martes, 9 de febrero de 2016

UN BARBERO CON MUCHO SALERO

El barbero de Sevilla, de Gioacchino Rossini. Libreto de Cesare Sterbini. Giuseppe Finzi, dirección musical. José Luis Castro, dirección escénica. Carmen Laffón, Juan Suárez, Ana María Abascal y Jacobo Cortines, escenografía, vestuario y asesoramiento literario e histórico. Juan Manuel Guerra, iluminación. Intérpretes: Davide Luciano, Michele Angelini, Marina Comparato, Renato Girolami, Dmitry Ulyanov, David Lagares, Susana Cordón, Jorge de la Rosa, Antonio Andrés Lapeña. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro de la A.A. del Teatro de la Maestranza. Producción del Teatro de la Maestranza. Teatro de la Maestranza, lunes 8 de febrero de 2016

20 años del Coro de Amigos del Maestranza
Funciones de ópera como ésta no pueden más que generar afición. Cuando todo funciona tan o casi tan bien, en el aspecto musical y en el estrictamente teatral, la empresa está inequívocamente llamada al éxito. No logro recordar la impresión que me causó esta producción del Maestranza cuando la vi en su primera reposición, apenas un año después de su estreno absoluto, en marzo de 1998. No fue con las míticas voces de Nucci y Raimondi que acompañaron a tan sonado estreno, pero fue la misma propuesta saludada casi por unanimidad como la producción de ópera ambientada en Sevilla más fiel a la ciudad y su idiosincrasia, incluida esa admiración absoluta por la luz que tanto se asemejaba a la que podemos disfrutar en estas latitudes de la península ibérica, y que sin duda debió ser influencia directa de su escenógrafa Carmen Laffon, conocida como la pintora de la luz. Pero no logro recordar que me causara una honda impresión más allá que la que provocan las cosas bonitas.

Niente "freddo" ne anche "immobile"
El carácter detallista de sus decorados y vestuario, rigurosos e históricamente documentados, hacía presagiar pocas esperanzas habida cuenta el carácter eminentemente bufo de este título rossiniano, lo que parece case mejor con vestuarios grotescos y escenarios conceptuales, al extremo opuesto de la oferta de Castro y Laffón. Tampoco convencía a priori la razón de recrear Sevilla como era en aquella época, dado que ambientar óperas en nuestra ciudad debía ser más una licencia exótica que estrictamente argumental. Sin embargo una dirección escénica modélica, divertida, ágil y jubilosa pero sin estridencias fuera de lugar, y la complicidad total de un reparto en estado de gracia obró el milagro y finalmente podemos saludar ésta como una producción lírica modélica y memorable, ejemplo claro de que teatro clásico no necesariamente tiene que ser rancio. Es posible que en este tiempo alejado del teatro que dirigió durante sus primeros años de recorrido, José Luis Castro haya perfeccionado su oficio y lo que entonces no me encandiló ahora me haya provocado una felicidad considerable que continúa extendiéndose varias horas después de abandonar la sala. La razón, más allá del preciosismo escénico y su excelente iluminación – la de la habitación de música del segundo acto es exacta a la que entra por nuestras ventanas a primeras horas de una mañana primaveral –, tenemos que encontrarla en esa extraordinaria dirección escénica en la que todos los elementos de la gran comedia encajan a la perfección y todos los intérpretes se sintieron inequívocamente involucrados hasta las cejas, sin olvidar su magnífico acabado musical.

Una "stanza" muy informada históricamente
Desde un foso más elevado y por lo tanto más visible de lo habitual, Giuseppe Finzi imprimió de energía y vitalidad la inmejorable partitura de Rossini, con staccati firmes y decididos y crescendi apabullantes en un contexto en el que la orquesta respondió a la perfección, sin fisuras de ningún tipo, y lo que es mejor, sin caer nunca en el mal gusto ni el esperpento. Algo extensible al buen hacer canoro del reparto en general, aunque en algunos pasajes los instrumentos afectaron a la proyección de Michele Angelini, un Almaviva/Lindoro divertido y desenfadado, con agilidades vocales considerables y un exquisito y sorprendente gusto para modular, pero que evidenció menos volumen del conveniente. Como se optó por una edición crítica más larga que la más común, Angelini sorprendió casi al final con Ah il piú lieto!, cuya música está directamente extraída de La Cenerentola. Davide Luciano puede que no entonara un Largo al factotum memorable, pero su descaro y chulería sumadas a un poderoso torrente vocal hicieron de él un sensacional Fígaro, desplegando incluso su habilidad para fandanguear a la guitarra en una de las serenatas del primer acto. Marina Comparato comenzó acusando demasiado vibrato, como se apreció en Una voce poco fa, algo que corrigió rápidamente para que ya sólo primara su dominio de la coloratura, su timbre sedoso y su incansable energía.

Detalle del ensayo
De izquierda a derecha Comparato, Luciano, Angelini y Girolami
Renato Girolami encarnó con nobleza el objeto de las burlas de todo el elenco, luciendo un ejemplar fraseo y una indiscutible vis cómica, aunque entonara con pudor su trabalenguas en A un dottore della mia sorte. Dmitry Ulyanov, al que nos hemos acostumbrado a ver en papeles más siniestros, demostró una enorme versatilidad encarando a Don Basilio con evidente dosis de sorna y ese poderoso timbre que le caracteriza, brillando en su aria de lucimiento, la de la calumnia. En papeles secundarios también destacaron Susana Cordón, impecable en su aria de Berta, el joven onubense David Lagares, al que deseamos se le vayan confiando poco a poco más papeles de enjundia, y el bajo Jorge de la Rosa, integrante de la plantilla de un coro que ha celebrado así de bien su veinte cumpleaños, y que como siempre estuvo estupendo, aunque fuera precisamente en los cuadros de gentío donde la dirección escénica de Castro flaqueara un poco. Ahora quizás convendría revisar Las bodas de Fígaro que produjo también el Maestranza a las órdenes de Castro un par de temporadas después, y completar así con sello hispalense las dos de tres partes que Beaumarchais dedicó al barbero sevillano embrollón y bravucón.

domingo, 7 de febrero de 2016

CLASICISMO DE SALÓN EN EL QUINTO PROGRAMA DE MÚSICA DE CÁMARA DE LA ROSS

5º concierto de la XXVI Ciclo de Música de Cámara de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Viena Desván: Jill Renshaw y Branislav Sisel, violines. Luis Miguel Díaz, viola. Alice Huang, violonchelo. Matthew Gibson, contrabajo. David Lagares, bajo. Programa: Selene del tuo fuoco non mi parlar, de Sperger; Cuarteto nº 5, de Albrechtsberger; Divertimento para viola, violonchelo y contrabajo, de M. Haydn; Solo cuarteto nº 3, de Hofmeister; Per questa bella mano, de Mozart. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, domingo 7 de febrero de 2016

David Lagares
Imposible sustraerse a los numerosos encantos de este quinto programa de música de cámara de la Sinfónica. Integrado por un puñado de músicos contemporáneos de Mozart que sirven para contextualizar el genio incomparable del compositor salzburgués, servidos con aplomo y elegancia y el valor añadido del joven bajo onubense David Lagares, un valioso preludio a su participación en El barbero de Sevilla que repone el Maestranza, y del que ya disfrutamos la temporada pasada como Masetto en otra reposición de ambientación hispalense, Don Giovanni.

El brillante contrabajista de la ROSS Matthew Gibbon hizo de maestro de ceremonias en un programa en la que su participación resultó crucial, debiendo alternar dos instrumentos distintos según la afinación exigida, pues se dio la particularidad de que algunas de las obras interpretadas exigían del más grave de los instrumentos de cuerda un registro intermedio más próximo al violonchelo e incluso la viola. Estructurado cíclicamente, el concierto se abrió y cerró con arias cantadas por Lagares con enorme exquisitez y elegancia, magnífico gusto para modular y apianar y una autoridad vocal no exenta de momentos dulces y sedosos, especialmente en la que cerró el programa, la romántica declaración de amor Per questa bella mano de Mozart donde el contrabajo se tuvo que emplear a fondo con complejas escalas, así como en la propina también de Mozart Io ti lascio o cara addio.

En el centro un Divertimento del hermano más joven de Haydn, Michael, amigo íntimo de Mozart, a quien durante un tiempo se le atribuyeron algunas de sus obras. Un diálogo algo desequilibrado entre Luis Miguel Díaz a la viola y Alice Huang al violonchelo, arbitrado con éxito por el continuo de poderoso cuerpo de Gibbon. Encuadrándolo dos originales cuartetos, uno de Albrechtsberger muy interesante como ejercicio de armonía y contrapunto, y otro del editor Hofmeister, en los que el contrabajo ejerció de voz principal con un registro más agudo de lo normal, lo que entrañó alguna dificultad de afinación y modulación que el oficiante salvó con pericia, derivando en una muy agradable sesión musical evocadora de los más suntuosos salones austriacos de finales del ochocientos.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

EL ESMOQUIN DE PABLO IGLESIAS EN LOS GOYA

Acostumbrados a verle con una indumentaria absolutamente informal, incluso cuando acude a reuniones con el Rey, a todos y todas nos sorprendió ver al líder de Podemos vestir esmoquin y pajarita en la gala de entrega de los premios de la Academia del Cine Español. Pero mientras la mayoría lo critica como siempre, considerándolo paradójico en alguien que se salta el protocolo con la Constitución, el monarca y las demás instituciones del Estado, otros lo vemos como una rendición de pleitesía a la cultura española, tan denostada y hasta ultrajada por quienes nos han gobernado durante los últimos cuatro años. Iglesias supo poner en valor, expresión tan de uso común en los últimos tiempos, la cultura española, y le prestó la categoría que merece, no como quienes dentro del propio negocio prefieren exhibir falsa progresía a toda costa, traducida en indumentarias a veces tan informales que más bien son de mal gusto. Bravo por Iglesias, un gesto de respeto hacia el cine que ni siquiera otros que viven de él, como Luis Tosar, tuvieron el talento de reproducir. Éste en concreto aseguró en la alfombra roja desconocer las veces que ha sido nominado o ganado el Goya, ¿se lo pueden creer? Yo no. Y no contento, volvió a exhibir desprecio en la ceremonia, quizás alarde de falsa humildad, asegurando que sus tres, porque son tres, Goyas los tiene en casa de su madre.

Es cierto que Rovira, otra vez brillante como maestro de ceremonias, se quejó de que ninguno de los candidatos a presidente del gobierno - todos menos Rajoy presentes en el evento - hubiera dedicado apenas espacio a la cultura en sus programas electorales. Pero su presencia y el respeto ofrecido al cine español sirvieron para paliar esa deficiencia, más en el caso de Iglesias, un gesto sobresaliente por insólito y talentoso. Por lo demás la gala transcurrió ágil y enérgica, más para quienes estamos familiarizados con las películas y cineastas convocados, con un Dani Rovira excelente, momentos emotivos, un incesante desfile de gente exhibiendo su respeto a la siempre quejosa industria cinematográfica española, aunque algunos se sigan dando mucho bombo en cuanto al esfuerzo desplegado para sacar adelante sus proyectos, y presencias de enorme categoría que dieron al 30ª aniversario de los premios un sabor muy especial. Entre los asistentes nada más y nada menos que Penélope Cruz, Tim Robbins, Mario Vargas Llosa, Ricardo Darín, Javier Bardem y Juliette Binoche; si hasta vino el productor de Mustang a recoger el premio a la mejor película europea, por fin no tuvo que hacerlo el distribuidor español. La fiesta del cine merece glamour y así lo supo entender Pablo Iglesias. Seguro que el guaperas y presumido Pedro Sánchez se arrepintió de no llevar al menos corbata; se coló subestimando a la gente del cine.

REVERSO Un thriller errático y tramposo

España 2015 93 min.
Guión y dirección Carlos Martín Fotografía Luis Ángel Pérez Música Francesc Gener Intérpretes Iván Hermés, Raúl Mérida, Elena Ballesteros, Sara Sálamo, Mariana Cordero, Javier Villalba, Nelson Dante, Maximiliano Márquez, El Chojín, Ignacio Amorós
Estreno 5 febrero 2016

Quienes hace una década vieron El zulo, un thriller sobre un secuestrado y su supervivencia durante largo tiempo en un pequeño habitáculo cavado en la tierra, escribieron elogios sobre el estilo y el ingenio de su director, Carlos Martín, que luego anduvo perdido en la televisión, donde creó y dirigió sin éxito un telefilm, Código 60, y una serie, Olmos y Robles, siempre con la investigación criminal como leit motiv. Su regreso ahora al cine no puede ser más desesperanzador, con otro thriller de bajo presupuesto al que se le ven las costuras y que juega con la paciencia y la buena voluntad del espectador hasta provocar su exasperación. La figura del hermano perverso y maquiavélico ha dado mucho juego en el cine, con títulos memorables como El otro, ¿Qué  fue de Baby Jane?, Canción de cuna para un cadáver o Inseparables, y otros respetables como El buen hijo; pero para llevar a buen puerto un material tan complejo, en el que además se ilustran temas muy delicados relacionados con la infancia, el trauma, la inocencia y la pérdida de ésta, hay que manejar un talento del que Carlos Martín carece por mucho que quiera emular al esteticista David Fincher. Sus formas abruptas nos conducen al disparate y el absurdo más inverosímil y ajeno a todo rigor dramático en más de una ocasión. Para cuando todo cobra sentido, y casi llega a justificar todas las barbaridades de que hemos sido testigos a lo largo de su desesperante hora y media de duración, es demasiado tarde y uno no puede evitar sentirse tan engañado como manipulado. El realizador se esfuerza en dejar algunas claves sueltas a lo largo de su errática estructura argumental, pero con tan poca pericia que no logra encubrir la gran trampa que encierra su pomposo artilugio criminal. Para colmo las interpretaciones son vergonzantes, llenas de gestos forzados y exagerados, y la música enfática tampoco ayuda demasiado. Lástima, porque pese a tratarse de una función de saldo, sus recursos están bien aprovechados, y su trama podría haber dado lugar a una fascinante historia de dependencia y calvario psicológico.

sábado, 6 de febrero de 2016

CAROL Amor y sacrificio con glamour

USA-Reino Unido 2015 118 min.
Dirección Todd Haynes Guión Phyllis Nagy, según la novela “The Price of the Salt” de Patricia Highsmith Fotografía Edward Lachman Música Carter Burwell Intérpretes Cate Blanchett, Rooney Mara, Sarah Paulson, Kyle Chandler, Jake Lacy, Cory Michael Smith, Carrie Brownstein, John Magaro, Kevin Crowley, Trent Rowland Estreno en el Festival de Cannes 17 mayo 2015; en Reino Unido 27 noviembre 2015; en Estados Unidos 15 enero 2016; en España 5 febrero 2016

Nada mejor que el título de la novela en la que se basa esta película, El precio de la sal, elegido por su autora para eludir las consecuencias de la censura, para averiguar cuál es la intención intelectual que subyace bajo el amargo y a la vez dulce relato de la escritora, que es la misma consigna que ha motivado seguramente a Todd Haynes para adaptarla al cine. Es el precio que hay que pagar en una sociedad castradora como la que refleja el drama, pero también el que aún persiste en nuestro civilizado mundo, para conseguir la felicidad, la realización como persona y el paseo por esta tan a menudo desdichada vida para que lo sea menos, con el efecto contagiador que sin duda eso conlleva para todos y todas quienes nos rodean. Desde Extraños en un tren de Hitchcock a Las dos caras de enero de Hossein Amini, muchas son las novelas de Patricia Highsmith que se han llevado al cine, pero casi todas bajo el género del suspense, con su personaje favorito en películas como El talento de Mr. Ripley de Anthony Minghella y El amigo americano de Wim Wenders también a la cabeza. Carol sin embargo es un melodrama romántico y generacional inspirado en apuntes biográficos. A nadie le escapa que bajo la joven e ingenua dependienta que le valió el premio a la mejor actriz en Cannes a una Rooney Mara a lo Winona Ryder, que se mueve en un ambiente bohemio merced a su inquietud como fotógrafa, se esconde la propia Highsmith, que también fue dependienta antes de convertirse en famosa e irrepetible escritora. También ella experimentó la seducción de una atractiva clienta de clase alta y vivió una sexualidad ambigua a lo largo de su vida. La historia de Therese y Carol va sin embargo más allá y nos habla de la renuncia para reclamar una mayor tolerancia y comprensión con el fin de que estos sacrificios no sean necesarios y de alguna manera todos salgamos ganando en nuestras relaciones personales y familiares. Todd Haynes, que de un cine experimental e independiente en títulos como Veneno, Safe y Velvet Goldmine, pasó a otro más domesticado y tradicional, aunque sin perder su sello personal, repite parcialmente la estrategia que le llevó hace trece años a dirigir Lejos del cielo: una historia imposible de rodar en los cincuenta abordada con el estilo de esa época. Pero mientras en el título protagonizado por Julianne Moore toda su estética, fotografía, música y hasta títulos de crédito, emulaba a los clásicos de Douglas Sirk, en Carol se limita a ambientar la historia en un Nueva York, en realidad Cincinnati, de los cincuenta, con el ojo más bien puesto en la pintura, especialmente un Edward Hopper incuestionable en interiores y encuadres, todos de una perfección y una intencionalidad portentosas con el fin de profundizar no sólo en la epidermis de un drama sexual contundente, sino también en su psicología y sufrimiento existencial. A eso se prestan excelentemente las dos actrices protagonistas, cuyo juego de miradas, significativamente presente en el cartel que hemos elegido para ilustrar esta crónica, apenas tiene reflejo en otros títulos memorables como La amistades peligrosas. Gracias al trabajo interpretativo, y también al vestuario, el maquillaje y la peluquería, Blanchett, que ya trabajó con Haynes en I'm Not There dando vida a Bob Dylan, se muestra tan fascinante y seductora como se le describe en la novela, llevando sobre sus hombros un generoso porcentaje de la elegancia y la sobriedad que destila el film. Lástima que el cine y la literatura redunden en describir estos personajes homosexuales tan atractivos, relegando a papeles secundarios a mariquitas y camioneros, para la gracieta de turno. Es una constante con la que tenemos que seguir lidiando, quién sabe si para mostrar con encanto una realidad que sigue espantando a tantas personas aún hoy en día. También la música de Carter Burwell, en más de un pasaje deudora del estilo Philip Glass, contribuye a la sobriedad y la elegancia de este producto, reportándole tras cuarenta años de carrera su primera nominación al Oscar, una categoría generalmente asociada a la importancia de la película a la que ilustra en el ránking de nominaciones, a las que ésta aspira a seis, incluidas sus protagonistas, vestuario, fotografía y su delicado guión, segundo escrito por Phyllis Nagy, cuyo anterior trabajo, un telefilm protagonizado por Ben Kingsley y Annette Benning en 2005, Mrs. Harris, dirigió ella misma.

miércoles, 3 de febrero de 2016

CREED. LA LEYENDA DE ROCKY Elegante revisitación de un mito cinematográfico

Título original: Creed
USA 2015 132 min.
Dirección Ryan Coogler Guión Ryan Coogler y Aaron Covington Fotografía Maryse Alberti Música Ludwig Göransson Intérpretes Michael B. Jordan, Sylvester Stallone, Tessa Thompson, Rhylicia Rashad, Will Blagrove, Juan-Pablo Veza, Andre Ward, Tony Nellew, Philip Greene, Manny Ayala, Rupal Pujara Estreno en Estados Unidos 25 noviembre 2015; en España 29 enero 2016

Esta es la séptima vez que Rocky Balboa aparece en pantalla. El personaje de boxeador creado por Sylvester Stallone en 1976 a su imagen y semejanza, y que le valió dos nominaciones a los Oscar como mejor actor y guionista, reaparece en esta ocasión como secundario determinado a conseguir que el hijo ilegítimo de su gran contrincante en la primera entrega, Apollo Creed, e impulsador involuntario de su carrera, se convierta así mismo en un destacado púgil. Dirigida por el director afroamericano Ryan Coogler, que obtuvo hace un par los premios a la mejor película y el del público en Sundance con Fruitvale Station, que no se ha estrenado en nuestro país, Creed ha protagonizado este año, junto a Straight Outta Compton y Concussion (La verdad duele), la polémica sobre la ausencia de artistas de color en la inminente entrega de los Oscar; en el caso de ésta sólo Stallone ha sido reconocido. Despreciado durante toda su carrera como un actor pésimo y laureado ahora hasta lo imposible por su caracterización como el personaje que le hizo famoso en horas decadentes, lo cierto es que como otros compañeros de género y profesión, Stallone se ha limitado a prestar su físico para el tipo de papeles de hombre duro y de acción que se le demandaban, y lo ha hecho bien, como corresponde al tipo en concreto. Cuando ha intentado labrarse un prestigio como actor de carácter en títulos como F.I.S.T. o Evasión o victoria, tampoco ha desmerecido, únicamente fracasando cuando se ha atrevido con la comedia en películas como Oscar o ¡Alto o mi madre dispara!, por lo que tampoco es que su buen hacer en Creed resulte tan sorprendente. Por otro lado no es que se trate de una interpretación memorable más allá de la propia leyenda del personaje y la determinación del cineasta que lo hizo posible, quizás lo que más reconocimiento merezca. Por lo demás nos encontramos ante un film bien hecho, bien contado, que repite esquemas y tópicos sobre el esfuerzo y la determinación, y que poco o nada aporta ni a la saga ni al subgénero deportivo ni por supuesto al cine en general, más que puro entretenimiento. Si bien destacamos el mensaje de colaboración y solidaridad que expide en el diseño de la relación entre el joven boxeador al que da vida dignamente Michael B. Jordan y su mentor y entrenador, aportándose cada uno la fuerza necesaria para lograr sus objetivos en la gesta deportiva y en la enfermedad. Los personajes femeninos se limitan a meros objetos decorativos cuya presencia quizás sólo se justifique para aportar algo más de emoción al inevitable combate final, ni que decir tiene que estupendamente rodado, con uso de los mejores recursos tecnológicos posibles y una acertada y espectacular utilización del sonido. Stallone ha envejecido mejor que su personaje, al que ver subir con dificultad las míticas escaleras de Filadelfia que hoy llevan su nombre, se convierte en el momento más nostálgico y mitológico de la función. El compositor Ludwig Göransson recupera el espíritu de la legendaria partitura de Bill Conti, añadiendo heroicidad a una historia ya de por sí generosamente épica.

lunes, 1 de febrero de 2016

EL CABARET LORQUIANO DE AINHOA SUPERSTAR

Recitales líricos. Ainhoa Arteta, soprano. Rubén Fernández Aguirre, piano. Programa: La voz y el poeta. Homenaje a Federico García Lorca (canciones de Gª Lorca, Gª Abril, Gª Morante, Gª Leoz, Montsalvatge y Ortega). Teatro de la Maestranza, domingo 31 de enero de 2016

Una película entre las favoritas de la Academia para los premios que se entregan el próximo fin de semana, La novia, una obra de teatro en el Central (El público), una ópera recién estrenada en el Real sobre el mismo texto, y ahora un espectáculo de la popular soprano vasca; hay autores a los que de tanto revivirlos corren el peligro de morir por saturación. Reconozco que acudía con muchos prejuicios a este recital de Ainhoa Arteta, y sin embargo acabé rindiéndome ante tan entretenido espectáculo, tan bien estructurado y con tantos giros y sorpresas, sin apenas superar los niveles justos de estridencia propios de estas singulares propuestas. La capacidad de la artista para convocar se tradujo en un lleno absoluto, si no fuera por esas butacas de protocolo despreciadas, y una aglomeración como no se veía desde hace mucho de rostros conocidos del mundo de la política, la cultura y la sociedad locales. 

Arteta domina la escena y explota los tópicos lorquianos, desde su indumentaria - blanca como los pueblos de la comarca, negra como Bernarda Alba y roja como la pasión que se asocia a nuestra tierra - hasta su postureo, excesivo en más de una ocasión, como en esa nana de García Abril o El lagarto está llorando de Montsalvatge, pero regalándonos momentos para la posteridad en un impecable Los cuatro muleros, un precioso y muy sentido Romance de la luna de Miquel Ortega, unas encantadoras canciones del cinematográfico García Leoz, y su sensualísimo careo con la bailaora que la acompañó en dos de las canciones españolas antiguas del propio Lorca, y que con su taconeo completó el exquisito trabajo de Rubén Fernández Aguirre. El pianista se ha convertido en un imprescindible de la lírica española gracias a la delicadeza y el mimo que imprime en un acompañamiento respetuoso y a la vez revelador, sensible, elegante y de una calidad extrema, casi impresionista. Los habituales interludios instrumentales necesarios para descansar y relajar la voz fueron en esta ocasión sustituidos por recitativos grabados con la voz imponente de Rabal y entrañable de Alberti.

Arteta conserva esa voz nítida y bien modulada que le permite seguir luciendo palmito en los mejores escenarios operísticos del mundo, con poderosos agudos y puntualmente espléndidos pianissimi, mientras en la zona media acusa una emisión menos natural, más impostada. Es cierto que es exagerada en su tratamiento del drama y el color, sin que por eso llegue a conmover más, pero se le agradece el cariño que mantiene hacia nuestra ciudad, a la que brindó uno de sus momentos más osados, cuando se atrevió con la Habanera de Carmen, fuera de su tesitura, descalza por el pasilllo central de la platea, repartiendo carantoñas para deleite de quienes pudimos verla tan de cerca y apreciar su incontestable belleza.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía