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lunes, 7 de octubre de 2024

CARMEN DE ISRAEL GALVÁN: ANÁLISIS DE UN MITO


Coincidiendo con el ciento cincuenta aniversario del estreno de Carmen de Bizet, el Maestranza abre y cierra su temporada con sendos espectáculos sobre este mito femenino y español visto desde fuera. El broche de oro lo pondrá Elina Garança dando vida a la cigarrera. Mientras tanto, ha sido el bailaor y coreógrafo Israel Galván quien ha tenido el honor de estrenar temporada, un día después de cerrar con el mismo espectáculo la Bienal de Flamenco. Ya a la entrada fuimos avisados de que esto era un montaje cien por cien Israel Galván, que llevaba su sello. Como nunca habíamos asistido antes a un espectáculo del bailaor, no sabíamos muy bien lo que nos querían decir. Lo nuestro era disfrutar con la selección que la Real Sinfónica de Sevilla, bajo la dirección una vez más de una mujer, y van cuatro seguidas, la finlandesa Maria Itkonen, tenía preparada de la ópera, y con las atribuladas voces de Nancy Fabiola Herrera, José Bros y Ángel Ódena, fieles y habituales colaboradora y colaboradores del Maestranza.

Efectivamente, nada más arrancar la famosa obertura, Galván hizo ya su aparición pertrechado con lo que parecían objetos de tienda de bromas y disfraces, con un baile algo arrítmico y disparatado, parecía que se mofase del clásico galo. Poco a poco fuimos entendiendo que todas sus aportaciones estaban perfectamente estudiadas como un ensayo sobre un mito que a la larga ha hecho más daño que favor a la mujer, tanto como se ha enarbolado la bandera de la libertad cada vez que se ha hablado del personaje.


Tan reveladores como el baile casi cómico de Galván fueron las coplas seleccionadas para alternarse con los números más icónicos de la partitura de Bizet. Una extraordinaria María Marín se hizo dueña del cuadro flamenco, cantando y tocando a la guitarra piezas tan señaladas como el pasodoble Carmen de España o la copla Falsa moneda, dejando clara la vocación mitómana del personaje, más cerca del cliché que de la realidad de la época, así como su carácter ninfómano, algo que más ha estigmatizado a la mujer que servido de seña genuina de libertad. Si encima a la magnífica cantante, cantaora y guitarrista le toca la difícil misión de cantar Baga Biga Higa, que aunque compuesta en 1969 por Mikel Laboa, su texto procede del acervo popular vasco a menudo identificado con el mundo de las hechiceras, como atestigua su uso en Las brujas de Zugarramurdi de Álex de la Iglesia, ya tenemos el conjunto de cualidades perfecto con el que la historia ha manchado y vilipendiado a las mujeres, asociado en este caso al mito de Carmen.

El montaje de Israel galván sigue respetuosamente la narración de Bizet, intercalando en su dialéctica algunos de los números más reconocibles de la ópera, que Nancy Fabiola Herrera no sólo cantó con extremo cuidado, una voz profunda y atractiva y una extraordinaria capacidad para proyectar y modular con exquisito gusto, sino que además se atrevió a acompañar al baile, por supuesto de forma discreta pero muy eficaz, a la estrella de la función, quien solo se permitó enfrentarse al flamenco clásico con indumentaria más seria y sobre tarima mientras Marín punteaba el evocador interludio del tercer acto. Mientras, muy bien de tono, con ese singular timbre que le caracteriza y considerable potencia, José Bros acompañó a Herrera como también lo hizo, con voz algo más tremolante  pero igualmente potente y bien proyectada, Ángel Ódena como Escamilla.

Los cuatro, flamenca y líricos, formaron un cuadro flamenco de lo más singular. Pero lo más impactante estaba por llegar, cuando después del crimen de Don José, un coro de hombres al más puro estilo nórdico (Mieskuoro Huutajat de Oulu), levantó su particular grito de guerra, con el amor posesivo y autoritario como reclamo, mientras Galván culminaba su particular ritual de cuernos y desamor sobre un escenario negro, parcialmente iluminado y eficazmante articulado para lograr que nos rindiésemos a su propuesta, al principio descabellada, después tan oportuna como atrevida, pero nunca como pudiera pensarse, provocativa. Sólo buena ópera, buen teatro y mucho talento.

Fotos: Luis Pascual



miércoles, 9 de noviembre de 2022

ROBERTO DEVEREUX Y LA MUJER ARAÑA

Ópera de Gaetano Donizetti. Libreto de Salvatore Cammarano, según la obra “Elisabeth d’Angleterre” de François Ancelot. Yves Abel, dirección musical. Alessandro Talevi, dirección escénica. Madeleine Boyd, escenografía y vestuario (Reposición: Anna Bonomelli). Matthew Haskins, iluminación (Reposición: Teresa Nagel). Maxine Braham, movimiento coreográfico. Con Yolanda Auyanet, Ismael Jordi, Franco Vassallo, Nancy Fabiola Herrera, Alejandro del Cerro, Javier Castañeda y Ricardo Llamas. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro Teatro de la Maestranza. Íñigo Sampil, director. Producción de la Welsh National Opera. Teatro de la Maestranza, martes 8 de noviembre de 2022


Los supuestos amores entre Isabel I de Inglaterra y el Conde de Essex han dado mucho juego a la literatura y el cine, convirtiendo la mayoría de las veces hechos históricos de considerable relevancia en un folletín romántico con altas dosis de intriga y venganza, con La vida secreta de Elizabeth y Essex que dirigió Michael Curtiz en 1939 y protagonizaron Bette Davis y Errol Flynn como claro exponente, por cierto con música de Erich Wolfgang Korngold ilustrándola. La ópera de Donizetti culmina su conocida como trilogía de las reinas, pero si bien Ana Bolena inició su carrera internacional, María Estuardo y Roberto Devereux constituyeron sendos fracasos en su momento, que no remontaron hasta los años setenta del pasado siglo. Desde entonces han ido entrando paulatinamente en el repertorio, si bien lejos todavía de los títulos más recurrentes, dejando de considerarse eso que llaman ópera rara. El Maestranza culminó anoche su apuesta por dicha trilogía con esta producción de la Ópera Nacional de Gales, responsable también en coproducción de La traviata que vimos el pasado mes de julio.

La puesta en escena del sudafricano Alessandro Talevi es austera y oscura, pero eso no debería ser un obstáculo para resultar más atractiva y convincente. Una producción sencilla no tiene que estar reñida con una mayor capacidad para sugerir e incluso sugestionar. La de Talevi no lo consigue con sus estrecheces y decorados de tramoya, menos aun con soluciones tan infantiles como proyectar en un acuario siluetas de araña e insectos que subrayen la amenazante personalidad de la reina insatisfecha. Mejor resultó el trabajo de iluminación, capaz de proyectar milagrosas sombras sobre la vidriera frontal. También nos convencieron las cadenas que sujetan al desdichado conde en el último acto, emulando rayos de luz que dan a la escena un aspecto psicodélico al que también se une el elocuente vestuario, fuera de toda época, que firma Madeleine Boyd, por otro lado responsable igualmente de la discutida escenografía. La carroza en forma de tarántula que la reina monta en el segundo acto, y que tanto se parece al artilugio mecánico que Kenneth Branagh conduce en Wild Wild West para luchar contra Will Smith, subraya aun más su maquiavélica y despechada personalidad en forma harto ridícula.


Estupenda propuesta en lo musical

En ese contexto escenográfico denunciado brilla sin embargo de forma especial la música. La partitura de Donizetti es un regalo para los amantes del bel canto, y una tortura o mejor un reto para las voces. Generosa en melodías, con una continua sucesión de arias, cavatinas, cabaletas, dúos, escenas de conjunto y suntuosos coros, ofrece multitud de oportunidades para todos y todas las implicadas, incluida la orquesta, que en manos del experto director canadiense Yves Abel sonó con todo su brillo y esplendor. Abel supo mantener en todo momento el equilibrio perfecto con las voces, sin sacrificar por ello volumen y presencia, que lució ya desde una Sinfonía apabullante y decididamente elegante y conmovedora. El resto fue trabajo y esfuerzo al servicio de tan variada partitura, y sobre todo de la acción y los personajes. Al trabajo espléndido de la orquesta hay que unir la magnífica aportación, una vez más, del coro, aprovechando especialmente su momento más lucido, el coro con el que arranca el segundo acto, con tanta mesura como elocuencia y una portentosa musicalidad.


Para la ocasión se ha apostado por un elenco prácticamente español, a excepción del barítono italiano Franco Vassallo, que fue quien más aplausos y vítores acumuló a lo largo de la representación. Con su Duque de Nottingham acertó tanto en interpretación como en expresividad canora, tan noble en la primera mitad como furioso en la segunda, a lo que adaptó su registro y tesitura con loable flexibilidad y sin traicionar la homogeneidad de su línea de canto. Con todo nuestro cariño y admiración por el tenor jerezano, hemos de admitir que la interpretación de Ismael Jordi a nivel actoral fue muy decepcionante, con expresión permanente de espanto y movimientos espasmódicos. Pero en el tercer acto, cuando tuvo ocasión de brillar como imponente cantante, tan lleno de dulzura como de elegancia y buen gusto, así como exhibiendo una proyección generosa y unos agudos refulgentes, lo aprovechó en todo su esplendor, redimiéndose de todo lo anterior. En su breve cometido como Lord Cecil, el tenor cántabro Alejandro del Cerro se adaptó con notable soltura a su rol y ofreció un canto del todo punto de vista solvente. Nancy Fabiola Herrera tuvo ya desde el principio ocasión de lucirse en la cavatina All’afflitto è dolce il pianto, tan afín a su contemporánea Norma de Bellini. Pero así como mantiene toda su fuerza en la zona alta y su aterciopelado timbre, y continúa siendo capaz de sobrecogedores agudos así como de controlar perfectamente la respiración, por abajo su voz sin embargo tiende a esfumarse. Nada que objetar a la aportación de la también canaria Yolanda Auyanet, reina portentosa, autoritaria, enérgica y brillante, tanto a nivel actoral como vocal, comedida para no resultar histriónica pero sin por ello renunciar al carácter y la fuerte personalidad que derrocha su personaje. Para ella era un reto enfrentarse a tan complicado papel, y vaya si lo consiguió, como si de una montaña rusa se tratara, tan vertiginosa como conmovedora según tocaba. Orquesta y voces salvaron y equilibraron a favor de la excelencia la decepcionante puesta en escena.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 20 de marzo de 2021

ARTETA, HERRERA Y MACÍAS: SOBERBIO ESPECTÁCULO A TRES

Recital lírico. Ainhoa Arteta, soprano. Nancy Fabiola Herrera, mezzosoprano. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Lucas Macías, dirección. Programa: Preludios, arias, dúos y romanzas de Saint-Saëns, Charpentier, Offenbach, Puccini, Verdi, Ponchielli, Chueca, Guerrero, Barbieri, Giménez, Bernstein y Balbastre. Teatro de la Maestranza, viernes 19 de marzo de 2021


Un mes después del espléndido recital de Mariola Cantarero e Ismael Jordi, el Maestranza volvió a encandilarnos con un espectáculo a la altura de un gran teatro de la ópera, esta vez además con el lujo añadido de contar en el escenario, gracias a la colaboración de Antea Prevención, con la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Apenas unos días después de verlas juntas en televisión, en el primer programa de la nueva temporada del talent show Prodigios, Arteta otra vez como miembro del jurado y Herrera como invitada suya, las dos divas demostraron que merecen el calificativo con un derroche de talento extraordinario y una capacidad para hacer espectáculo solo al alcance de pocas estrellas. La sintonía entre ellas estuvo además avalada por una extraordinaria participación del joven oboísta y director de orquesta onubense Lucas Macías, capaz de extraer de nuestra orquesta un brillo y una suntuosidad solo al alcance de las batutas más sensibles y experimentadas.

En efecto, ya desde la Bacanal de Sansón y Dalila el joven de Valverde del Camino exhibió una enorme capacidad para conseguir que cada plano sonoro estuviera en su sitio, percibiéramos con claridad las texturas y matices de la partitura y vibráramos con el destello de voluptuosidad y erotismo que expide la música de Saint-Saëns. Prometieron una velada de alta temperatura y desde luego las piezas que la enmarcaron lograron con creces su cometido. Siguiendo el esquema clásico de pieza instrumental, aria o romanza alternada para cada voz, dúo y vuelta a empezar, el Intermezzo del segundo acto de Manon Lescaut de Puccini sonó en manos de Macías melancólico y profundamente sentimental, de un lirismo exacerbado y conmovedor, mientras en el Preludio de El bateo de Chueca fue capaz de transmitir todo el sabor costumbrista madrileño que rezuma la partitura sin excesos ni salidas de tono, de igual forma que logró captar el estilo cómico y alegre, en una línea eminentemente rossiniana, que Bernstein imprimió en la famosa Obertura de Candide. Y no digamos el extremado mimo y consideración con que se lanzó a acompañar a las dos divas este flamante fichaje de la Orquesta Ciudad de Granada.

Dos grandes personalidades

Vinimos a escuchar voces y vaya si salimos satisfechos y satisfechas. Arteta comenzó algo irregular, con roces, cambios bruscos de color y pérdida ocasional de la línea de canto, perdiéndose la oportunidad de sacar todo el potencial del precioso Depuis le jour de Louise de Charpentier, que tan poco se representa pero fue muy popular en su tiempo, hasta el punto incluso de suscitar una película que dirigió Abel Gance y protagonizó la soprano americana Grace Moore en 1939. Pero pronto se recuperó y revalidó esa espléndida sintonía que le une al público sevillano con una Barcarola de Los cuentos de Hoffman impecable junto a su compañera de reparto, y sobre todo una desacerbada, trágica y sufrida interpretación del célebre Sola, perduta, abbandonata que Manon canta en el desierto de Nueva Orleans cuando cree haber perdido el amor de De Grieux. Su torrente de voz en los agudos y un sensacional trabajo de modulación provocaron una de las mayores ovaciones de la noche. Después, en la tradicional segunda parte dedicada a la zarzuela, entonó un No me duele que se vaya, de La rosa del azafrán, con una considerable dosis de temperamento aunque sin perder nunca el buen gusto y la elegancia

Desde su primera aportación, el conmovedor Mon coeur s’ouvre á ta voix que Dalila canta a Sansón en el título que ella misma protagonizó en la pasada temporada, Nancy Fabiola Herrera demostró conservar una capacidad expresiva y una línea de canto ejemplar, que se mantuvo en la Barcarola a dúo y en el espeluznante Racconto de la gitana Azucena de Il trovatore, así como en Sierras de Granada, con otra gitana apasionada, esta vez la enamorada María la Tempranica, después de encandilarnos en el dúo É un anatema de La Gioconda, una ópera de Ponchielli más interesante de lo que vaticina su popular Danza de las horas, y el exquisito Niñas que a vender flores de Los diamantes de la corona, título de Barbieri que pudimos disfrutar en su integridad hace cinco años, que las dos entonaron haciendo gala de una compenetración y una complicidad envidiable. Aunque nada como el número que cerró el espectáculo, motivo de sobra para afirmar que subió la temperatura, extraído de la insólita Los presupuestos de Villapierde, otra ocasión que brinda Balbastre (La corte de faraón) para que las cantantes exhiban un fuerte erotismo y sensualidad, esta vez dando vida a las dulces Caña y Remolacha con una enorme carga sicalíptica y revoltosa, muy en línea sticky & sweet.

Nunca antes, creemos recordar, habíamos disfrutado de los bises no al final sino intercalados en los números finales programados. Así, la mezzo cantó fuera de programa una sensacional Habanera de Carmen antes del Candide de Bernstein, aprovechando para pasear y lucir encanto por el estrechísimo corredor que quedó entre orquesta y foso, mientras Ainhoa Arteta mantuvo la línea introducida con el título del compositor de West Side Story, entonando en perfecto estilo y alarde de potentísima voz un Summertime de Gershwin antológico. Aunque lo cierto es que nos quedamos con ganas de que ofrecieran más propinas, alguna a dúo.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 15 de noviembre de 2019

AMOR Y ODIO EN UN SANSÓN Y DALILA DE IMPACTO

Ópera de Camille Saint-Saëns con libreto de Ferdinand Lemaire. Jacques Lacombe, dirección musical. Paco Azorín, concepto, dirección de escena y escenografía. Íñigo Sampil, director del coro. Carlos Martos de la Vega, coreografía escénica. Ana Garay, vestuario. Pedro Yagüe, iluminación. Pedro Chamizo, diseño audiovisual. Con Nancy Fabiola Herrera, Gregory Kunde, Damián del Castillo, Alejandro López, Francisco Crespo, José Ángel Florido, Manuel de Diego y Andrés Merino. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro de A.A. del Teatro de la Maestranza. Producción del Teatro de la Maestranza y el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Teatro de la Maestranza, jueves 14 de noviembre de 2019

Estreno del montaje en Mérida
Podemos considerar el estreno de esta nueva producción del Maestranza en su teatro como la puesta de largo definitiva de esta propuesta del prestigioso Paco Azorín, tras un primer encuentro con el público en el pasado Festival Clásico de Mérida. Es ahora cuando se adapta a un escenario convencional y tiene que limar unas limitaciones de espacio y escenografía natural que en el emblemático Teatro Romano de Mérida no tenía. Y salen triunfantes tanto el director escénico como el Maestranza, que ya ha contado con él para otras producciones propias como Tosca o el espectáculo lírico para jóvenes Con los pies en la luna. Ahora Azorín ambienta este célebre pasaje bíblico en el presente, convirtiendo el Templo de Dagon en la franja de Gaza, pero no cae en la tentación en la que sí hubieran caído otros de convertir a los judíos en opresores y a los palestinos en oprimidos, para acabar rematando las similitudes con el presente. Manteniendo los roles del libreto original impide eso tan frecuente en espectáculos líricos que modifican la época de caer en la incoherencia entre lo que vemos y lo que se canta. Apuesta además por destinar el trabajo de figuración a colectivos integrados por la diferencia, consciente del esfuerzo y la dedicación que solo con mucho amor, el de familiares, educadores y ellos y ellas mismas, consigue sacar adelante su proyecto de una vida más amable y digna. Porque de amor para combatir el odio versa su particular y muy acertada visión de este Romeo y Julieta de pasiones y rencores en un ambiente tan corrompido como el de esa eterna guerra que lidera un Israel que en escena se presenta permanentemente en forma de grandes letras que sirven a su vez de escueta escenografía y elementos de atrezzo.

Ya la presentación de este pueblo oprimido, desde lo más profundo del escenario, quita literalmente el aliento, para a continuación espetarnos uno de sus momentos más incómodos y reflexivos, dejándonos claro a través de noticiarios y una reportera permanentemente en escena que no se trata de nada que no conviva con nosotros y nosotras a diario, a través de una televisión que ha deshumanizado la contienda y anestesiado nuestras conciencias. También la reportera será víctima de esta eterna conflagración, y eso nos lleva a un tercer acto presidido por el exceso y la dureza más absoluta, una provocación en toda regla pero bienvenida si está concebida para agitar nuestras conciencias. Lástima que esa aglomeración de acción e impacto en ese tercer acto afecte a la concentración en la música; aún así resulta digno de aplaudir que Azorín se haya implicado tanto en una apuesta tan sincera y revolucionaria, pensada para que la música guíe nuestros corazones, algo tan necesario en una época en la que la sinrazón, el egoísmo y la radicalidad vuelven a apoderarse de nuestro entorno más cercano.

Un buen nivel interpretativo y vocal

Saint-Saëns diseñó en un principio Sansón y Dalila como un oratorio, lo que justifica la profusión coral que tiene la pieza y convierte al coro en uno de los grandes protagonistas de la función. Omnipresente en los actos extremos como la voz de nuestras conciencias y el alarido de la justicia, la masa coral estuvo impecable en todo momento. Grandiosa su aportación, equilibrada, majestuosa y definitivamente sensacional de la mano de un impagable Íñigo Sampil, que en todos estos años al frente del conjunto vocal rara vez ha errado y suele ofrecernos trabajos a un altísimo nivel. Lo mismo se puede decir de la orquesta, un lujo en el foso, aunque aquí varía lógicamente en función de la batuta. La de Jacques Lacombe, a pesar de su familiaridad con el repertorio romántico y especialmente con títulos de fuerte calado melódico, fue una dirección algo flácida, imperceptible en algunos momentos e incapaz de aprovechar los grandes momentos líricos que la obra ofrece. Esa descarnada segunda parte del segundo acto, de considerable ímpetu wagneriano, perdió fuelle en sus manos. No es que el espectáculo no funcionase a nivel instrumental, pero podría haber dado más de sí en manos más implicadas, ganando en voluptuosidad y sensualidad, y marcando mejor los tiempos y los matices.

Kunde y Herrera en Sevilla
En el apartado estrictamente vocal, Nancy Fabiola Herrera brilló con un timbre aterciopelado y una considerable seguridad en sí misma. Sin embargo eso no fue suficiente a la hora de mantener una línea de canto homogénea y flexible, perdiéndose en los acentos más graves, y con dificultad para modular en determinados pasajes. Pero si tuviésemos que calibrar su intervención en función de cómo entonó el precioso y conmovedor Mi corazón se abre a tu voz, tendríamos que otorgarle la máxima calificación. Dio sentido a eso que dicen de llorar en la ópera. Quizás en las próximas representaciones su voz se haya caldeado y sea capaz de afrontar el papel con más ahínco. En el apartado actoral supo transmitir la perfidia y a la vez la pasión por Sansón que destila el personaje. Gregory Kunde por su parte sí estuvo en todo momento a la altura, con un torrente de voz que facilitó su proyección, y manteniendo un registro homogéneo y preciso, aunque en líneas generales no fue el suyo un Sansón conmovedor, le faltó temperatura a todos los niveles, y aunque se esforzó no lo vimos demasiado implicado. Quien sí lo estuvo y mucho fue el barítono jienense Damián del Castillo, pura fuerza y energía como sumo sacerdote en clave de trajeado jeque árabe, un filisteo de amplios recursos canoros y una presencia escénica arrolladora. Cumplió el resto del elenco con profesionalidad y buen gusto, algo destemplado quizás el bajo mexicano Alejandro López, pero muy en sintonía el granadino Francisco Crespo y el joven trío de filisteos encarnados por el sevillano José Ángel Florido, el tenor Manuel de Diego y el bajo Andrés Merino, todo dentro de un espectáculo que supuso sin duda una patada en el estómago y un revulsivo a nuestras conciencias, tan necesitadas frecuentemente de que algo o alguien las despierte.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía