sábado, 8 de junio de 2019

RUBÉN YESSAYÁN ENTRE ANIVERSARIOS

Rubén Yessayán, piano. Programa: Seven & Four Anniversaries, de Bernstein; Arabesque nº 1, Epigraphes antiques, Jardins sous la pluie, Selección del Libro II de Preludios, y L’isle joyeuse, de Debussy. La Casa de los Pianistas, viernes 7 de junio de 2019

Es un alivio comprobar que cada día que pasa la propuesta de Yolanda Sánchez va a más. Aún queda mucho por resistir, y desde aquí animamos a la aguerrida profesora e intérprete a tener paciencia para que su envidiable proyecto se convierta en una cita ineludible de la agenda cultural sevillana. Anoche nos contaba que algún día ha logrado hasta setenta personas de público, lo que equivale prácticamente a llenar la Sala Martha Argerich en la que se celebran estos singulares conciertos.

La experiencia de asistir a una interpretación tan íntima y cercana como la que nos brinda este espacio, y de paso disfrutar de una interesante conferencia sobre las obras programadas, como así ocurrió en esta ocasión, no tiene precio. Pero de momento las dificultades de su impagable artífice pasan incluso por mantener el magnífico piano Shigeru Kawai para el que ha abierto una cuenta de crowdfunding en su página web.

Nostalgia en la memoria

Madrileño de origen armenio, Rubén Yessayán es uno de esos músicos a los que se nota de lejos su pasión por lo que hace, el entusiasmo que imprime a sus interpretaciones e introducciones, y cómo lo transmite en un alto porcentaje al oyente. Su encuentro con el público de esa Casa de los Pianistas que es por lo tanto su casa, que rara vez sale decepcionado y se muestra dispuesto a divulgar su experiencia para lograr la máxima difusión, vino de la mano de dos compositores muy frecuentados el año pasado, cuando cumplían cien años de su nacimiento y fallecimiento respectivamente. Nos referimos a Leonard Bernstein y Claude Debussy.

En el programa unas miniaturas del insigne director de orquesta que no por casualidad beben mucho del universo debussiano, con una estética y una plasticidad inconfundiblemente basada en el genial compositor francés. Se trata de dos colecciones de Aniversarios, unas obras breves para piano que Bernstein compuso en homenaje a una serie de personajes importantes en su vida, unos por su relevancia pública, otros en el ámbito de su vida personal. Piezas de alta contención emocional, acordes breves y muy precisos que Yessayán defendió con seriedad y meticulosidad, delicado y melódico en la dedicada a Copland, intimista en el caso de Felicia Montealegre, la actriz chilena con la que se casó en 1951, misterioso con Paul Bowles, el autor de El cielo protector, caustico en las dedicadas al matrimonio Koussevitzy, con aires jazzísticos en el caso del compositor americano William Schumann, o deliberadamente agitado en la más compleja técnicamente, la dedicada a su amiga y secretaria Helen Coates.

Inventiva y delicadeza

Rubén Yessayán durante una de sus interesantes locuciones
en La Casa de los Pianistas
Debussy compuso Epigraphes Antiques para ilustrar los poemas lésbicos de su amigo Pierre Louÿs recogidos en Le chanson de Bilitis, que también inspiraron la película de David Hamilton de 1977. Una serie de piezas raramente interpretadas, a pesar de que cuentan con un arreglo para cámara de Bernard Chapron, en las que su fuerte carga erótica demanda una alta dosis de sensualidad no siempre plasmada en el responsable pianismo de Yessayán. Su interpretación se basó más en la delicadeza melódica y armónica que en destacar sus aspectos más morbosos, deslizándose sin abuso de pedal ni rubato, manteniendo una línea respetuosa, sin estridencias ni salidas de tono, primando un fraseo nítido y preciso, sólo ensombrecido por algún desliz técnico corregido sobre la marcha, y desembocando en una vertiginosa imitación de la lluvia tanto en el sexto epígrafe como en el Jardín bajo la lluvia, tercera de las Estampas, que cerró la primera parte.

Yessayán ha cumplido el sueño de muchos pianistas de grabar íntegramente los dos libros de Preludios de Debussy, y buena muestra de su particular visión de estas imprescindibles páginas la brindó con una selección del segundo en la que no faltaron La Puerta del Vino que tanto le une a Falla, desplegada con amplio sentido del color y el ritmo, así como los evocadores paisajes ilustrados en Brouillards y Bruyères, el espíritu entre cómico y marcial de Géneral Lavine, y el virtuosismo exacerbado de Fuegos artificiales, primando siempre una lectura basada en la sinceridad y el respeto. Una muy particular versión rapsódica del primer Arabesco, y una entusiasta recreación de La isla alegre, culminaron este melancólico viaje cuya improvisada propina, el siempre agradecido Claro de luna, se sirvió con licencias de una memoria no siempre a punto.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 6 de junio de 2019

UN ANDREA CHÉNIER ACEPTABLE Y TRADICIONAL

Ópera de Umberto Giordano con libreto de Luigi Illica. Pedro Halffter Caro, dirección musical. Alfonso Romero Mora, dirección de escena. Íñigo Sampil, director del coro. Ricardo Sánchez Cuerda, escenografía. Gabriela Salaverri, vestuario. Félix Garma, iluminación. Sergio Paladino, coreografía y asistente de dirección de escena. Con Alfred Kim, Juan Jesús Rodríguez, Ainhoa Arteta, Mireia Pintó, Marina Pinchuk, Fernando Latorre, David Lagares, Alberto Arrabal, Moisés Marín y Cristian Díaz. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro de A.A. del Teatro de la Maestranza. Producción del Festival Castell de Peralada y ABAO-OLBE. Teatro de la Maestranza, miércoles 5 de junio de 2019

Cierto que hace mucho que no se representaba en Sevilla este título imprescindible de la ópera verista, y por extensión de la ópera tradicional italiana, cuyo máximo exponente lo constituye el mismo Puccini que tanto se compara con el único título que prácticamente ha sobrevivido del catálogo de Giordano. Fue hace casi dieciocho años, de la mano del barroquismo de Gian Carlo del Monaco y con el querido Fabio Armiliato como protagonista. También es cierto que hay aún muchos títulos de repertorio que no se han estrenado en el Teatro de la Maestranza, y no digamos los que quedan por descubrir entre barroco y vanguardia. Hay incluso uno que público y especialistas llevan mucho tiempo demandando, que apenas ha tenido cabida en el coliseo hispalense y sería una apuesta tan segura que podría llenar butacas incluso por encima de las diez funciones. Es además el que más ligado está a Sevilla y más le hace merecer el título de ciudad de la ópera. Nos referimos, claro está, a Carmen.
 
Dicho esto, la producción que pudimos ver anoche, y que llega del Festival Castell de Peralada y la Ópera de Bilbao auspiciada por su asociación de amigos, constituye un considerable esfuerzo que busca a partir de un concepto absolutamente tradicional de la puesta en escena, reconstruyendo milimétricamente cada detalle expuesto en el libreto de Illica, hacer un análisis psicológico y social de un episodio tan crucial para la historia de los hombres y las mujeres como la Revolución Francesa, y de paso del género humano y su vocación autodevoradora. Se agradece el intento, aunque por el camino ese retrato queda desdibujado, especialmente en el apartado de los personajes. Pero cumple en su función de entretenimiento y vehículo para la música y la voz, hasta el punto de que consigue ser eficaz para quienes se inician en la ópera. Mérito de ello lo tiene en gran parte el texto, con tanto argumento condensado en apenas dos horas, un logro de síntesis que debemos al talento del libretista de Tosca.
 
Los ideales revolucionarios
 
Uno de los aspectos más celebrados de la ópera de Giordano es utilizar un fondo histórico no como mero paisaje en el que desarrollar las sempiternas intrigas románticas. Aquí la revolución es un argumento en sí mismo, y la era del terror que siguió a la toma de la Bastilla una cuestión sometida a análisis, aunque sus consecuencias hagan pensar en un tratamiento reaccionario de la cuestión. La escenografía y la dirección escénica no ayudan a marginar este tratamiento, sino más bien a potenciarlo. Hubiera sido interesante apartarse de esa línea e intentar ser más crítico con la situación. La idea, basada en un mundo que fenece y otro que emerge de unas cenizas que no acaban de desaparecer para acabar engullendo también al nuevo orden, se plasma convincentemente en unos decorados clásicos pero simbólicamente resquebrajados y hundidos, y cuyos recursos sirven para ir paulatinamente creando otras atmósferas de caos y desesperación. Lástima que el movimiento escénico se plasme una vez más de forma tan esquemática y convencional, si bien las masas, en la fiesta inicial y en el tribunal del tercer acto, se mueven con más naturalidad que en otras ocasiones. Particularmente consideramos que lo más interesante en este título sería ahondar en la complejidad psicológica del personaje de Gérard, un villano que no lo es tanto, que sabe reconocer y admirar a su inspirador y que obra por ideales justos pero en cierto modo se encuentra decepcionado por el devenir de los acontecimientos. Y eso no está trabajado en esta producción.
 
Un nivel aceptable
 
Para Pedro Halffter ésta es su despedida del Teatro de la Maestranza, salvo que tengamos la fortuna de contar con su colaboración en futuras ocasiones. La última programación que él diseñó llega a su fin y mucho nos tememos que de momento orquesta y teatro no van a contar con él. Otra cosa es la devoción que le profesa el público, merecida y emocionante, que no duda en vitorear cada una de sus intervenciones en el foso. Y es que Halffter tiene un especial talento para modular este tipo de partituras en las que la orquestación y la atmósfera pretenden recrear un mundo tumultuoso y pasionalmente enrevesado. No deja de sorprendernos la facilidad que tiene para extraer de la ROSS lo mejor de cada sección, y aunque en algunos pasajes llegó a asfixiar a los cantantes (el coro, como siempre ejemplar, también lo hizo en algún momento), su trabajo nos pareció una vez más excelente.
 
El barítono Juan Jesús Rodríguez encarnó a Gérard con plena seguridad, una voz rutilante sin tiranteces ni imposturas, sensacional también a nivel actoral, salvando con nota el papel más complejo dramáticamente de la función, a pesar de ese defecto en la dirección que no le permitió ahondar en sus instintos y encontrados sentimientos en la medida justa. Mantuvo una línea de canto flexible y precisa, resolviendo sus continuos cambios de registro con total naturalidad. Memorable resultó su recreación de Nemico della patria. También onubense, pudimos disfrutar una vez más del buen oficio de David Lagares, visiblemente adelgazado y manteniendo esa voz profunda perfectamente reconocible entre los aficionados sevillanos. Siempre intensa y tan agradecida, Ainhoa Arteta continúa resultando convincente en roles de mucha menor edad gracias a esa belleza inmarchitable y físico envidiable con que la naturaleza le ha bendecido. Mantiene también buenos recursos canoros, y aunque evidencia cambios bruscos de color en algunas ocasiones, logra emocionar con su hermoso timbre y capacidad para proyectar y expresar en arias tan fundamentales como La mamma morta, recompensada con una larga ovación.
 
Alfred Kim, a quien recordamos por la Aida de hace unos años, posee una generosa facilidad para proyectar, como quedó patente en Un di all’azzurro spazio, y un timbre agradable y nada estridente, pero en su contra le falta capacidad expresiva y denota bruscos cambios de registro que afean su aportación. Aun así su dúo con Maddalena al final del segundo acto resultó emotivo. Del resto de voces nos quedamos con el buen trabajo desplegado por Marina Pinchuk, a quien hemos visto en el Maestranza en La hija del regimiento y en recital, que en su doble papel de Condesa y la vieja Madelon mantuvo una buena línea de canto, seguro, bien fraseado y convincente también en lo expresivo. También Alberto Arrabal contribuyó a ese nivel aceptable en las voces que pudimos disfrutar en esta función dedicada a un poeta idealista devorado por la jauría humana, en la que echamos de menos un poco más de riesgo, análisis y originalidad.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 5 de junio de 2019

DESPEDIDA DE TEMPORADA DE LA BARROCA DE SEVILLA: UN TOQUE DE TRANSICIÓN

Temporada 2018/2019 de la Orquesta Barroca de Sevilla. Enrico Onofri, violín y dirección. Programa: El amanecer del Clasicismo (obras de Francesco Durante, Baldassare Galuppi, Giovanni Battista Sammartini, Wolfgang Amadeus Mozart, Antonio Sacchini y Joseph Haydn). Teatro de la Maestranza, martes 4 de junio de 2019

El director que más veces se ha puesto al frente de la Barroca de Sevilla, y que ha ayudado a perfilar en una considerable medida el estilo propio que luce la formación hispalense, Enrico Onofri, fue el elegido para despedir la temporada en el espacio en el que más brilla el sonido no solo de este conjunto sino de cualquiera en general, el Teatro de la Maestranza. De hecho hay quien piensa que el sensacional concierto, según quienes tuvieron la fortuna de disfrutarlo, ofrecido los días 17 y 18 de mayo pasados en el Turina en torno a Lully y Rameau, con Hugo Reyne como director, debiera haberse celebrado aquí para potenciar aún más su redonda propuesta.
 
El concierto que hoy reseñamos coincidió con la presentación esta misma semana de su último disco, también con Onofri en la dirección, un registro que combina autores ya llevados al estudio de grabación por la orquesta, como Balius o Ripa, de quien se incluye una magnífica Lamentación nº 2 con la soprano Julia Doyle prestando su aterciopelada voz, con composiciones para la Catedral de Málaga de Joseph Barrera y una inédita versión de la Sinfonía nº 44 de Haydn según manuscrito de Domingo Arquimbau. La Barroca ofreció en esta ocasión un recorrido por algunos de los autores italianos más influyentes del último período del Barroco, para exhibir ese fino tránsito de la música de la época al Clasicismo que habría de imponerse y hallaría su máximo esplendor de la mano de la escuela vienesa, tan bien representados por Mozart y por supuesto Haydn. Un viaje de transición de la escuela napolitana al esplendor milanés para desembocar en el clasicismo vienés y hallar así su origen en la sonata y el concierto italianos.
 
Un repertorio amable y delicado
 
El concierto arrancó de forma precipitada y accidentada, justo antes de que se solaparan por megafonía los avisos pertinentes con las luces aún encendidas. Onofri podría haber reculado y vuelto a empezar, evitando así que tardáramos en entrar en los acordes del Concierto para cuerdas nº 5 de Durante, fundador de la Escuela Napolitana, en cuya música se une la tradición barroca con el nuevo estilo de los maestros venecianos, caracterizándose por fuertes contrastes de tempo y dinámicas, tan afines al maestro de Rávena. Casi una sinfonía operística, el Concerto a quattro en Re Mayor de Galuppi enmarca un movimiento vibrante entre dos lentos y solemnes, con una gramática sencilla que adopta las innovaciones de los jóvenes compositores que en su época avanzaban ya las líneas del cuarteto de cuerda, y que se salvó como la anterior página con una interpretación muy delicada, de fraseo transparente y técnica muy depurada.
 
Una de las últimas de las muchas sinfonías que compuso Sammartini sirvió como reflejo del nacimiento definitivo del género en Italia. La pieza, de perfil agitado y fuertes contrastes dinámicos, y con un andante central que el conjunto ofreció con delectación y sirvió para lucimiento de un comedido y nada estridente Onofri al violín, dio paso a una composición de juventud de Mozart, su Sinfonía nº 10, en el que brillaron los vientos, especialmente los oboes, como fascinante contrapunto a la cuerda y en perfecto diálogo con ella.
 
Germen del estilo clásico vienés
 
Precedido por una preciosa Chacona de Sacchini, también napolitano y de vocación cosmopolita, con aires místicos y muy recogidos e intimistas, tal como se pudo apreciar en la impecable interpretación de la plantilla, Haydn protagonizó la segunda parte del concierto, con la tercera de sus sinfonías dedicadas a los períodos del día, la nº 8 La noche, con reminiscencias del divertimento y la sonata, que Onofri y la orquesta resolvieron con aplomo y siguiendo una pauta común basada en el contraste y el desenfado. Una manifestación de música amable y distendida, sin demasiada complicación ni verdadera enjundia, pero que sirvió, dado el carácter de concerto grosso de esta última pieza, para lucimiento de varios solistas de la orquesta, aunque sin la intervención de Alejandro Casal al clave, que en el resto del programa contribuyó sobremanera al sonido cristalino de la empresa, de la misma forma que el resto del continuo le dio robustez. Los metales estuvieron a idéntico nivel técnico y expresivo que el resto de sus compañeros.
 
Aprovechamos para avisar que a principios de año la Barroca lanzó un segundo disco dedicado al violonchelo como instrumento solista, de nuevo con Christophe Coin esta vez interpretando música de Carl Philip Emanuel Bach, y que se añade al que hace años dedicaron precisamente a Haydn, todo un caballo de batalla de la formación para acercarse al clasicismo, como se pudo apreciar en este particular concierto.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 3 de junio de 2019

ÁRTICO Supervivencia y otros buenos instintos

Título original: Arctic
Islandia 2018 97 min.
Dirección Joe Penna Guión Joe Penna y Ryan Morrison Fotografía Tómas Órn Tómasson Música Joseph Trapanese Intérpretes Mads Mikkelsen, Maria Thelma Smáradóttir Estreno en el Festival de Cannes 10 mayo 2018; en Dinamarca 31 enero 2019; en España (no en Sevilla) 31 mayo 2019

Tiene mérito enfrentarse en su ópera prima con un material tan delicado y particular como éste, nada más y nada menos que la aventura de supervivencia de un hombre en un paisaje tan desolador y árido como el polar glacial ártico, en lo que muchos y muchas han comparado con un Robinson Crusoe a setenta grados bajo cero. Una narrativa eficiente, la pericia de su debutante director para imprimir de ritmo y tensión a un espectáculo en principio monocorde y monótono, así como la brillante interpretación de un Mads Mikkelsen a quien igualmente se le atribuye la mejor interpretación de su carrera, lo que tratándose del actor más prolífico e internacional de los países escandinavos es todo un mérito, consiguen que nos encontremos ante un producto sorprendentemente interesante y atractivo.
 
Pero lo mejor es la habilidad que tienen sus artífices para conseguir transmitir la lucha por la supervivencia e instintos tan loables como la solidaridad y la generosidad hacia el prójimo, especialmente cuando en este caso se trata de la única persona a la que asirse y con la que mantener la esperanza del contacto humano, a la vez que las circunstancias permitirían viajar más ligero de equipaje sin que nadie se percatara.
 
Apenas una hora y media que a pesar de la propuesta no se hace pesada, arropada por una luminosa fotografía y una atmosférica banda sonora del norteamericano Joseph Trapanese. Rodada en inglés, aunque el texto es naturalmente muy escaso, está claro que Joe Penna ha ensayado así su casi seguro salto a Hollywood.

domingo, 2 de junio de 2019

EL TALENTO DE REGINA LAZA AL CALOR DE LA BÉTICA

Orquesta Bética de Cámara. Regina Laza, violín. Michael Thomas, director. Programa: Fantasía Escocesa Op. 46, de Bruch; Sinfonía nº 3 Op. 56 “Escocesa”, de Mendelssohn. Espacio Turina, domingo 2 de junio de 2019


Aparte de otros muchos, hay dos motivos fundamentales por los que se hace necesario el apoyo y la conservación de una orquesta como la Bética de Cámara, que son ofrecer otros programas alternativos a los de los conjuntos más asentados, y brindarnos la posibilidad de conocer ese joven talento andaluz que espera su oportunidad para saltar definitivamente al lugar que merece, y que en el caso de Regina Laza, como en el de Manu Brazo con el que empezó la temporada, se traduce en una excelencia digna de los mejores espacios y repertorios. Por cierto, que la orquesta y Brazo repetirán ese concierto el próximo viernes 7 en el Castillo de Utrera, localidad que estos días despide entre lágrimas a uno de sus más ilustres hijos, el futbolista José Antonio Reyes, y donde nació el reputado saxofonista, celebrado en el Reino Unido como una de las figuras más sobresalientes entre los solistas de música clásica de nuevo cuño.

Michael Thomas, inglés afincado en Andalucía, debió sentirse como en casa celebrando la vida y el paisaje de su vecina Escocia en este hermoso programa que combina la Fantasía Escocesa de Max Bruch y la Sinfonía Escocesa de Felix Mendelssohn. Dos piezas que ilustran la leyenda y la realidad de esta nación de la Gran Bretaña. Mientras la Sinfonía de Mendelssohn es más legendaria y evocadora que real, la Fantasía de Bruch se basa en el empleo de melodías folclóricas de las Highlands escocesas. Para la ocasión contamos con la presencia de la joven de Algeciras Regina Laza, que a sus veinticuatro años derrocha talento, seguridad y dominio absoluto del instrumento, tras haber sido ampliamente reconocida fuera y dentro de nuestro país, y haber ocupado destacadas plazas en los conjuntos sinfónicos juveniles más importantes de España.

Cuerda mejorada y solista de altura

La cuerda de la Bética experimentó una notable mejoría en conjunción y tersabilidad, no sabemos si como consecuencia del trabajo desplegado por Mariarosaria D’Aprile, a quien no recordamos como concertino del conjunto. Lo cierto es que con ella al frente de la cuerda aguda e Israel Martínez en la grave, la orquesta sonó especialmente bien. Lástima que unos erráticos e imprecisos acordes en los metales, especialmente en el solemne arranque de la Fantasía, enturbiaran los resultados. Por el contrario, Laza estuvo sensacional, manteniendo una línea de canto homogénea, sin estridencias ni cambios bruscos de registro, versátil y con un fraseo amplio y elegante, que se hizo especialmente notable en el canto de amor basado en Auld Robin Morris y en el andante sostenuto, así como vivaz y enérgico en The Dusty Miller y el allegro guerriero conclusivo, brillantemente entonado, que remató con un extenuante virtuosismo en una propina basada en el Dies Irae gregoriano que sospechábamos era obra de otro gran y joven violinista actual, Roman Kim, pero finalmente hemos sabido por otras publicaciones que se trata del último movimiento de la Sonata nº 2 de Ysaye.

Thomas como siempre desplegó su buen oficio y generoso entusiasmo en una Escocesa de Mendelsohn que brilló más en los pasajes vibrantes y vigorosos que en los más tiernos y líricos. También aquí la orquesta, que como se sabe acomete sus programas con menos efectivos de lo que es habitual en estos perfiles románticos, mantuvo un nivel muy digno y satisfactorio, a pesar de debilitarse como apuntamos en la exposición del segundo tema del primer movimiento, que reclama más vuelo lírico y carácter bucólico que el ofrecido, o el hermosísimo adagio central, necesitado de mayor ternura y calidez, malográndose parcialmente su carácter legendario y ensoñador. Por otra parte, en su segundo movimiento se supo captar la energía rítmica del Scotch snap que inspira los bailes tradicionales escoceses, con aportaciones estupendas de las maderas, especialmente el solo de clarinete. Mientras el final majestuoso, como un himno, se benefició de un trabajo muy bien perfilado en los timbales, y el entusiasmo general de una orquesta a la que sinceramente deseamos una larga y fructífera vida.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

ROCKETMAN Una celebración de grandes canciones

Reino Unido-USA 2019 121 min.
Dirección Dexter Fletcher Guión Lee Hall Fotografía George Richmond Música Elton John y Matthew Margeson Intérpretes Taron Egerton, Jamie Bell, Richard Madden, Bryce Dallas Howard, Steven Mackintosh, Gemma Jones, Tom Bennett, Kit Connor, Stephen Graham, Matthew Illesley, Charlie Rowe, Tate Donovan Estreno en el Festival de Cannes 16 mayo 2019; en Reino Unido 22 mayo 2019; en España 31 mayo 2019

La cercanía de su estreno, basarse en la vida de una estrella, un mito o una leyenda del pop, y un puñado de excelentes canciones como banda sonora, hace inevitable comparar esta película con Bohemian Rhapsody, más si tenemos en cuenta que su director, Dexter Fletcher, se encargó de la edición final de la película de los Queen. Pero hay diferencias sustanciales entre una y otra película; para empezar aquí un espléndido Taron Egerton, a quien descubrimos en Kingsmen e hizo un magnífico trabajo de caracterización en Eddie el águila, también a las órdenes de Fletcher, canta emulando el estilo de Elton John, sin que se recurra a las grabaciones originales del propio Reginald Kenneth Dwight. Pero sobretodo nos encontramos ante un musical en sentido estricto, y no ante una biografía sobre un grupo musical que canta cuando da un concierto, ensaya o graba un disco. Las canciones en este caso están insertadas en el drama, de la misma manera que podían estarlo las de Loewe y Lerner en My Fair Lady, las de Rodgers y Hammerstein en Sonrisas y lágrimas, o las de Abba en Mamma Mia. Ni siquiera se guarda un orden cronológico en el uso de ellas, sino que van apareciendo conforme son útiles al guión que ha firmado Lee Hall, responsable de Billy Elliot, Caballo de batalla y La reina Victoria y Abdul.

Un guión que no escatima a la hora de mostrar las miserias del rey del rock y el pop, sus devaneos con el alcohol y las drogas, su adicción al sexo, su inicial problema con la homosexualidad, y especialmente su carácter difícil e irascible. Claro que eso lo hace, sorprendentemente con la supervisión en la producción del mismo biografiado, que hace así gala de sinceridad y humildad, sin olvidar en ningún momento que esto es un musical, una fantasía, un espectáculo para disfrutar, emocionarse y celebrar la vida y las canciones del retratado. Y lo consigue, porque en su primera mitad todo es pura celebración colorista, coreografiada quizás con la misma mediocridad que Amanece en Edimburgo, que también dirigió Fletcher, en esa ocasión al ritmo de las canciones de The Proclaimers, pero con tan buen uso de la cámara que maquilla esa deficiencia apuntada.

Todo se traduce en un espléndido homenaje a unas irrepetibles canciones hasta que llegada su segunda mitad el espectáculo deviene en drama y la cosa se estropea, y hasta pierde interés. Pero para entonces hemos vibrado con I Want Love (auténtico leit motiv emocional de la función), Saturday Night’s Alright o un Cocodrile Rock levitado hasta hacernos estremecer. Egerton realiza un sensacional trabajo de mimetización con el histriónico personaje, arropado por un excelente elenco de actores y actrices, destacando el Billy Elliot Jamie Bell personificando a Bernie Taupin y aportando emotividad a su relación profesional y de amistad con el protagonista, así como Bryce Dallas Howard como distante y egocéntrica madre, Gemma Jones como tierna e inspiradora abuelita, y Richard Madden como atractivo y villano rompecorazones. Como epílogo no tiene precio ver a Egerton literalmente inmerso en el videoclip original de I’m Still Standing, rodado en la Croisette, justo donde ahora se ha presentado la película, en 1983.