viernes, 10 de julio de 2020

REENCUENTRO ESPERADO Y ESPERANZA INCIERTA

Leonor Bonilla
Guardando todas las distancias de seguridad y con mascarilla responsable en boca, así se presentó el público en un Maestranza reabierto para contribuir al Banco de Alimentos de Sevilla, necesitado más que nunca de solidaridad tras estos meses de confinamiento que derivan inevitablemente en una crisis social y humanitaria sin precedentes. En un ambiente enrarecido, que igual invitaba al júbilo y la ilusión tras tantos días sin disfrutar de la música en directo, que plasmaba toda la conmoción y la tristeza del motivo que nos convocaba, homenajear a los y las miles de víctimas de la pandemia así como a todos y todas quienes con su esfuerzo y dedicación han ayudado a paliar sus efectos, empezando por supuesto por el castigado personal sanitario, el evento se desarrolló gracias a la colaboración de teatro e instituciones y la participación solidaria, generosa y desinteresada de sus artistas, siempre con la ciudad como protagonista y leit motiv.

El experimentado periodista local José Luis Losa fue el encargado de conducir con destreza y elegancia este recorrido por algunas de las disciplinas más frecuentes en el coliseo hispalense. Un viaje que arrancó con un anticipo de la Bienal de Flamenco, el que nos brindó Gudalberto García, maestro del mestizaje musical y miembro fundador del mítico Smash, uno de los grupos que firmaron en los setenta del siglo pasado la época dorada del rock andaluz. Con un sitar y el acompañamiento de cuatro estupendos compañeros a la guitarra, la percusión y el sutripeti, otro instrumento hindú, éste en forma de pequeño organillo con fuelle, desplegaron una improvisación del propio García sobre el tema Cuarto menguante, extraído del concierto Duende eléctrico que el músico ha compuesto para la Bienal a partir de la novela La triple diosa de Robert Graves, el autor de Yo, Claudio. Una pieza evocadora y sencilla en la que cabe atisbar tanto el sabor del lejano oriente como el más cercano de nuestro folclore andaluz, todo un alarde de multiculturalidad a la que nuestra tierra siempre ha sido tan propensa. A ellos siguieron el arte al piano del también director de orquesta Carlos Aragón, que gracias a su proverbial versatilidad logró evocar todo lo que durante el confinamiento hemos sacrificado en Sevilla, incluidas la Feria y la Semana Santa. Junto a él, la joven soprano sevillana Leonor Bonilla, algunos de cuyos más notorios éxitos hemos disfrutado en esta sala, entonó con portentosa elegancia y soberbia agilidad Qui la voce sua soave… Vien diletto, aria y cabaletta de I puritani de Bellini, con el temperamento justo Cantares del compositor sevillano Joaquín Turina, y con gracia y desparpajo una exótica Sevillana de Jules Massenet y una desenfadada canción de Manuel García.

Javier Perianes
El Coro de Amigos del Maestranza se encargó bajo la dirección de Íñigo Sampil de entonar tres importantes páginas del repertorio operístico, el Coro a bocca chiusa (boca cerrada) de Madame Butterfly de Puccini, Chi puó vederla de Anna Bolena de Donizetti, y el Coro de Esclavos de la ópera ambientada en Sevilla Fidelio de Beethoven, con el que las voces masculinas, incluidas sensacionales solos de tenor y bajo, lograron una interpretación de alto calibre. El punto y final lo puso la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, que debidamente reducida y guardando las exigidas distancias, lo que incluyó prescindir de la habitual concha acústica en el escenario, y siempre con una luminosa pantalla como fondo que dio mucho juego estético a la velada, recreó el Concierto para piano nº 21 de Mozart, ese que desde 1967, cuando el sueco Bo Widerberg incluyó el atemporal segundo movimiento en su película Elvira Madigan, se conoce con el nombre de la célebre acróbata alemana. Si me equivoco por favor que alguien me corrija, pero creo que nunca antes habíamos visto a Javier Perianes dirigir la orquesta a la vez que asumía la parte solista, ofreciendo una versión técnicamente depurada y expresivamente saneada de la partitura.

Kari Kriikku
Solo un día antes de este singular acontecimiento la ROSS presentaba su temporada, a la que como la del Maestranza, miramos con preocupación por si la falta de sentido y responsabilidad de mucha gente provoca un nuevo estallido de la pandemia y sus indeseables consecuencias. Pero seremos optimistas y aguardaremos con ilusión una temporada marcada por el trigésimo aniversario del teatro y la orquesta, que en el caso de la segunda se traduce en catorce dobles citas divididas por primera vez en dos temporadas de abono, la primera en otoño con aforo y orquesta reducidos y la segunda la del aniversario en todo su esplendor a partir de enero, lo que hace pensar que muy felices se las desean los organizadores de cara a una solución drástica de la pandemia con el mero cambio de calendario. En la otoñal la orquesta se reencontrará con Michel Plasson, que justo aquí celebró su ochenta cumpleaños en octubre de 2013 e inauguró así mismo la temporada 2016-17. Además tendremos ocasión de volver a disfrutar de las batutas del mexicano Carlos Miguel Prieto, que en 2014 hizo un Egmont de Beethoven completo con la participación siempre fresca y agradecida de Ruth Rosique, y del que fuera candidato a dirigir la orquesta antes de que se contratara a John Axelrod, György Rath. Los dos concertinos del conjunto, Paçalin Zef Pavaci y Éric Crambes dirigirán los dos conciertos restantes, con solistas como la soprano Lucía Martín Cartón, a quien vimos en el Amadeus del Lope de Vega y la inauguración del Año Murillo junto a Jordi Savall, o el violista de la ROSS Francesco Tosco. En los atriles la Sinfonía de Gounod, arias de Mozart y Rossini, la Sinfonía Concertante para viola y violín de Mozart, además de su icónica Sinfonía nº 25, las Sinfonías 4 a 6 de Beethoven, o el Homenaje a Lorca de Revueltas y Don Lindo de Almería de Rodolfo Halffter, dos páginas que la ROSS interpreta por primera vez.

Anu Tali
La temporada del aniversario arrancará con una recreación del primer concierto de la Sinfónica en 1991 en el Lope de Vega, de nuevo con Marc Soustrot a la batuta. A partir de ahí un amigo e incansable colaborador de la orquesta, Juan Luis Pérez tomará el relevo dirigiendo a su hijo, el consagrado pianista Juan Pérez Floristán, en los dos conciertos de Ravel, y el director sevillano Rodrigo Tomillo, que en 2016 se puso al frente de la formación en el concierto de clausura del año académico universitario, dirigirá a la violinista japonesa Akiko Suwanai, que ha sido dirigida por Axelrod y Halffter, en el Concierto para violín nº 1 de Prokofiev. En marzo el pianista madrileño de origen cubano Leonel Morales, que debutó en la Sala Manuel García como Leo de María, interpretará bajo la batuta de Pablo González, que en 2017 destacó con una soberbia Octava de Beethoven, el Concierto nº 1 de Brahms, mientras el clarinetista finlandés Kari Kriikku abordará las páginas más atrevidas de la temporada, Ciel d’hiver y el Concierto de Saariaho, dirigido por Ernesto Martínez Izquierdo, que debuta con la ROSS pero a quien vimos junto a la Sinfónica de Navarra en 2012 y ahora dirigirá también la Quinta de Sibelius en un concierto que repetirán un día después en el Palau de la Música Catalana en su siglo de aniversario. Aprovechando su estancia en Sevilla para dirigir Carmen, la joven directora estonia Anu Tali se encargará del sexto programa de este ciclo aniversario, con el Concierto para piano de Clara Schumann como plato estrella a cargo del joven armenio Leon Avagyan, ganador del Premio Maria Canals en 2017, como lo fue en 2018 el ruso Evgeny Konnov, que acompaña a Prieto en el concierto de noviembre que se ofrecerá también en el Festival de Música Española de Cádiz. Nuno Coelho, joven director portugués de extraordinaria proyección internacional, y ganador del Concurso de Cadaqués en 2017, dirigirá al bajo eslovaco Peter Kellner, que fuera Papageno en La flauta mágica también del 17, en las canciones de El cuerno mágico (Des Knaben Wunderhorn) de Mahler, en un concierto en el que también se interpretará por primera vez Les offrandes oubliées de Messiaen, la suite de El caballero de la rosa de Strauss y La valse de Ravel. Sin duda una cita para no perderse, el 17 de junio de 2021. Otra cita ineludible la protagonizará el oboísta y director de la Oviedo Filarmonía Lucas Macías, con el Concierto para oboe de Strauss y la versión completa de El pájaro de fuego de Stravinski. Finalmente, en julio, Juanjo Mena, por primera vez ante la ROSS tras su triunfal periplo norteamericano, dirigirá una Novena de Beethoven que cerrará los festejos por su doscientos cincuenta aniversario, con Raquel Lojendio y Cristina Faus entre sus voces solistas, las mismas que ayer y hoy lo interpretan en Granada.

Un concierto en marzo en Cartuja Center celebrando la música de John Williams y el triste y recientemente fallecido Ennio Morricone, con motivo del Princesa de Asturias de las Artes de este año, y el tradicional de Año Nuevo esta vez bajo la batuta del prestigioso Marc Soustrot antes de inaugurar el ciclo aniversario, además de otro concierto en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla, y las colaboraciones con el Maestranza ya comentadas cuando se presentó su programación, completan una programación en la que no faltarán las diez citas camerísticas en el Espacio Turina, este año con profusión de obras poco difundidas de Beethoven y un guiño también a la música de cine en ese mismo mes de marzo. Que el sentido común, la responsabilidad y el avance de la ciencia consigan que todo este castillo erigido justo cuando el nuevo gerente de la orquesta, el sevillano Pedro Vázquez, ha tomado posesión del cargo, no se venga abajo.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 6 de julio de 2020

MORRICONE VIVE

Con esta portada dedicada a Ennio Morricone en 1990,
de la revista valenciana Música de Cine,
empecé mis colaboraciones con los medios de
comunicación
Ya no será posible disfrutar de la foto soñada por millones de aficionados y aficionadas en todo el mundo a la música de cine, la que habría de reunir a los que seguramente son los dos compositores de bandas sonoras de películas más queridos y admirados, Ennio Morricone y John Williams, como receptores del Princesa de Asturias de las Artes de este año. Aunque gozaba de una relativa buena salud a pesar de sus noventa y un años y medio, el italiano sufrió una fatal caída hace apenas unos días que le fracturó el fémur y derivó en una serie de complicaciones que nos lo ha arrebatado para siempre. Es cierto que ya apenas componía, lo que evitará que tengamos que prescindir de su capacidad creativa y podamos consolarnos con el ingente legado de buena y no tan buena música que nos ha dejado, pero siempre personal e irrepetible. De cualquier forma no es como cuando hace unas semanas nos dejaba el escritor Carlos Ruiz Zafón, en la flor de la vida y con tanto por delante por contarnos, pero ello no impide que hoy sintamos una inexplicable angustia y un doloroso hueco en el corazón, eso que hace inverosímil que alguien con su talento y su trayectoria haya dejado de existir para siempre. El cine y el mundo de las bandas sonoras lloran hoy a quien tomó el legado de maestros como Nino Rota y Mario Nascimbene, creció junto a Armando Trovaioli, Luis Bacalov y Angelo Francesco Lavagnino, e influyó en otros como José Nieto o Nicola Piovani.

El compositor y su esposa recogiendo hace
cuatro años la Estrella del Paseo de la Fama
de Hollywood
Morricone murió donde nació, porque si una cosa caracterizaba su trayectoria fue su infinita fidelidad, a la ciudad de Roma, de la que nunca quiso alejarse, ni cuando las mieles del éxito en Hollywood quisieron tentarle, o a su querida esposa Maria Travia, juntos durante setenta años hasta que la muerte de él les ha separado, y a quien dedicó sus dos Oscar, el primero honorífico y el segundo en competición, por su generosidad y su paciencia, además de por haber sido siempre su compañera ideal incluso en los aspectos más estrictamente profesionales, ya que fue autora de algunas de las letras de canciones basadas en sus banda sonoras, y supervisaba cada partitura antes de que llegara a manos del director. A su esposa la conoció por ser amiga de su hermana y conquistarla a fuerza de acompañarla en el hospital tras sufrir un grave accidente de automóvil. Ahora la ha dejado junto a cuatro hijos, uno de los cuales, Andrea, ha seguido la senda de su padre y es actualmente director de orquesta y autor de algunas bandas sonoras, incluido el celebrado tema de amor de Cinema Paradiso. Por cierto que otro de sus grandes fuertes en relación a la fidelidad son los directores con los que ha trabajado, desde el mítico Sergio Leone que le aportó fama mundial gracias a su Trilogía del Dólar y la trilogía americana de la que Érase una vez en América se considera su obra maestra absoluta, hasta Bertolucci, De Palma, Argento, Pasolini, que aunque no siempre encontraron en él la voz adecuada a sus historias, sí repitieron cuando las circunstancias lo aconsejaron, y sobre todo Giuseppe Tornatore, con quien ha firmado más de una decena de títulos, desde la emotiva Cinema Paradiso a La correspondencia, pasando por Una pura formalidad, La leyenda del pianista en el océano y La mejor oferta.

El año pasado Morricone protagonizó su última gira mundial y a finales de éste debía recoger en Oviedo el Princesa de Asturias de las Artes, compartido con el hasta ahora otro grande superviviente de la etapa dorada de la música de cine, John Williams. Su envidiable capacidad de trabajo ha quedado definitivamente truncada, aunque lejos quedaron también los años en que era capaz de componer casi veinte bandas sonoras en un solo año, hazaña apenas lograda por ningún colega de profesión, y que hicieron su filmografía inabarcable, ni que decir su discografía, inflada además por continuas reediciones que aseguran ser más completas que las anteriores. Hace apenas un mes escribíamos en estas páginas acerca de este genio de la música de cine que también probó fortuna en el apartado de la música seria para concierto, con sus particulares aportaciones al universo de la música contemporánea, a menudo en forma de insinuantes voces femeninas, con motivo de ese galardón tan esperado que viene a sumarse a los Oscar, Globos de Oro, Bafta, Nastro d’Argento, David di Donatello, León de Oro en Venecia o el considerado Nobel de la Música, el Polar Music Prize, logrados a lo largo de su fructífera carrera.

Un número después también dibujé la contraportada
de esta revista especializada
Nos ha hecho disfrutar y soñar muchísimo. Yo mismo empecé a escribir, bien o mal, de estas cosas de la mano de un especialista en su música, Antonio Domíngez, y la revista valenciana Música de Cine que dirigió en la última década del siglo pasado. También de la mano de esta publicación y su admiración incondicional por el maestro romano, tuve la oportunidad de conocerlo y entrevistarlo cuando a finales de siglo celebró su segundo concierto en Sevilla invitado por Carlos Colón y la Fundación Luis Cernuda, que entonces organizaban los Encuentros de Música de Cine. Y me pareció un buen hombre, amable y educado, generoso y sensible, como su música. ¡Qué vacío tan grande dejan los grandes cuando se van! Nos pasó en aquel fatídico verano de 2004 cuando nos dejaron con apenas un mes de diferencia Jerry Goldsmith y Elmer Bernstein, y nos volvió a pasar el año pasado cuando lo hizo Michel Legrand. Con Morricone no he podido evitar las lágrimas, también por John Williams, que se sentirá muy solo y desvalido próximamente cuando en fecha aún por confirmar se entreguen los premios Princesa de Asturias de este fatídico 2020. Pero su música y su recuerdo vivirá para siempre en nuestro corazón.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

LA LISTA DE LOS DESEOS Comedia amable con fondo difuminado

España 2020 102 min.
Guion y dirección Álvaro Díaz Lorenzo Fotografía Valentín Álvarez Música Julio de la Rosa Intérpretes María León, Victoria Abril, Silvia Alonso, Salva Reina, Boré Buika, Paco Tous, Joaquín Núñez, Paco Calavera, Mara Guil, Ken Appledorn, Andrés Velencoso, Sebastián Haro, Carolina Bassecourt, Josema Pichardo Estreno 3 julio 2020

Nada bueno hacía presagiar los anteriores trabajos de Álvaro Díaz Lorenzo, Señor dame paciencia y sobre todo la impresentable Los Japón, pero la siempre desvergonzada presencia de Victoria Abril suponía a priori un estímulo suficiente para dar una oportunidad a su trabajo más reciente, cuyo estreno en el frustrado Festival de Málaga fue pospuesto a causa del coronavirus, igual que su posterior debut en salas comerciales en mayo pasado. Y sin embargo qué grata sorpresa ha supuesto este producto diseñado por supuesto para hacer taquilla, con presupuestos absolutamente comerciales, pero que no carece de bondades suficientes para tenerlo en cuenta.

Una joven veterinaria sevillana enferma de cáncer recibe el apoyo incondicional de su mejor amiga y otra enferma a la que conoce en quimioterapia, y las tres deciden poner rumbo a un viaje por la costa oriental de Cádiz y el norte de África con el fin paralelo de cumplir una serie de deseos más o menos excéntricos y sacar presuntamente jugo a sus inciertos futuros. Naturalmente cualquier postulado serio sobre feminismo o enfermedad queda difuminado casi en su totalidad en favor de la frivolidad típica de una comedia de altos vuelos en el que paisajes, ambientes elegantes y sofisticados y vestuario infinito dominan la función. Pero esto no es necesariamente malo, peor son un par de chistes escatológicos que ensombrecen la buena marcha de este amable entretenimiento.

Su vocación de postal turística queda reforzada con la música de La Mari, la misma que hace años puso voz con su grupo Chambao al mejor spot publicitario jamás creado por la Junta de Andalucía. En el camino hay buenos sentimientos, situaciones emotivas, detalles bienvenidos a favor del amor a los animales, el verdadero sentido de la amistad, la reconciliación con la familia y el arte del buen vivir. Pero sobre todo están las buenas interpretaciones de su trío protagonista, algo histriónica Alonso pero perfectas León y Abril, sensibles y emotivas sin estridencias. Y por medio algunos gags ingeniosos, situaciones divertidas y sobre todo una sana voluntad para transmitir ganas de vivir. Y es cine andaluz comercial y bien hecho.

viernes, 3 de julio de 2020

FESTIVAL DE EUROVISIÓN: LA HISTORIA DE FIRE SAGA ¿Quién dijo que este año no hubo festival?

Título original: Eurovision Song Contest: The Story of Fire Saga
USA 2020 123 min.
Dirección David Dobkin Guion Will Ferrell y Andrew Steele Fotografía Danny Cohen Música Atli Órvarsson Intérpretes Will Ferrell, Rachel McAdams, Pierce Brosnan, Dan Stevens, Mikael Persbrandt, Ólafur Darri Ólafsson, Melissanthi Mahut, Demi Lovato, Graham Norton, Jamie Demetriou Estreno en internet 26 junio 2020

Ya es casualidad que justo el año que se cancela por primera vez en su historia el Festival de Eurovisión, se estrene aunque sea en Netflix una película sobre el mismo. Es como si realmente asistiéramos a una nueva edición del festival, tal es el acierto con el que el director ha recreado el ambiente y las formas de este fenómeno popular. Sabíamos que era muy seguido también en Estados Unidos, pero ahora lo corrobora esta película perpetrada por Will Ferrell y dirigida por un especialista en comedias delirantes, algunas francamente pésimas, como Los rebeldes de Shanghai, De boda en boda o El cambiazo, que hace unos años dio la sorpresa en clave dramática con la muy solvente El juez.

Delirante desde el video promocional de Volcano Man hasta la inesperada actuación final, con Rachel McAdams haciendo playback bajo la prodigiosa voz de Molly Sandén, participante sueca de Eurojunior y eterna candidata a representar a su país en el festival, entonando el hermoso tema Hometown. Por medio cabe disfrutar mucho con los tres momentos estelares de la función, que por sí mismos justifican toda la película, la accidentada interpretación de Double Trouble, tema con el que Islandia pretende alzarse con el premio, Salvador Sobral cantando Amar pelos dois y un potpurrí de temas muy cañeros del pop internacional de Madonna o Cher protagonizado en una fastuosa fiesta por ganadores y participantes carismáticos y carismáticas de pasadas ediciones del festival como Loreen, Jamala, Conchita Wurst, John Lundvik, Bilal Hassani o Alexander Rybak. Sin duda toda una fiesta para eurofans y el resto de la población, que terminará siendo tan icónica como el arranque de La La Land.

Aunque este año el festival tendría que haberse celebrado en Rotterdam, Ferrell y Dobkin sitúan la acción en Edimburgo, mientras una trama tan delirante como el resto del espectáculo sirve de pretexto para tan disfrutable entretenimiento, que aunque plagado de chistes malos y situaciones marcianas, consigue en su conjunto mantener un nivel digno de amabilidad e intrascendencia que lo hace muy saludable, incluso cuando se plasma la homofobia rusa, la crisis financiera islandesa o la xenofobia europea a los yanquis. Hasta Pierce Brosnan en un registro muy contenido y sin embargo muy expresivo, como padre avergonzado del friki y vikingo Ferrell, tiene su gracia. Y todo aunque no falte la apropiación americana del espectáculo con discursos emotivos impensables en nuestra más pragmática cultura europea.

miércoles, 1 de julio de 2020

CELEBRANDO LA DIVERSIDAD

Cada época del año es una ocasión para celebrar algo, y hacerlo a través del cine es ideal, sobre todo cuando otras vías están vetadas por la situación excepcional que estamos padeciendo. Cada año por estas fechas celebramos la diversidad a través del colectivo LGTBI. La visibilidad de este colectivo es una cuestión que nos preocupa todo el año y en todo momento, pero bien está reservarnos también una determinada fecha para convertir esa lucha de décadas en una fiesta y un orgullo. Igual que la multiculturalidad y la multirracialidad, la diversidad sexual y de género enriquece nuestro ambiente, nos hace más felices y permite que esta vida ridícula que apenas representa nada en un universo tan extenso que todo lo que lo habita es inimaginablemente minúsculo, tenga más sentido y merezca más la pena disfrutarla. Estos días he celebrado esta diversidad colorista y divertida con un clásico, un documental más cinéfilo que gay, un descubrimiento reciente y especialmente una serie de la que a pocos capítulos me he convertido en un defensor a ultranza. Los chicos de la banda, El celuloide oculto, 1985 y Pose son sus títulos. 

Vi Los chicos de la banda la película de William Friedkin, el director de French Connection, El exorcista y A la caza, por primera vez cuando aún era muy joven para comprender el universo que retrataba. La he vuelto a ver ahora y me he rendido a sus méritos, tanto cinematográficos como extracinematográficos. Parece mentira que ya en 1970 una obra teatral, en la que está basada la celebrada película, pudiera ser tan explícita y encajar tantos personajes homosexuales y sus distintas problemáticas. Un variopinto grupo de amigos se reúne en el ático neoyorquino de uno de ellos para celebrar el cumpleaños de otro, a los que se unen un joven chapero que contratan como regalo especial para el homenajeado y el excompañero universitario del dueño del piso, que parece esconder un secreto que le atormenta y pudiera estar relacionado con una potencial homosexualidad. En ese contexto conocemos al afeminado sarcástico, el dandy incómodo con su condición, la pareja que afronta ya entonces el poliamor, siendo uno de ellos un padre de familia divorciado tras asumir su condición, y el nada amanerado que vive su homosexualidad con total naturalidad, en el que quizás es el personaje que redime toda la ensalada de traumas reincidentes en este tipo de producciones, aunque la que tratamos sea absolutamente pionera. Un trabajo actoral de primera, un guion brillante y una puesta en escena sobria capaz de afrontar su origen teatral sin complejos, consiguen un film apasionante tanto por la clarividencia con la que aborda temas todavía candentes y que preocupan a mucha gente aun en la actualidad, cincuenta años después, como por el documento histórico que representa.

En El celuloide oculto de Rob Epstein y Jeffrey Friedman, se considera este trabajo de Friedkin como reaccionario, y que deja en mal lugar a la comunidad como un contenedor de traumas, miserias y dificultades. Pero el personaje al que hacíamos referencia en último lugar desacredita esa consideración, abriendo un enorme ventanal de aceptación y naturalidad a un fenómeno que no es sino una regla más de esta fascinante Naturaleza a la que tantas veces damos la espalda. Se trata de selección natural, de mera diversidad y opción para ser felices y así transitar nuestra existencia con la mayor naturalidad posible. El documental de Epstein y Friedman llegó a las salas comerciales a mitad de los noventa del siglo pasado, en plena crisis sanitaria por el VIH. Para cualquier cinéfilo es una gozada por cuanto realiza un viaje a través de la historia de Hollywood y cómo ha afrontado la homosexualidad desde el cine mudo hasta la época de su realización, desde ser pretexto para el humor hasta los doble sentidos, como la amistad entre Mesala y Ben Hur en la cinta de William Wyler, o las estrellas ambiguas como Greta Garbo o Marlene Dietrich. El año de su realización hacía diez que el sida saltó a las portadas de todos los noticiarios con la muerte de Rock Hudson. Rápidamente las corrientes religiosas extremas lo consideraron un ajuste de cuentas de Dios con una aberración natural, un producto del vicio y la depravación. Pero lo cierto es que esta enfermedad causó muchísimas víctimas y por extensión muchísimo dolor, que tuvo que añadirse al hecho de que se contrajera simplemente por reivindicar un rol de género, amar o simplemente disfrutar de esa efímera vida que todos tratamos sea lo más gozosa y feliz posible.

En la película 1985, del militante norteamericano Yen Tan, un joven se enfrenta a su familia, de profunda tradición católico irlandesa, a la hora de confesar su homosexualidad y las consecuencias que le ha acarreado. El film repite esquemas y situaciones muchas veces vistas en pantalla, pues no podemos olvidar que la mayor parte de las producciones de este tipo versan sobre la dificultad para aceptarse y ser aceptados. Sin embargo la originalidad reside esta vez en la incapacidad del protagonista para comportarse sinceramente y compartir con sus seres queridos lo que sin duda merecen, independientemente de cómo puedan reaccionar, sobre todo cuando hay alguien en la familia que puede aprender mucho de esa valentía y generosidad. Al fin y al cabo si la distancia ya está marcada, pues mejor que tenga un motivo preciso para trazarla. El trabajo de Virginia Madsen como madre, una vez más comprensiva y generosa, destaca por encima del resto de sus compañeros de reparto.

De ese dolor por la pérdida de seres queridos y de lo mucho que hizo sufrir esa letal enfermedad en pleno apogeo habla y muy bien, sin estridencias ni excesos melodramáticos, la impactante serie de televisión Pose, cuya tercera temporada está en el aire por culpa de la pandemia. En esta espectacular serie las protagonistas son transexuales o travestís, latinas, negras y pobres, ¿alguien da más? Naturalmente se trata de un producto de evasión y no es cuestión de cargar las tintas, de manera que el escenario son las sesiones que a lo largo de las décadas de los ochenta y noventa se realizaban en espacios de Brooklyn y el Bronx, en las que se desfilaba a ritmo de música disco para alcanzar retos basados en la moda, el disfraz, el glamour y la solidaridad, que al final es el ingrediente fundamental de esta emotiva serie. Desarraigados y desarraigadas de sus familias y comunidades, en Nueva York mucha de esta gente encontró familias alternativas donde el respeto, la ayuda y la motivación parecían ser los motores imperantes, al menos así lo cultiva la protagonista MJ Rodríguez, prodigio de sentimiento, fuerza y decisión, mater amatísima en todos los sentidos. Alrededor de ella el glamour de la bellísima, divertida y sarcástica Dominique Jackson y la singular delicadeza de Indya Moore, además de un portentoso Billy Porter como maestro de ceremonias que afronta la mayor carga dramática de la serie, y los jóvenes Ryan Jamaal, Dyllon Burnside y Angel Bismarck completan este retrato humano y sentimental en el que prevalece la lentejuela y la alegría para equilibrar su tono reinvindicativo y amargo a veces, a través de un baile, el Vogue, que Madonna hizo famoso en todo el mundo a mitad de la época retratada en el film. Pura celebración de la diversidad, que nos abre la mirada a otro tipo de gente, que vive con orgullo y satisfacción su condición, procurando ser felices, no autoengañarse y aportar felicidad a quienes les rodean. Al fin y al cabo debería ser nuestro único lema en esta ridícula pero maravillosa vida.

martes, 30 de junio de 2020

PERSONAL ASSISTANT Entrañable retrato de un ambiente musical

Título original: The High Note
USA 2020 113 min.
Dirección Nisha Ganatra Guion Flora Gleeson Fotografía Jason McCormick Música Amy Doherty Intérpretes Dakota Johnson, Tracee Ellis Ross, Ice Cube, Bill Pullman, Kelvin Harrison jr., Ze Chao, June Diane Raphael, Eddie Izzard Estreno en Estados Unidos (Internet) 19 mayo 2020; en España 26 junio 2020

Ya es grave que en nuestro país se cambien a menudo los títulos de las películas, pero que se haga para ponerle otro en inglés es el colmo. Cierto es que The High Note no tiene traducido a nuestro idioma un significado tan expresivo como Asistente personal, pero así en castellano, que es a lo que se dedica Dakota Johnson en esta quizás su mejor película hasta la fecha. Y es que la realizadora Nisha Ganatra, curtida en televisión pero con alguna interesante comedia en su haber como Late Night protagonizada por Emma Thompson, dirige con buen pulso, un encomiable sentido del ritmo y un brillante conocimiento del mundo que retrata, esta crónica sobre una joven admiradora del soul, el blues y el rythm’n’blues, que busca con ambición y determinación su camino hacia el éxito.

Casi como si de una Eva Harrington se tratara, utiliza aunque no de forma tan despiadada a su particular Margo Channing, una madura estrella del pop a la que encarna Tracee Ellis Ross, famosa en América por sus trabajos en televisión, pero poco conocida aquí más allá que por el honor de ser hija de Diana Ross, para alcanzar su meta como productora musical. Ganatra, con ayuda de su guionista Flora Gleeson, se interesa sin embargo más por el lado de cuento moral que pueda tener la aventura que por su vertiente más morbosa y cruel. De tal forma el personaje de Johnson es oportunista y tramposa, algo traicionera pero no despiadada. Admira sinceramente a su estrella, de la misma forma que directora y guionista parecen adorar el mundo que retratan, un Los Angeles plagado de talento, trabajo y esfuerzo para que todos y cada uno y una de nosotras disfrutemos con la mejor música posible, que ha generado leyendas como Sam Cooke, Marvin Gaye, Aretha Franklin, Donny Hathaway o Al Green.

Ellis Ross encarna a la perfección ese ideal de diva de la música pop ya entrada en años, al más puro estilo Cher o Madonna, que lucha contra viento y marea para que un puñado de productores agotados, ya sean veteranos, como el que encarna Ice Cube, o recién salidos de la Universidad, no le marquen un destino predecible y le dejen seguir diseñando su propia voz, mientras Johnson destila humildad y buena voluntad sin que resulte mera apariencia ni sacrifique su propia ambición. El espectáculo es vistoso, entretenido y bien intencionado, sin que una vez más tengamos que enfrentarnos a las miserias, vicios y desgracias de la fama, sino todo lo contrario, a su gloria y mérito. Solo alguna que otra de esas casualidades de guion que se disfrazan de ingenio ensombrecen el brillante resultado, pero no lo malogran.

LA CINTA DE ÁLEX Voluntarioso y esforzado drama emocional

España-USA-India 2019 109 min.
Guion y dirección Irene Zoe Alameda Fotografía Richard López y Rita Noriega Música Antonio Escobar Intérpretes Fernando Gil, Rocío Yanguas, Aitana Sánchez Gijón, Amit Shukla, Krishna Singh Bisht, Aida Folch, Rohit Choudhary, Monica Khanna, Mia Speight Estreno 26 junio 2020

Volvemos al cine esperemos que no de forma provisional, después del confinamiento y la paralización de la rutina diaria, con el primer estreno español de la temporada y de la nueva realidad. Se trata, como tantas otras veces en nuestro cine, de una ópera prima, la que después de un par de cortometrajes y con un considerable esfuerzo ha realizado la joven directora madrileña Irene Zoe Alameda con financiación española, norteamericana e india. Precisamente en el país asiático se desarrolla parte de este drama coyuntural en el que un padre con hechuras de Gerard Butler y su hija adolescente se reencuentran tras un largo periodo del primero en la infame base de la Bahía de Guantánamo, acusado de terrorismo al parecer injustamente.

El potaje contiene una niña criada en un Washington que parece detestar y turista en una India que parece despertar en ella más de un sentido, alguno indeseablemente, una serie de choques culturales y alguna peripecia propia de la relación paternofilial, las responsabilidades propias de la paternidad y las ansias de independencia de una joven a caballo entre la pedantería a la que nos tienen acostumbrados los americanos y la inocencia más propia de la edad. No funciona mal, aunque sea a golpe de guion y de alguna que otra interpretación forzada, pero consigue reflejar ese buen sentimiento de la multiculturalidad, acumulando en su camino temas tan polémicos como la explotación laboral del tercer mundo, el extremismo islámico en su doble vertiente doméstica y terrorista, o el colonialismo cultural americano, todos tratados naturalmente de refilón. 

La empresa está llevada con esfuerzo y mucho color para ir paulatinamente metiendo la pata a fuerza de giros de guion ridículos y un final precipitado y lamentablemente convencional. Haber perfilado algo mejor los personajes – algunos, como el malo de la película, es francamente caricaturesco – y pulido más el ambicioso guion, le hubiera venido bien a una película que no obstante no cuenta con la gracia suficiente para hacerla memorable.