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viernes, 13 de febrero de 2026

UN SUEÑO CON TIERNA PERSPECTIVA INFANTIL

El sueño de una noche de verano. Ópera en tres actos de Benjamin Britten. Libreto de Benjamin Britten y Peter Pears, basado en la obra homónima de William Shakespeare. Corrado Rovaris, dirección musical. Laurent Pelly, dirección escénica. Luc Birraux, reposición de la dirección escénica. Laurent Pelly y Massimo Troncanetti, escenografía. Laurent Pelly y Jean-Jacques Delmotte, vestuario. Michel Le Borgne, iluminación. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Banda interna del Conservatorio Manuel Castillo. Escolanía de Los Palacios (Aurora Galán, directora). Con Xavier Sabata, Rocío Pérez, Michael Porter, Heather Lowe, Joan Martín-Royo, Aoife Miskelly, Charlotte Dumartheray, David Ireland, Juan Sancho, Daniel Noyola, Thibaut de Damas, Alexander Sprague, Benjamin Bevan, Toislav Lavoie, Siân Grifiths, Andrea Carpintero, Julia Rey, Paula Ramírez y Kenia Murton. Producción de la Ópera de Lille. Teatro de la Maestranza, jueves 12 de febrero de 2026


La interminable cantera de adaptaciones shakesperianas a la ópera y el cine encuentra en esta amable comedia de tintes fantásticos un sobresaliente referente. Fue con la película que William Dieterle y Max Reinhardt dirigieron en 1935 con la que debutó Erich Wolfgang Korngold en Hollywood, a donde llegó de la mano del famoso productor teatral austriaco, y se quedó refugiándose del nazismo. Korngold adaptó parte de la música incidental que un siglo antes había compuesto Mendelssohn y que se convertiría en la más famosa pieza musical concebida a partir de este clásico teatral. En 1999 un plantel de estrellas protagonizó otra encantadora versión de la mano de Michael Hoffman, a la que Simon Boswell prestó una banda sonora plagada también de referencias mendelssohnianas.

El sueño de una noche de verano pasó a llamarse La reina de las hadas  cuando Purcell compuso las máscaras que habían de amenizar las representaciones de esta fantasía sobre el amor y las apariencias. Casi tres siglos después Benjamin Britten estrenó su particular versión de la comedia, ciñéndose al texto original, al que apenas traicionó más que para reducirlo al estándar operístico con ayuda de Peter Pears. Un mes antes de que el Real alce la producción de Deborah Warner de este título, Sevilla tuvo anoche la oportunidad de estrenar esta ópera de un autor poco pródigo en la escena hispalense.

Una producción llena de magia y encanto

Recién desembarcado de Valencia, donde montó su producción de Eugenio Oneguin, Laurent Pelly nos encandiló con su particular visión del mundo de hadas, atenienses y pastores que propone la obra de Shakespeare. Sin apenas utillaje, con un trabajo esmerado de iluminación y un escenario de fondos interminables, gracias a un inteligente juego de espejos, Pelly hizo volar a sus personajes, los envolvió en magia y amabilidad y nos enganchó de principio a fin en un rocambolesco ejercicio de confusiones amorosas y preparativas nupciales.


El Maestranza volvió a convertirse en escenario de vuelos vertiginosos, los de Oberón y Titania movidos por grúas que los técnicos tramoyistas manejaron con la misma prestancia y precisión con la que desplazaron otros elementos y artilugios, paredes y espejos incluidos. Con arneses pudo Puck realizar sus acrobacias y deslizarse verticalmente casi en caída libre, de forma no apta para personas con acrofobia. Y con muchas luces emulando estrellas en movimiento, pudo el oscuro escenario trasladarnos a esa noche intensa en la que se sumergen los sueños.

Increíbles resultaron los disfraces de silfos y ninfas, interpretados por los niños y niñas de la Escolanía de Los Palacios, que con un fascinante juego de luces parecían emitir sus rostros como si fuesen pequeñas pantallas de televisión. Que los y las cuatro amantes confundidas vistieran pijamas pudiera parecer la solución más previsible, pero sirvió sobremanera para identificarnos con ellos y ellas y vivir nuestra propia experiencia onírica, que nos portó con éxito a ese mundo tan añorado de la infancia. El colorido vestuario de los artesanos faranduleros puso el contrapunto a ese universo casi en blanco y negro que protagonizó el resto de la función.


Fascinante tanto en el escenario como en el foso

El sueño mágico al que fuimos invitados e invitadas no se provocó sólo con esa excelencia escenográfica, y el buen teatro que se derrochó durante toda la función, casi tres horas de delirio dramático y musical, sino con la excelencia musical que nos ofrecieron los maestros y maestras de la Sinfónica y las voces convocadas. El director italiano Corrado Rovaris, actual director musical de la Ópera de Filadelfia, entendió a la perfección el espíritu de Britten, logrando texturas acordes a cada grupo de personajes. Cuerda sinuosa, casi erótica, para los amantes, metales refulgentes, ocasionalmente grotescos, para los cómicos y un trabajo exquisito de percusión, arpa y celesta para los personajes mitológicos.

La orquesta sonó maravillosamente, nos envolvió con el lenguaje avanzado de la música, no exactamente dodecafónica pero tampoco anclada en la melodía que tanto busca el público medio de una representación operística, a pesar de lo cual la acogida fue espléndida por parte del mismo. Rovaris consiguió envolvernos en una atmósfera mágica y onírica, con unos timbres orquestales y un colorido armónico tan específico que fue fácil dejarse dominar por tan rica experiencia sensorial.


Aurora Galán hizo un trabajo soberbio con la Escolanía de Los Palacios, en el cometido más exigente y dilatado que la formación ha abordado en su ya fecunda colaboración con el Maestranza. ¡Qué buena decisión tomaron sus padres y madres! ¡Qué extraordinaria experiencia viven prestándose a estos cometidos tan exigentes y profesionales! y ¡qué orgullosos y orgullosas deben sentirse todos!

Todas las voces, sin grandes alardes porque la pieza no pretende ser un vehículo para ello, se prestaron con solvencia y satisfacción a sus cometidos. Xavier Sabata volvió a convencer, esta vez como Oberón, sin forzar el falsete y cambiando de color cuando se precisaba. Como Tytania, la madrileña Rocío Pérez exhibió un gran dominio de la coloratura y una presencia física arrolladora. Ellos protagonizaron la vertiente barroca de la ópera, tan deudora de Purcell, mientras los y las amantes parecieron emerger del teatro musical anglosajón, con prestaciones esmeradas de un ingenuo Michael Porter, una presumida Heather Lowe, un soberbio Joan Martín-Royo y una simpática y desvergonzada Aoife Miskelly.


Entre los artesanos destacaron el divertido bajo-barítono británico David Ireland, el sevillano Juan Sancho, que no sólo demostró tener una de las voces más potentes del elenco sino dominar también el humor cuando de emitir gallos se trataba, y el bajo mexicano Daniel Noyola. Todos lograron, con la ayuda inestimable de Pelly, que la comedia Píramo y Tisbe no resultase, como en otras ocasiones, tediosa. También Siân Griffiths y Tomislav Lavoie convencieron desde su zona grave como Teseo e Hipólita, mientras cuatro voces femeninas extraídas del coro del Maestranza lideraron el séquito de Tytania con exacta solvencia que el resto de sus compañeros y compañeras.

Y no podemos olvidar el excelente trabajo de la actriz Charlotte Dumarthay, un Puck tan travieso como ágil y dinámico. Todos y todas ellas lograron un triunfo indiscutible y nos regalaron una experiencia rotundamente gozosa. Hay otras dos funciones, así que permítanse un buen regalo y no dejen pasar la oportunidad.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 29 de enero de 2026

RECUERDO DE UN AMOR IMPERECEDERO

Drama X Música. Mark Milhofer, tenor. Luis Alberto Domínguez, actor. Manuel Navarro, piano. Rafael R. Villalobos, dirección, dramaturgia, vestuario e iluminación. Programa: He Who Loves Music (obras de Benjamin Britten, Henry Purcell y John Dowland). Espacio Turina, miércoles 28 de enero de 2026

Milhofer, Navarro, Villalobos y Domínguez

A pocos días del estreno en el Maestranza de El sueño de una noche de verano de Benjamin Britten, el Turina rindió su particular homenaje al compositor británico de la mano de uno de los más inquietos, atrevidos y a menudo polémicos directores escénicos nacidos en nuestra ciudad, Rafael Rodríguez Villalobos. Un espectáculo que se pudo ver y oír anoche en el espacio de la calle Imagen y que no contó con el apoyo masivo del mundillo cultural y artístico de la ciudad, a pesar de que a priori constituía todo un acontecimiento.

Una voz interrumpe Bohemian Rhapsody de Queen en la radio para anunciar la muerte de Britten, insigne compositor y baluarte de la cultura y la música del Reino Unido. A continuación, el recuerdo de su memoria y legado a través de la voz de Peter Pears entonando Before Life and Death, deja claro el carácter oficial de una relación sentimental que duró cuatro décadas. Más tarde, las condolencias de Isabel II al tenor afianza aún más esa concepción. Pero fueron muchos años de clandestinidad, de disimular sentimientos en público y mantener una férrea discreción para no caer en las garras de una justicia contraria al amor entre personas del mismo sexo.


En escena, el tenor velando a su amado en un féretro disimulado, dentro de una escenografía sencilla y elegante que combina sólo el blanco y el negro. Junto a él un joven actor que representa la belleza de la juventud, tan idealizada como inalcanzable, y siempre eterno rival de una sexualidad que se autoproclama insaciable, quizás porque los hombres no han sufrido la represión que sí han soportado las mujeres, hasta que ha quedado en los genes, y quedará durante mucho tiempo, siempre que los nuevos tiempos no nos obliguen a dar pasos atrás.

El diálogo y la interactuación entre Pears, esa bella y envidiable juventud y el pianista que también se presta a los juegos de seducción que propone un amante que se entrega al amor libre y la pareja abierta, constituye el material dramático que sale igualmente de la mano y mente de Villalobos. Entre los textos, cartas de amor de la pareja, el testamento sentimental que Britten dedicó a Pears, y poemas de Auden, el primero de los cuales fue fácil de identificar, el mismo que otro viudo dedicaba a su esposo en el funeral de la película de las cuatro bodas.


En el apartado musical, Villalobos selecciona una serie de composiciones, en su mayoría dedicadas al tenor en diferentes momentos de su vida en común, entre las que destacan tres de los siete Sonetos de Michelangelo, convenientemente traducidos al amor heterosexual para no herir la sensibilidad norteamericana frente a la que se estrenaron en 1942. También piezas de Purcell y Dowland que representan el compromiso del autor del War Requiem con la música de su país, de la que fue ferviente defensor y divulgador.

Y con todo este material, Villalobos diseña su particular réquiem, siempre en tono trágico y tétrico, invocando más el dolor y la tristeza de la pérdida que el gozo y la celebración del amor y la vida que muchos hubiésemos preferido. Una iluminación errática, con focos a menudo agresivos que quemaban la escena e impedían ver con nitidez los sobretítulos, en este caso tan elocuentes y necesarios, así como una mezcla de sonidos que en alguna ocasión resultó farragosa, combinando piano, canto y voz en off de manera descontrolada y caótica, completó la propuesta.


Destacó sin embargo la voz poderosa y apabullante del veterano Mark Milhofer, un todoterreno especialista en el autor británico pero también en el repertorio barroco del que supo exprimir con delicadeza y discreción sus ornamentos e inflexiones. Incluso se atrevió emulando a Freddie Mercury con voz aquilatada de poderosos agudos. Aunque evidenció en momentos puntuales incómodos roces en la voz, ésta mantuvo en todo momento una potente proyección y un hermoso timbre, ayudando al éxito una expresividad a flor de piel, si bien la carga dramática del evento no logró ser suficientemente conmovedora ni tierna. Villalobos sólo le permitió un tono jocoso y distendido a través de los arreglos de canciones populares que entonó a mitad del evento, mientras el resto fue puro lamento  romántico (Rendete a gli occhi miei) y desgarro emocional (O Might Those Sighes, de los Sonetos sagrados de John Donne). Con el mismo Before Life and Death que escuchábamos al principio en la voz grabada de Pears, terminó su actuación, demostrando que su voz poco difiere de la del tenor homenajeado.

Junto a él destacó Manuel Navarro, preciso y elocuente al piano, siempre atendiendo a las necesidades de la voz y ofreciendo un precioso solo, depurado en lo técnico y sobrio en lo expresivo, en Night-Music. También el joven efebo encarnado por Luis Alberto Domínguez logró sumar talento y dignidad a una propuesta que con los ajustes necesarios quedará lista para su presentación en otros espacios nacionales e internacionales. Nosotros así  lo deseamos a este director escénico y agitador cultural que ha crecido ante nuestros sentidos.

Excepto la primera, las demás fotos han sido tomadas del facebook de Rafael Villalobos

viernes, 11 de octubre de 2024

SAGRIPANTI MIRANDO AL PRECIPICIO

Concierto nº 3 del ciclo Gran Sinfónico de la temporada 2024-25 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Lucía Martín-Cartón, soprano. Giacomo Sagripanti, director. Programa: Sinfonía de Réquiem, de Britten; Sinfonía nº 4 en Sol mayor, de Mahler. Teatro de la Maestranza, jueves 10 de octubre de 2024


Más propio por su temática de finales de mes que de este casi ecuador en el que nos encontramos, el programa ofrecido ayer por la ROSS, y que se repite hoy viernes, es quizás uno de los más interesantes de una temporada que Juan Luis Pérez ha diseñado sin duda para atraer el mayor número posible de público. Pero lo interesante tiene su precio en un mundo en el que siempre priman los dividendos, por encima de la educación y el cultivo de nuevos paladares musicales, y ayer pudimos observar una ligera disminución de público en el Maestranza respecto a los tres conciertos anteriores de la Sinfónica, aun así numeroso para tratarse de un espacio tan grandioso y unos conciertos que se celebran en doble jornada.

Lo estamos viendo en todos los ámbitos, se aplican criterios empresariales incluso en lo público, que debería mirar siempre a la formación y la exquisitez. En definitiva, se opta en todos los ámbitos por dar lo que el público demanda, y no por enseñarle a demandar más y mejor. Afortunadamente, el programa de ayer fue un ejemplo de lo segundo, con la muerte como eje inspirador y dos páginas de parecido sesgo estético pero diferente visión espiritual.

La muerte como eje vertebrador

La de Britten es una pieza que no se prodiga demasiado, y sin embargo aquí ya la habíamos disfrutado no hace mucho, en marzo de 2017, cuando Juan García Rodríguez, un ejemplo de sabiduría a la hora de programar, combinando vanguardia con lo clásico y popular, la dirigió frente a nuestra querida Sinfónica Conjunta. Los resultados fueron entonces menos vistosos en términos de tímbrica, pero sin duda más satisfactorios en términos estrictamente expresivos. Giacomo Sagripanti, ausente de nuestro escenario desde hace nueve años, se quedó mirando al precipicio, pero no se atrevió a caer en él, como bien demanda una partitura que exige más vehemencia, más acritud y una fuerza inusitada de tensión e incluso terror que aquí no asomó.

Por el contrario, el director italiano prefirió - o sencillamente no supo hacer otra cosa - una lectura hedonista y preciosista, más atenta a la belleza de los timbres y la claridad de las texturas que al dolor subyacente en una página que mira a la muerte de frente y sin titubeos, y en esos términos respondió también la orquesta, no obstante intervenciones excelentes a nivel técnico de los vientos, especialmente flautas y trompetas en sus juegos dialécticos. Pero faltó espanto, dolor y desconsuelo en una página que grita todo esto y más.


Este enfoque funcionó mejor para enfrentarse a la Cuarta de Mahler, página presuntamente ligera y alegre con la que el idolatrado compositor cierra su primer bloque sinfónico, a pesar de estar también inspirada en la muerte. Para él la forma en que los niños han de enfrentarse a ella tenía que ser optimista y desenfadada; sólo así podía aliviar su propio dolor ante una experiencia tan traumática. Esto no quiere decir que todo debiera ser pura amabilidad, pero encajó mejor con la estética de Sagripanti, no obstante sacar mucho partido de una orquesta que respondió con nobleza, transparencia y profesionalidad.

El primer movimiento acertó en su atmósfera distendida e inocente, tanto como la danza ligeramente macabra del segundo movimiento, cambio mediante y pertinente de violines de la concertino, Alexa Farré, para extraer en sus partes solistas el sonido desgarrado y sardónico que demanda la partitura. El sensacional tercer movimiento destacó por su emotiva intensidad, más transparente que directamente apasionada, pero carente también de ese toque irónico que no aparta la mirada de lo que en realidad se trata, el final de nuestra existencia.

Fue quizás gracias a la aportación de Lucía Martín-Cartón, en el cuarto movimiento, que por fin logramos atisbar algo de burla e ironía coqueteando con la presunta alegría que informa la partitura, a pesar de evidenciar una voz algo pequeña y de insuficiente proyección que obligó a la batuta a moderar la intensidad de su aportación para no eclipsarla. Al final, subtítulos mediante, la música y su interpretación lograron convencernos de que puede haber paz y tranquilidad después de la muerte, no tanto un paraíso celestial en el que ya no creemos, y es que hace mucho que dejamos de ser niños e inocentes.

Fotos: Juan Pedro Donaire
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 29 de abril de 2021

FRAN CANTÓ Y LA CONJUNTA BRILLAN CON SAVIA NUEVA

Concierto nº 4 de la 10ª temporada de la Orquesta Sinfónica Conjunta. Francisco Cantó, clarinete. Juan García Rodríguez, dirección. Programa: Quinteto para clarinete (versión para orquesta de cuerdas), de Weber; Dos melodías nórdicas op. 63, de Grieg; Simple Symphony, de Britten. Iglesia de la Anunciación, miércoles 28 de abril de 2021


Habrá quien piense que es una temeridad abrir cines y teatros en plena pandemia, mientras la mayoría de países de nuestro entorno han optado por una drástica solución contraria. No podemos estar tampoco seguros de que no haya habido brotes en estas manifestaciones colectivas, pero sí de que se han adoptado medidas de protección tan acertadas que casi hemos experimentado una mayor seguridad en estos espacios culturales que en nuestras propias casas, donde por mucho interés que pongamos siempre estaremos expuestos a agentes insospechados externos que pueden alterar nuestro confort. De lo que no cabe duda es que nos colma de alegría que a una misma hora y en una misma calle, solo cruzándola, ayer tarde unos pudieran estar disfrutando de la Barroca y otras personas lo hicieran de nuestro conjunto sinfónico más joven, que aproximadamente una vez al mes nos emociona con su excelente trabajo y esos programas tan atractivos que confecciona su principal responsable, Juan García Rodríguez.

Un estupendo clarinetista

Él fue el encargado de abrir el concierto, acompañando al gaditano y profesor del Manuel Castillo Fran Cantó en un espléndido Concierto para clarinete de Carl Maria von Weber. Se trata en realidad de su Quinteto para clarinete, pero su gramática es tan premeditadamente concertante, incluso si se escucha en su versión original, que se presta casi sin apenas arreglos a interpretarse en versión orquestal, solo aumentando el número de instrumentos por parte y añadiendo contrabajos a la cuerda grave. Apenas una treintena de jóvenes, y más de la mitad chicas, una espléndida idea para ir poco a poco equilibrando una balanza aún muy desigual, acompañaron al estupendo clarinetista, que curiosamente es integrante de un quinteto que lleva el nombre de Heinrich Baermann, el clarinetista y gran amigo de Weber al que éste dedicó la pieza, por lo que también se le conoce como Quinteto Baermann, como su formación, y que así interpretado podemos considerarlo no solo como su Grand Quintet sino como su cuarto concierto para el instrumento (Dos conciertos y un concertino).

Cantó aprovechó la ocasión para hacer alarde de habilidad técnica y efusiva coloratura, con escalas vertiginosas, pasajes muy virtuosos y expresividades a flor de piel que el músico resolvió con maestría. Su clarinete sonó imperioso en el allegro inicial, potenciando el estilo arioso y la ductilidad en el fraseo del bellísimo adagio o fantasía, sereno y a la vez rítmico en el minueto, y diabólicamente ágil en el rondó final, entre ligero y exuberante y siempre atento a subrayar su amplio despliegue de recursos instrumentales. La batuta de García se plegó con mimo y respeto, sin sacrificar fuerza ni intensidad dramática y con un magnífico trabajo por parte de la plantilla.

Taller de dirección

Tres estudiantes de dirección orquestal protagonizaron el resto del programa, emitido en streaming para compensar la estricta limitación de aforo en el templo de la calle Laraña. Juan Ignacio Perea exhibió liderazgo y profesionalidad en las dos Melodías nórdicas de Grieg, cuyo estilo espectral se vio beneficiado por la particular acústica de la iglesia, pues aunque la reverberación y dispersión general suele perjudicar a la música, en este caso potenció el particular espíritu elegiaco del compositor noruego. En estilo folk se estructura sobre una melodía muy popular, que incluso ha inspirado baladas del oeste americano como la que Dimitri Tiomkin compuso para la serie de televisión The Wild Wild West, y en ella Perea estuvo atento a sus inflexiones melódicas y su tono melancólico de delicadas texturas y espíritu desolado y ensoñador, con una escalada de intensa emoción y tono apesadumbrado. También acertó a plasmar el estilo más amable y desenfadado de Kuhlokk-Stabbelaten, la segunda de estas hermosas melodías.

De izquierda a derecha: Agustín Maestre, Amelia Marín y Juan Ignacio Perea

La Sinfonía simple que Britten compuso con veinte años recuperando piezas concebidas en su infancia, se dividió en dos partes, cada una encomendada a una batuta distinta. Agustín Maestre tuvo que hacer frente a los dos primeros movimientos, en los que Britten juega más a alternar familias orquestales y combinar capas de textura, lo que quedó malogrado por la acústica del lugar y afectó a la labor, por otro lado disciplinada y atenta, del joven director, especialmente en un alegre pizzicato que sonó así algo enmarañado. Amelia Marín tuvo sin embargo la suerte de enfrentarse a la zarabanda sentimental, el más logrado de los cuatro movimientos, que la joven resolvió con un amplio abanico de recursos y un sabio juego de dinámicas, extrayendo de la pieza toda su belleza y emotiva expresividad, hasta culminar con un ágil final travieso. Salvo algún roce aislado sin importancia, la orquesta respondió con un altísimo nivel de calidad, ratificándose como uno de los proyectos fuertes del CICUS universitario.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 27 de julio de 2020

VANDALIA, CHAMAYOU, FANLO Y ZIMERMAN ENCANDILAN EN GRANADA

Iagoba Fanlo y Alfredo Aracil en el Crucero del Hospital Real
Foto: Fermín Rodríguez (Festival de Granada)
Parece mentira que Granada haya podido, en medio de rebrotes y amenazas, ultimar la celebración de la sesenta y nueve edición de su festival, y lo que es más, que haya podido hacerlo con tan alto nivel de calidad y de dignidad, con un plantel de artistas irrepetibles, algunos legendarios, otros a medio descubrir, que han hecho de él una cita ineludible del calendario musical, y un bálsamo de consuelo y felicidad para quienes añorábamos la música en directo tras tanto tiempo de confinamiento e incertidumbre. El último fin de semana se nutrió de un amplio abanico de posibilidades, del canto polifónico renacentista a cargo del grupo sevillano Vandalia, al encendido esplendor beethoveniano de Krystian Zimerman haciendo los dos conciertos de piano más amados del genial compositor, hasta el piano cálido y vertiginoso de Bertrand Chamayou y el violonchelo flexible y carnoso de Iagoba Fanlo. Todos fueron motivos para el regocijo.

La “Bomba” de Vandalia

Vandalia en la Capilla Real. Foto: Fermín Rodríguez
Entrada por la puerta grande del cuarteto de voces sevillano Vandalia, nada menos que en la Capilla Real ante un público íntimo, atento y respetuoso y con un programa de singular atractivo bajo el brazo. Se trataba de recrear la Misa de Bomba del granadino afincado en Guatemala Pedro Bermúdez, muy ligado a este monumento de la ciudad de la Alhambra. Para ello optaron por un programa tan didáctico como estimulante, presentando como antesala la Ensalada Bomba que compuso Mateo Flecha “El Viejo”. El autor fue especialmente prolífico en la composición de este género de piezas, las ensaladas, llamadas así por aglutinar todo tipo de canciones de distinta métrica y autoría, con ritmos diversos y procedimientos heterogéneos, mayoritariamente homófonos. La Bomba se llama así por imitar el sonido del bombeo del agua en un naufragio que representa metafóricamente el hundimiento del alma del pecador y su llamada de auxilio para ser redimido por el Salvador. Rocío de Frutos, exhibiendo un volumen de voz por encima de lo que estamos acostumbrados, pero con la misma dulzura en la línea de canto, alternó con sus compañeros las alegres estrofas de la pieza, a veces onomatopéyicas, otras casi taberneras, si bien se hizo notar cierta dispersión en la armonía, como si cada uno y una cantaran por su cuenta, debido posiblemente a la delicada acústica del lugar.

La Misa de Bomba de Bermúdez es la única de las suyas que hace referencia a una melodía secular, la ensalada citada, aunque mantiene a través del canto firme con tratamiento imitativo la estructura de la misa convencional, a la que el conjunto se plegó con oficio y estilo, dejando claro en este caso su amplio espectro y capacidad de adaptación, con supremas aportaciones de Frutos y Gabriel Díaz en las voces agudas, el tenor Víctor Sordo y el perfecto contrapunto en la armoniosamente ensamblada voz del bajo Javier Cuevas. En la segunda parte, naturalmente sin pausa, dedicaron un amplio espacio al maestro sevillano del Siglo de Oro, Francisco Guerrero, con joyas de la música litúrgica y profana, como Si tus penas no pruevo o Pan divino, graçioso, cantadas con buen gusto y extrema sensibilidad, como la que emplearon ya en un registro completamente distinto en la propina lorquiana, el Zorongo Flamenco, aunque para flamenca la boda que se celebraba en el sagrario adyacente y que casi sabotea el buen hacer del conjunto sevillano.

Chamayou y Fanlo no dejan indiferente

Bertrand Chamayou
Todavía recordamos con admiración el excelente concierto que ofreció el pianista francés Betrand Chamayou en el Teatro Central de Sevilla hace siete años. Entonces vino a tocar música de John Cage con un piano preparado, un sensacional trabajo de percusión y habilidades extremas como tocar con absoluta precisión un piano de juguete. Por eso quizás su arte al teclado no deja indiferente, muestra su inquieta predisposición a encontrar nuevos lenguajes y se deja influir por su pasión por la música contemporánea a la hora de buscar nuevas formas de interpretar lo de siempre, lo que ya se creía dogmático e inquebrantable, hasta el punto de que a menudo podamos sentir como nuevo lo que hemos escuchado mil veces. Saludado como un maestro con los impresionistas, con una integral pianística de Ravel tan lograda que lo avala, ofreció tres preludios de Debussy con una vocación rompedora sorprendente. Sin embargo su Catedral sumergida fue más majestuosa que poética, más del día que de la noche, más ingeniosa e incluso brillante que misteriosa o íntima, y desde luego extremadamente virtuosa, como también lo fueron, pero aquí sí supo captar la atmósfera y el intimismo necesarios, La Terrasse des audiences du clair de lune, mecida por el sugerente murmullo del agua de la fuente del Patio de los Mármoles del Hospital Real, y Feux d’artifices, prodigio de ritmo e impacto sin renunciar a una elegancia y exquisitez extrema. Igual abordó Miroirs de Ravel, con un preciso fraseo emulando el alegre revoloteo de las Noctuelle, una pulsación nerviosa para evocar la opresión incómoda de los Pájaros tristes, chispeante y fluida en una memorable, poética y embriagadora Un barco en el océano, y con un exquisito detalle colmado de reflexión en El valle de las campanas. Incluso en su muy nerviosa y ajetreada Alborada del gracioso encontramos motivos extras para admirar al joven y reconocido artista, igual que luego encontraríamos en una vertiginosa Tarantella de Liszt, según el cuaderno apéndice de los viajes del autor plasmados en Años de peregrinaje, junto a unas idiomáticas y coloristas Gondoliera y Canzone, basadas en temas populares y desgranadas por el pianista con igual ímpetu y ánimo inquieto. Su bloque Liszt se inició sin embargo con Los juegos del agua de la Villa del Este, toda una anticipación del impresionismo musical de marcadas reminiscencias acuáticas que a Chamayou sirvió como perfecta transición entre Debussy, Ravel y el visionario genio húngaro.

Iagoba Fanlo (Foto: Fermín Rodríguez)
También Iagoba Fanlo vino seducido por su compromiso con la música contemporánea y un programa extraordinario alrededor de la primera de las seis suites para violonchelo de Bach. Aún recordamos el buen sabor de boca que dejó hace ocho años en el Femás con estas obras bachianas. El experimento esta vez incluía un Praeludium y Rendez-vous, de Alfredo Aracil, presente en el crucero del Hospital Real, el primero estrenado en el Alicante Actual de hace unos años y el segundo estrenado aquí debido a que su emplazamiento original en el Festival de Cuenca se vio malogrado por la pandemia del coronavirus. Dos singulares obras basadas en material que bien podría haber utilizado el maestro de Leipzig, sometidas a transformaciones, acordes inversos, discordancias, roces y estridencias variadas hasta converger en una convincente interpretación de este sensacional cuerpo del instrumento de cuerda grave por antonomasia, que el artista donostiarra articuló con sensibilidad y muy buen gusto, un sonido carnoso y una autoridad incontestable. Toda esta serie de virtudes destinadas a encumbrar la belleza del barroco derivaron con Britten y su Suite nº 1 para el instrumento en una intensa expresividad, convirtiendo el violonchelo en médium para transmitir toda la fuerza de la tierra, el lamento del destino y el canto elegíaco que tan bien supo en su momento transmitir Rostropovich, para quien se compuso la pieza a instancia de Shostakovich. Seis movimientos separados en tres bloques por un canto recurrente, en el que destacó el desgarro del violonchelista y su especial dominio del arco, explícitamente golpeado en la aflamencada Serenata así como en la Marcha, y con un brillante torbellino en el Moto perpetuo. Un más dócil y convencional Postludium de Aracil concebido muy significativamente para este programa y esta edición del Festival de Granada cerró antes de una propina bachiana este estimulante concierto.

El cierre: una cita concertada

Krystian Zimerman
El sensacional pianista y eventual director de orquesta polaco Krystian Zimerman puso el broche de oro a tan extraordinaria edición del Festival de Granada con el tercero de los programas que dedicó a los conciertos para piano de Beethoven junto a la Orquesta Ciudad de Granada. Tocó el piano y dirigió, o concertó como diría humildemente el gran Javier Perianes, a una orquesta en muy buena forma en nada más y nada menos que los conciertos cuarto y quinto, joyas de la música en mayúsculas, obras maestras de la literatura concertante y monumentos del arte en general. Quizás estuvo demasiado atento al músculo orquestal, en detrimento de su propio instrumento, que especialmente en el largo allegro moderato inicial sonó pequeño y a menudo camuflado. Aunque imprimió su intervención solista de un exacerbado lirismo ambiental, no nos resultaron agraciadas las cadencias, cuya autoría no acertamos a identificar. Sí triunfó en el grave andante con moto central, prodigio de transición entre doloroso y tierno hacia un rondo vivace convenientemente brillante y desprejuiciado. No fue quizás una versión antológica de la pieza, pero sí en cualquier caso bien articulada y dialogada, y de concepción rotundamente clásica.

Por iguales derroteros más o menos deambuló un Concierto nº 5 Emperador musculoso y vibrante, reafirmando su espíritu de gran concierto y ahora sí asumiendo su carácter renovador del género, especialmente apreciable en un adagio central marcado por un extremo lirismo y una concepción netamente sentimental del material pianístico. Precedido de un allegro de amplios desarrollos y generosas proporciones, imbuida de una energía heroica, un inesperado viento que hizo las delicias del público amargó algo la velada a Zimerman, que tuvo que lidiar como pudo con las partituras sin que el resultado se resintiera. De la dulce meditación y la desnuda espiritualidad del adagio pasó con total naturalidad al frenesí rítmico del allegro final, llena de brío y espíritu triunfador, tal como pudo apreciarse con una platea del Carlos V aplaudiendo a rabiar y de pie durante largos y muy merecidos minutos. Y así acabó una memorable sexagésimo novena edición del Festival de Granada, con más mérito teniendo en cuenta las inoportunas condiciones en que ha tenido que organizarse y celebrarse.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía