viernes, 31 de julio de 2020

CAPILLA JERÓNIMO CARRIÓN: EL LADO AMABLE DE LA CORTE

XXI Noches en los Jardines del Alcázar. Capilla Jerónimo Carrión: Delia Agúndez, soprano. María Alejandra Saturno, viola da gamba. Alicia Lázaro, laúd renacentista. Programa: En tierras lejanas (obras de Pierre Attaignant, Cancionero de Segovia, Cancionero de Palacio, Odhecaton, Juan Vasquez, Diego Ortiz, Archivo de la Catedral de Segovia y John Dowland). Miércoles 30 de julio de 2020

Foto: Actidea
Bajo el nombre de uno de los más prestigiosos y reconocidos compositores del Barroco español de entre los siglos XVI y XVII, Jerónimo Carrión, que fue además maestro de capilla de la Catedral de Segovia, se encuentra un inquieto grupo de músicos y profesoras dedicadas a la investigación, interpretación y recuperación de música creada en nuestras fronteras en el Renacimiento y el Barroco. A las Noches del Alcázar se acercó una pequeña representación, la laudista y directora de la Sección de Investigación Musical de la Fundación Juan de Borbón de Segovia Alicia Lázaro, y la violagambista y violonchelista venezolana María Alejandra Saturno, a quienes se unió un rostro y una voz bien conocida de nuestro público, Delia Agúndez, que volvió a encandilarnos con la dulzura de su timbre y elegante expresividad.

El programa diseñado para la ocasión rebosó interés y atractivo. Aunque con música compuesta y recopilada en época de los Reyes Católicos, se trató de conmemorar el quinto centenario de la primera circunnavegación de la Tierra a cargo de Magallanes y Elcano, gesta alrededor de la cual han surgido muchas propuestas en esta edición número veintiuno de las Noches del Alcázar. Para ello las integrantes de la Capilla Musical se fijaron en autores y compilaciones de diversos países de nuestro entorno, músicas viajeras como las llamó Lázaro, en distintos idiomas pero con un estilo sorprendentemente parecido, lo que da idea de la capacidad que había también entonces, a años luz de la tecnología actual, para interrelacionarse e influirse, gracias fundamentalmente a reinados interconectados por sus discutibles moradores. Así se destacó el lado más lúdico y relajado de la Corte de Isabel I, reverso de su mano dura y del perfil eminentemente fascista que hoy acuña tras por fin despojársele de la careta. Delia Agúndez tuvo que esforzarse en varios idiomas, como corresponde a las piezas recopiladas en archivos y libros del prestigio del Cancionero de Palacio, el Cancionero de Segovia o el Harmonica Musicas Odhecaton veneciano. En la estructura de la propuesta no faltaron las oportunas traducciones convenientemente dramatizadas de Agúndez, glosadas por el laúd de Lázaro y su curiosa tendencia a propiciar sonidos extasiados y respiratorios intolerables para misófonos, fruto indudable de su apasionada dedicación, como también lo fueron sus gestos de simpático acercamiento al público y sus útiles e ilustrativos apuntes beneficiados de su proverbial facilidad para la oratoria. 

Agúndez acarició las notas del rico muestrario seleccionado con su canto dulce, perfectamente ornamentado, fraseado con buen gusto y con el aliciente imprescindible de conservar un timbre sedoso, sincero, sin atisbo de impostación, y manteniendo inteligentemente esa necesaria distinción entre estilos, del sacro del Archivo de la Catedral de Segovia al profano de Pierre Attaignant, maestro de la chanson e innovador impresor musical de la época, o al popular compositor extremeño tan vinculado a la escuela sevillana Juan Vasquez, de quien ofreció una preciosa versión del célebre villancico ¿Con qué la lavaré?. Pero tuvo también deslices, como un inquietante desencuentro con las instrumentistas en Zephiro spira del Odhecaton impreso por Ottaviano Petrucci, fundamental para entender la evolución de las partituras, que las tres salvaron sin disimulo pero con habilidad. También en el amplio vocalise de Helás qui pourra devenir de Philippe Caron acertamos a distinguir dificultades en su línea de canto, detalles que no empañaron una interpretación esmerada de la soprano cacereña, que además defendió a la perfección un repertorio en francés, castellano, latín, italiano (con alegres y sensuales fróttolas) y un preciso inglés en los dos populares temas que cantó de John Dowland, el precioso Flow My Tears y el colorista Come Again Sweet Love. El viento hizo más de un estrago sobre el escenario, alguno especialmente cómico, pero Lázaro, Agúndez y Saturno mantuvieron estupendamente el tipo, ofreciéndonos una velada balsámica y evocadora a la que no fue ajeno el dominio de la violagambista venezolana, que combinó el instrumento soprano y el habitual bajo con total destreza y elegante sentido de la musicalidad.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 29 de julio de 2020

VOCES Expediente Gómez

España 2020 97 min.
Dirección Ángel Gómez Hernández Guion Santiago Díaz, Víctor GaDo y Ángel Gómez Hernández Fotografía Pablo Rosso Música Jesús Díaz Intérpretes Rodolfo Sancho, Ramón Barea, Ana Fernández, Belén Fabra, Lucas de Blas, Nerea Barros, Beatriz Arjona Estreno 24 julio 2020

Otro director debutante en el largometraje que se apunta a la moda del terror gótico, más en la línea de Amenábar y Bayona que en la de Plaza o Balagueró, aunque acabe también echando mano de estos referentes. Su palpable destreza en la realización es fruto de una abundante práctica a lo largo de ocho cortometrajes desde que en 2008 debutara con Lágrimas de papel, con el legendario Paul Naschy como protagonista. Desde entonces no ha disimulado su pasión por el género, que ahora cristaliza en esta versión española de Expediente Warren, con un padre (Barea) y una hija (Fernández) como investigadores de lo inexplicable que se dejan seducir por una familia azotada por la desgracia desde que se mudaron a una vetusta mansión en medio del bosque.

Planteada como una ensalada en la que los ingredientes proceden de todos los tópicos y clichés posibles en el género, aunque bien aderezada por la mano apasionada, hábil y curtida de su joven director, la cinta arranca de forma inmejorable, con una buena dosis de intriga a partir de esas voces del título que acechan a un niño cual Carol Anne abrumada por la gente de la tele en Poltergeist. Con ese toque estético y esa fotografía azulada que caracteriza este tipo de películas, el director no duda en echar mano de referentes episódicos fáciles de identificar en cintas como La profecía o las mencionadas Poltergeist y Expediente Warren. El ejercicio sin embargo va decayendo en interés conforme nos va sumergiendo en una trama reminiscente de nuestro pasado más diabólico, y hace acopio de efectos tan recurrentes como sustos improcedentes, saturación de ruidos y música redundante, mientras su atmósfera envolvente inicial va cediendo paso al lugar común y las situaciones mil veces vistas.

Su reparto realiza un trabajo competente a pesar del endeble guion, que una vez más de manera tan irreflexiva como inconveniente demoniza a la mujer entre brujas y mantis religiosas, cuando como bien apuntan los críticos más lúcidos, y no ese numeroso plantel que eleva el producto al olimpo del terror, debieran ser otros los demonios, los que durante tanto tiempo de opresión se han erigido en nuestros redentores. ¿Para cuándo un Exorcista en el que la víctima esté poseída por un sacerdote? Un toque de crueldad y el cameo del imprescindible Javier Botet se encuentran entre los alicientes de esta irregular nueva incursión en un género muy trillado. Quienes tengan paciencia que se queden hasta el final de los títulos de crédito para comprobar que lo de los exorcistas e investigadores paranormales puede tener secuela si la cosa funciona.

lunes, 27 de julio de 2020

VANDALIA, CHAMAYOU, FANLO Y ZIMERMAN ENCANDILAN EN GRANADA

Iagoba Fanlo y Alfredo Aracil en el Crucero del Hospital Real
Foto: Fermín Rodríguez (Festival de Granada)
Parece mentira que Granada haya podido, en medio de rebrotes y amenazas, ultimar la celebración de la sesenta y nueve edición de su festival, y lo que es más, que haya podido hacerlo con tan alto nivel de calidad y de dignidad, con un plantel de artistas irrepetibles, algunos legendarios, otros a medio descubrir, que han hecho de él una cita ineludible del calendario musical, y un bálsamo de consuelo y felicidad para quienes añorábamos la música en directo tras tanto tiempo de confinamiento e incertidumbre. El último fin de semana se nutrió de un amplio abanico de posibilidades, del canto polifónico renacentista a cargo del grupo sevillano Vandalia, al encendido esplendor beethoveniano de Krystian Zimerman haciendo los dos conciertos de piano más amados del genial compositor, hasta el piano cálido y vertiginoso de Bertrand Chamayou y el violonchelo flexible y carnoso de Iagoba Fanlo. Todos fueron motivos para el regocijo.

La “Bomba” de Vandalia

Vandalia en la Capilla Real. Foto: Fermín Rodríguez
Entrada por la puerta grande del cuarteto de voces sevillano Vandalia, nada menos que en la Capilla Real ante un público íntimo, atento y respetuoso y con un programa de singular atractivo bajo el brazo. Se trataba de recrear la Misa de Bomba del granadino afincado en Guatemala Pedro Bermúdez, muy ligado a este monumento de la ciudad de la Alhambra. Para ello optaron por un programa tan didáctico como estimulante, presentando como antesala la Ensalada Bomba que compuso Mateo Flecha “El Viejo”. El autor fue especialmente prolífico en la composición de este género de piezas, las ensaladas, llamadas así por aglutinar todo tipo de canciones de distinta métrica y autoría, con ritmos diversos y procedimientos heterogéneos, mayoritariamente homófonos. La Bomba se llama así por imitar el sonido del bombeo del agua en un naufragio que representa metafóricamente el hundimiento del alma del pecador y su llamada de auxilio para ser redimido por el Salvador. Rocío de Frutos, exhibiendo un volumen de voz por encima de lo que estamos acostumbrados, pero con la misma dulzura en la línea de canto, alternó con sus compañeros las alegres estrofas de la pieza, a veces onomatopéyicas, otras casi taberneras, si bien se hizo notar cierta dispersión en la armonía, como si cada uno y una cantaran por su cuenta, debido posiblemente a la delicada acústica del lugar.

La Misa de Bomba de Bermúdez es la única de las suyas que hace referencia a una melodía secular, la ensalada citada, aunque mantiene a través del canto firme con tratamiento imitativo la estructura de la misa convencional, a la que el conjunto se plegó con oficio y estilo, dejando claro en este caso su amplio espectro y capacidad de adaptación, con supremas aportaciones de Frutos y Gabriel Díaz en las voces agudas, el tenor Víctor Sordo y el perfecto contrapunto en la armoniosamente ensamblada voz del bajo Javier Cuevas. En la segunda parte, naturalmente sin pausa, dedicaron un amplio espacio al maestro sevillano del Siglo de Oro, Francisco Guerrero, con joyas de la música litúrgica y profana, como Si tus penas no pruevo o Pan divino, graçioso, cantadas con buen gusto y extrema sensibilidad, como la que emplearon ya en un registro completamente distinto en la propina lorquiana, el Zorongo Flamenco, aunque para flamenca la boda que se celebraba en el sagrario adyacente y que casi sabotea el buen hacer del conjunto sevillano.

Chamayou y Fanlo no dejan indiferente

Bertrand Chamayou
Todavía recordamos con admiración el excelente concierto que ofreció el pianista francés Betrand Chamayou en el Teatro Central de Sevilla hace siete años. Entonces vino a tocar música de John Cage con un piano preparado, un sensacional trabajo de percusión y habilidades extremas como tocar con absoluta precisión un piano de juguete. Por eso quizás su arte al teclado no deja indiferente, muestra su inquieta predisposición a encontrar nuevos lenguajes y se deja influir por su pasión por la música contemporánea a la hora de buscar nuevas formas de interpretar lo de siempre, lo que ya se creía dogmático e inquebrantable, hasta el punto de que a menudo podamos sentir como nuevo lo que hemos escuchado mil veces. Saludado como un maestro con los impresionistas, con una integral pianística de Ravel tan lograda que lo avala, ofreció tres preludios de Debussy con una vocación rompedora sorprendente. Sin embargo su Catedral sumergida fue más majestuosa que poética, más del día que de la noche, más ingeniosa e incluso brillante que misteriosa o íntima, y desde luego extremadamente virtuosa, como también lo fueron, pero aquí sí supo captar la atmósfera y el intimismo necesarios, La Terrasse des audiences du clair de lune, mecida por el sugerente murmullo del agua de la fuente del Patio de los Mármoles del Hospital Real, y Feux d’artifices, prodigio de ritmo e impacto sin renunciar a una elegancia y exquisitez extrema. Igual abordó Miroirs de Ravel, con un preciso fraseo emulando el alegre revoloteo de las Noctuelle, una pulsación nerviosa para evocar la opresión incómoda de los Pájaros tristes, chispeante y fluida en una memorable, poética y embriagadora Un barco en el océano, y con un exquisito detalle colmado de reflexión en El valle de las campanas. Incluso en su muy nerviosa y ajetreada Alborada del gracioso encontramos motivos extras para admirar al joven y reconocido artista, igual que luego encontraríamos en una vertiginosa Tarantella de Liszt, según el cuaderno apéndice de los viajes del autor plasmados en Años de peregrinaje, junto a unas idiomáticas y coloristas Gondoliera y Canzone, basadas en temas populares y desgranadas por el pianista con igual ímpetu y ánimo inquieto. Su bloque Liszt se inició sin embargo con Los juegos del agua de la Villa del Este, toda una anticipación del impresionismo musical de marcadas reminiscencias acuáticas que a Chamayou sirvió como perfecta transición entre Debussy, Ravel y el visionario genio húngaro.

Iagoba Fanlo (Foto: Fermín Rodríguez)
También Iagoba Fanlo vino seducido por su compromiso con la música contemporánea y un programa extraordinario alrededor de la primera de las seis suites para violonchelo de Bach. Aún recordamos el buen sabor de boca que dejó hace ocho años en el Femás con estas obras bachianas. El experimento esta vez incluía un Praeludium y Rendez-vous, de Alfredo Aracil, presente en el crucero del Hospital Real, el primero estrenado en el Alicante Actual de hace unos años y el segundo estrenado aquí debido a que su emplazamiento original en el Festival de Cuenca se vio malogrado por la pandemia del coronavirus. Dos singulares obras basadas en material que bien podría haber utilizado el maestro de Leipzig, sometidas a transformaciones, acordes inversos, discordancias, roces y estridencias variadas hasta converger en una convincente interpretación de este sensacional cuerpo del instrumento de cuerda grave por antonomasia, que el artista donostiarra articuló con sensibilidad y muy buen gusto, un sonido carnoso y una autoridad incontestable. Toda esta serie de virtudes destinadas a encumbrar la belleza del barroco derivaron con Britten y su Suite nº 1 para el instrumento en una intensa expresividad, convirtiendo el violonchelo en médium para transmitir toda la fuerza de la tierra, el lamento del destino y el canto elegíaco que tan bien supo en su momento transmitir Rostropovich, para quien se compuso la pieza a instancia de Shostakovich. Seis movimientos separados en tres bloques por un canto recurrente, en el que destacó el desgarro del violonchelista y su especial dominio del arco, explícitamente golpeado en la aflamencada Serenata así como en la Marcha, y con un brillante torbellino en el Moto perpetuo. Un más dócil y convencional Postludium de Aracil concebido muy significativamente para este programa y esta edición del Festival de Granada cerró antes de una propina bachiana este estimulante concierto.

El cierre: una cita concertada

Krystian Zimerman
El sensacional pianista y eventual director de orquesta polaco Krystian Zimerman puso el broche de oro a tan extraordinaria edición del Festival de Granada con el tercero de los programas que dedicó a los conciertos para piano de Beethoven junto a la Orquesta Ciudad de Granada. Tocó el piano y dirigió, o concertó como diría humildemente el gran Javier Perianes, a una orquesta en muy buena forma en nada más y nada menos que los conciertos cuarto y quinto, joyas de la música en mayúsculas, obras maestras de la literatura concertante y monumentos del arte en general. Quizás estuvo demasiado atento al músculo orquestal, en detrimento de su propio instrumento, que especialmente en el largo allegro moderato inicial sonó pequeño y a menudo camuflado. Aunque imprimió su intervención solista de un exacerbado lirismo ambiental, no nos resultaron agraciadas las cadencias, cuya autoría no acertamos a identificar. Sí triunfó en el grave andante con moto central, prodigio de transición entre doloroso y tierno hacia un rondo vivace convenientemente brillante y desprejuiciado. No fue quizás una versión antológica de la pieza, pero sí en cualquier caso bien articulada y dialogada, y de concepción rotundamente clásica.

Por iguales derroteros más o menos deambuló un Concierto nº 5 Emperador musculoso y vibrante, reafirmando su espíritu de gran concierto y ahora sí asumiendo su carácter renovador del género, especialmente apreciable en un adagio central marcado por un extremo lirismo y una concepción netamente sentimental del material pianístico. Precedido de un allegro de amplios desarrollos y generosas proporciones, imbuida de una energía heroica, un inesperado viento que hizo las delicias del público amargó algo la velada a Zimerman, que tuvo que lidiar como pudo con las partituras sin que el resultado se resintiera. De la dulce meditación y la desnuda espiritualidad del adagio pasó con total naturalidad al frenesí rítmico del allegro final, llena de brío y espíritu triunfador, tal como pudo apreciarse con una platea del Carlos V aplaudiendo a rabiar y de pie durante largos y muy merecidos minutos. Y así acabó una memorable sexagésimo novena edición del Festival de Granada, con más mérito teniendo en cuenta las inoportunas condiciones en que ha tenido que organizarse y celebrarse.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 25 de julio de 2020

BARENBOIM Y DUEÑAS EN GRANADA: LA CONSAGRACIÓN Y LA PRIMAVERA

Patio de los Mármoles del Hospital Real
Foto: Fermín Rodríguez
Los últimos conciertos celebrados en el Festival de Granada antes de enfrentarse a sus últimas propuestas han venido marcados también por la excelencia que apreciamos hace un par de semanas. Con un plantel de pianistas de primera categoría, en su mayoría veteranos y veteranas que con su presencia han salvado con creces una edición diseñada de urgencia, y un buen puñado de orquestas del país, lo que ha evitado viajes de larga distancia de grandes grupos e intérpretes con su instrumento a cuestas, el Festival ha logrado el reto de llegar a su fin y hacerlo con toda la dignidad, y más si cabe, que merece una cita con tanta historia a sus espaldas. En estos últimos días hemos tenido ocasión de rendir pleitesía a intérpretes sobradamente consagrados, como Bostridge y Barenboim, así como de descubrir las veleidades de los más jóvenes, con el muy reconocido Igor Levit y la gran sorpresa que ha supuesto la joven María Dueñas a la cabeza.

El viaje de Bostridge y Levit

Cuando nos acercamos a una interpretación de Winterreise (Viaje de invierno) de Schubert, centramos nuestra atención naturalmente en la voz, dejando el acompañamiento pianístico en un segundo plano, aun siendo conscientes de la importancia que éste tiene a la hora de transmitir toda la fuerza de esta página inmortal del arte liederístico. No es frecuente que un pianista de gran calibre, de vocación concertista, se asocie con un destacado tenor para ofrecer un ciclo de lieder, como fue en este caso. De esta manera nuestra atención estuvo centrada tanto en la voz como en el piano. Quizás tendríamos que haber asistido al concierto que ofreció hace unos días Igor Levit, el joven y muy contestatario pianista alemán nacido en Rusia, con las tres últimas sonatas de Beethoven, autor con el que más parece se le esté asociando, para calibrar su talento y magisterio en la materia. Sin embargo como acompañante de estas desesperadas canciones de amor y muerte no acertamos a captar nada realmente nuevo o que llamara poderosamente nuestra atención. Faltaría más que no presente una digitación precisa, atenta al matiz y el detalle, delicada y contundente según el lied, y sobre todo segura. Fue precisamente eso, la seguridad, lo que más valoramos, al margen de su habilidad para manejar la partitura en tablet sin perder un ápice de concentración.

Levit y Bostridge. Foto: Fermín Rodríguez
Por su parte, Ian Bostridge, que ha grabado el ciclo con Julius Drake y se considera un ferviente estudioso y conocedor del mismo, exhibió en el Patio de los Mármoles del Hospital Real una madurez absoluta en el manejo de todos los resortes de su voz, destacando en elegancia y voluptuosidad, tan solo enturbiando su prodigioso fraseo y perfecta entonación con fugaces e intencionadas salidas de registro, habitualmente relacionadas con una inusitada rabia. Lo peor por lo tanto en él fue su espasmódica representación teatral, continuas miradas a las entrañas del piano incluidas. Interpretar lieder no significa tanto someterlos a un temperamento gestual impactante como transmitir a través de la expresión y sobre todo la dicción y la inflexión vocal los sentimientos que el autor quiso depositar en su obra. La suya fue una exhibición mayormente delicada en lo vocal, a veces incluso contenida, con pilares fundamentales como ese Wasserflut (Torrente) tan melancólico que sigue al popular Linderbaum (Tilo), pero exagerada y tortuosa en lo gestual. Nada que reprochar a la belleza de su timbre, que quizás haya ganado incluso cuerpo y solemnidad con el tiempo, aunque su dicción del alemán nos pareció algo discutible. Destacó en fuerza y temperamento en Der stürmische Morgen (Mañana tormentosa) y en galantería con Frühlingstraum (Sueño de primavera) muy bien acompañado por Levit, pero faltó garra y gravedad en el inmenso y desolador Der Leiermann (El organillero) final. Fue una interpretación correcta, con momentos brillantes, pero no memorable en su conjunto.

Una joven prodigiosa

Saludo post-Covid de Dueñas y Mena. Foto: Fermín Rodríguez
Al día siguiente la Sinfónica de Galicia volvió al Palacio Carlos V para dejar claro por qué hubo una época no lejana en la que se le consideraba la mejor orquesta de España. Hoy puede que no se encuentre en la cima del ranking, pero sigue siendo uno de los conjuntos más solventes del panorama nacional. Su sonido envolvente, perfectamente empastado, de texturas claras y acentos matizados, se benefició sin duda por la ausencia de mamparas protectoras en los vientos, lo que hizo incoherente el uso de mascarillas por el resto de los intérpretes y resultó en general algo temerario. Pero hubo un inconveniente, y es que los metales, especialmente las trompetas, no estuvieron a la altura del resto del conjunto, quizás más por una cuestión de dirección que de las propias prestaciones técnicas de los intérpretes. Lo cierto es que a las habituales entradas erráticas de las trompas en algunos pasajes, hubo que añadir una gramática punzante y obsesivamente repetitiva en las trompetas que empañaron algunos de los pasajes en los que intervinieron, y todo a pesar de que en el resto la batuta de Juanjo Mena se mostró acertada por su combinación de respeto, humildad y honestidad, lo que nos ahorró estridencias y maniqueísmos innecesarios.

Pero lo realmente abrumador de la velada fue el arte al violín de la joven granadina María Dueñas. Acudimos escépticos ante la cantidad de elogios y reconocimientos acumulados por la violinista desde muy temprana edad. Apostábamos a que obedecería una vez más a su prodigiosa técnica que a su convincente expresividad. Y la verdad es que tuvimos que reverenciar su talento en todas sus vertientes. Parece mentira que con tan solo diecisiete años se pueda conseguir un nivel de madurez expresiva tan alto. Pensar lo que hacíamos la mayoría a su edad provoca sinceramente vergüenza. Solo con mucho trabajo y perseverancia, y teniendo las cosas muy claras, se puede pulir un talento natural, o sobrenatural, a tan exquisito nivel. La suya fue una interpretación del concierto de Beethoven, con toda la dificultad que su popularidad y complejidad conlleva, absolutamente ejemplar y emocionante. No solo brilló en las cadencias, con florituras nada cargantes y un considerable componente sentimental que llegó literalmente a arrancarnos alguna lágrima, sino que tanto el allegro inicial como el larghetto que le sigue respiraron una atmósfera poética de una belleza arrolladora y un legato sin fisuras, mientras con el rondó final extrajo pura felicidad y un pulso muy atlético a la vez que delicado, sin dejarse arrastrar por esas corrientes recientes que afean el fraseo en beneficio de una austeridad más acorde a los presuntos usos de la época. Mena y la orquesta arroparon con mimo tanto en los diálogos como en los tutti que refuerzan el discurso solista. Antes hicieron una versión competente de la Obertura Egmont, y después, siguiendo el patrón clásico, una Sinfonía nº 7 esmerada en ritmo y texturas, sobria y elegante, decantándose por una jovialidad permanente y una especial atención a cada matiz de la partitura. Dueñas por su parte tuvo el detalle de tocar como propina, en su tierra y ante su gente, Recuerdos de la Alhambra de Tárrega, en transcripción de Ruggiero Ricci, una combinación de trémolos y pizzicati de muy difícil ejecución.

Un genio tocando a un genio

Foto: Fermín Rodríguez (Festival de Granada)
La intervención de Daniel Barenboim en el Festival se decidió en el último momento, y sin embargo fue la primera en agotar todas las localidades. Resignados a que nunca llegue a tocar en Sevilla el prometido recital de piano, no podíamos dejar pasar la oportunidad de escucharlo aquí en Granada, con cuyo festival tiene una amplia relación – durante muchos años acudió al frente de la Staatskapelle de Berlín – pero en el que no daba un recital de piano desde hace cuarenta años, como la Argerich. Además todo lo recaudado va a Cruz Roja Española para paliar los efectos de la pandemia, lo que nuevamente da medida del carácter desprendido, filántropo y altruista del inmenso artista. El privilegio de escuchar a Barenboim tocando a Beethoven en el doscientos cincuenta aniversario de su nacimiento fue una experiencia trascendental, y de una emotividad que excede de todo lo que se pueda esperar. Que a estas alturas mantenga una digitación tan precisa y una articulación tan intacta solo se puede calificar de milagroso, pero que además sea capaz de decir cosas nuevas, indagar aun más en la partitura y extraerle nuevos resortes, es prácticamente inexplicable.

En Granada Barenboim programó dos obras descomunales del arte pianístico, sin las cuales no se entendería su evolución, dejando claro por qué se consideran así y cuál es su trascendencia, haciendo acopio de tanta capacidad visionaria como el autor albergó en su época. La suya fue una interpretación de la Sonata nº 31 tan envolvente y llena de sentimiento que si uno no se emociona quedan pocas cosas en la vida que puedan hacerlo. De una cantabilidad asombrosa, un equilibrio extraordinario y un intimismo sobrecogedor, sin énfasis innecesarios y sin renunciar a cierta oscuridad a pesar de poner el acento en su belleza melódica y espiritual. La profunda tristeza con la que la abordó encontró su punto álgido de dramatismo con esas notas secas e intensas in crescendi que una vez más llaman al destino omnipresente en la obra beethoveniana. Barenboim logró así una lectura elocuente de la página que confluyó en un final a corazón abierto, más pesimista de lo que se acostumbra a entender.

Después, las Variaciones Diabelli las atacó de forma orgánica, en tres bloques compactos sin respirar, puros torrentes de música, sentimiento y emoción. Aquí fue especialmente notable su capacidad para exponer con claridad académica todo aquello en lo que Beethoven se anticipó a su tiempo, el carácter temperamental y exacerbado de Liszt, la delicadeza de los impresionistas, el romanticismo extremo de Schumann y Chopin… Todo está en la partitura pero solo un grande entre los grandes puede dejarlo tan claro. Sus Variaciones estuvieron cargadas de tensión, espiritualidad y sarcasmo allí donde correspondía, con continuas transformaciones y cambios de humor que en sus manos resultaron de una sutileza y una naturalidad abrumadoras. Una reflexión tras otra, una concentración extraordinaria y una imaginación rebosante de vitalidad fueron algunas de las características que acompañaron en esta prodigiosa interpretación de una página tan trascendental para la historia de la música, así hasta la gran e intensa fuga final que le pone broche de oro. El público respondió con generosos aplausos, todos y todas en pie desde el primer segundo, pero una vez más sin dejar respirar la música, sin respetar esos segundos imprescindibles que deben mediar entre el reposo del artista y la demostración de admiración, como cuando se paladea un buen vino, en este caso uno excelente. Habría que inventar una nueva clasificación para genios como Barenboim, que vaya más allá… seis estrellas por ejemplo.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 22 de julio de 2020

BEETHOVEN AL RITMO DEL CUARTETO ALMACLARA

XXI Noches en los Jardines del Alcázar. Cuarteto Almaclara: Raquel Batalloso e Irene Fernández, violines. Miriam Gallardo, viola. Beatriz González, violonchelo. Programa: Cuartetos nº 4 Op. 18 nº 4 y nº 7 Op. 59 nº 1, de Beethoven. Martes 21 de julio de 2020

Nacieron hace más de una década como respuesta al claro predominio masculino en el mundo de la composición y la interpretación musical, no con aspiración de lucha sino de reivindicación de género, para ir fomentando la semilla que habrá de germinar algún día en una evidente y justa igualdad. Si hoy ésta aún no existe se debe claramente al lugar que durante tanto se le ha denegado sistemáticamente a la mujer, el de la creación artística. Todavía hoy va alzando poco a poco su vuelo tras tanto tiempo de letargo y sinrazón que ha obligado al género femenino a adoptar otros roles más artificiales que naturales y le han alejado de su propia toma de decisiones. Bien como orquesta o como cuarteto surgido de sus filas, el Almaclara – nombre que deriva de Alma Mahler y Clara Schumann - ha realizado durante estos años multitud de conciertos en los que entre otras páginas ha recuperado música compuesta por mujeres y ha aportado su particular sensibilidad, exenta de inútiles maniqueísmos, en diversas salas de la ciudad, especialmente la Sala Cero de la calle Sol. En esta ocasión se han propuesto el reto de ofrecer una visión lo más completa posible de la música para cuarteto del homenajeado por antonomasia del año, Beethoven, interpretando cuatro de sus obras para este género que abarcan los distintos períodos creativos del autor y facilitan la distinción formal y expresiva entre ellos. Dos las ofrecieron anoche y las otras dos lo harán a finales del presente ciclo, en septiembre.

Hay que lamentar que el arranque fuera tan desapacible, con una entrada del cuarto de los seis cuartetos op. 18 realmente desangelada, acusando un primer violín seriamente desafinado, de líneas imprecisas, en lo que a buen seguro tuvo que influir la humedad reinante en el ambiente, tras la brutal bajada de temperatura y la lluvia y sorprendente granizada caída durante la mañana de ayer. Fue en este instrumento donde más se apreció este inconveniente, quizás porque su papel en este cuarteto del primer período es absolutamente protagónico. Considerado por el propio autor como un ejercicio de ensamblaje de las convenciones formales de la época, las integrantes del conjunto supieron al margen de imperfecciones técnicas transmitir el carácter patético del allegro inicial, con acordes crispados y bruscos sforzandi, que en el andante se tornó afable y humorístico, y casi heroico en un menuetto falto sin embargo de garra y hasta cierto punto de cohesión, salvado en el allegro final con altas dosis de vehemencia y un enérgico ritmo.

Foto: Actidea

Allí donde hubo defectos de forma e imperfecciones técnicas, más apreciables en el violín de Raquel Batalloso que en el resto de sus compañeras, hubo también un considerable cuerpo y una fuerte expresividad que solo se consigue con un trabajo arduo y concienzudo. A pesar de lo apuntado, Batalloso no desfalleció en ningún momento y mostro un evidente dominio del fraseo y el legato, manteniendo una línea melódica sólida y apreciable, mientras el resto de sus compañeras se afanaron en un discurso trasparente y fluido con ella. El arranque del Cuarteto nº 7, primero de los tres opus 59 que Beethoven dedicó al Conde Razumovski, resultó preciso y contundente a manos de la violonchelista Beatriz González, y a partir de ahí se benefició de un amplio desarrollo, especialmente logrado en sus episodios fugados. Tras un enérgico allegretto, la prueba de fuego que supone el intenso y doloroso adagio se superó con nota, desentrañando las vísceras de su melancólica melodía hasta derivar en un allegro en el que sus temas populares y danzables sirvieron de pretexto al conjunto para desplegar un amplio sentido del ritmo y unas considerables dosis de energía. 

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 20 de julio de 2020

LA FAMILIA QUE TÚ ELIGES Buenismo de manual

Título original: The Peanut Butter Falcon
USA 2019 98 min.
Guion y dirección Tyler Nilson y Mike Schwartz Fotografía Nigel Buck Música Zachary Dawes, Gabe Witcher, Jonathan Sadoff y Noam Pikelny Intérpretes Zack Gottsagen, Shia LaBeouf, Dakota Johnson, John Hawkes, Bruce Dern, Thomas Haden Church, Jon Bernthal, Yelawolf, Jake Roberts Estreno en Estados Unidos 23 agosto 2019; en España 17 julio 2020

Cargada de tantas buenas intenciones como vocación didáctica, el debut en el largometraje de Tyler Nilson y Mike Schwartz reivindica el respeto a la diversidad bajo las hechuras del cine de aventuras al más puro estilo del legendario Mark Twain, algo nada disimulado desde que el propio guion lo cita y el cartel publicitario lo evidencia. Lástima que sus directores se confíen a un guion tan de manual, en el que situaciones y personajes confluyen de forma a menudo tan casual como previsible, mientras su capacidad para concienciar en torno a una cuestión tan delicada como el trato al diferente, en este caso a quien tiene síndrome de down, queda bastante desdibujada debido a la fácil recurrencia al contraste entre los métodos oficiales y académicos y los que tienen más que ver con la vida, la aventura y la audacia para enfrentarse a ellas.

Además se trata de una cuestión ya trabajada, y con más acierto, en otras cinematografías; sin ir más lejos en España dos ejemplos lo trataron con bastante acierto y naturalidad, en Yo, también de Álvaro Pastor y Antonio Naharro y León y Olvido de Xavier Bermúdez. Con todo la cinta funciona como canto, algo impuesto pero amable, a la amistad, como viaje estival por hermosos paisajes supuestamente del norte de California, y sempiterna exposición de temas recurrentes en el cine americano, retos y superhéroes incluidos. Por cierto que hasta que no vemos la película, aunque podemos intuirlo, no sabemos a qué viene su título original, en España modificado por este otro más lacrimógeno y sentimental.

Ese Halcón de Crema de Cacahuete es el nombre artístico que quiere adoptar su protagonista, un joven idealista que sueña con dedicarse a la lucha libre americana sin reparar en supuestas limitaciones, y al que da vida con solvencia y naturalidad el debutante Zack Gottsagen, mientras la réplica la da un recuperado Shia LaBeouf, a cuyo personaje no le puede faltar el habitual trauma emocional en forma de pérdida del hermano mayor y ejemplo vital, como tampoco le falta ese peligro acechante que da rienda suelta a la irrenunciable dosis de acción, ni el previsible romance con la guapa de turno, una Dakota Johnson que con ésta y Personal Assistant se ha convertido en la reina de nuestra cartelera post confinamiento, y con cuyo personaje sus bienintencionados directores no han reparado en marcar ahora sí la diferencia, en este caso machista.

LA PROFESORA DE PIANO Control y frustración

Título original: Lara
Alemania 2019 98 min.
Dirección Jan Ole Gerster Guion Blaz Kutin Fotografía Frank Griebe Música Arash Safaian Intérpretes Corinna Harfouch, Tom Schilling, Volkmar Kleniert, André Jung, Gudrun Ritter, Rainer Bock, Barbara Philipp, Maria Dragus Estreno en el Festival de Karlovy Vary 30 junio 2019; en Alemania 7 noviembre 2019; en España 17 julio 2020

La capacidad del cine alemán para fagocitar géneros y estilos propios de otras cinematografías, ejemplificada en esos telefilmes tan deudores de la estética visual y emocional norteamericana, es parangonable a la nuestra para cambiar títulos a las películas y aportarles algunos tan poco agraciados y acertados como éste, cuyo original es simplemente Lara, el nombre de la protagonista, que no es exactamente profesora sino funcionaria jubilada. Pero como retrato de una frustración que es, Lara fue una vez promesa del piano, solo abortada por un profesor, este sí, extremadamente exigente. Con esa misma exigencia vuelca su frustración en su hijo, un joven inseguro y desbordado por la responsabilidad al que da vida Tom Schilling, uno de los actores alemanes con más proyección internacional de la actualidad, y protagonista también de la anterior película, y ópera prima, del director, Oh Boy, a su vez retrato también de una frustración, la de toda una generación perdida en un futuro incierto.

Esta crónica sobre una madre invasiva y controladora debe muchísimo a Michael Haneke e Isabelle Huppert, pero no solo porque ambos fueran los artífices de La pianista, con la que lógicamente guarda algún punto en común, sino porque el personaje de Corinna Harfouch debe mucho, hasta el abrigo rojo, a los que nos hemos acostumbrado a ver bajo la piel de la Huppert, y porque hay un universo malsano parecido al de Haneke en esta fábula sobre frustraciones y faltas de afecto, aunque no llegue tanta sangre al río como en las inquietantes películas del director austriaco. Repudiada por muchos y redimida por algunos, Lara llega a provocar en el público cierta empatía, convirtiéndose rápidamente en portadora de los logros de su hijo y soportando por ello el desprecio de familiares, amistades y colegas de trabajo.

Ello le vale la categoría de mujer incomprendida, si bien algunas de sus reacciones se tornan tan injustificadas que provocan nuestra desorientación, lo que cabe considerar como un logro del joven realizador, tan preocupado en causarnos cierto estupor como en ilustrar todo ese día en el que transcurre la acción con tanta pulcritud como frialdad formal y emocional. En este sentido cabe decir que aunque la cinta no pudiera existir sin Haneke ni Huppert, Gerster consigue demostrar que controla su estilo, su narrativa y su intención, logrando un film tan interesante como prometedor pudiera parecer sobre el papel. En el apartado musical destacan las aportaciones originales del compositor alemán de origen iraní Arash Safiani y las interpretaciones que de Bach, Chopin, Beethoven y Schumann hace la popular pianista alemana de origen japonés Alice Sara Ott.