Mostrando entradas con la etiqueta Cine en cuarentena. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cine en cuarentena. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de mayo de 2020

LA CANCIÓN DE LOS NOMBRES OLVIDADOS Alegato musical contra el olvido y la infamia

Título original: The Song of Names
Canadá-Hungría 2019 111 min.
Dirección François Girard Guion Jeffrey Caine, según la novela de Norman Lebrecht Fotografía David Franco Música Howard Shore Intérpretes Tim Roth, Clive Owen, Catherine McCormack, Luke Doyle, Misha Handley, Jonah Hauer-King, Gerran Howell, Saul Rubinek, Stanley Townsend, Magdalena Cielecka, Marina Hambro, Schwartz Zoltan Estreno en el Festival de Toronto 8 septiembre 2019; en Canadá y Estados Unidos 25 diciembre 2019; frustrado en España 13 marzo 2020

Conocido por su melomanía y filantropía, el canadiense François Girard se dio a conocer a finales del siglo pasado con el aclamado documental Thirty Two Shorts About Glenn Gould, que aquí se llamó Sinfonía en soledad y analizaba el peculiar estilo interpretativo del pianista también canadiense. Pero su mayor éxito hasta el momento lo logró varios años después con El violín rojo, una cinta que acompañaba las vicisitudes de un Stradivarius desde su construcción en Italia en el siglo XVII hasta nuestros días, pasando por varias manos y países, y cuya banda sonora compuesta por el prestigioso John Corigliano logró el Oscar correspondiente a 1999. Su pasión por la música se vio potenciada con El coro, su mejor y más incisivo trabajo hasta el momento, que protagonizó Dustin Hoffman hace seis años, mientras su atracción por la humanidad la cultivó con títulos como Seda, según la popular novela de Alessandro Baricco, y Hochelaga, un gran espectáculo audiovisual con el que rinde homenaje a los humanos que habitaron el continente americano antes de ser aniquilados por los colonos.

Ahora ha combinado ambas vertientes con una melancólica y decididamente triste adaptación de una novela de Norman Lebrecht sobre un niño judío polaco, prodigioso violinista, que crece en Reino Unido durante y después de la Segunda Guerra Mundial ajeno a la suerte que hayan podido correr sus parientes más cercanos en el campo de concentración nazi de Treblinka. Una odisea histórica que nos lleva de aquellos aciagos años hasta 1951 y los ochenta del pasado siglo, y nos hace viajar a Polonia y Nueva York en busca de la suerte de este niño, desaparecido ya joven cuando se disponía a debutar en un prometedor concierto. Todo parece encajar en esa recurrente idea de la historia verdadera, incluida la pieza musical que da título a la cinta, cuando en realidad todo es inventado, incluso la partitura compuesta para la ocasión por Howard Shore, que pretende ser un recordatorio de los nombres que perecieron en tan infame exterminio.

Más cerca del clasicismo y el academicismo cinematográfico, primorosamente ambientada, rodada y fotografiada, que de un cine comprometido y capaz de suscitar mayores emociones, Girard sin embargo trata a sus personajes con delicadeza, intenta justificar sus reacciones y recrea con elegancia momentos cercanos a lo sublime como la interpretación de la pieza a través de varios escenarios, desde el auditorio hasta el campo de exterminio minado de monolitos que recuerdan a las víctimas, pasando por floridos prados y la sinagoga desde la que se invoca el recuerdo y esa inatacable memoria histórica a la que el hombre tiene tanto derecho. En el camino disfrutamos con la música, además de la de Shore, fragmentos de Bach, Paganini o Bruch, en manos del joven violinista australiano Ray Chen, salvo en el duelo en el refugio anti bombas londinense que se marcan los propios Luke Doyle, que encarna al protagonista de niño y es él mismo un violinista prodigio, y Schwartz Zoltan, un joven violinista húngaro que encarna a otro estudiante polaco en Londres que sufre de manera atroz la pérdida de su familia. Lástima que a lo largo del metraje parezca apuntarse cuestiones como el extremismo religioso como castrador del arte, para perderse luego en argumentaciones que alejan las tesis prometidas, de forma que cualquier análisis concienzudo va difuminándose a favor de un drama lineal más pendiente de la imagen y el sonido que del dolor que subyace en el fondo, aunque el tono lúgubre y tristón se mantenga prácticamente en todo momento.

miércoles, 22 de abril de 2020

PETER BOGDANOVICH, UN LARGO Y DEFINITIVO AMOR... AL CINE

Igual que hay películas que en su día obtuvieron un gran éxito de crítica y el respaldo unánime del público a las que el paso del tiempo trata mal o muy mal, también las hay que fueron vapuleadas hasta lo indecible, que no conectaron con el público de su época y sin embargo sí lo hicieron con el del futuro, convirtiéndose en auténticas obras de culto o recibiendo al menos el apoyo que merecían y que en su momento no obtuvieron, obligadas a dormir en el limbo de la incomprensión. No debió sentar muy bien entre la prensa especializada de mediados de los setenta del siglo pasado que uno de los suyos, un cronista, escritor, crítico y periodista como Peter Bogdanovich se lanzara al cine de la mano de Roger Corman, a quien conoció en un preestreno, y dirigiera con éxito un film en cierto modo mítico, El héroe anda suelto (Targets), sobre un francotirador que siembra el terror en un autocine. También a sus órdenes, aunque bajo seudónimo, dirigió la extravagante Viaje al planeta de las mujeres prehistóricas. Mucho menos debió gustar que con su tercera película, apenas dos años más tarde, lograra un éxito desmesurado que le catapultara directamente a los Oscar. La última película (The Last Picture Show) supuso el trampolín de salida para estrellas como Jeff Bridges y Cybill Shepherd, quien a raíz de esta colaboración se convertiría en pareja de Bogdanovich y propiciaría su divorcio de Polly Platt, diseñadora de decorados a quien muchos consideraban alma mater de los primeros y sonados éxitos del director norteamericano de origen serbio y austriaco.

Peter Bogdanovich
Sin duda son muchos factores para sospechar que tras varios éxitos consecutivos, entre ellos las célebres ¿Qué me pasa, doctor? a mayor gloria de Barbra Streisand y Luna de papel, que reunió a Ryan O’Neal con su hija Tatum, ganadora del Oscar a la mejor actriz secundaria mucho antes de que se limitara la edad para optar a dicho galardón, los y las colegas de tan impertinente creador le dieran la espalda y buscasen la excusa perfecta para hundir su carrera. La encontraron en dos películas protagonizadas por Shepherd, que nunca logró integrarse en el sistema hollywoodiense. Daisy Miller (Una señorita rebelde) no gustó a pesar de tratarse de una adaptación del muy querido Henry James, y mucho menos lo hizo At Long Last Love, un musical al estilo de los años treinta con el que este cinéfilo empedernido diseñó un doble homenaje, a las canciones de Cole Porter y a la comedia cínica y desenfadada de Ernest Lubitsch. A todo eso hay que sumar la pérdida de popularidad que el musical clásico sufrió en los últimos años, discretamente salvado por adaptaciones de éxitos del rock como Tommy, Jesucristo Superstar o The Rocky Horror Picture Show, que llegaría hasta principios de los ochenta, devorando las posibilidades de ese otro musical nostálgico que fue Dinero caído del cielo, la obra maestra de Herbert Ross.

La pasión de Bogdanovich por los grandes clásicos, que le llevó a devorar de joven unas cuatrocientas películas al año y a escribir libros de referencia sobre John Ford, Orson Welles, Howard Hawks y la plana mayor de los grandes directores e intérpretes del Hollywood clásico, se tradujo en una filmografía donde abunda el tributo a una época irrepetible, con cintas como Nickelodeon (Así se formó Hollywood) o The Cat’s Meadow (El maullido del gato) sobre el supuesto asesinato del director Thomas Ince por el magnate de la prensa William Randolph Hearst, una de sus últimas películas. En medio títulos como las interesantes Máscara, con Cher, y Saint Jack, producida por Playboy, lo que propició que para su siguiente película, Todos rieron, otro título homenaje, en esta ocasión a una canción de Gershwin, y último trabajo protagónico de Audrey Hepburn, contara con la presencia de Dorothy Stratten, Miss Playboy 1980, con quien inició una relación que derivaría en el asesinato de la playmate por parte de su marido, episodio documentado por Bob Fosse en su malogrado testamento cinematográfico, Star 80. También el teatro ha nutrido a este polifacético director, con películas como Lío en Broadway, su última cinta hasta el momento, y Noises Off (¡Qué ruina de función!), su celebrada adaptación de una obra que ha dado la vuelta al mundo, aquí con el título Por delante y por detrás, que pudimos ver en Sevilla hace mucho en el entonces Teatro Imperial de la calle Sierpes.

Intercambio de parejas
Nuestro primer contacto con At Long Last Love fue en Televisión Española a principios de los noventa, bajo el título de Un largo y definitivo amor. Más tarde se le ha conocido como Por fin, el gran amor, que es como se bautizó en varios países latinoamericanos. El fracaso estrepitoso que supuso su estreno en 1975, deprisa y bajo un montaje calamitoso que le cercenó hasta veinte minutos de metraje, provocó que la cinta cayera en el olvido. Una copia no autorizada o bootleg como se conoce en el medio, fue lo que circuló durante años, fundamentalmente en VHS, incluida su incursión en nuestra televisión, hasta que a principios de la década pasada Netflix se interesó por una copia reeditada en 1979 por un aficionado que recuperó aquellos veinte minutos perdidos y le devolvió parte de su intención original, a lo que se sumó la intervención del propio Bogdanovich añadiendo algunos minutos más hasta lograr la versión definitiva de 2013, editada lujosamente en DVD y BlueRay. Una nueva edición que sin embargo prescinde de un divertido It Ain't Etiquette que cantan y bailan en la calle, sin que eso pase desapercibido entre los viandantes, Cybill Shepherd y Eileen Brennan, reciente su éxito como secundaria en El golpe, número que sí pudimos ver en aquella copia primitiva. Cuando se estrenó la crítica se cebó especialmente con el reparto, elegido por Bogdanovich precisamente y con toda la intención entre actores y actrices sin experiencia en el musical y con dudoso talento para abordarlo, entre ellos Burt Reynolds, que sustituyó al inicialmente seleccionado Elliot Gould y mostró un gran interés por estrenarse en el musical. El elenco lo completan Madeleine Kahn, curtida en la comedia alocada con el propio Bogdanovich (¿Qué me pasa, doctor?) y sobre todo Mel Brooks (Sillas de montar calientes, El jovencito Frankenstein y más tarde Máxima ansiedad), Diulio Del Prete, un joven italiano que había participado en Daisy Miller y que Bogdanovich creía se convertiría en una gran estrella, y John Hillerman, que aunque criado en Texas, aportaba el talante británico que más tarde le haría famoso como mayordomo de Tom Selleck en Magnum P.I., dando vida al inerte mayordomo de Reynolds.

Kahn, Reynolds, Shepherd y Del Prete en una de las
secuencias recuperadas en la versión definitiva
El director decidió que los números musicales se rodaran al estilo de los de películas de Lubitsch como Una hora contigo, El desfile del amor, La viuda alegre y El teniente seductor, en directo y del tirón, lo que debido a la escasa experiencia del reparto provocó numerosos retrasos y repeticiones. El pretexto era una colección de canciones que Shepherd facilitó a su novio tras grabar un disco titulado Cybill Does It… to Cole Porter. El concepto era el de Jukebox Musical Comedy, un tipo de cine que aprovecha el material argumental tras las letras de canciones ya concebidas para tejer una historia en este caso sentimental sobre parejas que se enamoran y se intercambian en un juego de celos y seducción. El resultado, a pesar de todas las vicisitudes y cortapisas, llegándose incluso a tildar en su época de una de las peores películas de la historia del cine, no puede ser más simpático y desenfadado, además de glamuroso, asistiendo a una sucesión de episodios en los que tres atractivas parejas, una de ellas entre los sirvientes de Reynolds y Shepherd, a los que en cierto punto se une una desmadrada Mildred Natwick como progenitora del rico playboy al que da vida el protagonista de Los caraduras, cantan, bailan, beben, se enamoran y sobre todo se divierten, a propósito de una jugosa selección de canciones de Porter, entre las que destacan You’re the Top, One of Those Things, Did You Evah, I Get a Kick Out of You, la que da título al film, At Long Last Love, y I Loved Him (But He Didn't Love Me), cuya melancólica y desesperanzada letra sirve de leit motiv a todo el argumento. Todo ello con excelentes orquestaciones y arreglos musicales de Artie Butler y la dirección musical de Lionel Newman. Una exquisita dirección artística, con predominio de blancos y grises con los que el director evadió en cierto modo la prohibición de la Fox de rodarla en blanco y negro como era su primera intención, y un sensacional vestuario pusieron la guinda a un film disfrutable al máximo, puro deleite para amantes del musical y de la comedia sofisticada en general, donde la pura diversión se da la mano con el cinismo y el sarcasmo más inteligente y cultivado, propiciando que hoy el resultado sea saludado de forma prácticamente unánime con toda la admiración que sin duda merece.

jueves, 9 de abril de 2020

Cine en confinamiento SEMANA SANTA EN EL VATICANO

John Malkovich, Silvio Orlando y Jude Law
Mucha gente se está dedicando a recomendar películas y series de televisión para amenizar estos días de confinamiento decretado por el gobierno y seguido por sentido común y sentido de la responsabilidad. Guiados por un espíritu que a pesar de los años y los cambios de postura siguen en cierto modo influidos por una educación religiosa y unos valores tradicionales, de los que por mucho que pase el tiempo este estado secular no parece poder desembarazarse del todo, algunos no podemos sucumbir a la tentación de programar durante Semana Santa películas de índole religioso, como muchos escépticos no pueden sustraerse a la emoción de ver procesionar sus santos por las calles de su localidad. Este año hemos fijado nuestra atención en el Vaticano, habida cuenta del protagonismo que el Papa ha tenido en el cine con ese duelo interpretativo entre Jonathan Pryce como Francisco I y Anthony Hopkins como Benedicto XVI que en la plana y superficial Los dos papas de Fernando Meirelles con el que cerramos el 2019 y abrimos este fatídico año.

También la televisión se ha hecho eco del mediático personaje con la sobrevalorada serie de Paolo Sorrentino El nuevo Papa, que de paso ha puesto de moda a su predecesora El joven Papa, ambas tan bien escritas y capaces de provocar una enorme fascinación estética gracias a la maestría del director de La gran belleza para tratar la imagen y el sonido, con una cuidadísima y ecléctica banda sonora, pero que no acaban de encontrar en su planteamiento el sentido y la trascendencia que muchos esperábamos del visionario director. Cabe destacar en ellas el trabajo de Jude Law como un considerablemente joven y rebelde Papa, capaz de despojar a la Iglesia de sus concesiones y transigencias con tal de devolverla a un estado primitivo e intolerante con el que moldear una nueva institución, así como el impecable trabajo de Silvio Orlando como Cardenal Voiello, a caballo entre la comicidad y la responsabilidad de estado, la inquietante para muchos presencia de John Malkovich como sustituto del papa en coma, la sensualidad de Cécile de France exhibiendo una espléndida madurez o la candidez de un atormentado Javier Cámara como aportación española con Mediapro en la producción. Cabe destacar también la sorprendente intervención puntual de Marilyn Manson y Sharon Stone interpretándose a sí mismos, y sobre todo la espléndida recuperación de Diane Keaton en la primera de las dos series, libre de las muecas y espasmos a los que nos ha acostumbrado su filmografía los últimos veinte años desde El Padrino III.

Charlton Heston y Rex Harrison en El tormento y el éxtasis
Pero la presencia del Vaticano en el cine está plagada de títulos, de los que nosotros vamos a destacar cinco, desde su papel de mecenas artístico en la épica El tormento y el éxtasis, una cinta de 1965 dirigida por Carol Reed (El tercer hombre) en la que Rex Harrison como el Papa guerrero Julio II y Charlton Heston como Miguel Ángel se entregan a un extenuante duelo protagonizado por la admiración y el apoyo absoluto del primero sobre la libertad de creación y el genio imperecedero del segundo mientras decora la Capilla Sixtina, cuyos métodos creativos son minuciosamente recreados en una pantalla abrumada por una exquisita ambientación. La excelente banda sonora de Alex North, en la que sería una de sus partituras más épicas junto a las de Espartaco, Cleopatra y El gran combate, pone el resto en este suntuoso melodrama sobre el poder del genio, el trabajo y el talento para trascender, y el de quien sabe verlo, admirarlo y apoyarlo. Solo cabe reprocharle que el resultado final de la Sixtina se asemeje más al estado que tenía en el año de su producción que al esplendor con el que hoy podemos disfrutarla tras su restauración. Un exquisito corto documental sobre la figura de Miguel Ángel como escultor, con música majestuosa de Jerry Goldsmith, le sirve de prólogo. También con música de North podemos acercarnos a Las sandalias del pescador, un melodrama de ficción en el que un papa ruso, durante veinte años condenado a trabajos forzados en Siberia, se convierte en esperanza de occidente y el comunismo soviético para evitar una guerra nuclear. Michael Anderson no era tan buen director como Carol Reed, como se trasluce en películas como la vistosa La vuelta al mundo en ochenta días y la ingenua La fuga de Logan, y eso se deja traducir en su torpeza a la hora de plasmar las dudas de un sacerdote que no sabe muy bien cuál es su misión y si debe asumirla. En este sentido su paseo de incógnito por una Roma atestada de vida y feliz vulgaridad nos recordó a la más conseguida y reciente película de Nanni Moretti Habemus Papa, con un excelente Michel Piccoli perdido en Roma y en su conciencia.

Otto Preminger da instrucciones a Tom Tryon y Romy Schneider
Mucho mejor película que las anteriores es El cardenal, del imprescindible Otto Preminger. Al margen de su espléndida ambientación a lo largo de los primeros cuarenta años del siglo XX, con escenarios, vestuario y peinados más cuidados y documentados de lo que era habitual en aquellos años sesenta, y de otra magnífica banda sonora, en esta ocasión firmada por Jerome Moross, el autor de la emblemática sintonía de Horizontes de grandeza, esta larguísima película destaca por cuestionar de forma tan respetuosa como discreta algunos de los valores y principios más arraigados de la Iglesia Católica, como el voto de castidad, el cumplimiento férreo y sin excepciones de los mandamientos, o el papel activo en la expansión del nazismo, algo de lo que también se encargaba con bastante lucidez la película de Costa-Gavras Amén. Una jovencísima Romy Schneider pasea por algunos de los escenarios vieneses que la hicieron célebre en Sissi, mientras da la réplica romántica a un Tom Tryon abrumado por las dudas y atormentado por la conciencia. Entre los numerosos secundarios destaca John Huston dando vida al cardenal Glennon con matices que le llevan de la autoridad a la compasión y que le reportaron una nominación al Oscar. Allí donde termina El cardenal empieza Monseñor, una cinta más humilde de 1982, dirigida por Frank Perry y en la que Christopher Reeve interpreta a un joven capellán norteamericano que tras desembarcar con las tropas de su país en las costas italianas, se verá pronto bajo la responsabilidad de recuperar la maltrecha economía del Vaticano, para lo que llegará incluso a contactar con la mafia. Siguiendo un esquema similar a la película de Preminger, romance incluido esta vez con la carismática Genevieve Bujould, la cinta se deja ver con simpatía y amabilidad, incluyendo la aportación de Fernando Rey como cardenal y mentor, y destacando la elegante y majestuosa música de John Williams, muy en sintonía con el ambiente criminal y mafioso que retrata, tejiendo de alguna manera una imagen muy tenebrosa e inquietante de una Iglesia corrupta y un sacerdocio más diabólico que divino. Lo sorprendente es que Williams fuera nominado a los Razzie por esta interesante partitura.

El repaso lo terminamos con la mirada femenina de Audrey Hepburn en uno de los registros imprescindibles de su carrera, el de la joven misionera belga Hermana Luke en Historia de una monja, una excelente película que Fred Zinnemann dirigió en 1959 y por el que la actriz logró su tercera nominación al Oscar, tras conseguirlo por Vacaciones en Roma y volver a ser candidata al año siguiente por Sabrina. En esta película del director de Solo ante el peligro se destaca la función más generosa y desinteresada de la Iglesia, o mejor de algunas de las personas que la integran, a la vez que se pone de nuevo en tela de juicio el espinoso tema de la vocación y las dudas sobre la dedicación a lo divino por encima de las satisfacciones y veleidades de la vida civil y el servicio al prójimo desde una posición eminentemente laica. Basada en la novela de Kathryn Hulme, la cinta se benefició también de una espléndida banda sonora de Franz Waxman, que supo aunar el carácter místico de la propuesta con sus resortes más misteriosos y amargos.

domingo, 5 de abril de 2020

Cine en confinamiento MATTHIAS & MAXIME Los amigos reprimidos

Canadá 2019 120 min.
Guion y dirección Xavier Dolan Fotografía André Turpin Música Jean-Michel Blais Intérpretes Xavier Dolan, Gabriel D’Almeida Freitas, Anne Dorval, Marilyn Cartonguay, Harris Dickinson, Samuel Gauthier, Pierre-Luc Funk, Camille Felton, Catherine Brunet Estreno en el Festival de Cannes 22 mayo 2019; en Canadá 9 octubre 2019; en España 27 marzo 2020 solo en Internet

El todavía muy joven Xavier Dolan parece abandonar parcialmente su habitual tendencia a la intensidad emocional y puntual desmadre, como pudimos comprobar en algunos de sus títulos más celebrados como Laurence Anyways o Mommy, que tanto sorprendieron a algunos, los de siempre, y nos aburrió a otros, para embarcarse en una insustancial crónica sobre amores frustrados y autorrepresión sexual tan inútil como anacrónica en estos tiempos.

El largo periplo, fundamentalmente estival, que precede al viaje para ganarse la vida en Australia de un joven canadiense, al que da vida el propio Dolan con mancha facial para despistar, sirve al mimado realizador para trazar una especie de radiografía emocional sobre un amor homosexual reprimido que a estas alturas ni interesa ni conmueve, ni mucho menos se explica. Se agradece que abandone parte de la carga violenta que caracteriza su cine, aunque ésta no desaparezca del todo, y que trivialice sus habituales traumas maternofiliales a la vez que realiza un retrato generacional banal y arquetípico a fuerza de pandillas de borrachera y fiestas til you puke tan habituales en esas tierras americanas.

Sus dos horas acaban siendo tan irritantes como lo fueron otros productos suyos como la insufrible Solo el fin del mundo o nos tememos también la inédita en nuestras pantallas The Death and Life of  John F. Donovan. Su paso por Cannes no obtuvo por todo ello la respuesta que suele esperarse de su sobrevalorado cine.

miércoles, 1 de abril de 2020

Cine en confinamiento UN AMIGO EXTRAORDINARIO Terapia con María Luisa Seco

Título original: A Beautiful Day in the Neighborhood
USA-China 2019 108 min.
Dirección Marielle Heller Guion Micah Fitzerman-Blue y Noah Harpster, según un artículo de Tom Junod Fotografía Jody Lee Lipes Música Nate Heller Intérpretes Tom Hanks, Matthew Rhys, Chris Cooper, Susan Kelechi Watson, Noah Harpster, Tammy Blanchard, Wendy Makkena, Maryann Plunkett, Enrico Colantoni, Carmen Cusack, Kelley Davis, Christine Lahti, Maddie Corman. Daniel Krell Estreno en el Festival de Toronto 7 septiembre 2019; en Estados Unidos 22 noviembre 2019; en España prevista para el pasado 20 marzo 2020

Un artículo del multipremiado periodista Tom Junod publicado en Esquire, y el merecido homenaje a un icono infantil de la televisión norteamericana, el Sr. Rogers, están en la base de esta bienintencionada película de Marielle Heller, que se dio a conocer hace unos años con la estupenda comedia The Diary of a Teenage Girl y logró el reconocimiento y la fama hace apenas uno con ¿Podrás perdonarme algún día?Junod agradece en su artículo al aprendizaje que recibió del carismático personaje infantil, crucial para curar su ira y rencor, especialmente hacia su progenitor.

Nos encontramos por lo tanto ante una nueva película sobre infancias perdidas o robadas, una suerte de terapia para conseguir mayor serenidad y por extensión felicidad, y para aprender a valorar las cosas sencillas por encima de los estigmas, responsabilidades y banalidades de las que nos hemos rodeado. Particularmente viendo este film se me vinieron a la cabeza dos iconos de mi infancia, el programa de TVE La casa del reloj y la presentadora María Luisa Seco, que tantas buenas tardes de cola cao y galletas frente al televisor me hizo pasar en compañía de Un globo, dos globos, tres globos. De forma que esta terapia con personaje carismático de nuestra infancia me hizo pensar en una divertida sesión de psicoanálisis con la malograda actriz y presentadora. En esta operación Heller vuelve a hacer gala de una proverbial facilidad para obviar los aspectos más ñoños y blandos de la narración, lo que teniendo en cuenta el material no deja de ser un auténtico logro, y conseguir una original puesta en escena, combinando imaginería infantil con elementos de puro drama más reconocibles, y resultando todo ello un estimulante ejercicio. 

No obstante el material de partida, aparte homenaje, nostalgia y audaz planteamiento estético, no deja de ser tan convencional como trillado, apoyándose en una estupenda recreación de Tom Hanks, tan entrañable como sutil, y la adecuada réplica del desconocido Matthew Rhys, amargado protagonista de la función. En la banda sonora Nate Heller rescata algunos de los emblemáticos temas de este personaje televisivo que mantuvo su show, El vecindario de Mr. Rogers, desde finales de los sesenta del siglo pasado hasta principios de éste, antes de fallecer en 2003.

martes, 31 de marzo de 2020

Cine en confinamiento FRANKIE Emotivo teatro en exteriores

Francia-Portugal 2019 98 min.
Dirección Ira Sachs Guion Ira Sachs y Mauricio Zacharias Fotografía Rui Poças Música Dickon Hinchliffe Intérpretes Isabelle Huppert, Brendan Gleeson, Marisa Tomei, Greg Kinnear, Jérémie Rénier, Pascal Greggory, Vinette Robinson, Ariyon Bakare, Carlotto Cotta, Sennia Nanua, Manuel Sá Nogueira Estreno en el Festival de Cannes 20 mayo 2019; en Francia 28 agosto 2019; sin fecha de estreno prevista en España

Juntar a un puñado de carismáticos intérpretes, envolverlos en un paisaje magnífico y en la luz amable y ensoñadora del verano, y someterlos a una serie de lúcidos parlamentos sobre el amor, la muerte y la amistad, es una apuesta segura si cuenta además con el buen hacer y la intención precisa de una buena realización. Es justamente lo que consigue el director norteamericano Ira Sachs en su octavo largometraje, incluido un documental, y su primera incursión en el cine europeo sin por ello abandonarse a las imposturas y remilgos con los que los cineastas del nuevo mundo se enfrentan al siempre idealizado cine del antiguo continente.

El autor de obras notables como El amor es extraño o Verano en Brooklyn, acierta en este vodevil con hechuras teatrales pero rodada casi íntegramente en los generosos paisajes de Sintra y exteriores, en el que una familia multirracial y bohemia se desplaza a las amables tierras portuguesas para celebrar lo que parece un adiós irremediable, en torno a una gran estrella del cine a la que da vida la impagable Isabelle Huppert. Todo, desde su poliédrico y formidable reparto hasta el luminoso paisaje y su no menos melódico sonido medioambiental, forma un delicado conjunto entre paseos que se deja ver con tanto agrado como admiración, aunque en el empeño no se logre esa complicidad siempre conveniente para redondear el producto.

Y es que puede más en este caso la forma, que tanto contribuye al carácter eminentemente amable de la propuesta, que ese fondo del que supuestamente emergen cálidas reflexiones sobre la vida, el amor, la enfermedad y la muerte. Temas todos muy graves que son tratados con saludable ligereza pese a peligrar con ello su resultado final. Pero solo disfrutar de Huppert, Tomei, Gleeson y el resto del elenco, los frondosos paisajes de mar y montaña que ofrece el generoso país vecino, y bañarlo todo en una igualmente delicada banda sonora en la que la tierna música original de Dickon Hinchliffe se da la mano con el segundo de los Momentos musicales de Schubert, merece sobradamente nuestro interés.

Cine en confinamiento CORPUS CHRISTI El triste porvenir

Título original: Boze Cialo
Polonia-Francia 2019 116 min.
Dirección Jan Komasa Guion Mateusz Pacewicz Fotografía Piotr Sobocinski jr. Música Evgueni y Sacha Galperine Intérpretes Bartosz Bielenia, Eliza Rycembel, Aleksandra Konieczna, Tomasz Zietek, Leszek Lichota, Lukasz Simlat, Barbara Kurzaj, Zdzislaw Wardejn Estreno en el Festival de Venecia 2 septiembre 2019; en Polonia 11 octubre 2019; en España previsto para el 30 abril 2020

Aunque cuenta con una amplia consideración en su tierra natal, Jan Komasa ha tenido que esperar a dirigir esta producción con ayuda francesa para acaparar atención internacional, y lo ha conseguido haciéndose eco de la inmensa influencia que tiene la Iglesia Católica en Polonia no solo en asuntos espirituales sino también de índole meramente social. La improbable historia de un delincuente juvenil que cultiva una discutible vocación religiosa en el reformatorio en el que cumple condena, y que canaliza a través de la impostación en una pequeña población sacudida por una terrible desgracia, sirve a Komasa para tejer una ambigua reflexión en torno a los valores tradicionales de la Iglesia, pero siempre desde una perspectiva que no deja entrever con claridad si se trata de una denuncia o una salvaguarda de esos mismos valores espirituales.

El carácter rebelde y un punto canalla del joven protagonista choca no solo con esa supuesta vocación sino con una institución anquilosada a la que sin embargo limpiar sus miserias no le va a suponer precisamente un arduo problema. Su más que discutible habilidad para convencer casi de la noche a la mañana a los sufrientes habitantes de esa pequeña localidad rural, así como para curar su casi inexplicable rencor, se convierte así en enésimo discurso sobre el David que lucha contra ese testarudo Goliat con el que suele identificarse en este tipo de operaciones a la masa estúpida y adocenada.

Insolencia frente a tradición y conservadurismo, una receta más que trillada en el cine y la literatura y que aquí sirve además para practicar una puesta en escena sobria y relajada en el que la tristeza es ampliamente trabajada desde todos sus resortes, las interpretaciones de su reparto coral, la gris y azulada fotografía y la planeadora y atmosférica música de los hermanos franceses Evgueni y Sacha Galperine. Una operación que entre muchas satisfacciones le ha reportado numerosos premios dentro y fuera de Polonia, incluido el Festival de Venecia, y una nominación al Oscar a la mejor película internacional.