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sábado, 18 de febrero de 2023

KIKO VENENO Y UNA BÉTICA EVOCADORA

Temporada 2022-2023 de la Orquesta Bética de Cámara. Kiko Veneno, narrador. Michael Thomas, director. Programa: Concierto en mi bemol mayor “Dumbarton Oaks”, de Stravinski; Suite de Appalachian Spring, de Copland; Petya i volk (Pedro y el lobo), de Prokofiev. Espacio Turina, viernes 17 de febrero de 2023


Prosigue la escalada de la Bética de Cámara hacia la esperada celebración de su centenario, el próximo 24 de marzo, con El retablo de Maese Pedro de su fundador, Manuel de Falla. Y lo hace en este su último programa hasta el momento con tres atractivas y sintomáticas obras de primera mitad del siglo XX, unidas por el mecenazgo de la pianista estadounidense Elizabeth Sprague Coolidge, bajo cuyo patrocinio florecieron en Estados Unidos algunos de los más eminentes compositores de la época, locales y europeos. Stravinski y Copland fueron algunos de ellos, a quienes se les encargaron trabajos de distinta índole en parte sufragados por la artista y las instituciones que presidió durante su excitante vida. Prokofiev, también beneficiario de su entusiasmo, coronó este concierto con su celebérrimo trabajo didáctico Pedro y el lobo, para lo que la orquesta contó con un invitado excepcional, Kiko Veneno, perpetuando la costumbre seguida en las últimas décadas de que sea un artista del rock o el pop quien se encargue del cometido, con nombres tan rutilantes como los de Sting o David Bowie en el panorama internacional, o Miguel Bosé en el patrio.

En formación aún más camerística de lo que su propia nomenclatura anuncia, la orquesta, siempre bajo la batuta y supervisión de su principal artífice en esta etapa, Michael Thomas, atacó la pieza de Stravinski con vigor y mucha fiereza, quizás demasiado para afrontar con suficiente claridad sus intrincadas líneas y la transparencia de su compleja estructura melódica y armónica, de forma que resultó, sobre todo en su movimiento de arranque, algo caótica y desenfrenada. Este concierto de reminiscencias barrocas que le encargó el matrimonio Bliss para celebrar su treinta aniversario de boda, y que se estrenó en la mansión que le da título, Dumbarton Oaks, histórico lugar donde tuvieron origen las conversaciones por la paz que derivaron al final de la Segunda Guerra Mundial en la Carta de las Naciones Unidas, se benefició en su allegretto central de una compleja métrica que quedó bien definida y donde destacaron los arabescos de un hiperactivo Moisés Toscano a la flauta, y cuyo final con moto se saldó con la ligereza y la espiritualidad que la obra exige. Para la Primavera Apalache de Copland se eligió la suite para formación reducida de trece instrumentos, una de las cuatro (dos ballets sinfónico y camerístico, y sus dos correspondientes suites) que permiten disfrutar de su estética puramente a la americana, escuela de tantos compositores y disciplinas que han hecho de la música norteamericana la más popular hoy en día, tal como explicó el propio Thomas en una larga y esforzada locución antes de abordar su interpretación.


La interpretación que Thomas y el conjunto hicieron de la obra de Copland se caracterizó por unos tiempos lentos algo cortos de espíritu épico, con líneas contenidas poco precisas y faltas del lirismo y el misticismo que les informa. Mucho mejor resultaron, satisfactoriamente ágiles y enérgicos, sus pasajes más movidos, capaces de sugerir la fuerza de la naturaleza y el esplendor de los grandes paisajes a los que apela su gramática, impulsados por ese aire jubiloso que tan bien supo imprimirle la batuta de un entusiasta Michael Thomas, que llevó su conclusión hacia un clímax luminoso y altanero. Kiko veneno ejerció de flamante narrador del cuento Pedro y el lobo ilustrado con la música que Prokofiev compuso para presentar a los más jóvenes los diferentes instrumentos de la orquesta. La página exige una gran concentración y una intervención muy precisa de cada uno de los instrumentos solistas, y aquí fagot, oboe, flauta, clarinete, trompas y timbales cumplieron a la perfección, mientras la cuerda evidenció cierta flacidez que no ayudó demasiado a definir el carácter alegre y distendido del protagonista de la función. Por su parte, Kiko Veneno ejerció impecablemente su cometido, haciendo alarde de una dicción estupenda y una presencia excelente, además de esa simpatía canalla que le caracteriza, pero sin excesos ni estridencias. Lástima que algunas de sus frases, simultáneas a momentos álgidos de la orquestación, quedaran ahogadas, algo que se hubiera evitado con una discreta amplificación.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 14 de enero de 2023

UNA BÉTICA DE CÁMARA HACIA EL CENTENARIO

Temporada 2022-2023 de la Orquesta Bética de Cámara. Argentina, voz solista. Michael Thomas, director. Programa: Le tombeau de Copuperin, de Ravel; Sinfonía nº 104 “Londres”, de Haydn; La fille aux cheveux de lin, de Debussy (orquestación: Thomas); El amor brujo, de Falla. Espacio Turina, viernes 13 de enero de 2023


Arranca un año muy especial para la formación que hoy lidera Michael Thomas, cuando se cumplen cien años de su creación nada más y nada menos que por Manuel de Falla. Pero no se trata de un siglo ininterrumpido de actividad en el que su plantilla se haya ido renovando paulatinamente, sino de un período en continua interrupción, con largas etapas de desconcierto y dudas sobre su supervivencia, y períodos en los que incluso cambió su nomenclatura y estructura, pasando de ser una orquesta de cámara a una filarmónica. La irrupción de la Sinfónica de Sevilla a finales del pasado siglo supuso la puntilla para la empresa, hasta que pasados veinte años un equipo, con Inmaculada Hernández como cabeza visible, decidió recuperar los valiosos archivos de la orquesta y reflotarla. Michael Thomas se convirtió entonces en su mayor valedor y la persona que la ha rehabilitado, añadiendo así esta proeza a su larga lista de logros conseguidos en Andalucía, donde no hace mucho la gran música solo estaba al alcance de unos pocos. Aunque solo fuera por eso, Thomas merece todo nuestro reconocimiento y admiración, además de por el hecho de tratarse de una excelente persona, afable y generosa.

Para este primer concierto del año, Thomas diseñó un programa directamente inspirado en los que articulaba Falla al comienzo de su recorrido, con piezas entonces contemporáneas compartiendo piso con otras clásicas e imperecederas. Thomas se decantó por un sabor inconfundiblemente clásico, combinando un Ravel que aunque homenajeando a los grandes barrocos franceses en forma de danzas, aborda un estilo neoclásico potenciado por la rusticidad de sus líneas melódicas, con el clasicismo de un Haydn que en la última de sus sinfonías adopta un estilo Sturm und Drang que adelanta ya algunas de las claves del estilo que caracterizó al primer Beethoven sinfonista. Y si Falla incluyó alguna vez su Amor brujo, Thomas no dudó en ofrecernos una de sus apasionadas y entusiastas orquestaciones, esta vez de una de las piezas que Debussy incluyó en su primer libro para piano.

Un vigoroso Amor brujo embellecido por la voz de Argentina

Comenzó muy bien este particular viaje, con un Preludio de La tumba de Couperin articulado de forma precisa y decidida, con un alegre burbujeo en la cuerda aguda. Después, el Forlane quedó algo desdibujado y mecanizado, sin ese alarde despreocupado que le caracteriza, mientras al Menuet le faltó algo más de ternura y en el Rigaudon la orquesta encontró de nuevo el vigor inicial y ese aire gozoso no exento de cierta melancolía que transita por toda una página en la que batuta y orquesta hicieron especial hincapié en sus aires rústicos y pastoriles. La cuerda acusó flacidez en el arranque, tras una potente fanfarria, y el andante de la sinfonía haydninana, sin embargo los pasajes más dinámicos fueron atacados con decisión y un sentido de las dinámicas muy acusado y contrastado. Muy apresurado también ese andante, sin detenerse en sus elegantes y tranquilas líneas, y muy enérgico y cargado de chispa el finale. La breve pieza de Debussy disfrutó de una delicada orquestación en la que las maderas lucieron su potencial con la cuerda como delicado colchón.


La cantaora onubense Argentina defendió El amor brujo con una voz grave, de sedoso timbre, nunca quebrada, y un estilo muy respetuoso con la partitura, sin añadidos caprichosos ni narcisistas. Lástima que una amplificación mal dosificada al comienzo de la pieza, unido al ímpetu orquestal, impidiera disfrutar de la primera de sus intervenciones, la Canción del amor dolido. Pero en el resto, manteniéndose además una amplificación no invasiva pero ya más acusada, la cantaora lució sobradamente sus cualidades, especialmente en una Canción de fuego fatuo henchida de expresividad. Por su parte, Thomas condujo la orquesta por senderos conocidos de vehemencia, arrebato y mucho temperamento, incluso en los pasajes más relajados, como la Danza del juego del amor. Su vigorosa interpretación de la popular Danza del fuego suscitó acalorados aplausos. Sin desmerecer el esfuerzo y la dedicación que el inglés afincado en nuestra tierra está haciendo, sería conveniente y enriquecedor para la orquesta someterse a otras batutas, capaces de insuflar otras sensibilidades y disciplinas al conjunto. Por cierto, lleno casi absoluto en este primer concierto de tan ilusionante año de la emblemática orquesta.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 19 de noviembre de 2022

LA BÉTICA ARRANCA CON ACENTO LOCAL

Temporada 2022-2023 de la Orquesta Bética de Cámara. Ana Santisteban, guitarra. Michael Thomas, director. Programa: Suite de Los olvidos, de Paco Cano; La oración del torero, de Turina; Concierto de Aranjuez, de Rodrigo; Música nocturna de las calles de Madrid, de Boccherini; Sevilla, de Albéniz. Espacio Turina, viernes 18 de noviembre de 2022


La orquesta que fundara Manuel de Falla va camino de cumplir cien años, como la mamá de Saura, y para celebrarlo anoche arrancó su nueva temporada con un programa de eminente acento español. Desde la humildad y la ilusión, lleva confiando su recuperación al generoso y entregado Michael Thomas, el hombre que ha llevado a Almería la música seria y que no duda de vez en cuando en visitar el Espacio Turina para ponerse al frente de la histórica formación. Quizás sería conveniente que la orquesta se pusiera de vez en cuando también en manos de otras batutas para extraer de ella otras sensibilidades y virtudes, pero de momento la coyuntura manda y no podemos sino agradecer mucho al maestro, desde tanto afincado en nuestro país, su notable empeño en no dejar caer de nuevo este patrimonio cultural de la ciudad tantas veces abandonado, como tantos otros monumentos tan llorados e inexplicablemente olvidados.

Y precisamente Los olvidos es el título de la suite con la que se abrió el concierto. Como si de una película se tratara, y la pieza consistiera en una selección de sus temas más relevantes, la obra de quien fuera violonchelista de la orquesta, Paco Cano, parece beber directamente del universo cinematográfico, algo muy habitual entre los compositores de la actualidad que abrazan la melodía y la tonalidad, como en este caso que parece inspirarse en la escuela francesa de mitad del pasado siglo que cultivaron compositores como Pierre Jansen o Antoine Duhamel, con profusión de giros modales y rítmicos y predominio enfático de la cuerda. La orquesta le hizo el honor y abordó su cuarto de hora de duración con el cariño y la responsabilidad que merecía. Después La oración del torero, obra imprescindible del catálogo de Turina, tuvo sus luces y sus sombras, con una cuerda imprecisa y vacilante que se lució sin embargo en las partes más elegiacas de la pieza.

Paco Cano y la Bética de Cámara

Fue todo un signo de valentía y atrevimiento que la Bética abordara el Concierto de Aranjuez, dadas las dimensiones del conjunto y del espacio. La obra requiere sin duda más efectivos y una sala más generosa para potenciar sus sonoridades, sin embargo Thomas y el talento de los y las intérpretes lograron que la pieza sonara clara y muy disciplinada, sin signos de saturación ni fatiga. Ana Santisteban estuvo espléndida en la parte solista, haciendo suyos muchos de sus pasajes, atreviéndose con ornamentaciones muy en estilo flamenco, y extrayendo de su guitarra momentos de auténtica poesía. Un diálogo fluido con la orquesta y un atuendo de lo más a propósito para la ocasión, contribuyeron al éxito de la empresa. Después, una cuerda rota en uno de los violines provocó una inesperada y prolongada pausa que Santisteban podría haber aprovechado para brindar la propina que los prolongados aplausos demandaron sin éxito.

Muy aseada y en estilo resultó la Música nocturna de las calles de Madrid de Luigi Boccherini, pieza icónica cuya escucha siempre es agradable, más si se aborda con tanta carga de expresividad y depuración formal como lo hicieron las maestras y maestros de la Bética, rebajando vibrato y destilando sobriedad y estilo. El solo de violonchelo y el trabajo del contrabajo contribuyeron a darle cuerpo y solemnidad, mientras violas y violines se emplearon a fondo para dar brillo a la partitura. Para terminar una explosión de alegría y festividad con la versión de Sevilla de Albéniz orquestada por Fernández Arbós.

Fotos: Luis Ollero
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 13 de febrero de 2022

FÁBIO BRUM SE LUCE ANTE LA BÉTICA DE CÁMARA

Temporada 2021-2022 de la Orquesta Bética de Cámara. Fábio Brum, trompetas. Michael Thomas, director. Programa: Obertura “Las Hébridas”, de Mendelssohn; Solo de concours, de Theo Charlier; “Agitata da due venti”, de Vidaldi; 2º movimiento de las Bachiana Brasileira nº 5, de Villa-Lobos; Rosa, de Pixinguinha; Sinfonía en Sol mayor “La sorpresa”, de Haydn. Espacio Turina, sábado 12 de febrero de 2022


Un cambio de última hora, debido a la indisposición del espléndido violinista alcalareño Javier Comesaña, obligó a la Bética de Cámara a modificar el programa inicialmente previsto para este tercer concierto de temporada, centrado en compositores alemanes relacionados de alguna u otra forma con las islas británicas. De esta forma el Concierto para violín nº 1 de Bruch fue sustituido por una serie de piezas concebidas para el lucimiento de la trompeta, adaptándose de esta forma al perfil del nuevo solista, un deslumbrante Fábio Brum, aunque en el camino se acabara traicionando el espíritu que informaba el programa originalmente diseñado.

Con dos discos en el mercado, grabados con el sello británico Naxos, Brum se encuentra ahora ultimando los detalles de su último registro, esta vez con la Real Orquesta Sinfónica, formación de la que fue destacado integrante durante más de una década. Pero ha sido con la más veterana de nuestras orquestas, la Bética de Cámara, con la que anoche se presentó en el Espacio Turina para deleitarnos con su inconfundible maestría al instrumento, una serie de trompetas con distintos registros y accesorios que el intérprete brasileño manejó con dominio absoluto de la técnica y la expresividad. Una exhibición que encontró en el Solo de concours de Charlier su mejor aliado, con continuos cambios de tempo y modo, con y sin sordina, unos retos técnicos ampliamente superados y agilidades solo superadas por las que tuvo que afrontar en el aria Agitata da due venti, de la ópera Griselda de Vidaldi, aunque originalmente de la menos conocida Adelaida, y que convenientemente adaptada al instrumento de metal ofrece oportunidades extraordinarias de lucimiento al solista. No sin alguna nota falsa y entrada puntualmente desequilibrada, nada sorprendente tratándose de un instrumento tan difícil y delicado, Brum se enfrentó también con éxito al ritmo y la gracia de las Bachianas brasileñas de Villa-Lobos, que en el caso del segundo movimiento de la número cinco ofrece también difíciles retos, superados con pericia, así como al tema Rosa del legendario flautista y compositor Alfredo da Rocha Viana Filho, más conocido como Pixinguinha, ideal para lucirse como melodista romántico y embaucador, como así hizo Brum con una trompeta de registro bajo.

Dos obras de un Mendelssohn encandilado con los paisajes escoceses y un Haydn triunfando con sus doce sinfonías londinenses, enmarcaron la intervención del joven trompetista, con una orquesta que si bien Thomas controló con respeto y admiración en las obras de acompañamiento, exprimió al máximo de sus posibilidades y recursos en estas dos obras sinfónicas. Lástima que para la ocasión, teniendo en cuenta la proliferación de maderas y metales en las dos piezas elegidas, tuviera que reducir considerablemente la cuerda, y eso se notó y mucho. Provocó cierto desequilibrio en Las Hébridas, defendida con más aplomo que sentido de las texturas y dinámicas, y sobre todo en una Sinfonía nº 94 de Haydn que tampoco tuvo en la delicadeza su fuerte, especialmente en un andante en el que el factor sorpresa, ese golpe de timbal que le da sobrenombre e interrumpe lo que hasta entonces era un paseo tranquilo y amable, apenas se atisbó debido a la falta de contraste y relieve. Con todo fue una interpretación solvente y más que aceptable, que demostró el esfuerzo y el trabajo desplegado por la formación, en cuyas filas se encuentran solistas de demostrada valía y de la que celebramos su espíritu de supervivencia y su avidez de excelencia, que esperemos no decaiga nunca.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 13 de junio de 2021

LA SEDUCCIÓN BALSÁMICA DE ROSA COTÁN Y LA BÉTICA

Temporada 2020-2021 de la Orquesta Bética de Cámara. Rosa Mª Cotán, arpa. Michael Thomas, director. Programa: Pélleas et Mélisande, de Fauré; Danse sacrée et Danse profane, de Debussy; Sevilla, de Albéniz; Morceau de concert Op. 154, de Saint-Saëns; Dolly, de Fauré/Thomas. Espacio Turina, sábado 12 de junio de 2021


Tras un año muy ajetreado por el covid pero también uno de los más nutridos que se recuerdan, el Espacio Turina cerró por vacaciones con el concierto de despedida de temporada de la Bética de Cámara, que tuvo como invitada a una artista de varios quilates, la arpista sevillana Rosa Mª Díaz Cotán. En los atriles uno de esos evocadores y suculentos programas a los que nos tienen acostumbrados la formación y su director, Michael Thomas. Hasta en eso son particulares los franceses, que cuando se programa música suya se hace en bloque, diseñando un concierto todo francés. En este caso se trataba de ilustrar a través de la pintura, ese aceite de adormidera (huile de pavot) que daba título al programa y que tanto brillo da al óleo en los lienzos, el círculo de amistades de Gabriel Fauré, él mismo representado con dos de sus obras más singulares.

Cotán es el vivo ejemplo de lo útil que son las instituciones y formaciones que impulsan y enriquecen las carreras de nuestros y nuestras solistas, y si se combinan mejor. Creció en el seno de la Orquesta Joven de Andalucía; Thomas, que la dirigió durante tanto tiempo, se hizo eco de ello. Pero también desarrolló su talento y aptitudes de la mano de la Fundación Barenboim-Saïd y la West-Eastern Divan, lo que le ha llevado a ocupar plaza en importantes orquestas europeas, como tantos otros jóvenes solistas de Andalucía. Su toque es delicado y profundo, reflexivo y concentrado. Así pudimos comprobarlo en las Danzas sagrada y profana de Debussy, dos piezas encadenadas que le encargó la Casa Pleyel para promover un arpa cromática rival de la diatónica tradicional que no prosperó, pero que se interpretan sin dificultad en la que ha perdurado de pedales. La sagrada se revela dulce y velada gracias a su misticismo imperante, mientras la profana, a ritmo de vals, es más dinámica. Arropada con discreción y sentido atmosférico por la orquesta, su interpretación cumplió ese efecto balsámico afín a la obra. Más posibilidades de lucimiento y virtuosismo ofreció la Pieza de Concierto de Saint-Saëns, una exhibición distendida y generosa de las posibilidades del arpa bajo un estilo arcaico, con extremos solemnes y majestuosos y desarrollo muy elaborado, que Cotán defendió con un sentido magistral de la musicalidad y una técnica sofisticada y precisa, contando aquí también con un acompañamiento respetuoso y medido. Como propina Cotán interpretó un standard del instrumento, la Canción de mayo de Alphonse Hasselmans, revalidando su exquisita pulsación y dominio técnico.


Luces, sombras y poca cuerda

Rosa Díaz Cotán
En sus intervenciones sin invitada, la orquesta exhibió cierta flacidez general que nada tuvo que ver con los excelentes resultados de su anterior comparecencia, lo que no deja de ser sorprendente teniendo en cuenta que se trataba de la misma plantilla, con los mismos estupendos instrumentistas, a los que hubo que añadir las brillantes aportaciones de la primera violonchelista y el relieve que supo dar al conjunto el único contrabajista. Quizás hubo poca cuerda para abordar un programa tan francés, también el calor imperante en la sala pudo afectar al ánimo, el rendimiento y las prestaciones de los instrumentos. Lo cierto es que el misterio y la delicadeza del tema de Pelleas y Melisanda pasaron desapercibidos, mientras los movimientos centrales, La hilandera y la Siciliana, sonaron más frescos y espontáneos, no así la marcha fúnebre final, otra vez pesada y desequilibrada.

Tras un paréntesis en el que el siempre amable y sentimental director glosó la intervención de su antigua alumna y la presencia en la sala del descendiente de uno de los fundadores de la orquesta, el violonchelista Segismundo Romero, la orquesta hizo una versión machacona y saturada, sin atisbo de delicadeza, de Sevilla de Albéniz. El concierto terminó con la propia orquestación de Thomas, una licencia que suele tomarse con toda legitimidad en cada temporada, de la suite Dolly de Fauré. Original para piano a cuatro manos, siempre se ha dicho que la orquestación oficial de Henri Rabaud no aportaba nada a la pieza. Quizás por eso Thomas centró sus esfuerzos más en las maderas, ofreciendo páginas ágiles y dinámicas como el Mi-a-ou, frente a otras en las que volvió a imperar el carácter alicaído del conjunto. Acertó en armonía y contrapunto en Le jardin de Dolly, pero resultó abrumador en Le pas espagnol final, así como poco sutil en Tendresse. Nada de esto enturbia el afecto y la admiración que profesamos por este conjunto y su entusiasta y devoto director y la satisfacción que provoca contar con una orquesta a este nivel sumándose a las otras con las que cuenta la ciudad. Esperamos con ilusión una próxima temporada cargada de sorpresas y alegrías.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 24 de mayo de 2021

IRENE ORTEGA, LA BÉTICA Y SUS MUÑECAS RUSAS

Temporada 2020-2021 de la Orquesta Bética de Cámara. Irene Ortega, violín. Michael Thomas, director. Programa: Suite Miniature, de Cui; Concierto para violín nº 2 en sol menor, de Prokofiev; Sinfonietta sobre temas rusos Op. 31, de Rimsky-Korsakov; Souvenir d’una nuit de été à Madrid, de Glinka. Espacio Turina, sábado 22 de mayo de 2021


Es motivo de orgullo y satisfacción que la Bética, en su formación originaria de cámara, mantenga un merecido hueco en la programación musical de la ciudad, y sume a las otras formaciones convivientes una tan solvente y comprometida, capaz además de ofrecer programas tan distintos y estimulantes como el presentado ayer tarde en el Espacio Turina, su sede habitual. En este ocasión, bajo el título genérico de Matrioskas, ofreció una selección de piezas de compositores rusos del siglo XIX basadas a su vez en temas populares de su folclore e incluso del nuestro, como es el caso de Glinka, con la particularidad además de tener a Madrid como eje del programa. Fue allí, en este centro del universo, donde se estrenó en 1935 el concierto de Prokofiev, y a ella se refiere el autor de Ruslán y Ludmila en su evocación de las noches estivales a partir de una conocida melodía en forma de jota que sirvió también a Gerónimo Giménez para su célebre intermedio de La boda de Luis Alonso.

Quizás por esa intención de confeccionar un programa muy ruso, se seleccionaron piezas de Rimsky-Korsakov y el menos frecuente César Cui, ambos integrantes del grupo de Los Cinco, empeñados en hacer una música netamente nacionalista, siguiendo las ideas de Glinka, presente también en el programa. De hecho las piezas de los dos primeros siguen pautas muy parecidas, con preponderancia de ambientes pastorales y melodías cálidas y sencillas. Cui era un experto miniaturista, y algunas de sus piezas para piano las tradujo en esta Suite nº 1 que Michael Thomas y la Bética desgranaron con deleite y buen juicio. Contó para ello con un plantel de primera categoría en las maderas, con valores como Jacobo Díaz al oboe, Luis Orden a la flauta o Antonio Salguero al clarinete, que contribuyeron sobremanera al buen acabado formal de esta pieza, alcanzando cotas muy estimables por ejemplo en el Souvenir douloureux, cantado de manera compacta y responsable.

De las tres obras que Rimsky-Korsakov compuso según melodías rusas, una Obertura, una Fantasía y una Sinfonietta, esta última es quizás la menos frecuentada, a pesar de tratarse de un trabajo sólido y tan bien orquestado como suele ser habitual en su catálogo. De ella Thomas ofreció una versión clara y transparente, atenta a las texturas y a la melodía, especialmente en el adagio, donde expuso con mimo y detalle esa melodía sobre la que Stravinski volvería en su Pájaro de fuego. En contraste, la Bética acertó en atacar su brillante final de forma enérgica y contundente.

Emociones encontradas para una excelente violinista

Foto: Gracia Bueno
Pero si algo destacó en este tercer programa del año fue la aportación de Irene Ortega, una jovencísima violinista jerezana con mucha experiencia camerística y en formaciones sinfónicas de diversa índole, especialmente académica y en prácticas, lo que demuestra la importancia de los conjuntos sinfónicos para jóvenes, como la recién anunciada Joven ROSS. Ortega tiene sin embargo muy poca experiencia como concertista, lo que aumenta su valentía y mérito a la hora de abordar un concierto tan complejo como el segundo de Prokofiev. Haber sido compuesto dieciocho años después del primero no significa que su lenguaje sea más avanzado, de hecho en él se atisba una suavización de su estilo tras su regreso a la Unión Soviética, y una estética bastante apartada de su contemporáneo Concierto para la memoria de un ángel de Berg. No obstante se trata de una pieza difícil y muy matizada, de la que Ortega y Thomas ofrecieron una versión aristada.

La joven violinista exhibió en todo momento un control absoluto del legato, un lirismo avasallador, patente en el dulce y sedoso sonido del andante central, y una concentración espiritual y una profundidad emocional solo alcance de solistas muy maduros. También aprovechó para derrochar virtuosismo tanto en las enérgicas modulaciones del contrastado primer movimiento como en el mordaz y dinámico allegro final, resuelto con una poderosa mezcla de gracia, rudeza y agitación. Lástima que el acompañamiento del siempre entusiasta y comprometido Thomas a la batuta no estuviera totalmente a la altura, evidenciando demasiada tosquedad en los ataques, un carácter más disonante de lo conveniente y algún desequilibrio que otro en los planos sonoros y las texturas. Con todo fue una versión muy lograda, un motivo de satisfacción para la violinista, tristemente empañado por el hecho de coincidir con la pérdida de su abuelo, a quien dedicó como propina una delicada y fluida Meditación de Thais visiblemente emocionada. Con el Recuerdo de una noche de verano en Madrid de Glinka terminó esta exhibición rusa, de forma tan respetuosa como distendida, resolviendo con destreza y dinamismo su variada estructura. También aquí brillaron las excelentes prestaciones de la madera y la cuerda, el depurado trabajo del percusionista, castañuelas incluidas como en Prokofiev, y una global pasión contenida.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 21 de noviembre de 2020

LA BÉTICA DE CÁMARA SUMA Y SIGUE

Temporada 2019-2020 de la Orquesta Bética de Cámara. Jacobo Díaz, oboe. Michael Thomas, director. Programa: Sinfonía nº 92 en Sol mayor “Oxford”, de Haydn; Concierto para oboe en Re mayor Op. 144, de Strauss; Obertura Egmont, de Beethoven. Espacio Turina, sábado 21 de noviembre de 2020 


Mientras otros espacios e instituciones han dado el cerrojazo ante la imposibilidad de ceñirse a las restricciones horarias sin sufrir un menoscabo irreparable, caso del Teatro de la Maestranza, cuyas doscientas únicas localidades permitidas hacen inviable cualquier evento, o la Sinfónica de Sevilla, que no habrá considerado conveniente trasladar sus conciertos a la mañana de los fines de semana como han hecho otras orquestas andaluzas, el Espacio Turina y algunas de las formaciones que llenan su rica propuesta cultural, hace malabarismos y juegos de prestidigitación para mantener cierta presencia de la música en nuestra ciudad. Pero ni eso parece suficiente para un público desconcertante, que llena calles y bares, donde además nos permitimos la licencia de prescindir de cualquier medida de seguridad como si fueran espacios libres de covid, y sin embargo da la espalda a la escasa oferta musical que milagrosamente sobrevive en nuestro entorno. 

Un caso lamentable es el de la Orquesta Bética de Cámara, que tras años de conciertos y temporadas, no logra atraer un público fiel que llene los espacios donde actúa. Y no es ya responsabilidad suya, que han demostrado gran profesionalidad y ganas de hacer buena música, y que a lo largo de todos estos años han ampliado la oferta sevillana con programas mayoritariamente preciosos. Se trata de una orquesta que sin duda suma, aporta y merece nuestra confianza y fidelidad. Es como una relación sentimental, de amor o amistad, que mientras se riega y aporta no la despreciamos. Tampoco la Bética merece desprecio alguno, y este concierto que reseñamos lo demuestra. 

Haydn, Strauss y Beethoven en los atriles 

Michael Thomas, aprovechando las licencias que permite tocar de seguido, sin intermedio, propuso un concierto de estructura clásica pero ofrecido al revés. Es decir, empezó con una sinfonía, siguió con un concierto – lo único que se mantuvo en su orden habitual – y terminó con una obertura. Una de las últimas y mayores sinfonías de Haydn, que debe su título al hecho de que sonó cuando el compositor fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Oxford, en 1791, es una de las más hermosas y mejor planificadas, lo que no fue ajeno a la versión ofrecida por Thomas y una reducida Bética que solo acusó este particular en la cuerda, mientras el resto sonó con la esbeltez y la exuberancia que la partitura demanda. Si bien el allegro inicial resultó algo rígido y falto de vuelo lírico, mientras al adagio faltó serenidad a causa de una cuerda algo desvaída e imprecisa, el minuetto fue sin duda notable, con prestaciones impecables de maderas y metales, y una ajustada majestuosidad, y el presto final triunfó en impulsividad, potencia y contagiosa energía

Jacobo Díaz volvió a encandilarnos con una pieza rara y encantadora, el Concierto para oboe y pequeña orquesta de Richard Strauss, de inspiración rapsódica y neoclásica ya avejentada en su época, 1945, pero tan evocadora y envolvente como la mayor parte de la producción del maestro alemán. Díaz logró dominar sus enrevesados compases sin aparente dificultad, controlando cada acento y matiz, sin desfallecer ante ninguna de sus agotadoras propuestas, haciendo gala de un fraseo inspirado y un legato férreo con los que consiguió un desarrollo animado y unas cadencias ejemplares. Especialmente memorable resultó el adagio, que transformó en un lied de fluida cantabilidad. La orquesta arropó apropiadamente, si bien echamos en falta en su interpretación algo más del inconfundible estilo del autor de Elektra. Para terminar una demostración de fuerza, heroísmo y elocuencia de la mano de Beethoven y su obertura de la música escénica compuesta para Egmont de Goethe, que la Bética convirtió en un dechado de virtuosismo y acción dramática.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 1 de noviembre de 2020

LOS PASEOS ESCANDINAVOS DE LA BÉTICA

Temporada 2019-2020 de la Orquesta Bética de Cámara. Antonio Salguero, clarinete. Michael Thomas, director. Programa: Praeludium, de Järnefelt; Vals triste, de Sibelius; Concierto para clarinete nº 2 en fa menor, de Crusell; Danza sinfónica nº 2 en La mayor y Selección de Peer Gynt, de Grieg. Espacio Turina, sábado 31 de octubre de 2020


Infatigable hasta la médula, generoso donde los haya, Michael Thomas prosigue su labor divulgadora y educativa en nuestra comunidad, que hace tiempo eligió como residencia definitiva y donde nunca agradeceremos suficiente el trabajo que hace para integrar a nuestros jóvenes, y no tanto, intérpretes en un mundo laboral medianamente digno, especialmente aquí en Sevilla y, sobre todo, en Almería. Alabamos su capacidad para diseñar programas tan atractivos como el que protagonizó su regreso a las tablas del Turina, y nos sentimos afortunados de que, gracias a él entre otros y otras artífices, hayamos recuperado para la ciudad una orquesta que fue pionera en su época de la mano de Falla, y así completar la oferta sinfónica local aunque sea con ribetes a menudo camerísticos. 

Este regreso frente a un público reducido por exigencias de las circunstancias, vino con una serie de partituras escandinavas bajo el brazo, entre las que no pudo faltar Sibelius y Grieg, pero también brindó la oportunidad de escuchar piezas de los hoy poco conocidos Armas Järnefelt y Bernhard Crusell. Finlandia, Noruega y con carácter tangencial también Suecia, fueron las escalas de este solemne programa, en cierto modo en sintonía con estos funestos tiempos. Un viaje que arrancó con una obra muy apreciada en La última noche de los Proms, el Praeludium de la suite orquestal del compositor y director finlandés, más tarde nacionalizado sueco, Armas Järnefelt, que la Bética defendió con fuerza expresiva, rigor técnico y cierta espectacularidad a pesar de sus limitados efectivos, especialmente una sección de cuerda mínima, quizás tal como Falla la diseñó pero decididamente inapropiada para algunas de las páginas que se convocaron en el programa, especialmente las de Grieg. Afortunadamente los vientos sonaron potentes y precisos, acentuando el carácter espectacular de la pieza y el acierto de la Bética en su cometido. Otra cosa fue un Vals triste de Sibelius alicaído y excesivamente frágil, lo que influyó en un acabado general desequilibrado y falto de estilo, más lánguido que patético y corto sentimentalmente, seguramente como consecuencia de esa limitación en la cuerda, por otro lado impuesta por la distancia social y las reducidas proporciones del escenario. 

Un estupendo clarinetista 

Un sensacional Antonio Salguero vino a sustituir al clarinetista inicialmente propuesto, Pablo Barragán, cuya residencia en Alemania le impidió viajar con las garantías y exigencias necesarias. Como en otras ocasiones la solvencia de Salguero al instrumento fue más que probada, de una cantabilidad proverbial, un dominio del fraseo y el legato absolutos y un gusto exquisito para modular y marcar los acentos. Quedó así un Concierto nº 2 “Grande” de Crusell de arrebatada estética clasicista al que la orquesta se plegó con respeto y profesionalidad, acentuando en ocasiones las tendencias grandilocuentes de su autor, el más famoso y reconocido autor finlandés de la época antes de que apareciera Sibelius. Tras una dramática introducción de tintes beethovenianos, la entrada de Salguero añadió lirismo y ligereza más al estilo de Haydn, resultando especialmente arrebatador su forma de acometer el movimiento lento, con calidez y gentileza y unas ornamentaciones de contornos sumamente elegantes, hasta que en el allegretto final brilló en virtuosismo y calidad técnica, siempre muy atento a las condiciones del instrumento, que tocó con una fluidez extraordinaria. El Homenaje a Falla de Bela Kovacs, que tocó como propina, sirvió para perpetuar ese dominio técnico y expresivo apuntado que le haría merecer una carrera internacional a la altura de los mejores clarinetistas. 

Decíamos a propósito de Grieg que su música demanda una orquesta de mayores efectivos, sin embargo Thomas y la Bética salvaron con muy buena nota la Danza sinfónica nº 2, con muy solventes aportaciones de metales y arpa. Este allegretto grazioso inspirado en un halling, danza de las montañas noruegas, exige entre su fuerza expresiva un candor poético dominado por los acentos agudos del flautín, que el conjunto aprovechó en todo su esplendor. En la selección de Peer Gynt propuesta, con números extraídos de sus dos suites, la orquesta triunfó en La mañana con dinámicas muy marcadas, y en un desgarrador La muerte de Ase. Pero una vez más la falta de cuerda se hizo evidente en una Canción de Solveig un punto estridente y seca, mientras la Danza de Anitra y, en menor medida, la Danza árabe, se resolvieron con más acierto y contundencia.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 2 de junio de 2019

EL TALENTO DE REGINA LAZA AL CALOR DE LA BÉTICA

Orquesta Bética de Cámara. Regina Laza, violín. Michael Thomas, director. Programa: Fantasía Escocesa Op. 46, de Bruch; Sinfonía nº 3 Op. 56 “Escocesa”, de Mendelssohn. Espacio Turina, domingo 2 de junio de 2019


Aparte de otros muchos, hay dos motivos fundamentales por los que se hace necesario el apoyo y la conservación de una orquesta como la Bética de Cámara, que son ofrecer otros programas alternativos a los de los conjuntos más asentados, y brindarnos la posibilidad de conocer ese joven talento andaluz que espera su oportunidad para saltar definitivamente al lugar que merece, y que en el caso de Regina Laza, como en el de Manu Brazo con el que empezó la temporada, se traduce en una excelencia digna de los mejores espacios y repertorios. Por cierto, que la orquesta y Brazo repetirán ese concierto el próximo viernes 7 en el Castillo de Utrera, localidad que estos días despide entre lágrimas a uno de sus más ilustres hijos, el futbolista José Antonio Reyes, y donde nació el reputado saxofonista, celebrado en el Reino Unido como una de las figuras más sobresalientes entre los solistas de música clásica de nuevo cuño.

Michael Thomas, inglés afincado en Andalucía, debió sentirse como en casa celebrando la vida y el paisaje de su vecina Escocia en este hermoso programa que combina la Fantasía Escocesa de Max Bruch y la Sinfonía Escocesa de Felix Mendelssohn. Dos piezas que ilustran la leyenda y la realidad de esta nación de la Gran Bretaña. Mientras la Sinfonía de Mendelssohn es más legendaria y evocadora que real, la Fantasía de Bruch se basa en el empleo de melodías folclóricas de las Highlands escocesas. Para la ocasión contamos con la presencia de la joven de Algeciras Regina Laza, que a sus veinticuatro años derrocha talento, seguridad y dominio absoluto del instrumento, tras haber sido ampliamente reconocida fuera y dentro de nuestro país, y haber ocupado destacadas plazas en los conjuntos sinfónicos juveniles más importantes de España.

Cuerda mejorada y solista de altura

La cuerda de la Bética experimentó una notable mejoría en conjunción y tersabilidad, no sabemos si como consecuencia del trabajo desplegado por Mariarosaria D’Aprile, a quien no recordamos como concertino del conjunto. Lo cierto es que con ella al frente de la cuerda aguda e Israel Martínez en la grave, la orquesta sonó especialmente bien. Lástima que unos erráticos e imprecisos acordes en los metales, especialmente en el solemne arranque de la Fantasía, enturbiaran los resultados. Por el contrario, Laza estuvo sensacional, manteniendo una línea de canto homogénea, sin estridencias ni cambios bruscos de registro, versátil y con un fraseo amplio y elegante, que se hizo especialmente notable en el canto de amor basado en Auld Robin Morris y en el andante sostenuto, así como vivaz y enérgico en The Dusty Miller y el allegro guerriero conclusivo, brillantemente entonado, que remató con un extenuante virtuosismo en una propina basada en el Dies Irae gregoriano que sospechábamos era obra de otro gran y joven violinista actual, Roman Kim, pero finalmente hemos sabido por otras publicaciones que se trata del último movimiento de la Sonata nº 2 de Ysaye.

Thomas como siempre desplegó su buen oficio y generoso entusiasmo en una Escocesa de Mendelsohn que brilló más en los pasajes vibrantes y vigorosos que en los más tiernos y líricos. También aquí la orquesta, que como se sabe acomete sus programas con menos efectivos de lo que es habitual en estos perfiles románticos, mantuvo un nivel muy digno y satisfactorio, a pesar de debilitarse como apuntamos en la exposición del segundo tema del primer movimiento, que reclama más vuelo lírico y carácter bucólico que el ofrecido, o el hermosísimo adagio central, necesitado de mayor ternura y calidez, malográndose parcialmente su carácter legendario y ensoñador. Por otra parte, en su segundo movimiento se supo captar la energía rítmica del Scotch snap que inspira los bailes tradicionales escoceses, con aportaciones estupendas de las maderas, especialmente el solo de clarinete. Mientras el final majestuoso, como un himno, se benefició de un trabajo muy bien perfilado en los timbales, y el entusiasmo general de una orquesta a la que sinceramente deseamos una larga y fructífera vida.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 26 de enero de 2019

MANU BRAZO POTENCIA EL REGRESO DE LA BÉTICA DE CÁMARA

Orquesta Bética de Cámara. Manu Brazo, saxofón. Michael Thomas, director. Programa: Obertura Mozart y A Chloris, de Hahn; Scaramouche y Suite Française; de Milhaud; Gymnopédies, de Satie; Aria, de Bozza (arr. Thomas); Fantasía brillante sobre temas de Carmen, de Borne. Espacio Turina, viernes 25 de enero de 2019

Tras un paréntesis de un año que muchos lamentamos cuando la orquesta estaba encontrando un camino de asentamiento posiblemente definitivo, la Bética de Cámara resurge con una temporada de cuatro conciertos que abarca hasta junio próximo, en busca de un público que todavía se le resiste y que les obligará a realizar trabajos más contundentes e ingeniosos de promoción. Tiene que haber en una ciudad grande como ésta espacio para varias propuestas y no quedarnos en las más institucionalizadas o en ese barroco que tanto nos caracteriza. Claro que la moral se nos viene al suelo cuando comprobamos cómo tantas veces se da la espalda a la cultura, y como muestra el cierre de uno de los negocios más completos dedicados a ella después de disfrutar más de una década de un asentamiento tan privilegiado como la Avenida de la Constitución.

Michael Thomas regresó al Espacio Turina imaginamos que con toda la ilusión del mundo por el reencuentro con tantos y tantas buenas profesionales de la música que integran la plantilla de la formación. Gente de reconocido prestigio en las instituciones educativas y musicales de la ciudad y que aportan su grano de arena para que el proyecto funcione. En los atriles una celebración, los aires alegres y desenfadados de la música francesa de principios del siglo pasado a través de una serie de piezas cuyo carácter casi desconocido merecían un programa de mano con las explicaciones pertinentes; claro que cuando de falta de medios y presupuesto se trata, los accesorios se sacrifican. Así, el concierto dio comienzo con la exultante comicidad de la obertura de la comedia musical que Reynaldo Hahn compuso sobre una ficticia visita de Mozart a París, cuyos aires burlescos y vodevilescos fueron satisfactoriamente marcados sobre todo por unos solos de trompeta ejemplares, aunque los desencuentros entre trompas y cuerda marcaron una constante en todo el concierto. Destacaron los elegantes solos de Jacobo Díaz Giráldez al oboe en los arreglos de Debussy de las Gymnopédies 3 y 1 de Satie, resueltas de forma esquemática y desangelada por batuta y resto de plantilla. También los solos de Alejandro Acuña Almela en la bachiana Á Chloris de Hahn, hasta desembocar en esa Suite francesa con la que Milhaud exhibe su inquietud por la música americana para bandas a través de cinco regiones francesas liberadas durante la Segunda Guerra Mundial, que Thomas dirigió con aplomo y brío pero descuidando los pasajes más sutiles y melancólicos. También aquí comprendimos que la plantilla necesita calentar motores tras tanto tiempo de ausencia.

Hasta tres piezas interpretó como solista Manu Brazo, el joven saxofonista utrerano que desde que nos encandilara junto a la Sinfónica Conjunta hace un par de años, no ha perdido el tiempo y ha proyectado su talento internacionalmente. Brillante fue su participación en el vibrante Scaramouche de Milhaud en su versión original, llamada así por el teatro en el que se estrenó la obra de Moliére para la que fue compuesta. Ágil y rítmico, bien timbrado y con un elegante fraseo, Brazo recorrió las distintas tonalidades de la pieza sin aparente esfuerzo, mientras la orquesta apoyó bien aunque con puntuales excesos decibélicos. También desplegó habilidad técnica y una considerable dosis de expresividad melódica en el Aria de Eugène Bozza, y aptitudes para los fuegos de artificio en la colorista y muy folclórica Fantasía sobre Carmen de François Borne, a la que la orquesta también se plegó con sentido del color y la alegría.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 9 de mayo de 2017

BETICÁMARA: MÚSICA DE CÁMARA DE ALTO NIVEL

Ciclo Música de Cámara de la Orquesta Bética de Cámara. Jacobo Díaz Giráldez, oboe. Alberto Acuña Almela, flauta. Michael Thomas, violín. Ignacio J. Manzano Fernández, viola. Benjamín Rodríguez, violonchelo. Programa: Cuarteto con oboe K.370 y Cuartetos con flauta K.298 y 285, de Mozart; Trío para cuerdas D471, de Schubert.
Espacio Turina, lunes 8 de mayo de 2017

Sevilla es una ciudad desconcertante, en el amplio sentido de la palabra. El nivel alcanzado por la Bética de Cámara, unido a su responsabilidad histórica, hace imprescindible su conservación, más allá de los consabidos apoyos institucionales que difícilmente recalarán en ella cuando las partidas presupuestarias están tan repartidas y consolidadas. Es indispensable echarle imaginación e insistir en otras vías de financiación y promoción que logren la atención que el conjunto merece. Nuestro público es muy de espacios, de atender cualquier propuesta que llegue del Maestranza así como de ver cine en versión original sólo en los Avenida. Así cada propuesta del Turina parece languidecer inexplicablemente, de forma que los muy loables esfuerzos desplegados para remontar esta sala de excelente acústica no están dando los frutos deseados.

El esfuerzo, el empeño y, sobre todo, el entusiasmo lograron que con un discretísimo aforo, la Bética ofreciera el pasado lunes un breve pero suculento programa en torno al clasicismo, con especial dedicación a dos instrumentos solistas que aprovecharon la oportunidad para lucirse. Jacobo Díaz, de cuyo talento al oboe ya hemos disfrutado en repetidas ocasiones junto a éste y otros conjuntos como la Barroca, extrajo brillo de su instrumento en el Cuarteto K.370 que Mozart compuso para el virtuoso Friedrich Ramm. Su aportación se benefició de un alto nivel en el acompañamiento de la cuerda, como si de un concierto se tratase, fusionando su amplio y elegante fraseo con los alardes contrapuntísticos de la cuerda, y potenciando tanto el aire pastoril del adagio central como el elocuente diálogo instrumental del rondó final.

También fue extraordinaria la intervención del joven Alberto Acuña en los dos cuartetos para flauta de Mozart que se interpretaron. Con un arranque áspero y de sonido poco limpio en el K.285, que resolvió inmediatamente con una claridad expresiva que no le abandonó ni en el resto de éste ni en el Cuarteto K.298, el flautista hizo gala de un dominio perfecto del instrumento y la respiración, articulando a discreción, con envidiable soltura y absoluta solidez, mientras el resto del conjunto acompañó manteniendo una línea homogénea y un sonido nítido, especialmente remarcable en el violín de Thomas y la viola, rotunda y enérgica, de Ignacio Manzano, si bien al chelo de Benjamín Rodríguez le faltó un poco más de autoridad. El único movimiento del incompleto Trío D.471 de Schubert, un tesoro en miniatura del que la cuerda extrajo también toda su riqueza expresiva y emocional, completó un programa al que sólo podemos reprochar su escasa duración.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 5 de marzo de 2017

LA BÉTICA DE CÁMARA, POR EL BUEN CAMINO

Orquesta Bética de Cámara. Isabel Jiménez Montes, violín. Michael Thomas, director. Programa: Petite Symphonie, de Gounod; Concierto para violín Op. 64, de Mendelssohn; Sinfonía nº 2 Op. 55, de Saint-Saëns. Espacio Turina, sábado 4 de marzo de 2017

Isabel Jiménez Montes
Seguimos celebrando el reflote hace ya unos años de la orquesta más veterana de nuestra ciudad, y una de las más antiguas de España. Michael Thomas la está llevando por muy buen camino y con buen pulso, con programas tan deliciosos como éste, que completan nuestra oferta musical y cubren el hueco que han dejado los cada vez más insólitos programas de la ROSS, cuyos maestros y maestras no olvidemos se han convertido en la savia que alimenta el espíritu juvenil que se ha adueñado del resto de nuestras formaciones.

La Petite Symphonie de Gounod es una de esas piezas que sirven sobre todo para demostrar la valía de sus intérpretes, en este caso la plana mayor de los instrumentos de viento de la Bética. Un noneto en el que clarinetes, fagotes, oboes y trompas a dos, además de una flauta, estuvieron brillantes, con un diálogo de largas líneas melódicas y armonías simples y transparentes, sobresaliendo equilibrio y energía a partes iguales. Reminiscente de Mendelssohn en el segundo movimiento, la pieza dio paso al célebre y popular Concierto para violín del compositor alemán, que encontró en manos de la joven sevillana Isabel Jiménez Montes una ejemplar demostración de fuerza y agilidad, con fraseos serios y bien definidos, sólo empañada por un sonido no siempre homogéneo y puntuales pérdidas de tono, pero con unas cadencias en el primer movimiento ciertamente notables. Thomas acompañó con respeto, pero con tendencia a la estridencia y la saturación. Como propina Montes tuvo la atención de interpretar unas variaciones de aires gitanos, acompañada del cajón, que le dedicó su profesora Antonia González y le permitió una sana exhibición de virtuosismo.

Una vigorosa y agitada recreación de la Sinfonía nº 2 de Saint-Saëns, obra decididamente menor pero de indudable encanto, puso cuerpo y final a este concierto con una mayor asistencia de público en una temporada que el conjunto no sólo simultanea con sus proyectos didácticos sino también con su primer ciclo camerístico. Que ya tiene mérito salvar con apenas una treintena de miembros y con tan buenos resultados un programa en su mayor parte destinado a orquestas más voluminosas.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía el 6 de marzo de 2017

martes, 7 de febrero de 2017

BETICÁMARA EN FEBRERO: ROJO Y NEGRO, APASIONADO Y SOBRIO

Concierto de cámara de la Orquesta Bética. María Rosaria D’Aprile, violín. Michael Thomas, viola. Ana Sánchez Barrueco, violonchelo. Tommaso Cogato, piano. Programa: Cuartetos para piano K.478 de Mozart y Op. 26 de Brahms. Espacio Turina, lunes 6 de febrero de 2017

Maria Rosaria D'Aprile
En apenas unos años la violinista italiana Maria Rosaria D’Aprile se ha convertido casi en una imprescindible del panorama musical sevillano, tanto como docente como en este caso intérprete. Actúa frecuentemente junto al pianista, también italiano, Tommaso Cogato, igualmente afincado en nuestra ciudad y con el que de la misma forma hemos disfrutado de su musicalidad, talento y sensibilidad en múltiples ocasiones. Hace unos días la veíamos formando parte de la plantilla de la Barroca para el Concierto de Santo Tomás y ayer ambos comparecieron junto a Michael Thomas y la violonchelista de la Bética de Cámara, Ana Sánchez Barrueco, en la segunda de las muy recomendables citas de cámara con las que la formación nos está amenizando esta temporada.

Con elegantes ropas en riguroso rojo y negro, en perfecta conjunción quizás para potenciar la sensación de apasionamiento y seriedad que acertaron a transmitir con el programa elegido, los cuatro intérpretes hicieron gala de una humildad extraordinaria, la que se necesita para abordar con éxito las dos piezas seleccionadas. Y es que tanto el Cuarteto con piano nº 1 de Mozart como el nº 2 de Brahms exigen tal compenetración y empaste que apenas dan oportunidad para el lucimiento personal y obligan a los músicos a destacar sus matices, giros y colores al unísono, sin vanidades ni impertinencias. Si se consigue se triunfa, y ellas y ellos lo hicieron.

Ana Sánchez Barrueco
Son sin duda dos piezas muy complejas; tal es así que la de Mozart conminó al editor Hoffmeister a liberar al genio de completar otras dos encargadas, debido a la dificultad para venderlas al público aficionado al que iban dirigidas. Sin embargo, los de la Bética lograron un difícil equilibrio psicológico y musical, alcanzando altas cotas de tensión armónica y contraste entre los movimientos más vitales y musculosos y los más dulces y delicados, sin duda fruto de un análisis concienzudo de la partitura. El de Brahms es aún más complicado, y si no se pone imaginación y creatividad puede resultar seco y aburrido. Pero la fantasía con la que lo abordaron D’Aprile y Thomas, el característico y disciplinado trabajo de Cogato y la enorme capacidad de seducción de Sánchez Barrueco, lograron una versión rotunda, introspectiva y a la vez enérgica, sin imposturas ni atisbo de artificiosidad. La única pega, que había poco público y merecen mucha más atención.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 24 de enero de 2017

CONCIERTO DE CÁMARA DE LA BÉTICA: ENTRE LO ESPIRITUAL Y LO CARNAL

Beticámara. Cristina Montes, arpa. Jesús Sánchez, flauta. Antonio Salguero, clarinete. Cuarteto Bética: José Manuel Martín Melero y Alan Andrews, violines. Michael Thomas, viola. Israel Fausto Martínez, violonchelo. Programa: Sonata para flauta, viola y arpa, de Debussy; Sonatine para flauta y clarinete, de Jolivet; Cuarteto No. 10 «Birthday», de Milhaud; Introduction et Allegro, de Bizet. Espacio Turina, lunes 23 de enero de 2017 

El excelente flautista
Jesús Sánchez Valladares
Si tuviéramos que definir brevemente este concierto bastaría decir que fue sensacional e intenso. La Bética se consolida definitivamente, después de los dos conciertos que nos ha ofrecido entre el sábado y el lunes, como conjunto que merece nuestra atención sin paliativos, alcanzando una depuración técnica que roza la perfección y consiguiendo con programas tan exquisitos como éstos transmitir grandes dosis de sensibilidad e inspiración. Por eso demanda, después de varios años intentando hacerse un hueco serio en la programación musical de la ciudad, una afición más numerosa y fiel, en la línea de la que gozan otras orquestas sevillanas como la Barroca y la Sinfónica. Desde que hace años los grandes conjuntos camerísticos y solistas de prestigio internacional dejaron de recalar en nuestra ciudad, al menos con la frecuencia con la que lo hacían antes, tenemos que conformarnos con el talento local. Afortunadamente hay mucho y rellena con solvencia y dignidad tan lamentable hueco.

En la segunda y más hermosa de las sonatas que compuso Debussy los instrumentos casaron admirablemente como si de un idilio a tres se tratara. Thomas optó por dotar al conjunto de aspereza y crispación en lugar de la melancolía que se le supone a la viola. Una decisión perfectamente válida que combinó bien con la delicadeza de Cristina Montes al arpa y la sensualidad de Jesús Sánchez a la flauta, derivando en una inusitada alegría dionisíaca. Este último añadió fuego e intensidad a la Sonatina de André Jolivet, en diálogo vivo y agitado con el también espléndido clarinetista Antonio Salguero, con quien compitió en magia, brillo y elegancia mientras ambos ponían énfasis en el evidente virtuosismo de la pieza.

El Cuarteto Bética atacó con energía y decisión el Cuarteto No. 10 de Milhaud, bautizado Birthday porque se estrenó el día del cumpleaños de Elisabeth Coolidge, la mecenas americana que propició su composición para el Cuarteto Pro Arte. El carácter sutil y meditativo de los movimientos impares quedó bien patente en una magnífica interpretación que puso de relieve la naturalidad de los armónicos y la fuerza expresiva de los pares, siempre bajo una indiscutible depuración técnica. La misma que propició que todos los instrumentistas convocados bordaran una Introducción y Alegro de Bizet de inusitada belleza, riqueza cromática y progresión expresiva que acabó en fogosidad. Una alternancia entre la espiritualidad de las piezas de Debussy y Bizet y la carnalidad de Jolivet y Milhaud que logró la satisfacción plena de un público privilegiado.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 22 de enero de 2017

CRISTINA MONTES Y LA BÉTICA DE CÁMARA: ORGULLO POR EL TALENTO LOCAL

Orquesta Bética de Cámara. Cristina Montes, arpa. Michael Thomas, director. Programa: Petite Suite, de Debussy; Concierto para arpa, de Boieldieu; Sinfonía en Do mayor, de Bizet. Espacio Turina, sábado 21 de enero de 2017

No nos cansamos de repetir lo orgullosos que nos sentimos de que en apenas treinta años Sevilla haya pasado de un práctico analfabetismo musical a atesorar al menos cuatro más que estimables orquestas sólo en la capital. La Bética de Cámara es una de ellas, que cada vez depura más su habilidad técnica y capacidad expresiva, como demostró en el exquisito programa con el que inauguró el año. No es la primera vez que Thomas exhibe su admiración por la música francesa; ya en junio de 2015 en el Alcázar ofreció un concierto de similares características. Este lunes además complementa el programa en formato pequeño de cámara.

La Pequeña Suite de Debussy es un conjunto de miniaturas coreográficas de carácter tan delicado como complaciente, concebido para piano a cuatro manos pero orquestado con notable encanto y ligereza por Henri Büsser. A pesar de su conocido entusiasmo y empeño, la batuta de Thomas optó una vez más por el trazo grueso, acusándose evidentes desequilibrios en la primera página, pero también brillantez en el Cortejo y melancolía en el Minueto. Majestuosa, a pesar de ejecutarse por apenas una veintena de músicos, resultó la Sinfonía que Bizet compuso muy joven como ejercicio académico y que hoy disfruta de gran popularidad. Todo su enérgico ritmo y vigoroso perfume quedó patente en una interpretación en la que sin embargo volvió a asomar con frecuencia el estilo tosco que traiciona a un director sin duda admirable como persona y trabajador incansable. Cabe destacar el adagio, con un acertado tono elegíaco y un sensacional oboe solista.

El arpa era un instrumento muy apreciado en los salones parisinos del siglo XVIII. François Adrien Boieldieu compuso uno de los más célebres conciertos para el instrumento en plena transición de siglos, y la deslumbrante, también en belleza y atuendo, arpista sevillana Cristina Montes, lo hizo valer. Avalada por diversos premios internacionales, el mismísimo Barenboim y su plaza en la magnífica Orquesta de la Comunitat Valenciana, la joven arpista hizo gala de una extrema sensibilidad, no digamos ya de dominio técnico y buen gusto para paladear cada nota de esta compleja pieza y potenciar sus frecuentes acentos dramáticos. Lástima que la orquesta no siempre mantuviera el justo equilibrio con la sutil solista, tapándola ocasionalmente.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 1 de febrero de 2016

EL SUEÑO ESTANCADO DE LA BÉTICA DE CÁMARA

2º Concierto de temporada 2015/16. Orquesta Bética de Cámara. Antonio Salguero, clarinete. Michael Thomas, director. Programa: Idilio de Sigfrido, de Wagner; Concierto para clarinete nº 1 Op. 73, de Weber. Sinfonía nº 4 Op. 60, de Beethoven. Espacio Turina, sábado 30 de enero de 2016


Años lleva ya la Bética de Cámara intentando reflotar aquel mítico conjunto que nació en los veinte del siglo pasado de la ilustre mano de Falla. Al empeño dedican un considerable esfuerzo y una enorme ilusión, sin que los resultados de momento estén dando los frutos que la empresa merece. En este segundo concierto de la presente temporada se repitió una pieza que se programó hace justo un año, el Concierto para clarinete nº 1 de Weber (hubiera sido preferible completar la oferta con el nº 2), que volvió a brindarnos Antonio Salguero. El clarinetista sevillano lució virtuosismo, destreza y sustancia, desarrollando contrastes y colores con elegancia y emotividad, arropado con considerable respeto, vigor y elocuencia por el conjunto, aunque también puntuales salidas de tono y falsas entradas.

Peor fue el Idilio de Sigfrido de Wagner, pieza compuesta como regalo de cumpleaños y a la vez de Navidad para su esposa, y que la orquesta ofreció en una versión intermedia entre la quincena de músicos que la estrenaron y la voluminosa plantilla con la que brilla en manos de una Sinfónica. Esta delicada pieza se abordó con una insufrible tendencia a la ñoñería, merced a una cuerda flácida y mortecina, especialmente en el registro agudo, apenas superada en los momentos de mayor intensidad emocional. En manos del entusiasta Michael Thomas la pieza sobrepasó el nivel de sensiblería, sin entender ni su sustancia ni su alcance emocional. El dulzón cuarteto con clarinete que sirvió de propina demostró que por separado la concertino tiene un considerable talento.

Fueron los pasajes más enérgicos los que mejor parados salieron, de manera que tras una introducción endeble y sin misterio, el resto de la Sinfonía nº 4 de Beethoven logró convencer con una acertada combinación de júbilo y ternura, unos vigorosos tutti y un voluptuoso empleo del timbal, si bien faltó una mayor profundidad emocional. El concierto coincidió con unos talleres infantiles que se desarrollan en paralelo a las actividades de sala; una feliz idea de la nueva gerencia de la Sala Turina, que añade a una cada vez más completa oferta musical. El lleno de este concierto debería motivar para seguir trabajando duro y conseguir resultados más depurados en un corto plazo. Insistimos en que los programas de mano deberían incluir una relación de los músicos que integran la orquesta, para que vayamos distinguiéndolos; la presentación uno a uno por parte del director no alcanza a cumplir este cometido.