Prosigue la escalada de la Bética de Cámara hacia la esperada celebración de su centenario, el próximo 24 de marzo, con El retablo de Maese Pedro de su fundador, Manuel de Falla. Y lo hace en este su último programa hasta el momento con tres atractivas y sintomáticas obras de primera mitad del siglo XX, unidas por el mecenazgo de la pianista estadounidense Elizabeth Sprague Coolidge, bajo cuyo patrocinio florecieron en Estados Unidos algunos de los más eminentes compositores de la época, locales y europeos. Stravinski y Copland fueron algunos de ellos, a quienes se les encargaron trabajos de distinta índole en parte sufragados por la artista y las instituciones que presidió durante su excitante vida. Prokofiev, también beneficiario de su entusiasmo, coronó este concierto con su celebérrimo trabajo didáctico Pedro y el lobo, para lo que la orquesta contó con un invitado excepcional, Kiko Veneno, perpetuando la costumbre seguida en las últimas décadas de que sea un artista del rock o el pop quien se encargue del cometido, con nombres tan rutilantes como los de Sting o David Bowie en el panorama internacional, o Miguel Bosé en el patrio.
La interpretación que Thomas y el conjunto hicieron de la obra de Copland se caracterizó por unos tiempos lentos algo cortos de espíritu épico, con líneas contenidas poco precisas y faltas del lirismo y el misticismo que les informa. Mucho mejor resultaron, satisfactoriamente ágiles y enérgicos, sus pasajes más movidos, capaces de sugerir la fuerza de la naturaleza y el esplendor de los grandes paisajes a los que apela su gramática, impulsados por ese aire jubiloso que tan bien supo imprimirle la batuta de un entusiasta Michael Thomas, que llevó su conclusión hacia un clímax luminoso y altanero. Kiko veneno ejerció de flamante narrador del cuento Pedro y el lobo ilustrado con la música que Prokofiev compuso para presentar a los más jóvenes los diferentes instrumentos de la orquesta. La página exige una gran concentración y una intervención muy precisa de cada uno de los instrumentos solistas, y aquí fagot, oboe, flauta, clarinete, trompas y timbales cumplieron a la perfección, mientras la cuerda evidenció cierta flacidez que no ayudó demasiado a definir el carácter alegre y distendido del protagonista de la función. Por su parte, Kiko Veneno ejerció impecablemente su cometido, haciendo alarde de una dicción estupenda y una presencia excelente, además de esa simpatía canalla que le caracteriza, pero sin excesos ni estridencias. Lástima que algunas de sus frases, simultáneas a momentos álgidos de la orquestación, quedaran ahogadas, algo que se hubiera evitado con una discreta amplificación.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía






















