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| 20 años del Coro de Amigos del Maestranza |
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| Niente "freddo" ne anche "immobile" |
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| Una "stanza" muy informada históricamente |
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| Detalle del ensayo De izquierda a derecha Comparato, Luciano, Angelini y Girolami |
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| 20 años del Coro de Amigos del Maestranza |
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| Niente "freddo" ne anche "immobile" |
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| Una "stanza" muy informada históricamente |
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| Detalle del ensayo De izquierda a derecha Comparato, Luciano, Angelini y Girolami |
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| David Lagares |
Es cierto que Rovira, otra vez brillante como maestro de ceremonias, se quejó de que ninguno de los candidatos a presidente del gobierno - todos menos Rajoy presentes en el evento - hubiera dedicado apenas espacio a la cultura en sus programas electorales. Pero su presencia y el respeto ofrecido al cine español sirvieron para paliar esa deficiencia, más en el caso de Iglesias, un gesto sobresaliente por insólito y talentoso. Por lo demás la gala transcurrió ágil y enérgica, más para quienes estamos familiarizados con las películas y cineastas convocados, con un Dani Rovira excelente, momentos emotivos, un incesante desfile de gente exhibiendo su respeto a la siempre quejosa industria cinematográfica española, aunque algunos se sigan dando mucho bombo en cuanto al esfuerzo desplegado para sacar adelante sus proyectos, y presencias de enorme categoría que dieron al 30ª aniversario de los premios un sabor muy especial. Entre los asistentes nada más y nada menos que Penélope Cruz, Tim Robbins, Mario Vargas Llosa, Ricardo Darín, Javier Bardem y Juliette Binoche; si hasta vino el productor de Mustang a recoger el premio a la mejor película europea, por fin no tuvo que hacerlo el distribuidor español. La fiesta del cine merece glamour y así lo supo entender Pablo Iglesias. Seguro que el guaperas y presumido Pedro Sánchez se arrepintió de no llevar al menos corbata; se coló subestimando a la gente del cine.
Nada mejor que el título de la novela en la que se basa esta película, El precio de la sal, elegido por su autora para eludir las consecuencias de la censura, para averiguar cuál es la intención intelectual que subyace bajo el amargo y a la vez dulce relato de la escritora, que es la misma consigna que ha motivado seguramente a Todd Haynes para adaptarla al cine. Es el precio que hay que pagar en una sociedad castradora como la que refleja el drama, pero también el que aún persiste en nuestro civilizado mundo, para conseguir la felicidad, la realización como persona y el paseo por esta tan a menudo desdichada vida para que lo sea menos, con el efecto contagiador que sin duda eso conlleva para todos y todas quienes nos rodean. Desde Extraños en un tren de Hitchcock a Las dos caras de enero de Hossein Amini, muchas son las novelas de Patricia Highsmith que se han llevado al cine, pero casi todas bajo el género del suspense, con su personaje favorito en películas como El talento de Mr. Ripley de Anthony Minghella y El amigo americano de Wim Wenders también a la cabeza. Carol sin embargo es un melodrama romántico y generacional inspirado en apuntes biográficos. A nadie le escapa que bajo la joven e ingenua dependienta que le valió el premio a la mejor actriz en Cannes a una Rooney Mara a lo Winona Ryder, que se mueve en un ambiente bohemio merced a su inquietud como fotógrafa, se esconde la propia Highsmith, que también fue dependienta antes de convertirse en famosa e irrepetible escritora. También ella experimentó la seducción de una atractiva clienta de clase alta y vivió una sexualidad ambigua a lo largo de su vida. La historia de Therese y Carol va sin embargo más allá y nos habla de la renuncia para reclamar una mayor tolerancia y comprensión con el fin de que estos sacrificios no sean necesarios y de alguna manera todos salgamos ganando en nuestras relaciones personales y familiares. Todd Haynes, que de un cine experimental e independiente en títulos como Veneno, Safe y Velvet Goldmine, pasó a otro más domesticado y tradicional, aunque sin perder su sello personal, repite parcialmente la estrategia que le llevó hace trece años a dirigir Lejos del cielo: una historia imposible de rodar en los cincuenta abordada con el estilo de esa época. Pero mientras en el título protagonizado por Julianne Moore toda su estética, fotografía, música y hasta títulos de crédito, emulaba a los clásicos de Douglas Sirk, en Carol se limita a ambientar la historia en un Nueva York, en realidad Cincinnati, de los cincuenta, con el ojo más bien puesto en la pintura, especialmente un Edward Hopper incuestionable en interiores y encuadres, todos de una perfección y una intencionalidad portentosas con el fin de profundizar no sólo en la epidermis de un drama sexual contundente, sino también en su psicología y sufrimiento existencial. A eso se prestan excelentemente las dos actrices protagonistas, cuyo juego de miradas, significativamente presente en el cartel que hemos elegido para ilustrar esta crónica, apenas tiene reflejo en otros títulos memorables como La amistades peligrosas. Gracias al trabajo interpretativo, y también al vestuario, el maquillaje y la peluquería, Blanchett, que ya trabajó con Haynes en I'm Not There dando vida a Bob Dylan, se muestra tan fascinante y seductora como se le describe en la novela, llevando sobre sus hombros un generoso porcentaje de la elegancia y la sobriedad que destila el film. Lástima que el cine y la literatura redunden en describir estos personajes homosexuales tan atractivos, relegando a papeles secundarios a mariquitas y camioneros, para la gracieta de turno. Es una constante con la que tenemos que seguir lidiando, quién sabe si para mostrar con encanto una realidad que sigue espantando a tantas personas aún hoy en día. También la música de Carter Burwell, en más de un pasaje deudora del estilo Philip Glass, contribuye a la sobriedad y la elegancia de este producto, reportándole tras cuarenta años de carrera su primera nominación al Oscar, una categoría generalmente asociada a la importancia de la película a la que ilustra en el ránking de nominaciones, a las que ésta aspira a seis, incluidas sus protagonistas, vestuario, fotografía y su delicado guión, segundo escrito por Phyllis Nagy, cuyo anterior trabajo, un telefilm protagonizado por Ben Kingsley y Annette Benning en 2005, Mrs. Harris, dirigió ella misma.
Esta es la séptima vez que Rocky Balboa aparece en pantalla. El personaje de boxeador creado por Sylvester Stallone en 1976 a su imagen y semejanza, y que le valió dos nominaciones a los Oscar como mejor actor y guionista, reaparece en esta ocasión como secundario determinado a conseguir que el hijo ilegítimo de su gran contrincante en la primera entrega, Apollo Creed, e impulsador involuntario de su carrera, se convierta así mismo en un destacado púgil. Dirigida por el director afroamericano Ryan Coogler, que obtuvo hace un par los premios a la mejor película y el del público en Sundance con Fruitvale Station, que no se ha estrenado en nuestro país, Creed ha protagonizado este año, junto a Straight Outta Compton y Concussion (La verdad duele), la polémica sobre la ausencia de artistas de color en la inminente entrega de los Oscar; en el caso de ésta sólo Stallone ha sido reconocido. Despreciado durante toda su carrera como un actor pésimo y laureado ahora hasta lo imposible por su caracterización como el personaje que le hizo famoso en horas decadentes, lo cierto es que como otros compañeros de género y profesión, Stallone se ha limitado a prestar su físico para el tipo de papeles de hombre duro y de acción que se le demandaban, y lo ha hecho bien, como corresponde al tipo en concreto. Cuando ha intentado labrarse un prestigio como actor de carácter en títulos como F.I.S.T. o Evasión o victoria, tampoco ha desmerecido, únicamente fracasando cuando se ha atrevido con la comedia en películas como Oscar o ¡Alto o mi madre dispara!, por lo que tampoco es que su buen hacer en Creed resulte tan sorprendente. Por otro lado no es que se trate de una interpretación memorable más allá de la propia leyenda del personaje y la determinación del cineasta que lo hizo posible, quizás lo que más reconocimiento merezca. Por lo demás nos encontramos ante un film bien hecho, bien contado, que repite esquemas y tópicos sobre el esfuerzo y la determinación, y que poco o nada aporta ni a la saga ni al subgénero deportivo ni por supuesto al cine en general, más que puro entretenimiento. Si bien destacamos el mensaje de colaboración y solidaridad que expide en el diseño de la relación entre el joven boxeador al que da vida dignamente Michael B. Jordan y su mentor y entrenador, aportándose cada uno la fuerza necesaria para lograr sus objetivos en la gesta deportiva y en la enfermedad. Los personajes femeninos se limitan a meros objetos decorativos cuya presencia quizás sólo se justifique para aportar algo más de emoción al inevitable combate final, ni que decir tiene que estupendamente rodado, con uso de los mejores recursos tecnológicos posibles y una acertada y espectacular utilización del sonido. Stallone ha envejecido mejor que su personaje, al que ver subir con dificultad las míticas escaleras de Filadelfia que hoy llevan su nombre, se convierte en el momento más nostálgico y mitológico de la función. El compositor Ludwig Göransson recupera el espíritu de la legendaria partitura de Bill Conti, añadiendo heroicidad a una historia ya de por sí generosamente épica.
Una película entre las favoritas de la Academia para los premios que se entregan el próximo fin de semana, La novia, una obra de teatro en el Central (El público), una ópera recién estrenada en el Real sobre el mismo texto, y ahora un espectáculo de la popular soprano vasca; hay autores a los que de tanto revivirlos corren el peligro de morir por saturación. Reconozco que acudía con muchos prejuicios a este recital de Ainhoa Arteta, y sin embargo acabé rindiéndome ante tan entretenido espectáculo, tan bien estructurado y con tantos giros y sorpresas, sin apenas superar los niveles justos de estridencia propios de estas singulares propuestas. La capacidad de la artista para convocar se tradujo en un lleno absoluto, si no fuera por esas butacas de protocolo despreciadas, y una aglomeración como no se veía desde hace mucho de rostros conocidos del mundo de la política, la cultura y la sociedad locales.