lunes, 6 de abril de 2020

Cine en confinamiento MITCHELL LEISEN: GRACIAS POR EL RECUERDO

Paulette Goddard, Charles Boyer y Olivia de Havilland en Si no amaneciera
Hace treinta años descubrí de la mano de la 2 de Televisión Española a un director imprescindible del Hollywood dorado, y más concretamente del cine producido en una de las grandes compañías de la época, Paramount. Ya de niño quedé fascinado por La muerte de vacaciones, su segunda película tras esa Canción de cuna también llevada al cine por José Luis Garci más de medio siglo después. Se trataba de la adaptación de una obra de Alberto Casella muy popular en la época y que serviría sesenta y cinco años después como inspiración para una cinta más pomposa que dirigió Martin Brest (Esencia de mujer) y protagonizó Brad Pitt bajo el título de ¿Conoces a Joe Black?. Pero el cine de Mitchell Leisen no llegó a calar tan hondo en mi espíritu hasta que en aquel principio de los noventa del siglo pasado pude ver un buen puñado de sus películas en aquel imprescindible ciclo de la 2. Leisen fue maestro indiscutible de la comedia y el melodrama, pero gran parte de su filmografía consistió en un híbrido en el que tenía cabida una tan ingeniosa como inteligente combinación de géneros. Acarició el musical en varias ocasiones, desde la no acreditada Bolero, protagonizada por George Raft y Carole Lombard, en la que tuvo que asistir y sustituir en más de una ocasión al director oficial, Wesley Ruggles, hasta dos entregas de la serie musical de la casa, The Big Broadcast, con unas desternillantes ediciones de 1937 y sobre todo de 1938, protagonizada por el legendario W. C. Fields y que supuso el debut en el cine de Bob Hope, logrando el Oscar a la mejor canción del año, Thanks for the Memory (Gracias por el recuerdo). Dos ejemplos de comedia slapstick con momentos de una comicidad hilarante, surrealista y absolutamente genial, combinados con extravagantes números musicales.

Mitchell Leisen
Más sensacional aún fue su uso del musical en la cinta de cine negro y melodrama romántico Compás de espera (Four Hours to Kill), donde la moda instaurada por Gran Hotel y seguida por Cena a las ocho de combinar en un espacio varias historias cruzadas, se dio la mano con total naturalidad con el cine negro de la Warner Bros. Allí utilizó el teatro musical como nunca antes de había hecho, siempre como telón de fondo, con toda una banda sonora de canciones expresamente compuestas por Leo Robin y Ralph Rainger para la ocasión, pero que sonaban siempre de fondo, cumpliendo su función diegética de acompañar el escenario en el que se desenvolvía la trama, un teatro de Broadway, sin que nunca viésemos lo que aparecía sobre el escenario aunque sí en varias ocasiones el patio de butacas. Una solución genial que da buena muestra del talento de este singular director y su enorme capacidad para provocar fascinación en el espectador. Más tarde tendría también ocasión de dirigir una original adaptación del musical de Kurt Weill Una mujer en la penumbra, que protagonizó Ginger Rogers en color.

Nacido en Michigan en 1898 y fallecido en Los Angeles en 1972, tras estudiar arquitectura Leisen se inició en el cine como diseñador de interiores a las órdenes de directores como Cecil B. de Mille, Raoul Walsh o Ernest Lubitsch, otros de los grandes nombres del estudio de la montaña. Más tarde, ya como realizador, tuvo la oportunidad de llevar al cine guiones de Billy Wilder y Preston Sturges, dando forma indiscutible a ese estilo de hacer fundamentalmente comedia tan característico de los treinta y los cuarenta, la llamada screwball comedy o comedia alocada. Títulos como Candidata a millonaria, Una chica afortunada y sobre todo Medianoche se convirtieron en ejemplos perfectos de esta forma de hacer comedia, y títulos clásicos del cine en toda su extensión. Con ellos forjó las carreras de actores y actrices como Claudette Colbert, Fred MacMurray, Carole Lombard, Jean Arthur o Ray Milland, habituales en sus producciones.

Claudette Colbert y Ray Milland en Adelante, mi amor
En estos días de confinamiento que muchos cinéfilos estamos aprovechando para recuperar las películas que nos hicieron felices, he tenido oportunidad de ver una amplia selección de las que dirigió Leisen, pero he reparado especialmente en tres rodadas de continuo que demuestran no solo su proverbial facilidad para combinar géneros, sino también para afrontar con prodigiosa responsabilidad y sentido común una situación de emergencia y tragedia global como fue la Segunda Guerra Mundial. En tiempos de pandemia, de solidaridad y acción conjunta para superar un drama como el que estamos viviendo, esta trilogía me ha llamado especialmente la atención. Poco después de realizar las imprescindibles Medianoche y Recuerdo de una noche, un melodrama romántico tan emotivo y edificante como el mejor Frank Capra, que protagonizaron Fred MacMurray y la misma Barbara Stanwyck que una década después protagonizaría la hitchcockiana Mentira latente también a sus órdenes, Leisen se embarcó en una comedia romántica con apuntes dramáticos ambientada en los albores de la Segunda Guerra Mundial. Adelante, mi amor (Arise, My Love), con guión de Wilder y Charles Brackett basado en una historia original de Benjamin Glazer y Hans Székely ganadora del Oscar, comienza en nuestra Guerra Civil, con Ray Milland interpretando a un miembro de las Brigadas Internacionales a punto de ser fusilado por las tropas de Franco. Gracias a la intervención de una periodista, Claudette Colbert, logra salvar su vida. A partir de entonces vivirán una divertida historia de amor sin abandonar el glamour que aporta París y debatiéndose entre sus obligaciones y su amor, hasta que sufrir como víctimas el hundimiento del buque de pasajeros británico Athea por un submarino alemán, les hace replantearse su responsabilidad, él como combatiente y ella como voz de la contienda, que no es sino la que en esa misma época, antes del ataque a Pearl Harbor, debía plantearse la nación norteamericana.

William Holden, Veronica Lake y Ray Milland
en Vuelo de águilas
En Vuelo de águilas Leisen se adapta a lo que tantos colegas en ésta y tantas otras profesiones estaban haciendo con la mirada puesta en el viejo continente y la invasión bárbara al que estaba siendo sometido. Planteada como vehículo de propaganda de la aviación militar norteamericana, I Wanted Wings, que es su título original, arranca con un simulacro de bombardeo en pleno Los Angeles, con aviación y población civil preparándose para un eventual ataque. A partir de ahí asistimos a las experiencias de compadreo y aprendizaje entre tres reclutas, de nuevo Ray Milland acompañado por un jovencísimo William Holden y el menos conocido Wayne Morris, mientras la cuota romántica la cubren Constance Moore y nada más y nada menos que Veronica Lake dando vida a un personaje como Jessica Rabbit, mala no por serlo sino por haber sido diseñada así.  Leisen retomaría la vida castrense en Capitán Carey, una cinta protagonizada por Alan Ladd y muy popular gracias a la canción Mona Lisa, ganadora del Oscar en 1950. En un original y único ejercicio de cine dentro del cine, la legendaria Si no amaneciera (Hold Back the Dawn) comienza precisamente en el set de rodaje de Vuelo de águilas, recreando una secuencia en la que Veronica Lake llama por teléfono. Con Mitchell Leisen interpretándose a sí mismo en la piel del imaginario director Dwight Saxon, Charles Boyer intenta venderle su particular historia, la de un bailarín polaco que huyendo de la invasión nazi espera en la frontera de México para saltar a Estados Unidos y allí reflotar su carrera artística. La impaciencia y una femme fatale a la que da vida Paulette Goddard le llevará a engañar a una aparentemente ingenua profesora para casarse y obtener con mayor celeridad el permiso de residencia. Ella es Olivia de Havilland, que cinco años después obtendría el primero de sus dos Oscar precisamente de la mano de Leisen, con la emocionante y conmovedora historia de una madre soltera en Vida íntima de Julia Norris (To Each His Own).

Con Si no amaneciera nuestro admirado director cerraría esa trilogía de magníficas películas destinadas a despertar el espíritu combativo de Estados Unidos e involucrarse en una tragedia global que afectaba a todo ese mundo de occidente que conocemos. Una situación que no se repetía con tanta virulencia y aspecto apocalíptico hasta ahora que nos enfrentamos a otro capítulo de la civilización que reclama nuestra solidaridad y preocupación. Hay todo un universo para reír, emocionarse y disfrutar en las alrededor de cuarenta películas, muchas de ellas sensacionales, que dirigió Mitchell Leisen entre 1933 y 1957.

domingo, 5 de abril de 2020

Cine en confinamiento MATTHIAS & MAXIME Los amigos reprimidos

Canadá 2019 120 min.
Guion y dirección Xavier Dolan Fotografía André Turpin Música Jean-Michel Blais Intérpretes Xavier Dolan, Gabriel D’Almeida Freitas, Anne Dorval, Marilyn Cartonguay, Harris Dickinson, Samuel Gauthier, Pierre-Luc Funk, Camille Felton, Catherine Brunet Estreno en el Festival de Cannes 22 mayo 2019; en Canadá 9 octubre 2019; en España 27 marzo 2020 solo en Internet

El todavía muy joven Xavier Dolan parece abandonar parcialmente su habitual tendencia a la intensidad emocional y puntual desmadre, como pudimos comprobar en algunos de sus títulos más celebrados como Laurence Anyways o Mommy, que tanto sorprendieron a algunos, los de siempre, y nos aburrió a otros, para embarcarse en una insustancial crónica sobre amores frustrados y autorrepresión sexual tan inútil como anacrónica en estos tiempos.

El largo periplo, fundamentalmente estival, que precede al viaje para ganarse la vida en Australia de un joven canadiense, al que da vida el propio Dolan con mancha facial para despistar, sirve al mimado realizador para trazar una especie de radiografía emocional sobre un amor homosexual reprimido que a estas alturas ni interesa ni conmueve, ni mucho menos se explica. Se agradece que abandone parte de la carga violenta que caracteriza su cine, aunque ésta no desaparezca del todo, y que trivialice sus habituales traumas maternofiliales a la vez que realiza un retrato generacional banal y arquetípico a fuerza de pandillas de borrachera y fiestas til you puke tan habituales en esas tierras americanas.

Sus dos horas acaban siendo tan irritantes como lo fueron otros productos suyos como la insufrible Solo el fin del mundo o nos tememos también la inédita en nuestras pantallas The Death and Life of  John F. Donovan. Su paso por Cannes no obtuvo por todo ello la respuesta que suele esperarse de su sobrevalorado cine.

viernes, 3 de abril de 2020

PENDERECKI EN EL CINE

Esta aciaga pandemia que mantiene casi paralizado al planeta también se está cebando en el mundo de la cultura, y muy especialmente en el de la música, con las recientes desapariciones de importantes nombres del jazz como el trompetista Wallace Rooney o el pianista Ellis Marsalis, toda una institución y patriarca de una familia de grandes jazzistas entre los que se encuentran sus famosos hijos Branford y Wynton Marsalis. También se ha llevado por delante a Adam Schlesinger, fundador del icónico grupo de los noventa Fountains of Wayne, y autor de las canciones de The Wonders, aquella película de 1996 en la que Tom Hanks encarnaba al manager de un grupo sesentero al estilo de los Beatles, y también de la banda sonora de la cinta de Whit Stillman Damiselas en apuros. Entre tanto dolor y atención mediática casi exclusiva, estos días hemos lamentado también la desaparición, esta vez por causas ajenas a esta enfermedad apocalíptica, de uno de los más influyentes compositores del siglo XX y lo que llevamos de este desdichado veintiuno, Krzystof Penderecki.

En apenas una década Polonia, cuna de grandes compositores de música clásica, ha tenido que lamentar la muerte de dos de sus más grandes figuras musicales del último siglo, Henryk Górecki y ahora este Premio Príncipe de Asturias de 2001. Aunque muy alejados estilísticamente, ambos coinciden en la enorme influencia que el misticismo importado de la Iglesia Católica, tan arraigada en el país centro europeo, ha ejercido en su música, aunque con parámetros estéticos y expresivos muy diferentes. Penderecki nació hace ochenta y siete años en Debica y muy pronto desarrolló aptitudes musicales que le llevaron a estudiar junto al prestigioso Franciszek Skolyszewski y más tarde en la Academia Musical de Cracovia donde él mismo acabaría impartiendo clases desde 1959. En un principio destacó por su radicalismo y originalidad así como por obras religiosas como los imprescindibles Stabat Mater para tres coros de 1962 o La Pasión según San Lucas. También se hizo un nombre en el mundo de la ópera, con títulos tan apreciados como Los diablos de Lodlun de 1969, El paraíso perdido según el poema épico de John Milton, o La máscara negra de 1986. Mientras sus piezas religiosas, entre las que se encuentran también el Réquiem Polaco y Las siete puertas de Jerusalén, son de amplias dimensiones, las orquestales suelen ser muy concisas, con predilección por los conjuntos de cuerda y percusión y un uso frecuente de ultracromatismos, glissandi, y clusters o agrupaciones de notas que consisten en acordes integrados por distintos semitonos cromáticos consecutivos, extrayendo sonoridades poco corrientes y logrando un clima de encantamiento y trance místico. Así hasta finales de los años setenta, en los que abordó un neorromanticismo decepcionante para muchos, como se aprecia por ejemplo en su Sinfonía Navidad de 1980.

Un clásico de la literatura fantástica y el cine polaco
El cine, a menudo en lo musical a remolque de las tendencias y vanguardias, fijó pronto su atención en este emblemático compositor polaco, echando mano de su talento en un buen puñado de películas, treinta y cinco bandas sonoras en total entre cortometrajes, documentales, largometrajes y trabajos para la televisión, entre las que destacan la que compuso en 1965 para la película de Wojciech J. Has El manuscrito encontrado en Zaragoza, según la novela de Jon Potocki ambientada en España durante las guerras napoleónicas. Pero fueron los grandes directores del cine internacional quienes prestaron especial atención a su creatividad e ingenio aunque a partir no de composiciones originales sino de su amplio catálogo, muy especialmente de la época que lo consagró como importante autor de vanguardia.

Atmósferas inquietantes

De todas sus obras Polymorphia para cuerda, compuesta en 1962 para cuarenta y ocho instrumentos de cuerda, es quizás la más recurrente en el cine. Esta pieza que alcanza los límites de las posibilidades sonoras y expresivas de la cuerda, comienza con un gruñido sordo apenas perceptible que deriva progresivamente en un diálogo de glissandi cada vez más nutrido y atraviesa una serie de golpes col legno, sonidos secos, choques acentuados y un frondoso uso de efectos acústicos. Después de extraer de los instrumentos sus sonidos menos habituales, concluye con el sorprendente efecto de un acorde perfecto en do mayor. Su desasosegante resultado sirvió a William Friedkin y Stanley Kubrick para definir el estado de posesión de la joven Regan en El exorcista y el de paranoia de Jack Torrance en El resplandor respectivamente. Además Peter Weir aprovechó su potencial en Sin miedo a la vida (1993) y Spielberg en su reciente Ready Player One.

La pieza que le dio a conocer en todo el mundo, Treno (o Lamento) a las víctimas de Hiroshima, una suerte de variaciones sobre un clúster que compuso alrededor de 1960 y desarrolló con rigor contrapuntístico, con la que exhibió su enorme sensibilidad por las grandes tragedias del siglo XX, como bien hubiera podido inspirarle ésta que estamos justamente padeciendo, confirmada siete años después con el Dies Irae a la memoria de las víctimas de Auschwitz, sirvió a Alfonso Cuarón para su particular adaptación de Hijos de los hombres de P.D. James. Su cúmulo de silbidos estridentes en registro agudo, chapoteos, chirridos que se resuelven en glissandi gimientes, episodios puntillistas, rugidos de motores y una intensa agitación general, sirvieron también para recrear la atmósfera enrarecida que describió Wes Craven en El sótano del miedo (1991) o David Lynch en la última temporada de su emblemática Twin Peaks.

De Natura Sonoris I es una composición de 1966 que experimenta con nuevos sonidos a la vez que parodia el universo clásico introduciendo ritmos jazzísticos. Se inicia en registro agudo con sonidos breves y espaciados en la madera y va in crescendo hacia los gongs y las campanas y el uso frecuente e idiomático de clusters hasta que la percusión y el metal se adueñan de la función. En contraste surge el sonido de la flauta y la imitación del canto de los pájaros, mientras piano y fagot introducen elementos de jazz. Su lenguaje avanzado, así como el más ligero de la segunda parte compuesta cinco años más tarde, que desarrolla una atmósfera hipnótica que desemboca en un espectacular fortissimo con todos los timbres fundidos incandescentemente sobre un fondo desenfrenado y vitalista, integraron también la estremecedora banda sonora del clásico de Kubrick sobre la novela de Stephen King. También El norte (1983) de Gregory Nava y Neruda (2016) de Pablo Larraín se beneficiaron de esta segunda entrega de De Natura Sonoris, mientras de la primera lo hizo Twister (1996) de Jan de Bont. Lynch hizo uso de ambas en su último trabajo de ficción hasta el momento para la gran pantalla, la indescifrable y enigmática Inland Empire.

Laura Dern en Inland Empire
Otra de sus obras más utilizadas en el cine es El sueño (o el despertar) de Jacob, una pieza de 1974 para gran orquesta, con la que Pendereki introdujo precisamente ese estilo neorromántico que apuntábamos antes, y una de las más interpretadas de su catálogo, con cierta influencia apreciable de Wagner y Shostakovich. El resplandor, Inland Empire y Ready Player One también fijaron su atención en ella. Por otro lado, Utrenja, dos obras litúrgicas para voces solistas, coro y orquesta, concebidas en 1970 y 1971 y basadas en cantos ortodoxos del Sábado Santo (lamento por la pasión y el entierrro de Cristo) y el Domingo de Resurrección, siguiendo textos litúrgicos de la Antigua Iglesia Eslava, con una duración total de hora y cuarto aproximadamente y un estilo conmovedor y contemplativo, a pesar de su registro atonal y el recurrente uso de clusters, fue aprovechada también por Kubrick para El resplandor, en concreto el Ewangelia y el Kanon Piesn 8 (canción nº 8 de la Pascua Judía), este último también utilizado por el cineasta español David Díaz en su poco divulgada película The Fear (El miedo) de 2006.

Anaklasis (1960) para cuarenta y seis instrumentos de cuerda, percusión en seis grupos, celesta, arpa y piano, con abundantes choques, glissandi, estremecimientos y efectos sonoros en la percusión, compleja y a la vez precisa, aparece en la banda sonora de The Wanderers (Las pandillas del Bronx) de Philip Kaufman y en la ya mencionada Inland Empire. Mientras Fluorescences para gran orquesta (1962), concebida como un balance de sus primeros años de carrera compositiva, profusa en indicaciones para los intérpretes y el empleo de efectos acústicos opuestos y combinados, así como en el empleo de grandes efectivos orquestales incluidas seis baterías e instrumentos tan insólitos como una máquina de escribir o una sierra eléctrica, aparece tanto en la cinta de Kaufman como en la de Lynch y también en Shutter Island de Martin Scorsese, aquí junto a su Sinfonía nº 3, donde exhibe un gran número de figuras estilísticas, incluidos ritmos motorizados, pasajes de ritmo libre, escalas cromáticas, intervalos disonantes y profusa percusión, ideal para ilustrar el tenebroso sanatorio mental donde transcurre este malogrado drama hitchcockiano protagonizado por Leonardo Di Caprio.

En una de sus últimas composiciones originales para el cine, Katyn, la sensacional y escalofriante crónica que Andrzej Wajda rodó sobre el asesinato masivo de militares y civiles polacos por parte de las tropas rusas a finales de la Segunda Guerra Mundial, Penderecki combinó piezas exclusivas con otras de su catálogo, como el Réquiem Polaco, la Sinfonía nº 2, sus dos sonatas y dos conciertos para violín, el segundo para violonchelo y El sueño de Jacob. Si sus homenajes se sucedieron en vida, como el que le brindaron personalidades de la cultura como Derek Jacobi o Daniel Olbrychski en The Dream of Penderecki o el reciente álbum que le brindó la violinista Ann-Sophie Mutter, seguro que cuando pase esta terrible pandemia serán más los tributos que se dediquen a su memoria.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 1 de abril de 2020

Cine en confinamiento UN AMIGO EXTRAORDINARIO Terapia con María Luisa Seco

Título original: A Beautiful Day in the Neighborhood
USA-China 2019 108 min.
Dirección Marielle Heller Guion Micah Fitzerman-Blue y Noah Harpster, según un artículo de Tom Junod Fotografía Jody Lee Lipes Música Nate Heller Intérpretes Tom Hanks, Matthew Rhys, Chris Cooper, Susan Kelechi Watson, Noah Harpster, Tammy Blanchard, Wendy Makkena, Maryann Plunkett, Enrico Colantoni, Carmen Cusack, Kelley Davis, Christine Lahti, Maddie Corman. Daniel Krell Estreno en el Festival de Toronto 7 septiembre 2019; en Estados Unidos 22 noviembre 2019; en España prevista para el pasado 20 marzo 2020

Un artículo del multipremiado periodista Tom Junod publicado en Esquire, y el merecido homenaje a un icono infantil de la televisión norteamericana, el Sr. Rogers, están en la base de esta bienintencionada película de Marielle Heller, que se dio a conocer hace unos años con la estupenda comedia The Diary of a Teenage Girl y logró el reconocimiento y la fama hace apenas uno con ¿Podrás perdonarme algún día?. Junod agradece en su artículo al aprendizaje que recibió del carismático personaje infantil, crucial para curar su ira y rencor, especialmente hacia su progenitor.

Nos encontramos por lo tanto ante una nueva película sobre infancias perdidas o robadas, una suerte de terapia para conseguir mayor serenidad y por extensión felicidad, y para aprender a valorar las cosas sencillas por encima de los estigmas, responsabilidades y banalidades de las que nos hemos rodeado. Particularmente viendo este film se me vinieron a la cabeza dos iconos de mi infancia, el programa de TVE La casa del reloj y la presentadora María Luisa Seco, que tantas buenas tardes de cola cao y galletas frente al televisor me hizo pasar en compañía de Un globo, dos globos, tres globos. De forma que esta terapia con personaje carismático de nuestra infancia me hizo pensar en una divertida sesión de psicoanálisis con la malograda actriz y presentadora. En esta operación Heller vuelve a hacer gala de una proverbial facilidad para obviar los aspectos más ñoños y blandos de la narración, lo que teniendo en cuenta el material no deja de ser un auténtico logro, y conseguir una original puesta en escena, combinando imaginería infantil con elementos de puro drama más reconocibles, y resultando todo ello un estimulante ejercicio. 

No obstante el material de partida, aparte homenaje, nostalgia y audaz planteamiento estético, no deja de ser tan convencional como trillado, apoyándose en una estupenda recreación de Tom Hanks, tan entrañable como sutil, y la adecuada réplica del desconocido Matthew Rhys, amargado protagonista de la función. En la banda sonora Nate Heller rescata algunos de los emblemáticos temas de este personaje televisivo que mantuvo su show, El vecindario de Mr. Rogers, desde finales de los sesenta del siglo pasado hasta principios de éste, antes de fallecer en 2003.

martes, 31 de marzo de 2020

Cine en confinamiento FRANKIE Emotivo teatro en exteriores

Francia-Portugal 2019 98 min.
Dirección Ira Sachs Guion Ira Sachs y Mauricio Zacharias Fotografía Rui Poças Música Dickon Hinchliffe Intérpretes Isabelle Huppert, Brendan Gleeson, Marisa Tomei, Greg Kinnear, Jérémie Rénier, Pascal Greggory, Vinette Robinson, Ariyon Bakare, Carlotto Cotta, Sennia Nanua, Manuel Sá Nogueira Estreno en el Festival de Cannes 20 mayo 2019; en Francia 28 agosto 2019; sin fecha de estreno prevista en España

Juntar a un puñado de carismáticos intérpretes, envolverlos en un paisaje magnífico y en la luz amable y ensoñadora del verano, y someterlos a una serie de lúcidos parlamentos sobre el amor, la muerte y la amistad, es una apuesta segura si cuenta además con el buen hacer y la intención precisa de una buena realización. Es justamente lo que consigue el director norteamericano Ira Sachs en su octavo largometraje, incluido un documental, y su primera incursión en el cine europeo sin por ello abandonarse a las imposturas y remilgos con los que los cineastas del nuevo mundo se enfrentan al siempre idealizado cine del antiguo continente.

El autor de obras notables como El amor es extraño o Verano en Brooklyn, acierta en este vodevil con hechuras teatrales pero rodada casi íntegramente en los generosos paisajes de Sintra y exteriores, en el que una familia multirracial y bohemia se desplaza a las amables tierras portuguesas para celebrar lo que parece un adiós irremediable, en torno a una gran estrella del cine a la que da vida la impagable Isabelle Huppert. Todo, desde su poliédrico y formidable reparto hasta el luminoso paisaje y su no menos melódico sonido medioambiental, forma un delicado conjunto entre paseos que se deja ver con tanto agrado como admiración, aunque en el empeño no se logre esa complicidad siempre conveniente para redondear el producto.

Y es que puede más en este caso la forma, que tanto contribuye al carácter eminentemente amable de la propuesta, que ese fondo del que supuestamente emergen cálidas reflexiones sobre la vida, el amor, la enfermedad y la muerte. Temas todos muy graves que son tratados con saludable ligereza pese a peligrar con ello su resultado final. Pero solo disfrutar de Huppert, Tomei, Gleeson y el resto del elenco, los frondosos paisajes de mar y montaña que ofrece el generoso país vecino, y bañarlo todo en una igualmente delicada banda sonora en la que la tierna música original de Dickon Hinchliffe se da la mano con el segundo de los Momentos musicales de Schubert, merece sobradamente nuestro interés.

Cine en confinamiento CORPUS CHRISTI El triste porvenir

Título original: Boze Cialo
Polonia-Francia 2019 116 min.
Dirección Jan Komasa Guion Mateusz Pacewicz Fotografía Piotr Sobocinski jr. Música Evgueni y Sacha Galperine Intérpretes Bartosz Bielenia, Eliza Rycembel, Aleksandra Konieczna, Tomasz Zietek, Leszek Lichota, Lukasz Simlat, Barbara Kurzaj, Zdzislaw Wardejn Estreno en el Festival de Venecia 2 septiembre 2019; en Polonia 11 octubre 2019; en España previsto para el 30 abril 2020

Aunque cuenta con una amplia consideración en su tierra natal, Jan Komasa ha tenido que esperar a dirigir esta producción con ayuda francesa para acaparar atención internacional, y lo ha conseguido haciéndose eco de la inmensa influencia que tiene la Iglesia Católica en Polonia no solo en asuntos espirituales sino también de índole meramente social. La improbable historia de un delincuente juvenil que cultiva una discutible vocación religiosa en el reformatorio en el que cumple condena, y que canaliza a través de la impostación en una pequeña población sacudida por una terrible desgracia, sirve a Komasa para tejer una ambigua reflexión en torno a los valores tradicionales de la Iglesia, pero siempre desde una perspectiva que no deja entrever con claridad si se trata de una denuncia o una salvaguarda de esos mismos valores espirituales.

El carácter rebelde y un punto canalla del joven protagonista choca no solo con esa supuesta vocación sino con una institución anquilosada a la que sin embargo limpiar sus miserias no le va a suponer precisamente un arduo problema. Su más que discutible habilidad para convencer casi de la noche a la mañana a los sufrientes habitantes de esa pequeña localidad rural, así como para curar su casi inexplicable rencor, se convierte así en enésimo discurso sobre el David que lucha contra ese testarudo Goliat con el que suele identificarse en este tipo de operaciones a la masa estúpida y adocenada.

Insolencia frente a tradición y conservadurismo, una receta más que trillada en el cine y la literatura y que aquí sirve además para practicar una puesta en escena sobria y relajada en el que la tristeza es ampliamente trabajada desde todos sus resortes, las interpretaciones de su reparto coral, la gris y azulada fotografía y la planeadora y atmosférica música de los hermanos franceses Evgueni y Sacha Galperine. Una operación que entre muchas satisfacciones le ha reportado numerosos premios dentro y fuera de Polonia, incluido el Festival de Venecia, y una nominación al Oscar a la mejor película internacional.