grafiteros, cuyo origen neoyorquino, todavía hoy cultivado, consistía en rotular tu nombre por doquier, dejando constancia de que estuvieron allí.

A través de la pintura bailada de Suso 33 o los colores vivos y brillantes de Musa 71, celebramos este en definitiva canto a la vida lleno de energía e ilusión, la de alguien que antes de recibir ya a título póstumo el Goya Honorario, había sido distinguido por su prolífica y rica carrera en los Premios del Cine Europeo en 2004 y en Málaga el año pasado. De su carácter afable se hace eco esta película y la fotografía que deseo compartir con ustedes en esta reseña, donde aparecemos juntos hace casi veinticuatro años en el Hotel Los Lebreros a propósito de unos encuentros periódicos con cineastas que promovía por aquel entonces la Asociación de Escritores y Escritoras de Andalucía en colaboración con el Ayuntamiento de Sevilla.


Si la salud no se lo hubiera impedido y Saura hubiese podido venir el pasado sábado a recoger su premio, alguien podría haber tenido el acierto de pasearlo por la ribera del Guadalquivir a su paso por la calle Torneo, y quizás se hubiese quedado prendado de los magníficos grafitis que atesora, algunos de contenido tan cinematográfico como el dedicado a Woody Allen. Otro paseo por el Polígono San Pablo le hubiese dado la oportunidad de descubrir los extraordinarios murales que lo embellecen. Habría comprobado así que no solo de Sevillanas y Flamenco vive esta ciudad a la que tanto amó a tenor de esos dos magníficos musicales.

viernes, 10 de febrero de 2023

BURT BACHARACH: LA SENSUAL MIRADA DEL AMOR

No podíamos pasar por alto el fallecimiento antes de ayer de Burt Bacharach, justamente el mismo día en el que John Williams, que hoy estrena en nuestros cines su nuevo y parece que penúltimo trabajo, Los Fabelman, cumplía noventa y uno. Bacharach ha muerto con tres años más y nos ha dejado un legado de cientos de irrepetibles canciones que han acompañado las vidas de varias generaciones y gente de todos los tipos en todo el mundo. Precisamente con ese título (cuando los de las canciones también se traducían en España) descubrí a Bacharach en la primera mitad de la década de los setenta del pasado siglo. Fue gracias a mi hermana mayor, que compró el single que en nuestro país incluía en su cara B la versión instrumental de Gotas de lluvia sobre mi cabeza. Pero aquí el compositor saltó a la fama unos años antes, cuando Aretha Franklin inmortalizó Rezo una pequeña oración, un tema lanzado inicialmente por Dionne Warwick, que en los sesenta fue la musa de Bacharach y su habitual letrista, Hal David, que también trabajó mucho, pero no tanto, con John Barry. Otra de sus letristas fue también una de sus cuatro esposas, Carole Bayer Sager, que escribió la letra de las preciosas Making Love que Roberta Flack cantaba en la película Su otro amor, y That's What Friends Are For, que reunió a Elton John, Stevie Wonder y Gladys Knight con Warwick, aunque fue compuesta para Rod Stewart y la película de Ron Howard Turno de noche.

Mi pasión por el cine me fue descubriendo al desaparecido músico. Su elegancia y sus exquisitas melodías me conquistaron a través de la quincena de películas a las que aportó su talento, entre las que destacan ¿Qué tal, Pussycat?, Dos hombres y un destino y Arthur, el soltero de oro. Pero fue gracias a un pase televisivo de Casino Royale que descubrí la que desde entonces es mi canción favorita, The Look of Love (La mirada del amor), que en la versión doblada sonaba en italiano, en lo que durante mucho tiempo me parecía la voz de Rita Pavone y sin embargo resultó ser la de Mireille Mathieu. Más de cuarenta versiones atesoro de ese tema, desde la original de Dusty Springfield a la que catapultó a la fama a Diana Krall, sin olvidar la de Dionne Warwick, que apenas desaprovechaba en aquella década de los sesenta la oportunidad de cantar los temas de Bacharach y David. Su sensualidad y su elegancia me arrebataron el corazón, y por eso hoy no puedo dejar de rezar esta pequeña oración por la merecida inmortalidad de quien nos ha dejado afortunadamente tras vivir una intensa y maravillosa vida, y evitarnos prescindir de trabajos futuros al estar ya en inactivo desde hace tiempo.

Sin embargo, gozó de un extraordinario revival cuando compuso la canción God Give Me Strength para la película Grace of My Heart en 1996. Elvis Costello la entonó y a partir de ahí dedicó dos álbumes a nuevas canciones de Bacharach. Mike Myers participó también de esa recuperación en sus películas sobre el estrafalario detective Austin Powers, donde para recrear esa extraordinaria y psicodélica década no dudó en echar mano de sus más famosas canciones , como No me volveré a enamorar, Lo que el mundo necesita es amor, Alfie y esa Mirada del amor ya aludida. Y es que aunque americano, Bacharach siempre gozó de un especial y quizás mayor reconocimiento en el Reino Unido. Un concierto en la Casa Blanca hace algo más de una década, con los Obama como anfitriones y un sinfín de estrellas entonando sus canciones, fue una de sus últimas hazañas y satisfacciones, también para quienes adoramos su música.

lunes, 23 de enero de 2023

LOS PREMIOS ASECAN, SIEMPRE EN SU TONO JUSTO


Pertenezco a la Asociación de Escritoras y Escritores de Cine de Andalucía (ASECAN) creo recordar que desde 1991, por lo que prácticamente he asistido a todas sus galas de premios anuales, incluida la primera, cuando era muy joven y me colaba en este y otros eventos. Fue en 1983, en una de las dos pequeñas salas del Cine Corona que se encontraba en la calle Salado, y que constituía el paraíso cinéfilo sevillano de la época. Por entonces solo se entregaban dos premios, mejor película española, que fue a recaer en Demonios en el jardín de Gutiérrez Aragón, y mejor película extranjera, en aquella ocasión Desaparecido de Costa-Gavras. Después se proyectaba la película española ganadora y ahí quedaba todo. En los noventa se potenció su protagonismo, con galas muy recordadas por todos nosotros, como la que se celebró en el ahora llorado por su incierto futuro Cine Cervantes, y que consagró a la actriz y cantante de los treinta Antoñita Colomé, que desde entonces y hasta muy recientemente, prestó su nombre a los galardones de interpretación; o la multitudinaria y nunca más festera que se celebró en el también desaparecido Cine Rialto de Ponce de León, y al que concurrió la plana mayor de la familia Bardem arropando a Pilar, la matriarca, que por su condición de nacida en Sevilla recibió años más tarde el honor de prestarle el nombre a una calle de la capital, que poco después, en un gesto perverso y de muy mal gusto y ejemplo, le quitaron a favor de otra de esas vírgenes tan adoradas en una ciudad que algunos creen ser solo de ellos y ellas. La fiesta continuaba en aquella época en salas emblemáticas de la ciudad, como Catedral en plena Cuesta del Rosario, o Las Dos Orillas, al otro lado del río.

Pero la más recordada de cuantas galas haya celebrado Asecan fue en 2000, cuando se coronó a Solas como mejor película y Juan Diego recibió acompañado por muchos y muchas de las estrellas que le acompañaron en vida, el Premio de Honor. Un entonces completamente desconocido Paco León ejerció de presentadora, travestido de tal forma que confundió a más de uno y una, junto al entonces muy popular dúo Digo Digo Teatro, integrado por José Luis García Pérez y José María Peña. Precisamente coincidiendo con el veinticinco aniversario de la emocionante película de Benito Zambrano, su productor, Antonio Pérez, uno de los grandes baluartes del cine andaluz, recibió en esta última edición de los premios, el de honor, que aprovechó con uno de sus dilatados y pausados discursos, para hablarnos de la pasión por el cine, de la ilusión y el entusiasmo necesarios para hacerlo y, uniéndose a la plana mayor de los galardonados y galardonadas, y al equipo directivo y organizativo de la asociación, agradecer a Juan Antonio Bermúdez su trabajo delante y detrás de ella y en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, así como su talante de inmejorable persona. Y es que precisamente en torno al muy llorado y añorado crítico, gestor y poeta extremeño pero sevillano de adopción, giró esta última edición de los Asecan. Y para no perder su encanto y su estilo, la gala volvió a lucir en su tono justo, esta vez con la seriedad y la solemnidad que la ocasión requería, sin dejar por ello de ser una fiesta pero limitando la comicidad de sus impagables presentadores desde hace ya un puñado de años, los periodistas Marta Jiménez y Rafael Pontes, que se mantuvieron en todo momento respetuosos con el gran homenajeado de la noche, que nos dejó de manera repentina y provocó discursos tan sinceramente emocionados como el de Javier Paisano, que se encargó de la dirección de la asociación cuando esta atravesaba su peor momento, rescatándola en el año 2010 tras siete años de paréntesis.

La madre de Juan Antonio Bermúdez recibe el Premio de Honor póstumo a su hijo

También la madre de Bermúdez tuvo unas breves palabras de emocionado recuerdo cuando recogió el premio de honor póstumo, y cineastas como Bernabé Bulnes, cuando recogió el premio a la mejor dirección novel por La sal de la vida, un exquisito trabajo en torno a la vida en el Cabo de Gata y su entorno natural, leyeron poemas del homenajeado. Todo ello en un formato novedoso para la gala, a imagen de los que de siempre han caracterizando a los Globos de Oro y los muy recientes Feroz, a lo largo de una cena servida en uno de los grandes vestíbulos del Auditorio Fibes, formato que también utilizaban los Oscar en sus primeras ediciones. En este sentido, no dejando de agradecer el esfuerzo y el detalle de optar por este formato, hemos de aclarar que no es el mejor para atender como merecen las lecturas de las nominaciones y los casi siempre emotivos y acertados discursos de los premiados y premiadas. Nada que ver con los tediosos espectáculos a los que nos tienen acostumbradas y acostumbrados los Goya, que tras una treintena de ediciones todavía no han aprendido a escribir guiones amenos e ingeniosos, y se alargan entre agradecimientos superfluos, vacuos y tediosos.


La lista de premios completa se puede consultar en la página web de la asociación. Este año y el pasado son menos, desde que los premios Carmen de la joven Academia de Cine Andaluz, que este año celebran en Almería su segunda edición, se encargaron de los técnicos y artísticos más allá de película documental, cortometraje (este año para el joven Antonio Cuesta y su sensible mirada hacia un padre y su hijo con capacidades diversas en La vida entre dos noches), dirección novel, interpretaciones principales, guion y música, que siguen premiándose por nuestra asociación. También lo siguen haciendo los que nos dan mayores señas de identidad, que son los destinados a mejor libro, difusión del cine, labor informativa, otros formatos e industria, que recayó en la Confederación de Empresarios de Andalucía por su ayuda al sector audiovisual especialmente durante la pandemia, que recogió Luis Picón, director de relaciones con organizaciones y empresas. En el apartado de premios más populares, estaba cantado el triunfo de Modelo 77, cuya nominación coincide también en los Goya, los Forqué y los Carmen, aunque nuestra preferida era la muy sensible y emotiva La consagración de la primavera de Fernando Franco, presente en la gala. La otra gran triunfadora de la noche fue el documental de Laura Hojman A las mujeres de España. María Lejárraga. Por cierto, que ya por fin el nombre de la autora homenajeada en este fino trabajo figura en los créditos de El amor brujo, tras tantas décadas acreditando a su esposo, Gregorio Martínez Sierra, como libretista de la gitanería de Falla. Por su parte reconocemos el talento de la siempre estupenda Natalia de Molina, sin embargo frente a su trabajo en La maniobra de la tortuga, hubiésemos preferido el acertado trabajo de némesis con una despreciable aristócrata ex política que realizó Teresa Arbolí en El mundo es vuestro. Pero si el premio a la actriz de Linares, que envió un video de agradecimiento a pesar de ser una atenta asidua de la gala, sirvió para su acertado y emocionado discurso en recuerdo a las víctimas de la violencia de género, bien recibido sea. Siempre haciendo gala de ese buen gusto y consideración a las circunstancias, la voz rutilante, elegante y perfectamente entonada de Rosie Dee amenizó la velada, con temas de El color púrpura (Miss Celie’s Blues), Casablanca (As Time Goes By) y Cinema Paradiso de los Morricone.

Fotos: Lolo Vasco
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 2 de octubre de 2022

ALICIA ALONSO, HOMENAJEADA Y RECREADA

Mayda Bustamante, dirección general. Orlando Salgado, dirección artística. Liuba Cid, dirección de escena. Dania González, maestra, regidora y asistente de dirección. Rhazil Izaguirre, iluminación. Carlos González, sonido. Con Anett Delgado, Dani Hernández, Sadaise Arencibia, Ányelo Montero, Elizabeth Formento, Tomás Giugovaz, Eva Nazareth y Javier Monier. Teatro de la Maestranza, jueves 22 de septiembre de 2022


Tras un mes entero dedicado a la Bienal que ayer mismo puso fin en los recuperados hangares del puerto de Sevilla, y con el primer concierto de temporada de la Sinfónica como anticipo, el Teatro de la Maestranza por fin inauguró su nueva temporada de manera oficial con un espectáculo dedicado a glosar la figura, el arte y el talento de Alicia Alonso. Un evento concebido muy poco después de que la homenajeada falleciera en octubre de 2019, pero que la pandemia malogró hasta que por fin anoche fue recuperado con lleno prácticamente absoluto del coliseo sevillano.

La danza del siglo XX no se entiende sin la aportación fundamental de esta diva, y mucho menos la historia del prestigioso Ballet Nacional de Cuba, derivado del Ballet de Cuba que ella mismo fundó a partir de su propia compañía de danza, después de una exitosa carrera en teatros de todo el mundo y muy especialmente norteamericanos. Una producción sencilla y eficaz para recorrer su vida artística, apoyada en titulares muy precisos que ayudaron a comprender la importancia de cada número coreográfico elegido y su participación en la evolución artística de esta mítica bailarina. La iluminación también eficaz, sin grandes alardes ni pretensiones, encaminada tan solo a potenciar el relieve y la claridad de los pasos de baile y no enturbiar los fondos digitales que recreaban los distintos espacios dedicados a cada uno de los títulos exhibidos, así como un vestuario dentro absolutamente del protocolo y la costumbre, clásico y tradicional. Todo eso contribuyó a generar un espectáculo solemne y agradecido, quizás algo falto de la pompa que este tipo de encuentros merece y desde luego harto previsible y por momentos incluso monótono. Pero lo más destacado fue la presencia de ocho grandes figuras sobre el escenario. Esto es lo que hizo del espectáculo uno irrepetible y singular, contar con tantas primeras y primeros bailarines deleitando con sus mejores recursos al numeroso público ávido de danza que honró a la mítica figura.

Echamos en falta sin embargo para redondear la propuesta la participación de la orquesta en el foso. Hubiera sido una ocasión única para que nuestra versátil Sinfónica nos hubiese regalado una selección tan magnífica de los más celebrados ballets clásicos, y desde luego su participación hubiera arropado mejor a los y las bailarinas, además de creado una atmósfera más acorde al propósito perseguido. Por descontado que esto hubiese exigido no ya un mayor coste de producción sino un aumento de jornadas de ensayo, pero nos hubiera evitado el distinto color de las grabaciones escogidas, algunas paupérrimas seguramente debido a la escasez de las que existen cuando, por ejemplo, de un La fille mal gardée del alemán Peter Ludwig Hertel se trata.

La herencia de Alonso: Ocho ases sobre el escenario

Concebido como un acto de amor y respeto por quien fue su última pareja artística, Orlando Salgado, ex primer bailarín del ballet Nacional de Cuba, la gran baza del homenaje estuvo en la calidad técnica y expresiva de sus ocho protagonistas, que en parejas fueron recreando las coreografías y los pasos seguidos por la genial danzante. Cuatro primeros bailarines y bailarinas del más prestigioso conjunto de danza latinoamericano, y otras cuatro grandes figuras internacionales invitadas al efecto, hicieron las delicias de un público que tuvo oportunidad de reencontrarse con los grandes puntales del género. La delicadeza y fragilidad de Anett Delgado se encontró con la fuerza hercúlea de Dani Hernández en un emocionante paso a dos según las notas del apasionado adagio de Khachaturian para Espartaco. Tras este sensacional arranque las raíces de Alonso (sus padres eran españoles) se dejaron entrever en la particular versión de Carmen que para ella coreografió su cuñado Alberto Alonso, con la música de Bizet convenientemente adaptada para la ocasión. Quizás hubiera sido preferible una mayor dosis de soberbia y erotismo en la recreación de Sadaise Arencibia, mientras Ányelo Montero rubricó su participación con una extraña pero fascinante mezcla de danza clásica y contemporánea que nos transportó a los años en que Alonso aprendió en Nueva York de la mano de Agnes de Mille ballet y teatro musical.


Los cisnes de Chaikovski aparecieron varias veces, siempre en paso a dos o en solitario, con el número que ideó otro de sus maestros en el American Ballet Theatre, Michael Fokine, La muerte del cisne, que aunque basada en El cisne del Carnaval de los animales de Saint-Saëns, tuvo relación directa con el drama del compositor ruso, y donde Arencibia exhibió unos elegantes y sofisticados movimientos de brazos. Elizabeth Formento convenció como cisne blanco (Odette) en el adagio del segundo acto según Lev Ivanov, con la complicidad de un atlético Tomás Giugovaz, y como cisne negro (Odile) en versión Petipa tamizada por la propia Alonso al final de la velada y con el mismo parteneire, antes de que al ritmo de la música de Chaikovski todos y todas las artistas hicieran un último y sentido saludo bajo la mirada atenta y maternal de una Alicia Alonso bajo una sentimental lluvia de pétalos de rosa. Antes, los aires pastorales de esa Joven mal cuidada que tanta fama dio a la hispanocubana se dejaron disfrutar de la mano de unos joviales y muy expresivos Delgado y Hernández, hasta que la pasión roja española se exhibió de nuevo con Don Quijote de Minkus, con unos enérgicos Eva Nazareth y Javier Monier generando figuras a menudo imposibles.

Giselle y La bella durmiente abrieron la segunda parte. Dos ballets muy significativos para la homenajeada, ya que con su sustitución de Alicia Markova en el título de Adam logró su pasaporte a la fama en 1943, mientras el cuento musicalizado por Chaikovski le permitió bailar con solo once años un espléndido vals en el Antiguo Auditorio de La Habana. De nuevo Delgado y Hernández rubricaron una actuación llena de finura y elegancia en el primer título, y Arencibia y Montero otra más enérgica y apasionada en La bella durmiente, proeza que repitieron Nazareth y Monier en una espléndida y acrobática Coppelia de Delibes. Todo un despliegue de talento y creatividad en un espectáculo en el que quizás echamos también en falta algunos apuntes biográficos que contribuyeran aún más a comprender la importancia de Alonso en el arte del siglo XX en general.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 19 de marzo de 2021

EN RECUERDO DE ANTÓN GARCÍA ABRIL

¿Quién nos iba a decir hace apenas tres días, cuando escribíamos en estas mismas páginas del espectáculo que en torno al film Semana Santa de Manuel Gutiérrez Aragón que organizó el Maestranza a comienzos de esta semana, que el arreglista y adaptador de su banda sonora, Antón García Abril, nos dejaría antes de ayer a los 87 años de edad? Antes de José Nieto o Alberto Iglesias el cine español tuvo un compositor estrella, de esos cuyo nombre parece bordado en oro, que destacó seguramente por encima de otros de su generación como Augusto Algueró o Waldo de los Ríos, más populares quizás que él pero que no atesoraron en su currículo tanta diversidad y excelencia como él. Como fundador del Grupo o Generación del 51, junto a otros insignes compositores como Luis de Pablo o Cristóbal Halffter, jamás abandonó su faceta de compositor quizás mal llamado serio, pero que todos comprendemos su significado, el de música destinada a las salas de concierto, a la investigación y al desarrollo de la cultura. Y aquí tuvimos muchas y buenas muestras de esa faceta suya, ya fuera en conciertos de la Sinfónica de Sevilla (Cantos de Pleamar) o abordando sus innumerables canciones en recitales celebrados entre otros espacios en los Jardines del Alcázar.

Pero fue en la música cinematográfica donde más se popularizó su trabajo y profesionalidad. Aquí mismo, en Sevilla, inauguró los Encuentros de Música de Cine allá por 1986, cuando celebró en el entonces Teatro Álvarez Quintero (ahora Espacio Turina) conciertos en homenaje a Joaquín Turina o a su propia música, el mismo año en el que Georges Delerue dirigió música de Maurice Jaubert. Siempre recordaremos las magníficas sintonías televisivas de García Abril, con especial mención para El hombre y al tierra, de sabor inconfundiblemente africano, pero también en el recuerdo magníficas composiciones para programas como Punto de encuentro, un intento de revitalizar los nexos con la comunidad hispanoamericana tras 300 millones, que dirigió Pedro Macías, o la mítica sintonía de Deportes en TVE a ritmo de galop.

Gran melodista siempre recordaremos sus partituras para series como Fortunata y Jacinta, Anillos de oro, Segunda enseñanza o Ramón y Cajal, y no olvidaremos que antes de que Burt Bacharach ganara el Oscar por Dos hombres y un destino, con sus daba daba daba da de South American Getaway, nuestro compositor ya había experimentado con los coros femeninos en Sor Citroen y El turismo es un gran invento. Como una especie de Morricone nuestro, que también podríamos considerarlo, nos queda la excelente muestra del spaghetti western Adiós, Texas, e incursiones en el giallo como El perro o el terror casposo en La noche de Walpurgis, donde se permitió experimentar con el sonido como hiciera en sus obras de corte más vanguardista. Sin olvidar su larga colaboración con Mario Camus en más de una docena de títulos entre películas y trabajos para la televisión, entre los que destacan Los pájaros de Baden Baden, Los camioneros, La colmena, Los desastres de la guerra o Los santos inocentes, otra destacada incursión en el folclore y la idiosincrasia ibérica.

Aunque sin duda uno de sus trabajos más logrados fue para el telefilm británico Monseñor Quijote, basado en la novela de Graham Greene y con Alec Guinness como protagonista. Sin duda un gran hombre de cultura, un destacado miembro de la comunidad cinematográfica y musical española sobre todo del siglo XX, y una personalidad a recordar y echar de menos para siempre.


viernes, 10 de julio de 2020

REENCUENTRO ESPERADO Y ESPERANZA INCIERTA

Leonor Bonilla
Guardando todas las distancias de seguridad y con mascarilla responsable en boca, así se presentó el público en un Maestranza reabierto para contribuir al Banco de Alimentos de Sevilla, necesitado más que nunca de solidaridad tras estos meses de confinamiento que derivan inevitablemente en una crisis social y humanitaria sin precedentes. En un ambiente enrarecido, que igual invitaba al júbilo y la ilusión tras tantos días sin disfrutar de la música en directo, que plasmaba toda la conmoción y la tristeza del motivo que nos convocaba, homenajear a los y las miles de víctimas de la pandemia así como a todos y todas quienes con su esfuerzo y dedicación han ayudado a paliar sus efectos, empezando por supuesto por el castigado personal sanitario, el evento se desarrolló gracias a la colaboración de teatro e instituciones y la participación solidaria, generosa y desinteresada de sus artistas, siempre con la ciudad como protagonista y leit motiv.

El experimentado periodista local José Luis Losa fue el encargado de conducir con destreza y elegancia este recorrido por algunas de las disciplinas más frecuentes en el coliseo hispalense. Un viaje que arrancó con un anticipo de la Bienal de Flamenco, el que nos brindó Gudalberto García, maestro del mestizaje musical y miembro fundador del mítico Smash, uno de los grupos que firmaron en los setenta del siglo pasado la época dorada del rock andaluz. Con un sitar y el acompañamiento de cuatro estupendos compañeros a la guitarra, la percusión y el sutripeti, otro instrumento hindú, éste en forma de pequeño organillo con fuelle, desplegaron una improvisación del propio García sobre el tema Cuarto menguante, extraído del concierto Duende eléctrico que el músico ha compuesto para la Bienal a partir de la novela La triple diosa de Robert Graves, el autor de Yo, Claudio. Una pieza evocadora y sencilla en la que cabe atisbar tanto el sabor del lejano oriente como el más cercano de nuestro folclore andaluz, todo un alarde de multiculturalidad a la que nuestra tierra siempre ha sido tan propensa. A ellos siguieron el arte al piano del también director de orquesta Carlos Aragón, que gracias a su proverbial versatilidad logró evocar todo lo que durante el confinamiento hemos sacrificado en Sevilla, incluidas la Feria y la Semana Santa. Junto a él, la joven soprano sevillana Leonor Bonilla, algunos de cuyos más notorios éxitos hemos disfrutado en esta sala, entonó con portentosa elegancia y soberbia agilidad Qui la voce sua soave… Vien diletto, aria y cabaletta de I puritani de Bellini, con el temperamento justo Cantares del compositor sevillano Joaquín Turina, y con gracia y desparpajo una exótica Sevillana de Jules Massenet y una desenfadada canción de Manuel García.

Javier Perianes
El Coro de Amigos del Maestranza se encargó bajo la dirección de Íñigo Sampil de entonar tres importantes páginas del repertorio operístico, el Coro a bocca chiusa (boca cerrada) de Madame Butterfly de Puccini, Chi puó vederla de Anna Bolena de Donizetti, y el Coro de Esclavos de la ópera ambientada en Sevilla Fidelio de Beethoven, con el que las voces masculinas, incluidas sensacionales solos de tenor y bajo, lograron una interpretación de alto calibre. El punto y final lo puso la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, que debidamente reducida y guardando las exigidas distancias, lo que incluyó prescindir de la habitual concha acústica en el escenario, y siempre con una luminosa pantalla como fondo que dio mucho juego estético a la velada, recreó el Concierto para piano nº 21 de Mozart, ese que desde 1967, cuando el sueco Bo Widerberg incluyó el atemporal segundo movimiento en su película Elvira Madigan, se conoce con el nombre de la célebre acróbata alemana. Si me equivoco por favor que alguien me corrija, pero creo que nunca antes habíamos visto a Javier Perianes dirigir la orquesta a la vez que asumía la parte solista, ofreciendo una versión técnicamente depurada y expresivamente saneada de la partitura.

Kari Kriikku
Solo un día antes de este singular acontecimiento la ROSS presentaba su temporada, a la que como la del Maestranza, miramos con preocupación por si la falta de sentido y responsabilidad de mucha gente provoca un nuevo estallido de la pandemia y sus indeseables consecuencias. Pero seremos optimistas y aguardaremos con ilusión una temporada marcada por el trigésimo aniversario del teatro y la orquesta, que en el caso de la segunda se traduce en catorce dobles citas divididas por primera vez en dos temporadas de abono, la primera en otoño con aforo y orquesta reducidos y la segunda la del aniversario en todo su esplendor a partir de enero, lo que hace pensar que muy felices se las desean los organizadores de cara a una solución drástica de la pandemia con el mero cambio de calendario. En la otoñal la orquesta se reencontrará con Michel Plasson, que justo aquí celebró su ochenta cumpleaños en octubre de 2013 e inauguró así mismo la temporada 2016-17. Además tendremos ocasión de volver a disfrutar de las batutas del mexicano Carlos Miguel Prieto, que en 2014 hizo un Egmont de Beethoven completo con la participación siempre fresca y agradecida de Ruth Rosique, y del que fuera candidato a dirigir la orquesta antes de que se contratara a John Axelrod, György Rath. Los dos concertinos del conjunto, Paçalin Zef Pavaci y Éric Crambes dirigirán los dos conciertos restantes, con solistas como la soprano Lucía Martín Cartón, a quien vimos en el Amadeus del Lope de Vega y la inauguración del Año Murillo junto a Jordi Savall, o el violista de la ROSS Francesco Tosco. En los atriles la Sinfonía de Gounod, arias de Mozart y Rossini, la Sinfonía Concertante para viola y violín de Mozart, además de su icónica Sinfonía nº 25, las Sinfonías 4 a 6 de Beethoven, o el Homenaje a Lorca de Revueltas y Don Lindo de Almería de Rodolfo Halffter, dos páginas que la ROSS interpreta por primera vez.

Anu Tali
La temporada del aniversario arrancará con una recreación del primer concierto de la Sinfónica en 1991 en el Lope de Vega, de nuevo con Marc Soustrot a la batuta. A partir de ahí un amigo e incansable colaborador de la orquesta, Juan Luis Pérez tomará el relevo dirigiendo a su hijo, el consagrado pianista Juan Pérez Floristán, en los dos conciertos de Ravel, y el director sevillano Rodrigo Tomillo, que en 2016 se puso al frente de la formación en el concierto de clausura del año académico universitario, dirigirá a la violinista japonesa Akiko Suwanai, que ha sido dirigida por Axelrod y Halffter, en el Concierto para violín nº 1 de Prokofiev. En marzo el pianista madrileño de origen cubano Leonel Morales, que debutó en la Sala Manuel García como Leo de María, interpretará bajo la batuta de Pablo González, que en 2017 destacó con una soberbia Octava de Beethoven, el Concierto nº 1 de Brahms, mientras el clarinetista finlandés Kari Kriikku abordará las páginas más atrevidas de la temporada, Ciel d’hiver y el Concierto de Saariaho, dirigido por Ernesto Martínez Izquierdo, que debuta con la ROSS pero a quien vimos junto a la Sinfónica de Navarra en 2012 y ahora dirigirá también la Quinta de Sibelius en un concierto que repetirán un día después en el Palau de la Música Catalana en su siglo de aniversario. Aprovechando su estancia en Sevilla para dirigir Carmen, la joven directora estonia Anu Tali se encargará del sexto programa de este ciclo aniversario, con el Concierto para piano de Clara Schumann como plato estrella a cargo del joven armenio Leon Avagyan, ganador del Premio Maria Canals en 2017, como lo fue en 2018 el ruso Evgeny Konnov, que acompaña a Prieto en el concierto de noviembre que se ofrecerá también en el Festival de Música Española de Cádiz. Nuno Coelho, joven director portugués de extraordinaria proyección internacional, y ganador del Concurso de Cadaqués en 2017, dirigirá al bajo eslovaco Peter Kellner, que fuera Papageno en La flauta mágica también del 17, en las canciones de El cuerno mágico (Des Knaben Wunderhorn) de Mahler, en un concierto en el que también se interpretará por primera vez Les offrandes oubliées de Messiaen, la suite de El caballero de la rosa de Strauss y La valse de Ravel. Sin duda una cita para no perderse, el 17 de junio de 2021. Otra cita ineludible la protagonizará el oboísta y director de la Oviedo Filarmonía Lucas Macías, con el Concierto para oboe de Strauss y la versión completa de El pájaro de fuego de Stravinski. Finalmente, en julio, Juanjo Mena, por primera vez ante la ROSS tras su triunfal periplo norteamericano, dirigirá una Novena de Beethoven que cerrará los festejos por su doscientos cincuenta aniversario, con Raquel Lojendio y Cristina Faus entre sus voces solistas, las mismas que ayer y hoy lo interpretan en Granada.

Un concierto en marzo en Cartuja Center celebrando la música de John Williams y el triste y recientemente fallecido Ennio Morricone, con motivo del Princesa de Asturias de las Artes de este año, y el tradicional de Año Nuevo esta vez bajo la batuta del prestigioso Marc Soustrot antes de inaugurar el ciclo aniversario, además de otro concierto en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla, y las colaboraciones con el Maestranza ya comentadas cuando se presentó su programación, completan una programación en la que no faltarán las diez citas camerísticas en el Espacio Turina, este año con profusión de obras poco difundidas de Beethoven y un guiño también a la música de cine en ese mismo mes de marzo. Que el sentido común, la responsabilidad y el avance de la ciencia consigan que todo este castillo erigido justo cuando el nuevo gerente de la orquesta, el sevillano Pedro Vázquez, ha tomado posesión del cargo, no se venga abajo.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 6 de julio de 2020

MORRICONE VIVE

Con esta portada dedicada a Ennio Morricone en 1990,
de la revista valenciana Música de Cine,
empecé mis colaboraciones con los medios de
comunicación
Ya no será posible disfrutar de la foto soñada por millones de aficionados y aficionadas en todo el mundo a la música de cine, la que habría de reunir a los que seguramente son los dos compositores de bandas sonoras de películas más queridos y admirados, Ennio Morricone y John Williams, como receptores del Princesa de Asturias de las Artes de este año. Aunque gozaba de una relativa buena salud a pesar de sus noventa y un años y medio, el italiano sufrió una fatal caída hace apenas unos días que le fracturó el fémur y derivó en una serie de complicaciones que nos lo ha arrebatado para siempre. Es cierto que ya apenas componía, lo que evitará que tengamos que prescindir de su capacidad creativa y podamos consolarnos con el ingente legado de buena y no tan buena música que nos ha dejado, pero siempre personal e irrepetible. De cualquier forma no es como cuando hace unas semanas nos dejaba el escritor Carlos Ruiz Zafón, en la flor de la vida y con tanto por delante por contarnos, pero ello no impide que hoy sintamos una inexplicable angustia y un doloroso hueco en el corazón, eso que hace inverosímil que alguien con su talento y su trayectoria haya dejado de existir para siempre. El cine y el mundo de las bandas sonoras lloran hoy a quien tomó el legado de maestros como Nino Rota y Mario Nascimbene, creció junto a Armando Trovaioli, Luis Bacalov y Angelo Francesco Lavagnino, e influyó en otros como José Nieto o Nicola Piovani.

El compositor y su esposa recogiendo hace
cuatro años la Estrella del Paseo de la Fama
de Hollywood
Morricone murió donde nació, porque si una cosa caracterizaba su trayectoria fue su infinita fidelidad, a la ciudad de Roma, de la que nunca quiso alejarse, ni cuando las mieles del éxito en Hollywood quisieron tentarle, o a su querida esposa Maria Travia, juntos durante setenta años hasta que la muerte de él les ha separado, y a quien dedicó sus dos Oscar, el primero honorífico y el segundo en competición, por su generosidad y su paciencia, además de por haber sido siempre su compañera ideal incluso en los aspectos más estrictamente profesionales, ya que fue autora de algunas de las letras de canciones basadas en sus banda sonoras, y supervisaba cada partitura antes de que llegara a manos del director. A su esposa la conoció por ser amiga de su hermana y conquistarla a fuerza de acompañarla en el hospital tras sufrir un grave accidente de automóvil. Ahora la ha dejado junto a cuatro hijos, uno de los cuales, Andrea, ha seguido la senda de su padre y es actualmente director de orquesta y autor de algunas bandas sonoras, incluido el celebrado tema de amor de Cinema Paradiso. Por cierto que otro de sus grandes fuertes en relación a la fidelidad son los directores con los que ha trabajado, desde el mítico Sergio Leone que le aportó fama mundial gracias a su Trilogía del Dólar y la trilogía americana de la que Érase una vez en América se considera su obra maestra absoluta, hasta Bertolucci, De Palma, Argento, Pasolini, que aunque no siempre encontraron en él la voz adecuada a sus historias, sí repitieron cuando las circunstancias lo aconsejaron, y sobre todo Giuseppe Tornatore, con quien ha firmado más de una decena de títulos, desde la emotiva Cinema Paradiso a La correspondencia, pasando por Una pura formalidad, La leyenda del pianista en el océano y La mejor oferta.

El año pasado Morricone protagonizó su última gira mundial y a finales de éste debía recoger en Oviedo el Princesa de Asturias de las Artes, compartido con el hasta ahora otro grande superviviente de la etapa dorada de la música de cine, John Williams. Su envidiable capacidad de trabajo ha quedado definitivamente truncada, aunque lejos quedaron también los años en que era capaz de componer casi veinte bandas sonoras en un solo año, hazaña apenas lograda por ningún colega de profesión, y que hicieron su filmografía inabarcable, ni que decir su discografía, inflada además por continuas reediciones que aseguran ser más completas que las anteriores. Hace apenas un mes escribíamos en estas páginas acerca de este genio de la música de cine que también probó fortuna en el apartado de la música seria para concierto, con sus particulares aportaciones al universo de la música contemporánea, a menudo en forma de insinuantes voces femeninas, con motivo de ese galardón tan esperado que viene a sumarse a los Oscar, Globos de Oro, Bafta, Nastro d’Argento, David di Donatello, León de Oro en Venecia o el considerado Nobel de la Música, el Polar Music Prize, logrados a lo largo de su fructífera carrera.

Un número después también dibujé la contraportada
de esta revista especializada
Nos ha hecho disfrutar y soñar muchísimo. Yo mismo empecé a escribir, bien o mal, de estas cosas de la mano de un especialista en su música, Antonio Domíngez, y la revista valenciana Música de Cine que dirigió en la última década del siglo pasado. También de la mano de esta publicación y su admiración incondicional por el maestro romano, tuve la oportunidad de conocerlo y entrevistarlo cuando a finales de siglo celebró su segundo concierto en Sevilla invitado por Carlos Colón y la Fundación Luis Cernuda, que entonces organizaban los Encuentros de Música de Cine. Y me pareció un buen hombre, amable y educado, generoso y sensible, como su música. ¡Qué vacío tan grande dejan los grandes cuando se van! Nos pasó en aquel fatídico verano de 2004 cuando nos dejaron con apenas un mes de diferencia Jerry Goldsmith y Elmer Bernstein, y nos volvió a pasar el año pasado cuando lo hizo Michel Legrand. Con Morricone no he podido evitar las lágrimas, también por John Williams, que se sentirá muy solo y desvalido próximamente cuando en fecha aún por confirmar se entreguen los premios Princesa de Asturias de este fatídico 2020. Pero su música y su recuerdo vivirá para siempre en nuestro corazón.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 6 de junio de 2020

EL PRINCESA DE ASTURIAS VA A MORRICONE Y WILLIAMS

Cuando se conocen noticias como ésta, la concesión del Princesa de Asturias de las Artes a John Williams y Ennio Morricone, se echan de menos aquellos tiempos en los que uno emitía a través de las ondas radiofónicas programas de cine y estrictamente de bandas sonoras, como hacía treinta años atrás en Radio Aljarafe, donde con motivo del Centenario del Cine llegamos a realizar un maratón de música de cine de veinticuatro horas, y más adelante en Radiópolis, donde junto al programa de difusión informativa Alfombra Roja emitíamos otro dedicado solo a la música cinematográfica, Pantalla Sonora. Ahora sería el momento perfecto para dedicar a los dos más grandes compositores de bandas sonoras vivos, Ennio Morricone y John Williams, un par de buenos y generosos ciclos donde apreciáramos la brillante y distinta trayectoria profesional y artística de cada uno.

Como apasionado de este mundo de la música de cine que tantas puertas ha abierto a millones de gente aficionada a la música con mayúsculas, la que denominamos clásica y atesora a los más grandes e influyentes compositores de todos los tiempos, trazar un perfil merecido y meritorio de estas dos significativas figuras se convierte en una responsabilidad además de un inmenso placer. Nos encontramos una vez más ante un reconocimiento que llega si no tarde muy avejentado, cuando ambos artistas cuentan ochenta y ocho (Williams) y noventa y un años (Morricone) de edad. Una constante en este mundo de los reconocimientos y los homenajes. Tiempo hubo para dedicarles toda la atención que merecen, mucho hace que son referentes en su campo y tantos otros. No obstante, en ambos casos cuentan con una dilatada carrera en premios, Oscar, Bafta, David di Donatello o Cesar no se les han resistido, aunque en el caso de Morricone el de Hollywood tardó en llegar y de forma algo errática. Fue junto a Henry Fonda y Paul Newman de los pocos que recibieron un Oscar honorífico a toda la carrera antes de recibir el más preciado en competición. Tanto el primero como el segundo lo recibieron un año después de merecer el honorífico, por En el estanque dorado y El color del dinero respectivamente, mientras Morricone necesitó casi una década para que un título suyo, Los odiosos ocho, de la mano de Tarantino, que nunca ha disimulado su admiración por el compositor romano, lograra el codiciado premio. Williams sin embargo acumula cinco Oscar y un récord en nominaciones, cincuenta y dos, solo superado por Walt Disney. Y no es la única diferencia en dos autores tan dispares y con trayectorias tan distintas, pero que cuentan con legiones de admiradores y admiradoras en todo el mundo.

Las marchas de John Williams

Poco antes de la pandemia que nos ha mantenido confinados y ha alterado nuestra rutina, John Williams celebró en Viena el que quizás hay sido su concierto más ambicionado y emblemático, junto a la orquesta más prestigiosa del mundo y con una solista de excepción, nos referimos a la Filarmónica de Viena y la violinista Anne-Sophie Mutter. Con ella editó hace apenas un año un sensacional registro titulado Across the Stars, como el inspiradísimo tema de amor de El ataque de los clones, y con la emblemática orquesta lanzará en breve otro que recoge este magnífico acontecimiento celebrado en el Musikverein, la icónica sala de los conciertos de año nuevo. Meticuloso en el planteamiento de sus partituras, que nunca deja al azar ni se conforma con completar con arreglos y variaciones sobre un mismo tema, Williams no tiene una filmografía tan frondosa como Morricone, hay pocos artistas que la tengan, pero son muchas sus bandas sonoras que han alcanzado una popularidad extrema, especialmente sus marchas e himnos. ¿Quién no reconoce los pegadizos temas principales de Superman, Indiana Jones, Parque Jurásico o La guerra de las galaxias? ¿Quién no se ha emocionado con el vuelo de Elliot y E.T. gracias fundamentalmente a la excitante y emotiva música de John Williams? ¿Quién no se ha conmocionado con ese violín que Itzhak Perlman hace llorar al ritmo de La lista de Schindler? Todos son logros de un compositor que probó fortuna en todas las vertientes musicales que su formación y talento le permitieron hasta llegar a ser el más popular de los compositores de música sinfónica que hoy existen.

Tras un largo periplo que abarcó prácticamente toda la década de los años cincuenta del pasado siglo, en el que Williams participó en algunas de las orquestas y big bands más importantes de Estados Unidos, el compositor empezó a edificar una carrera como autor de bandas sonoras partiendo de influencias muy identificables del momento, especialmente Henry Mancini, cuya sombra le persiguió hasta bien avanzada la década siguiente. Son los años de partituras como Código del hampa, remake dirigido por Don Siegel en 1964 de la película de Robert Siodmak Forajidos, que emula sin disimulo los títulos iniciales de Sed de mal, o toda una serie de comedias que firmó como Johnny Williams, entre las que se incluyen Bachelor Flat, Bromas con mi mujer… no, Penélope o Guía para el hombre casado, donde alternaba el toque pop con reminiscencias del Barroco, como estaba de moda entonces, clave incluida, y añadía canciones a cargo de grupos populares de la época. De esa época basta comparar Two Lovers, el tema de amor de Cómo robar un millón y…, con cualquiera de las canciones de Mancini en cuyas bandas sonoras participó como pianista. Pero también en películas de aventuras como El señor de Hawaii y Todos eran valientes se aprecia la influencia del autor de La pantera rosa, paradójicamente responsable de la desaparición del estilo sinfónico que había cultivado Hollywood desde el inicio del cine sonoro, y que Williams se ocuparía de recuperar en los setenta como legado para toda una generación de compositores de cine que van de James Horner a Alan Silvestri pasando por Bruce Broughton, Danny Elfman o James Newton Howard por citar solo algunos.

Aunque comenzó a cultivar ese estilo sinfónico tan característico suyo en títulos como Una dama entre vaqueros de 1966 o Los rateros de 1969, donde se aprecia además una de sus influencias más notorias, la de Aaron Copland y el amplio y singular sinfonismo genuinamente americano del que Los cowboys constituye el ejemplo más significativo, no fue hasta la siguiente década que afianzó esa tendencia, especialmente de la mano de Irwin Allen, al que conoció como productor de algunas de las series de ciencia ficción a las que puso música la década anterior, como Perdidos en el espacio o El túnel del tiempo. La aventura del Poseidón y dos años después El coloso en llamas lo especializaron en catástrofes, añadiéndose Terremoto y Tiburón, que cuando se estrenó se catalogó en este género, aunque con el tiempo haya perdido toda etiqueta para convertirse en un clásico incontestable. Precisamente fue esa la película que inauguró la cadena de éxitos que disfrutó con su relación más fructífera, la que mantiene con Steven Spielberg, solo interrumpida en 1985 cuando el director prefirió un compositor afroamericano para El color púrpura, y en 2015, cuando por motivos de agenda tuvo que sustituirle Thomas Newman en El puente de los espías. El otro gran pilar de su carrera cinematográfica lo constituye la saga de las galaxias, cumpliendo a lo largo de más de cuarenta años el cometido de ponerle música a cada uno de los títulos que la integran, y que hoy constituye sin duda el bloque sinfónico más ambicioso y dilatado compuesto recientemente. Es ahí donde mejor se perfila ese estilo hollywoodiense basado en autores clásicos como Wagner o Strauss además de los grandes compositores de la edad de oro del cine, como Korngold o Waxman. Mientras, cultivó también otro de perfiles más vanguardistas, a menudo atonal con aires de Ligeti, en películas como Encuentros en la tercera fase, quizás uno de sus títulos más fascinantes, así como otro estilo más intimista y reposado en películas como El turista accidental, una de sus más bellas y contenidas partituras. Otras han sido vehículos perfectos para el virtuosismo individual, como Las brujas de Eastwick, El patriota o La terminal, y todas cuentan con un trabajo de orquestación que las sitúan entre lo mejor y más meticulosamente compuesto para el cine de los últimos cincuenta años.

Williams ha desglosado además una prolija carrera como director, especialmente frente a la Boston Pops, o lo que es lo mismo la Sinfónica de Boston cuando interpreta programas populares, y como compositor de música de concierto, con piezas para violín, flauta, violonchelo, oboe o trompeta, y solistas de la talla de Mutter, Perlman, Isaac Stern, Gil Shaham o Yo-Yo Ma, así como directores como Dudamel han confiado en su talento. Piezas para Juegos Olímpicos, programas de televisión y eventos culturales y humanitarios en todo el Mundo completan su valioso repertorio.

Ennio Morricone, el prolífico

Dos veces ha visitado Morricone nuestra ciudad, y siempre de la mano de los llorados Encuentros de Música de Cine. En mayo de 1988 tocó en el Lope de Vega junto a la Orquesta y Coro Nacionales de España, y en 1999 los protagonizó con dos conciertos de cámara acompañado de sus incondicionales Gilda Buttá al piano, Luca Pincini al violonchelo y Paolo Zampini a la flauta, y otro de música orquestal con la Sinfónica de Sevilla y solistas de renombre como Dulce Pontes y Angelo Branduardi. Aunque su carrera como compositor abarca prácticamente los mismos años que la de Williams, el número de sus composiciones es manifiestamente mayor. Más de medio millar de bandas sonoras, más de veinte en algunos años de las décadas de los sesenta y setenta, entre películas, telefilms, series y documentales. Una extensísima y fatigosa carrera que inició como arreglista de grandes voces de la canción popular italiana, como Gino Paoli, Gianni Morandi, Jimmy Fontana o Mina, que más tarde se extiendió también a internacionales como Joan Baez, Paul Anka o más recientemente Amii Stewart. Posee además un interesante catálogo de música contemporánea en el que se atisba un autor más comprometido y atrevido con los dictámenes de la música de vanguardia, aunque los resultados no siempre vayan de la mano de la calidad exigida.

La de Morricone es una carrera de géneros, del spaghetti-western que le dio popularidad con Segio Leone y su trilogía del dólar (Por un pulado de dólares, La muerte tenía un precio, El bueno, el feo y el malo), luego revalidada con la trilogía americana (Hasta que llegó su hora, ¡Agáchate, maldito!, Érase una vez en América) y muchos más que compuso para directores como Sergio Corbucci, con Los compañeros a la cabeza, paradigma de la desvergüenza desplegada por el autor en muchas de sus partituras. También el giallo o terror alla’italiana, especialmente de la mano de Dario Argento (El pájaro de las plumas de cristal, El gato con nueve colas) y el policiaco francés (El clan de los sicilianos, El marginal), así como la comedia picantona al estilo de Supongamos que una noche, cenando… y su famosa bossa nova, o directamente erótica, como Maddalena, así como el cine de denuncia social y política que tanto proliferó en la Italia de aquellos setenta, como Investigación de un criminal libre de toda sospecha o La clase obrera va al paraíso. Algunos descubrimos a Morricone a través de melodías tan hermosas como la que compuso para Por las antiguas escaleras, luego inmortalizada por Dulce Pontes en un conmovedor Barco abandonado, mientras otros lo hicieron de la mano de dos grandes creadores como Bertolucci (Novecento, Antes de la revolución, La tragedia de un hombre ridículo) o Pasolini (Las mil y una noches, El Decamerón, Saló o los ciento veinte días de Sodoma), o más recientemente el sentimental Giuseppe Tornatore, a quien le debemos la sensible y popular Cinema Paradiso, la sobria Una pura formalidad o la inquietante La mejor oferta.

Hollywood tardó algo en rendirse a sus pies, y lo hizo con obras memorables como Días del cielo de Terence Malick, su primera nominación al Oscar, Los intocables de Eliot Ness, primera de sus colaboraciones con Brian de Palma, La cosa de John Carpenter, una de las bandas sonoras más enigmáticas del cine de ciencia ficción de los ochenta, o Bugsy de Barry Levinson. Pero sin duda es La misión de Roland Joffé la película que le proporcionó mayor rédito, convirtiéndose en una de las bandas sonoras más vendidas de todos los tiempos, donde combinó sinfonismo tradicional e inspirado melodismo típicamente morriconiano con percusión étnica y coros religiosos, con resultados ciertamente espectaculares. Aquel era un Oscar cantado que le arrebató un icono del jazz afroamericano, Herbie Hancock, por coordinar y arreglar los temas incluidos en la banda sonora de Alrededor de la medianoche de Bertrand Tavernier. Quentin Tarantino se convirtió prácticamente desde su primera película en ferviente admirador de Morricone, incluyendo en casi todas sus bandas sonoras algún título extraído de sus múltiples spaghetti westerns, hasta que en Django desencadenado logró que le compusiera una canción original, y en Los odiosos ocho que se hiciera cargo de su primera banda sonora íntegramente original, lo que le valió por fin el Oscar en competición, nueve años después de merecer uno honorífico. El Princesa de Asturias, dos años después de celebrar su última gira internacional, se une ahora a un excelente palmarés y una vida extraordinaria que ha dejado un legado indeleble y proporcionado, como Williams, toneladas de placer a melómanos y melómanas de todo el mundo.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 26 de mayo de 2020

SAUL BASS: CIEN AÑOS DE CRÉDITOS Y MÚSICA

Hace tiempo que los títulos de crédito, cuya atención sigue siendo una seña de identidad de cualquier cinéfila o cinéfilo que se precie, se postergaron al final de la película, dejando para el último momento la posibilidad de resolver las dudas sobre el reparto o el equipo técnico que hubiéramos podido albergar a lo largo de la proyección. A pesar de eso en la mayoría de los casos, y muy especialmente cuando se trata de films épicos o espectaculares, se suele cuidar mucho su aspecto e impacto, y a veces se combinan con secuencias de desarrollo y resolución de la trama con el fin de que el público, siempre inquieto por abandonar la sala como si le fuera la vida en ello, mantenga su atención al menos en los créditos principales, antes de que comience a avanzar el rodillo con los cada vez más interminables títulos finales, que suelen concluir con una de las secciones más apreciadas por la afición, la relación de temas musicales utilizados a lo largo del film.

Que los créditos son veneno para la audiencia lo saben muy bien en la televisión, donde montadores y realizadores con implacables con los créditos finales, que repetimos son hoy los únicos existentes, arrancados de cuajo casi desde el momento en el que empiezan a salir, no vaya a ser que el espectador o espectadora se canse y cambie inmediatamente de canal. Con este fin se ha suprimido también desde hace tiempo la publicidad entre programas, sobre todo entre películas, que nos las sirven del tirón, sin tregua ni para respirar. Esto es un problema, como tantos otros, de educación: Es más fácil dar lo que se pide que educar en otras necesidades. Pero lo más escandaloso es cuando la cinta mantiene créditos iniciales, los tradicionalmente conocidos como letreros, y algunas televisiones en abierto optan por sesgarlos para entrar directamente en acción. Son temas que deberían quedar de una vez por todas zanjados con una legislación eficiente sobre derechos de autor y propiedad intelectual, pero que desgraciadamente siguen ahí, provocando una sucesión interminable de horrores y ofensas artísticas y culturales.

Con esta coyuntura celebramos el pasado 8 de mayo el centenario de uno de los más reconocidos artistas gráficos del séptimo arte, Saul Bass, cuyos trabajos para el medio siguen siendo hoy objeto de estudio y admiración, posiblemente junto a los de Maurice Binder, cuyo sello para la serie James Bond ha permanecido indeleble hasta nuestros días a pesar de haber cambiado naturalmente de manos. Es tal la creatividad que permite desarrollar al artista unos buenos títulos de crédito, que nuestro cine empezó a cuidarlos sobre manera desde finales del pasado siglo, en títulos de Almodóvar, Martínez Lázaro, Gerardo Vera o Díaz Yanes por citar solo algunos, hasta el punto de que algunos incluso abogamos por instaurar en los premios de la Academia una categoría para ellos, desmarcándonos así por lo menos en una parte del habitual palmarés impuesto por los Oscar y todos los premios que en el mundo les han seguido. Algo parecido se atrevieron a hacer los Feroz, que sí tienen una categoría reservada al menos a los pósters publicitarios, tan relacionados con el apartado que nos ocupa.

Relacionado con grandes del Cine

Aún recordamos con satisfacción la espléndida exposición sobre carteles de Saul Bass que se celebró en el Círculo de Bellas Artes de Madrid a finales de 2012 y principios de 2013. Precisamente uno de sus trabajos más sobresalientes lo encontramos en los créditos finales de West Side Story, film que se adelantó en unas cuantas décadas a la costumbre actual de no incluir títulos al inicio sino solo al final. Aunque se encargó de la misteriosa secuencia de la obertura, en la que unas simples líneas sobre un fondo de cambiante color va derivando poco a poco en la reconocible silueta del sur de Manhattan desde el aire, lo que realmente llama la atención son los grafittis murales en los que consumada la tragedia podemos leer todos los participantes artísticos y técnicos del legendario musical de Robert Wise y Jerome Robbins. Lo de reservar todo el diseño de los títulos para el final ya lo había practicado Bass en otra espectacular y oscarizada película cinco años antes, La vuelta al mundo en 80 días, todo un alarde de diseño gráfico facilitado por la enorme cantidad de estrellas que aparecían en la cinta, y que Bass volvería a tener el placer de disfrutar varios años después en la sobredimensionada y agotadora comedia de Stanley Kramer El mundo está loco, loco, loco, loco.

En sus años de estudiante Bass asimiló especialmente el estilo Bauhaus y el constructivismo ruso, sobre todo de la mano de György Kepes, que fue profesor suyo en Brooklyn. Estas influencias se perciben notablemente en sus excelentes y personales trabajos para el cine. A finales de los años cuarenta se mudó a Los Angeles, donde fundó su propio estudio de publicidad. Su primer trabajo para el cine fue el cartel de El ídolo de barro, una película de boxeo dirigida por Mark Robson e interpretada por Kirk Douglas. A partir de ahí acaparó la atención de Otto Preminger, que se convertiría en su auténtico mecenas a raíz del póster y los títulos de crédito de Carmen Jones, una adaptación al cine del musical que a partir de la ópera de Bizet había realizado Oscar Hammerstein II, el letrista habitual de Richard Rodgers, con quien compondría musicales legendarios como El rey y yo, Oklahoma o Sonrisas y lágrimas. Un año después atraería la atención de Robert Aldrich, que contaría con él para The Big Knife, y de Billy Wilder, que le encargaría los coloristas créditos de La tentación vive arriba. Pero su verdadero sello lo encontraría ese mismo año en El hombre del brazo de oro, también de Preminger, con esos monigotes desarticulados y esos grafismos duros y violentos que danzaban al ritmo de la música de Elmer Bernstein, cuya banda sonora marcó también un hito en la época, al incluir ya decisiva y contundentemente el jazz en el cine.

Solo tres años después Saul Bass firmaría una de las relaciones más fructíferas y creativas de su carrera, con Hitchcock y tres obras maestras absolutas y consecutivas, Vértigo, Con la muerte en los talones y Psicosis. Imposible desgajar del resto del film la impresión que provocan las figuras que ruedan hipnóticamente sobre fondo rojo en el film protagonizado por Kim Novak, ni las inquietantes líneas sobre verde que se van paulatinamente convirtiendo en la vidriera de un rascacielos de Manhattan en la trepidante cinta protagonizada por Cary Grant, o las angustiosas líneas en blanco y negro que van y vienen de forma nerviosa y amenazante en el clásico del terror, de cuya antológica escena de la ducha se encargó también del story board, a pesar de que el maestro del suspense lo negara. No olvidemos que Bass colaboró también con Kubrick, en los títulos de arranque de Espartaco bajo las marciales notas de Alex North, o en el póster publicitario de El resplandor, por citar un par de ejemplos.

Grandes bandas sonoras que potencian la creatividad

La inmensa mayoría de estos irrepetibles trabajos gráficos tuvieron en parte una buena inspiración en las excelentes partituras a las que acompañaron, desde la más popular de las óperas en el caso de Carmen Jones, a las tres magníficas bandas sonoras de Bernard Herrmann para Hitchcock, la serpenteante e hipnótica Vértigo, el trepidante fandango de Con la muerte en los talones, y el inquietante y tremolante andante con moto de Psicosis solo para cuerdas. Pero Bass acompañó también el excelente score a la americana de Jerome Moross para Horizontes de grandeza de William Wyler, un tema icónico del western, la multicultural y melódicamente inspirada música de Victor Young para La vuelta al mundo en 80 días, los majestuosos y ardientes títulos de Éxodo bajo la épica y también antológica partitura de Ernest Gold, cuyo tono inspiraría también la que Maurice Jarre compuso dos años después para Lawrence de Arabia, o el trepidante jazz que acompañaba a Anatomía de un asesinato de la mano de Duke Ellington y a La gata negra de la de Elmer Bernstein. Podríamos seguir con la majestuosidad de Moross en El cardenal, cuyos títulos se intercalan en las calles y escaleras del Vaticano que recorre su protagonista, Tom Tryon, el emocionante desfile de grandes estrellas que surge sobre un fondo ondulante de la bandera americana en Tempestad sobre Washington, con la sensacional e inolvidable música de Jerry Fielding añadiendo elegancia y dignidad al conjunto, los desasosegantes títulos de la versión de Scorsese de El cabo del miedo, ilustrados con la inquietante música que Herrmann había compuesto treinta años antes para la versión original, o el elegante y hasta empalagoso patchwork de flores y encajes con los que se iniciaba La edad de la inocencia, también de Scorsese, al ritmo del Fausto de Gounod, dentro de una banda sonora en la que Elmer Bernstein desplegó toda su sensibilidad y buen gusto.

En muchos de estos títulos colaboró su esposa Elaine, con quien dirigió algunos cortometrajes, llegando a ganar él miso un Oscar por su corto documental Why Man Creates de 1968. Como diseñador de imágenes corporativas que también fue, con trabajos para los Juegos Olímpicos de Los Angeles 1984, United Airlines, Minolta o Warner Communications, Saul Bass no limitó sus trabajos para el cine a créditos y cartelería, sino que también aplicó su arte y su talento en el diseño de los rótulos de películas como Big o Al filo de la noticia, ya al final de una carrera que culminó con su fallecimiento el 25 de abril de 1996.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía